Predicar el reino en tiempos brutales

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Comentario a San Mateo 4:12-23

Tercer Domingo después de Epifanía, 2026

El inicio del ministerio público de Jesús, según el Evangelio de Mateo, no sucede en un vacío espiritual ni en un clima de esperanza triunfal. Comienza, más bien, en un contexto marcado por la violencia política, el silenciamiento profético y el desplazamiento territorial. Juan el Bautista ha sido arrestado. La voz incómoda ha sido neutralizada. El poder ha hablado: con represión, con cárcel, con violencia, y pronto hablará con muerte.

Es precisamente en ese escenario —y no después, cuando los conflictos se resuelven— donde Jesús comienza a anunciar su mensaje central: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt 4:17).

Mateo no presenta este anuncio como una exhortación moral aislada ni como un llamado genérico a la corrección personal. Lo sitúa, más bien, como la clave hermenéutica de todo el ministerio de Jesús. No se trata de un prólogo decorativo ni de una consigna introductoria, sino del corazón de su mensaje, el eje que sostendrá todo lo que vendrá después: el llamado de los discípulos, su manera de enseñar públicamente esa nueva realidad que Mateo llama el reino de Dios, las curaciones, los conflictos con las autoridades religiosas y, finalmente, la cruz.

Sin embargo, pocas palabras del vocabulario cristiano han sido tan desfiguradas por el uso religioso como arrepentimiento. En amplios sectores del cristianismo contemporáneo —particularmente en tradiciones evangélicas marcadas por el miedo al fin del mundo y por una escatología punitiva— arrepentirse ha quedado reducido a sinónimo de culpa, amenaza, infierno y castigo inminente. En ese marco, el arrepentimiento funciona más como un dispositivo de control que como una auténtica apertura a la gracia.

Mateo, en cambio, nos sitúa ante otro horizonte teológico. El arrepentimiento aparece aquí como condición de posibilidad para percibir una realidad nueva que ya está irrumpiendo. No como requisito para escapar del mundo ni como antesala del juicio, sino como una reorientación profunda de la mirada, necesaria para reconocer y habitar el reino de Dios que se ha acercado. Arrepentirse no es huir de la historia, sino aprender a vivir en ella desde una perspectiva transformada: aprender a mirar la realidad con otros lentes.

Exégesis y contexto

1. Un comienzo “bajo arresto”: la continuidad entre Juan y Jesús (4:12; 4:17)

El ministerio de Jesús comienza con una mala noticia: Juan el Bautista ha sido arrestado (4:12). El Evangelio no ofrece aquí detalles sobre las circunstancias del encarcelamiento —esos serán desarrollados más adelante—, pero la función narrativa del dato es inmediata y decisiva. El anuncio del reino no surge en un ambiente protegido ni en un clima de estabilidad religiosa, sino en una arena de confrontación donde el poder ya ha comenzado a silenciar la palabra profética. Desde el inicio, el reino se proclama en una geografía marcada por la violencia y la represión.

En ese contexto, Mateo realiza un gesto literario y teológico deliberado: pone en labios de Jesús exactamente el mismo anuncio que antes había atribuido a Juan. En 3:2 Juan proclama: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca”, y en 4:17 Jesús retoma la misma fórmula. Esta repetición no es accidental ni meramente estilística. Al hacerlo, Mateo subraya la continuidad entre Juan y Jesús y presenta el anuncio del reino —desde la predicación de Juan hasta el llamado de los primeros discípulos— como un solo movimiento narrativo y teológico que introduce el ministerio público.

De este modo, el arrepentimiento (metanoia) no aparece como una obsesión moralista ni como un recurso destinado a infundir temor, sino como la disposición interior necesaria para sintonizar con el reino que irrumpe. No se trata de un ajuste conductual previo al anuncio, sino de una apertura de la percepción ante una realidad nueva que ya está manifestándose. Y esa irrupción ocurre, de manera significativa, en un mundo donde decir la verdad puede costar la cárcel y la vida.

2. “Galilea” no es un decorado: desplazamiento, periferia y estrategia narrativa (4:12–16)

Mateo describe a Jesús retirándose a Galilea y luego estableciéndose en Cafarnaúm (4:12–13). El movimiento es geográfico, pero no puede leerse solo en esos términos. Se trata también de un desplazamiento teológico: el anuncio del reino se aparta de los centros cargados de prestigio religioso y político para situarse en una región periférica, fronteriza y socialmente ambigua.

Para subrayar este giro, Mateo introduce una de sus citas características de “cumplimiento” (4:14–16), tomada de Isaías 8:23–9:1. En su contexto original, la frase “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” no era una afirmación abstracta ni meramente espiritual, sino un oráculo de esperanza pronunciado tras la devastación asiria del año 732 a.C., dirigido a un territorio humillado y marcado por la violencia imperial. Mateo retoma esa palabra para afirmar, una vez más, que la acción de Dios no irrumpe al margen de la historia, sino precisamente en escenarios atravesados por la violencia humana.

La expresión “Galilea de los gentiles” puede aludir a la historia del área tras la conquista asiria, pero en el marco del Evangelio remite sobre todo a la condición marginal y compleja del territorio, anticipando discretamente el horizonte universal que culminará en 28:19. El énfasis de Mateo no está tanto en los gentiles como tales, sino en Galilea como espacio periférico, lejos del centro religioso de Jerusalén.

Asimismo, Mateo introduce una modificación significativa del texto de la LXX. Donde Isaías decía que la luz “brillará”, el evangelista escribe que la luz “ha surgido” o “ha amanecido”. El cambio acentúa el carácter inaugural del ministerio de Jesús: no se anuncia una iluminación futura, sino el comienzo efectivo de una nueva realidad. La luz no está prometida; ya está irrumpiendo.

De este modo, Mateo no está decorando el relato con poesía profética ni acumulando citas para legitimar retrospectivamente a Jesús. Está afirmando que, precisamente en una región asociada a la humillación histórica y marcada por una identidad compleja y mestiza, Dios inaugura un nuevo comienzo. En ese marco, la metanoia no se activa por el temor al castigo ni por la amenaza del juicio, sino por la posibilidad real de reconocer que la luz ya está amaneciendo en un territorio que parecía condenado a la sombra.

3. Mateo 4:17 como eje teológico: cercanía, inauguración y horizonte

Mateo 4:17 funciona como un eje teológico en el relato. A partir de este versículo, el Evangelio entra de lleno en el ministerio público de Jesús y ofrece, en una sola frase, una síntesis programática de su mensaje: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca”.

La formulación guarda relación con Marcos 1:14–15, pero presenta rasgos propios. Mateo concentra el énfasis en la cercanía del reino y en la respuesta que esa cercanía provoca. El mensaje no apunta a una realidad plenamente consumada ni a un acontecimiento relegado al futuro, sino a un proceso inaugurado, lo suficientemente próximo como para exigir discernimiento y toma de posición en el presente.

El verbo “se ha acercado” no describe una llegada definitiva ni un cumplimiento total. El reino no está plenamente realizado, pero tampoco es una promesa abstracta. Está “cerca” en el sentido de que ya ha comenzado a hacerse perceptible en la historia, abriendo un nuevo horizonte de sentido en medio de un mundo marcado por la violencia, la represión y el temor.

En ese marco, la metanoia adquiere su densidad teológica más profunda. No se trata de un ajuste moral previo al acceso al reino ni de un requisito impuesto por la amenaza del juicio. La metanoia es, ante todo, una reorientación de la mirada, un cambio de perspectiva que permite reconocer una realidad que ya está actuando. Arrepentirse no significa escapar del mundo ni prepararse para abandonarlo, sino aprender a leerlo de otra manera, desde la cercanía activa de Dios.

Así entendida, la metanoia no niega la dureza del contexto ni minimiza la represión que atraviesa el relato. Juan sigue encarcelado, el poder continúa operando y la violencia no desaparece. Pero el texto afirma que, aun en ese escenario, el reino se ha acercado y puede ser reconocido. La llamada al arrepentimiento no busca producir miedo ni sumisión, sino habilitar una percepción distinta, capaz de discernir la acción de Dios allí donde el orden dominante pretende imponer silencio y control.

4. Del anuncio al seguimiento: el llamado de los primeros discípulos (4:18–22)

En continuidad inmediata con el anuncio programático de 4:17, Mateo narra el llamado de los primeros discípulos. El relato pone especial cuidado en subrayar los vínculos concretos en los que ocurre el seguimiento: hermanos, compañeros de trabajo, padres e hijos. El llamado no surge en el vacío ni a partir de individuos aislados, sino en medio de lazos familiares, laborales y comunitarios ya establecidos.

La secuencia es teológicamente elocuente: metanoia → reino que irrumpe → seguimiento. El arrepentimiento no queda suspendido como exigencia abstracta ni como experiencia puramente interior. Se traduce en una práctica concreta: dejar redes, reordenar lealtades, modificar el eje de la vida cotidiana y entrar en un movimiento que redefine el sentido del trabajo, del tiempo y de las relaciones.

El llamado no acontece en un espacio sagrado ni en un ámbito protegido, sino junto al mar, en el mundo de la subsistencia diaria. Mateo subraya así que el seguimiento no implica huir de la vida ordinaria, sino ser desplazado dentro de ella. Las redes no se abandonan por desprecio al trabajo, sino porque el horizonte desde el cual se vive ese trabajo ha sido transformado por la cercanía del reino.

De este modo, el seguimiento aparece como la expresión visible de la metanoia. Cambiar la mirada ante la irrupción del reino conduce a una reconfiguración práctica de la existencia. No se trata de un gesto heroico ni de una renuncia romántica, sino de una respuesta situada y encarnada, que acontece en un mundo concreto y bajo condiciones históricas determinadas. La metanoia se hace camino, y el anuncio se vuelve comunidad en movimiento.

5. Un sumario programático del ministerio: enseñar, proclamar, curar (4:23)

El versículo 4:23 funciona como un sumario programático del ministerio de Jesús. Mateo condensa aquí, en una sola frase, el conjunto de su actividad inicial: Jesús recorre Galilea enseñando, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y dolencia en el pueblo. No se trata de una descripción ocasional, sino de una síntesis deliberada que anticipa el desarrollo posterior del Evangelio.

Estas tres acciones —enseñar, proclamar y curar— constituyen el núcleo estructural del ministerio de Jesús. El anuncio del reino no se limita al discurso ni a la proclamación verbal; se despliega en prácticas concretas que transforman la vida de las personas y de las comunidades. La palabra no queda suspendida en el aire ni se agota en la exhortación: se verifica en gestos que restauran, alivian y devuelven dignidad.

Con este sumario, Mateo consolida una afirmación decisiva: el reino que se anuncia desde el comienzo —y que irrumpe en un contexto marcado por el arresto, la represión y el temor— no se reduce a consigna espiritual ni a amenaza escatológica. Se manifiesta en prácticas visibles que rehacen la vida en medio de la historia. Enseñar, proclamar y curar describen una forma de presencia que no evade el mundo, sino que lo atraviesa, lo confronta y lo transforma desde dentro.

Así, al cerrar esta sección, el Evangelio deja claro que el anuncio del reino no espera condiciones ideales para desplegarse. Se encarna en palabra pública, formación comunitaria y sanación integral, incluso —y precisamente— en territorios atravesados por la violencia y la fragilidad. Desde allí, el reino comienza a hacerse reconocible.

El texto y su sentido teológico

1. El reino como realidad presente, no como amenaza futura

El anuncio central de Jesús —«el reino de los cielos está cerca»— no funciona como una advertencia sobre un futuro incierto ni como una amenaza pendiente de cumplimiento. Es, ante todo, una afirmación sobre el presente. El tiempo verbal indica una acción ya en curso, algo que ha comenzado a manifestarse y que reclama atención. El reino no aparece como promesa lejana ni como compensación diferida para otro tiempo, sino como una presencia activa que exige discernimiento aquí y ahora.

Esta afirmación desestabiliza de raíz una teología que ha convertido el arrepentimiento en un mecanismo de control religioso: “arrepiéntete o serás castigado”. En Jesús, el llamado adopta otra tonalidad: “arrepiéntete para poder ver lo que Dios ya está haciendo”. El problema no es la ausencia de Dios ni su retirada del mundo, sino nuestra dificultad para reconocer su acción cuando esta no encaja con nuestras expectativas religiosas, políticas o culturales.

Dicho de otro modo, el texto no presenta un mundo vacío de Dios que debe ser corregido mediante la amenaza, sino una realidad saturada de la presencia divina que requiere una transformación de la mirada para ser reconocida. El arrepentimiento no prepara el camino para que Dios actúe; prepara nuestros ojos para percibir una acción que ya está en marcha.

En tiempos brutales, esta afirmación adquiere un peso particular. El poder no solo reprime cuerpos: coloniza la imaginación, instala el miedo, normaliza la violencia y reduce el horizonte de lo posible. Cuando eso ocurre, la realidad queda secuestrada por una única narrativa: la del terror como destino inevitable.

Frente a esa lógica, el reino no compite con el poder en sus propios términos ni promete una victoria inmediata. Abre, más bien, un campo alternativo de percepción. No niega la cárcel ni la represión, no las espiritualiza ni las minimiza, pero les impide convertirse en la última palabra sobre la realidad. Allí donde el poder busca clausurar toda esperanza, el anuncio del reino afirma que todavía hay algo que puede ser visto, nombrado y vivido de otro modo.

2. Metanoia como cambio de mirada, no como obsesión moral

Desde esta clave, reducir el arrepentimiento a la esfera de la moral individual empobrece radicalmente el anuncio de Jesús. Cuando la metanoia se interpreta exclusivamente como corrección de conductas, examen de culpas o mejora ética personal, el reino queda desplazado a un segundo plano y el llamado de Jesús se transforma en una exigencia pesada, difícil de sostener y fácilmente manipulable desde el miedo.

En Mateo 4, sin embargo, la metanoia aparece inseparablemente vinculada a la irrupción del reino. No se trata de un requisito previo que deba cumplirse para que Dios actúe, sino de una disposición interior que permite reconocer una realidad que ya está actuando. El arrepentimiento no inaugura el reino; el reino, al acercarse, provoca la metanoia. Es la cercanía de Dios la que exige una reorientación profunda de la mirada.

Por eso, la metanoia que acompaña la llegada del reino no se limita a la esfera privada ni se agota en la moral personal. Implica un cambio más amplio y más hondo: reordena prioridades, cuestiona jerarquías establecidas y redefine lo que cuenta como vida plena y significativa. No se trata simplemente de “portarse mejor”, sino de aprender a ver el mundo desde otra lógica, desde otro horizonte de sentido.

Este carácter no moralista del arrepentimiento se vuelve visible inmediatamente en el relato. Después del anuncio de 4:17, Jesús no ofrece un código ético ni una lista de obligaciones. Llama a personas concretas a dejar redes, barcas y seguridades (4:18–22). Ese llamado no apunta a una mayor religiosidad ni a una huida del mundo, sino a la participación en una forma distinta de vida, configurada por la cercanía del reino.

El texto sugiere así que el reino de Dios no puede ser comprendido desde fuera ni captado solo a nivel conceptual. Se reconoce en el movimiento del seguimiento. La metanoia no es solo un cambio interior; es el umbral que permite entrar en un camino donde la comprensión se da al andar. No se ve primero para luego caminar; se camina y, en el camino, la mirada se transforma.

En este sentido, la metanoia no funciona como un dispositivo de control ni como una obsesión moral que paraliza, sino como una apertura que libera. Libera de una visión estrecha de la vida, de una fe reducida a culpa y de una esperanza siempre aplazada. Arrepentirse es aprender a habitar la historia desde la lógica del reino que ya se ha acercado, aun cuando esa historia siga atravesada por la ambigüedad, el conflicto y la fragilidad.

Camino a la predicación

Las malas noticias que recibimos a diario tienen un peso real y acumulativo. La cacería y deportación indiscriminada de personas inmigrantes; la brutal paradoja de convocar una supuesta “junta de paz” mientras se siembra el terror dentro y fuera de los Estados Unidos; el genocidio sostenido del pueblo palestino; los múltiples procesos de deshumanización que atraviesan nuestras sociedades y también nos atraviesan a nosotros. No se trata de percepciones exageradas ni de sensibilidades frágiles: vivimos en tiempos brutales, y el Evangelio no nos pide negarlo.

En este contexto, es fácil —y comprensible— caer en lo que la psicología contemporánea denomina sesgo de negatividad: la tendencia a percibir la realidad casi exclusivamente desde sus dimensiones más amenazantes y destructivas. Cuando ese sesgo se instala, el futuro se vuelve ilegible y el miedo comienza a colonizar no solo nuestras emociones, sino también nuestra imaginación. El resultado no es lucidez profética, sino parálisis. La esperanza se desgasta y el horizonte se achica.

Algo similar ocurre cuando la fe adopta un presentismo histórico: la sensación de que vivimos el peor momento de la historia, sin antecedentes ni aprendizajes posibles. Bajo esa lógica, el mal aparece como absoluto y la acción de Dios como irrelevante o ausente. Predicar desde ahí suele derivar, sin quererlo, en discursos que refuerzan el temor o que espiritualizan la desesperación.

El texto de Mateo propone otro camino. Frente a la brutalidad del poder romano, las acciones de Jesús podrían parecer mínimas, casi insignificantes: caminar por Galilea, llamar a unos pescadores, enseñar en sinagogas locales, curar cuerpos frágiles. Nada de eso detiene la maquinaria imperial ni libera a Juan de la cárcel. Y, sin embargo, Mateo insiste en que allí está ocurriendo algo nuevo y decisivo.

La metanoia que Jesús proclama no niega la violencia del contexto ni la minimiza. Tampoco convierte la historia en un relato triunfalista donde todo mejora rápidamente. Lo que hace es desactivar la colonización de la mirada. Invita a ver la realidad con otros lentes, a reconocer que, aun en medio de la catástrofe, hay señales del reino de Dios que ya está llegando. Señales frágiles, parciales, a veces casi imperceptibles, pero reales.

Predicar la metanoia, entonces, no es pedir más sacrificio ni más heroísmo moral. Es defender una forma distinta de ver el mundo, una mirada que no queda completamente capturada por la lógica del terror. Aunque esa mirada no derribe de inmediato la cárcel donde Juan va a morir, sí debilita su pretensión de totalidad. La violencia deja de ser la única narrativa posible.

Aquí la predicación puede —y debe— dar testimonio. No para exhibir logros ni para tranquilizar conciencias, sino para nombrar lo que ocurre cuando la vida se rehúsa a quedar totalmente sometida a la lógica del miedo.

En el año 2025, por ejemplo, supimos de la necesidad urgente de tratamiento médico de una joven puertorriqueña que debía viajar fuera del país para realizarse estudios diagnósticos especializados. No la conocíamos. No pertenecía a ninguna de nuestras comunidades. No había vínculo previo ni obligación pastoral. La posibilidad de ayudar no surgió de un programa ni de una estrategia institucional, sino de una persona de nuestra comunidad con una pregunta sencilla y honesta: ¿hay algo que podamos hacer?

Esa pregunta —modesta, pero cargada de compasión— abrió un proceso inesperado. No se activaron recursos abundantes, porque no los teníamos. Lo que se puso en marcha fueron fragilidades. Éramos pocos. Nuestros medios eran limitados. Y, sin embargo, comenzó a tejerse una red. Otras congregaciones, de distintas tradiciones, aceptaron sumarse. Artistas, músicos y personas de diversos ámbitos ofrecieron su tiempo y su trabajo sin contrato, sin pago, sin expectativa de reconocimiento.

La actividad que se organizó no fue un culto ni una campaña. Fue encuentro, arte, música, danza y cuidado compartido. No se habló del reino de Dios como consigna, pero algo del reino estaba ocurriendo allí. No como un espectáculo triunfal, sino como una forma concreta de cuidado que se vuelve posible cuando nadie reclama protagonismo.

La joven pudo viajar. Se logró llegar a un diagnóstico. No se resolvieron todos los problemas. No se interrumpió la brutalidad de nuestro tiempo ni se corrigieron los sistemas que producen precariedad y exclusión. Pero algo se desplazó. En medio de tanta deshumanización, una vida fue sostenida, y una comunidad reunida —heterogénea, pequeña, sin poder— actuó como si la vida mereciera ser cuidada incluso cuando no había garantías de éxito.

Nombrar esto en la predicación no es ingenuidad ni evasión. Es un acto de metanoia compartida. Es ayudar a la comunidad a reconocer que el reino que Jesús anuncia no se manifiesta como victoria aplastante ni como solución total, sino como interrupción concreta de la lógica de la indiferencia. El reino se deja ver allí donde alguien se vuelve visible, donde una necesidad deja de ser anónima, donde el cuidado se organiza sin pedir credenciales.

Predicar Mateo 4 en tiempos brutales implica asumir esta tarea con honestidad pastoral: no negar el dolor ni romantizar la historia, pero tampoco permitir que el miedo tenga la última palabra. La metanoia —el arrepentimiento que Jesús anuncia— sigue invitándonos a ver y a habitar la realidad desde otro horizonte, donde el reino ya está cerca y comienza a hacerse reconocible en gestos frágiles, concretos y profundamente humanos, que no derrotan al poder, pero sí le niegan su pretensión de totalidad.

Quizá la pregunta que queda abierta para nuestras comunidades no sea si somos capaces de cambiar el mundo, sino esta:

¿Qué gestos, aunque pequeños, están ya ocurriendo entre nosotros y dan testimonio de que el reino de Dios sigue llegando, aquí y ahora?


Bibliografía

Brueggemann, Walter. The Prophetic Imagination. 2nd ed. Minneapolis: Fortress Press, 2001.

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Luz, Ulrich. Matthew 1–7: A Commentary. Hermeneia. Minneapolis: Fortress Press, 2007.

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