Creer y discernir para no vivir desde el miedo

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Predicación de Epifanía, 4 de enero de 2026.
Sobre San Mateo 2:1-12

Oremos:
Dios de luz y de caminos abiertos,
venimos ante ti sin tener todas las respuestas
y sin pretender explicarlo todo.

Vivimos tiempos de confusión,
de decisiones que nos superan,
de miedos que se instalan con facilidad
en el corazón personal y comunitario.

Por eso hoy no te pedimos certezas inmediatas,
sino una fe que sepa escuchar.
No te pedimos seguridad absoluta,
sino discernimiento para cuidar la vida.

Líbranos de una fe que se acomoda al miedo,
y danos la gracia de una fe libre,
capaz de reconocer tu presencia
aun cuando no aparece en los lugares de poder,
ni en lo esperado,
ni en lo seguro.

Que tu Espíritu nos acompañe
mientras escuchamos tu Palabra,
para que sepamos creer y discernir,
y así no vivir desde el miedo,
sino desde la confianza que nace de ti.
Amén.

Introducción

Celebrar la Epifanía del Señor —su manifestación, su revelación, su “mostrarse” a los Reyes Magos— nunca ha sido un acto ingenuo ni inocente.

La Epifanía no sucede en un mundo ordenado, previsible o en calma, sino en medio de tensiones, de decisiones tomadas desde el poder que afectan la vida de la gente y, de manera muy concreta, alimentan el miedo colectivo.

La luz del Señor que hoy celebramos no irrumpe cuando todo está resuelto, sino cuando todavía no sabemos bien cómo nombrar lo que está pasando a nuestro alrededor, y cuando esa realidad tiene una fuerza capaz de abrumarnos.

I. Jerusalén: saber, creer… pero no discernir

El evangelio que hemos escuchado no nos dice que en Jerusalén falte fe. Jerusalén era la capital espiritual de Israel, con su templo, sus ritos y sus procesiones muy bien establecidas.

El evangelio nos dice algo más inquietante: lo que sucede en Jerusalén es una falta total de discernimiento. Y cuando el discernimiento se debilita, incluso una fe sincera puede terminar viviendo en el miedo.

A lo largo de estos años de ministerio he llegado a creer —y lo afirmo— que una de las tareas más importantes de quienes acompañamos comunidades de fe no es ofrecer respuestas rápidas ni tranquilizar conciencias, sino ayudar a desarrollar el discernimiento.

Discernir no es desconfiar de todo, pero tampoco aceptar todo sin hacernos preguntas.
Discernir es aprender a escuchar, a leer los signos, a poner las cosas en la balanza, a reconocer qué es lo que cuida la vida… y qué la pone en peligro.

En el relato de Mateo, Jerusalén no es una ciudad sin religión. Al contrario: hay Escritura, hay autoridades religiosas, hay respuestas correctas.

Cuando Herodes pregunta dónde debe nacer el Mesías, la respuesta surge rápida y sin dudas: ¡es en Belén!

El problema no es que los líderes religiosos no sepan.
El problema es que saben… pero no se mueven.
No buscan.
No caminan.
Son incapaces de protegar la vida que está en peligro.

La fe, cuando deja de discernir, puede volverse inmóvil, inútil, paralítica —en el sentido más profundo y evangélico de la palabra—. Puede acostumbrarse a vivir desde el miedo ajeno.

Puede aprender a callar, a aplaudir o a mirar para otro lado, no porque haya perdido sus palabras, sino porque ha perdido su libertad.

Por eso Epifanía no es solo la historia de una luz que se enciende, sino la historia de cómo aprender a no vivir desde el miedo.

Es la invitación a una fe que discierne, que no se deja arrastrar por la turbación colectiva y que busca caminos que cuiden la vida, incluso cuando esos caminos no pasan por los lugares de poder, ni por lo establecido, ni por lo seguro.

Desde ahí queremos escuchar hoy el evangelio.
No para explicarlo todo.
Sino para pedirle a Dios la gracia de creer y discernir…
y no vivir desde el miedo.

II. Cuando la fe se deja gobernar (Amós como memoria incómoda)

Para entender mejor lo que pasa en Jerusalén, vale la pena escuchar una voz que viene desde tiempo atrás, pero es una voz sorprendentemente clara. Es la voz del profeta Amós, un hombre del campo, cuidador de ganado y cultivador de higos silvestres, a quien Dios llama desde una vida muy sencilla para ir a profetizar contra los poderosos de su tiempo.

En uno de los episodios más transparentes de toda la Escritura, Amós es confrontado por Amasías, sacerdote del santuario real. No hay ambigüedad en sus palabras. No hay eufemismos. Amasías le dice al profeta:

“Vete de aquí… porque este es el santuario del rey y templo del reino.”

No le dijo: “este es el santuario del Señor”.
Le dijo: «este es el santuario del rey».

El texto no intenta suavizar la escena. El problema no es que haya culto, ni que haya religión, ni siquiera que haya orden. El problema es de quién es el santuario.

La fe sigue funcionando, los rituales continúan, las palabras correctas se siguen diciendo… pero el lugar que debía ser espacio de discernimiento se ha convertido en un lugar administrado por el poder.

Amós no es expulsado por mentir ni por blasfemar. Es expulsado porque interrumpe la comodidad del sistema, porque recuerda que Dios no está al servicio de ningún reino, y que la justicia no puede ser sacrificada en nombre de la estabilidad y del orden.

Cuando la fe acepta ser gobernada —o manipulada— por el poder, puede conservar privilegios, mantener su lugar y su reconocimiento. Pero paga un precio altísimo: pierde libertad, y con ella, pierde discernimiento.

Ya no puede decir todo.
Ya no puede preguntar todo.
Ya no puede proteger toda vida.
Y aquí aparece el puente con el evangelio que escuchamos hoy.

III. Jerusalén otra vez: saber, pero no discernir

En Mateo, la religión de Jerusalén no persigue al Niño Jesús. No conspira. No planea la violencia. Simplemente se queda inmóvil.

Los líderes religiosos hacen exactamente lo que se espera de ellos: responden correctamente a la pregunta de Herodes. Citan la Escritura. Ubican el lugar. Cumplen su función. Pero no dan un paso más.

No acompañan a los Reyes Magos. No advierten. No protegen.

La fe, cuando se deja gobernar por los designios del poder, a veces puede volverse cruel, pero la mayoría de las veces se vuelve irrelevante. En palabras del mismo Jesús, se vuelve insípida: pierde su sabor, su fuerza, su razón de ser.

Y esa irrelevancia no es neutral. Porque mientras la fe calla, el poder actúa. Mientras la religión se acomoda, la vida queda expuesta.

IV. Los Reyes Magos: una fe que discierne y no coopera con el miedo

Frente a Jerusalén inmóvil, Mateo nos presenta otra escena. No ocurre en el templo. No ocurre en los espacios reconocidos del poder religioso. Ocurre en el camino.

Los Reyes Magos no pertenecen al pueblo elegido.
No conocen la Ley.
No tienen templo, ni Escritura, ni legitimidad religiosa.
Son extranjeros.
Son buscadores.
Son personas que han aprendido a leer los signos desde fuera.
Y, sin embargo, disciernen mejor.

No llegan movidos por el miedo, sino por el deseo de encontrar vida. Siguen una estrella, no una orden. Buscan, preguntan, se pierden… pero caminan.

Y cuando llegan, no encuentran poder, ni seguridad, ni grandeza. Lo que encuentran es un niño vulnerable.

Ahí sucede algo decisivo.
Los magos no solo adoran.
Disciernen.
Disciernen que Herodes no busca vida.
Disciernen que colaborar sería peligroso.
Disciernen que no todo lo legal es justo,
y que no todo lo necesario cuida la vida.

Por eso el texto dice algo simple, pero profundamente subversivo: “Regresaron por otro camino”.

No hacen un discurso.
No denuncian públicamente a Herodes.
No confrontan al poder cara a cara.
Simplemente no cooperan con el miedo.

Epifanía no presenta a los Reyes Magos como héroes ni como estrategas políticos, sino como personas capaces de escuchar cuando es tiempo de cambiar de rumbo. Personas que entienden que la fidelidad a Dios, a veces, consiste en retirarse a tiempo, en proteger la vida, en no prestar la fe a proyectos que terminan destruyéndola.

Aquí aparece con claridad el vínculo entre fe y discernimiento.
Creer no es cerrar los ojos.
Discernir no es perder la fe.
Creer y discernir es aprender a reconocer cuándo un camino deja de ser camino…
y se convierte en una amenaza.

* Inserción comunitaria: decidir quiénes queremos ser

Llegados a este punto, la Epifanía nos coloca delante de una pregunta crucial que no es ideológica, sino profundamente espiritual. No se trata de señalar a otros, sino de discernir qué tipo de comunidad queremos ser.

Podemos parecernos a Jerusalén: una comunidad con mucha religión, con Escritura en los labios, con memoria bíblica entrenada, pero cuya espiritualidad se ha ido acostumbrando, domesticando, aprendiendo a convivir con el vaivén del poder.

Jerusalén no hace nada. Sabe. Reconoce los textos. Pero no se mueve.

Y cuando la fe se acostumbra, cuando se vuelve funcional, cuando pierde la capacidad de incomodarse, puede terminar aplaudiendo —o justificando— cosas que no dan vida, simplemente porque vienen envueltas en palabras grandes como “orden”, “seguridad” o “libertad”.

La Epifanía nos ofrece otra posibilidad. Decidir ser una comunidad con una espiritualidad como la de los Reyes Magos no significa creernos mejores ni más inteligentes. Significa algo mucho más humilde y más exigente: no dejarnos encandilar por el brillo del poder, no confundir fuerza con verdad, no aceptar sin discernimiento narrativas que prometen salvación mientras producen muerte.

Los magos no derrotan a Herodes.
No lo desenmascaran públicamente.
No lo humillan.
Simplemente no cooperan.
Y ese gesto —silencioso, discreto— es profundamente evangélico.

Postrarse ante el Niño Dios es ese momento crucial en el que el corazón se abre al discernimiento de Dios.

No del dios atrapado en Jerusalén, no del dios que bendice cualquier proyecto poderoso, sino del Dios de la historia. El Dios que libera. El Dios que quiere la vida, y que no se complace en la muerte.

V. Epifanía hoy: aprender a no vivir desde el miedo

La Epifanía no nos deja respuestas cerradas. Nos deja una forma de mirar. Una perspectiva desde la cual aprender. Nos recuerda que no toda fe discierne, y que no todo discernimiento nace del poder.

A veces, la claridad viene desde afuera, desde los márgenes, desde quienes no tienen nada que proteger salvo la vida.

Vivimos en un tiempo en el que muchas decisiones se toman muy lejos de la fragilidad de la gente común. Un tiempo en el que el miedo circula con facilidad, se contagia rápido y busca aliados. Y también un tiempo en el que la fe corre el riesgo de acostumbrarse: a callar, a justificar o simplemente a no preguntar.

Epifanía nos invita a algo más exigente y más humilde: a creer y discernir. A no vivir desde el miedo que otros producen. A no prestarle nuestra fe a lógicas que prometen seguridad, pero descuidan la vida.

No siempre sabremos qué hacer con todo.
No siempre tendremos claridad inmediata.
Pero sí podemos pedir a Dios una gracia concreta:
la gracia de no perder la libertad interior,
la gracia de no confundir fe con obediencia ciega,
la gracia de reconocer cuándo es tiempo de seguir…
y cuándo es tiempo de volver por otro camino.

Que la luz de Epifanía no nos enceguezca,
sino que nos ilumine lo suficiente para dar el próximo paso.

Que nos conceda una fe que discierne,
una espiritualidad que no coopera con el miedo,
y el valor sereno de cuidar la vida,
aunque el camino no pase por el poder,
ni por lo establecido,
ni por lo seguro.

Amén.

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