Si algo nos puede salvar, son los vínculos

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Comentario a San Mateo 17:1–9
Domingo de Transfiguración de Nuestro Señor, 2026

El relato de la Transfiguración suele leerse como un momento de revelación espectacular: luz, gloria, nube, voz divina. Sin embargo, en el Evangelio según Mateo, este episodio no aparece como una experiencia pública ni como una demostración de poder, sino como un acto deliberado de cercanía. Jesús no sube al monte solo. Tampoco lleva a todos. Elige a Pedro, a Santiago y a Juan.

Antes que un “evento místico”, la Transfiguración es una experiencia relacional. Jesús se deja ver —en su verdad más profunda— en el marco de una relación de confianza, amistad y acompañamiento. La gloria no se impone: se comparte.

En una época marcada por la fragilidad de los vínculos, donde incluso la fe y la vida comunitaria se viven muchas veces de manera instrumental —¿para qué me sirve?, ¿qué obtengo?—, este texto abre una pregunta incómoda y necesaria: ¿y si la fe no se sostiene, en última instancia, por estrategias, resultados o adaptaciones, sino por relaciones que nos humanizan?

¿Y si, en realidad, lo que nos puede salvar son los vínculos?

Exégesis y contexto

1. Un tiempo y un grupo elegidos

El relato de la Transfiguración, tal como lo presenta el Evangelio según Mateo, no es un episodio aislado ni un paréntesis luminoso dentro de una historia oscura. Ocurre “seis días después” de la confesión de Pedro y del primer anuncio de la pasión. Es decir, después de reconocer quién es Jesús, pero antes de comprender qué implica seguirlo.

Ese “seis días después” no solo evoca la memoria del Sinaí, sino que marca un tiempo de espera, de decantación, de tránsito. La revelación no irrumpe de manera improvisada: madura en el camino compartido. Jesús no sube al monte para huir del conflicto que se avecina, sino para sostener relacionalmente a quienes pronto se verán confrontados con el escándalo de la cruz.

Mateo es cuidadoso al señalar que Jesús elige a Pedro, Santiago y Juan. No son los más brillantes ni los más confiables —Pedro acababa de ser reprendido con dureza—, pero forman parte de un círculo de cercanía. La revelación de la gloria acontece dentro de un vínculo previo. No se trata de información nueva, sino de una profundización de la relación. Jesús se deja ver tal como es, no para impresionar, sino para preparar.

2. La gloria que desestabiliza

La Transfiguración no es tanto una “visión” cuanto una experiencia compartida. La transformación de Jesús ocurre delante de ellos, pero no los excluye ni los anula. No quedan como espectadores pasivos, sino como testigos implicados. Mateo no describe entusiasmo, sino desconcierto. La gloria no aclara todo; desestabiliza, como suele hacerlo toda revelación auténtica.

La presencia de Moisés y Elías refuerza esta lógica. Ambos representan encuentros decisivos con Dios, pero también trayectorias marcadas por la fragilidad, el cansancio y el conflicto. Mateo no los introduce para magnificar la escena, sino para inscribir a Jesús en una historia donde la revelación siempre ha sido relacional y nunca exenta de costo.

Pedro intenta fijar la experiencia. Las tiendas expresan el deseo de conservar, de institucionalizar, de hacer habitable lo extraordinario. Pero la nube interrumpe. La voz habla. El centro se desplaza: no hacia la experiencia, sino hacia la escucha del Hijo. No se trata de quedarse en el monte, sino de aprender a caminar desde allí.

3. La revelación que restaura el vínculo

El efecto no es euforia, sino temor. Los discípulos caen rostro en tierra. Mateo subraya así que la revelación no produce control, sino vulnerabilidad. Y es allí donde ocurre el gesto decisivo: Jesús se acerca, los toca y los levanta.

La teofanía culmina en un acto profundamente humano. El Jesús glorificado es el mismo que se aproxima y restaura el vínculo. Cuando los discípulos levantan los ojos, no ven a nadie más que a Jesús solo. No una doctrina, no una experiencia, sino una presencia que sigue caminando con ellos.

    El texto y su sentido teológico

    1. La gloria que no separa, sino que permanece

    En el Evangelio según Mateo, la Transfiguración no funciona como una revelación añadida a la identidad de Jesús, sino como una confirmación relacional de quién es él en el marco del discipulado. Mateo no presenta un cambio en Jesús, sino un cambio en la manera en que los discípulos lo perciben. La gloria no altera su misión; la ilumina desde dentro.

    El sentido teológico del relato no se juega, por tanto, en la transformación visible de Jesús, sino en la dinámica de relación que la hace posible. Jesús no revela su gloria para diferenciarse de los suyos, sino para permanecer con ellos en un momento crucial del camino. La Transfiguración acontece cuando el seguimiento comienza a volverse incomprensible y costoso. La revelación no evita la cruz, pero ofrece un horizonte de sentido para atravesarla.

    Desde esta perspectiva, la gloria de Jesús no es una manifestación de poder desligada de la historia, sino una gloria vulnerable, accesible solo en la cercanía. Mateo no habla de una luz que enceguece, sino de una presencia que, aun desbordante, no rompe el vínculo.

    2. Escuchar como forma de relación

    La voz divina no separa al Hijo de los discípulos, sino que los orienta hacia él: “a él escuchen”. En Mateo, escuchar no es un acto meramente intelectual ni una obediencia abstracta, sino una forma de relación sostenida. Escuchar es permanecer atentos a una presencia que acompaña, incluso cuando el camino no se comprende del todo.

    Teológicamente, esto desplaza el centro de la fe desde la experiencia extraordinaria hacia la fidelidad relacional. La Transfiguración no propone un modelo de espiritualidad basado en la acumulación de momentos intensos, sino una espiritualidad que se deja transformar por la convivencia prolongada con Jesús. La gloria no se posee ni se administra; se recibe en la medida en que se permanece.

    El intento de Pedro de construir tiendas revela una tentación recurrente: convertir la experiencia de Dios en algo estable, gestionable, casi habitable. Mateo no ridiculiza a Pedro, pero deja claro que la fe no puede fijarse sin traicionarse. La nube interrumpe, la voz redefine, y el texto reorienta la atención: no hacia el lugar, ni siquiera hacia la experiencia, sino hacia la relación con el Hijo. La fe no se ancla en estructuras que aseguren permanencia, sino en una escucha que acompaña el movimiento.

    3. La fe que levanta y devuelve al camino

    Uno de los acentos teológicos más significativos del relato es que la revelación culmina no en palabras, sino en un gesto: Jesús se acerca, toca y levanta. En Mateo, el Dios que se revela es el Dios que restaura la posibilidad de ponerse en pie. La gloria no paraliza; devuelve al camino. El temor no se resuelve con explicaciones, sino con cercanía.

    Cuando Moisés y Elías desaparecen y los discípulos “no ven a nadie más que a Jesús solo”, Mateo no está descartando la tradición, sino afirmando su cumplimiento relacional. La Ley y los Profetas no quedan anulados, sino concentrados en una persona con la que se camina. El centro de la fe deja de ser un sistema de mediaciones para convertirse en una presencia acompañante.

    Finalmente, el mandato de guardar silencio introduce una dimensión temporal decisiva. Hay experiencias de Dios que no pueden ser comprendidas ni comunicadas de inmediato, porque su sentido depende del camino que se sigue recorriendo. La Transfiguración solo se entiende plenamente a la luz de la cruz y de la resurrección, pero sobre todo a la luz de una relación que no se rompe cuando el entusiasmo se desvanece.

    Desde Mateo, entonces, la Transfiguración afirma que la fe cristiana no se sostiene primariamente por la espectacularidad de lo divino ni por la eficacia de lo religioso, sino por vínculos que resisten el desconcierto, el miedo y la fragilidad. La gloria de Dios no se opone a la humanidad; la habita. Y la iglesia —si quiere ser fiel a este texto— no está llamada a reproducir el monte, sino a cuidar relaciones donde alguien pueda caer, ser tocado y volver a levantarse.

      Camino a la predicación

      La Transfiguración no invita a la comunidad a buscar experiencias extraordinarias, sino a revisar qué vínculos sostienen hoy la fe. Jesús no expone a los discípulos para que entiendan más, sino para que no queden solos cuando el camino se vuelva oscuro.

      Esta clave se vuelve especialmente elocuente cuando dialoga con experiencias humanas límite, allí donde la fe ya no puede sostenerse en palabras bien formuladas. En estos días se cumplió un nuevo aniversario del cumpleaños de mi papá. Habría cumplido 83 años. Murió con apenas 62. Fue zapatero remendón y pastor de una pequeña comunidad pentecostal. Un hombre sencillo, profundamente comprometido con su familia y con su fe.

      Su último año fue particularmente doloroso. Postrado, atravesando un deterioro progresivo, intentaba no perder la confianza. La noche previa a su muerte fue larga. Estuve con él hasta el final. Yo, predicador desde joven y también enfermero, me encontré completamente impotente.

      Me pidió que le leyera la Biblia. Busqué el Salmo 84. Sus palabras se encarnaban mientras leía “Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos”. Antes de perder el conocimiento también me pidió que orara. No pude. No hubo palabras. Solo presencia. Mano sostenida. Silencio compartido. El dolor era demasiado grande.

      Con el tiempo entendí que ese momento fue para mí una forma de transfiguración. No luminosa, sino dolorosa. Allí se reveló algo esencial: cuando todo falla, cuando incluso la oración se quiebra, lo que permanece son los vínculos.

      Desde ahí, Mateo se deja leer de otro modo. Jesús no explica. No exige. Se acerca. Toca. Levanta. Baja del monte con los suyos. La gloria no los separa del dolor, pero les recuerda que no lo atraviesan solos.

      Tal vez el lugar donde Dios se transfigura hoy no sea en el éxito visible de nuestras comunidades, ni la fortaleza institucional, sino en esos vínculos discretos —a veces frágiles, a veces cansados— que nos siguen humanizando. Allí donde alguien es visto, acompañado y sostenido sin condiciones, la gloria de Dios sigue aconteciendo, aunque no siempre brille.

      Porque, al final del camino, si algo nos puede salvar, son los vínculos.


      Bibliografía

      Bonhoeffer, Dietrich. Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde la prisión. Salamanca: Sígueme, 2001.

      Evans, Craig A. Matthew. New Cambridge Bible Commentary. Cambridge: Cambridge University Press, 2012.

      Garland, David E. Matthew. Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament. Grand Rapids, MI: Zondervan, 2010.

      Harrington, Daniel J. The Gospel of Matthew. Sacra Pagina Series 1. Collegeville, MN: Liturgical Press, 1991.

      Root, Andrew. Churches and the Crisis of Decline. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2020.

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