Predicación del 3º Domingo de Cuaresma
8 de marzo de 2026
San Juan 4:5-42

Hace unos días vi un video que me dejó pensando mucho.
Y cuando leí el evangelio de hoy —el encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo de Jacob— no pude evitar conectar las dos escenas.
El video es parte de un proyecto en México, en la península de Yucatán, que se llama Crónicas Selváticas. Allí, en medio de la selva, algunas personas han instalado pequeños bebederos de agua para los animales. En ciertas épocas del año el agua escasea, y además la acción humana ha ido reduciendo muchas de las fuentes naturales que los animales solían tener.
Hay una cámara fija que graba continuamente durante varios días.
Y entonces comienza a suceder algo fascinante.
Los primeros que llegan son los murciélagos, que pasan de noche apenas rozando el agua.
Luego aparecen pequeñas aves. Más tarde llegan pájaros más grandes. En otro momento aparece un mapache. Después un venado. Y también ranas y felinos que se acercan con cautela.
A lo largo de las horas y de los días, distintos animales se acercan al mismo lugar.
Cada uno llega con desconfianza. Cada uno bebe. Cada uno se va.
Pero todos llegan por la misma razón. La sed.
La sed es una de esas experiencias que todos compartimos en la naturaleza. No importa la especie. No importa el tamaño. No importa el lugar que uno ocupe en la cadena de la vida.
Cuando hay sed, todos buscamos agua. Y el evangelio de hoy comienza exactamente ahí. Con sed.
Jesús llega a un pozo en Samaria. Está cansado del camino. Es mediodía. El sol cae fuerte sobre la tierra. Y cuando llega una mujer para sacar agua, Jesús le pide algo muy simple:
“Dame de beber”. Es una frase sencilla, pero en ella hay algo profundamente humano.
Jesús comienza reconociendo su propia sed.
No empieza confrontando a la mujer. No empieza enseñando. No empieza predicando sobre el reino de Dios.
Empieza pidiendo agua.
Es el Dios vulnerable, que se presenta como quien necesita beber.
La fe cristiana nunca comienza negando lo humano. Comienza reconociendo nuestra sed.
Y muy pronto esta historia nos deja ver que, en ese pozo, no hay solamente la sed del cuerpo.
Hay otros tipos de sed más profundas.
La primera sed es la más evidente: la sed física.
Jesús está cansado. Ha caminado mucho. Tiene sed. La mujer viene con su cántaro para sacar agua del pozo.
Es una escena común y corriente en un pueblo rural, algo que ha ocurrido millones de veces en la historia de la humanidad.
Y, sin embargo, en ese gesto cotidiano comienza a revelarse algo mucho más profundo.
Porque esa mujer no llega solamente con la sed que puede calmar con su cántaro.
Llega también con sed de relación, sed de dignidad.
Los estudios bíblicos dicen que, normalmente, las mujeres iban al pozo temprano en la mañana y en grupo. Era un momento social, un momento de encuentro.
Pero esta mujer llega sola. Y llega al mediodía.
Eso sugiere algo. Probablemente era una mujer marcada por la vida, por su historia, por los rumores del pueblo, por relaciones rotas.
Una mujer que muy probablemente vivía echada a un lado. Por eso su sorpresa es tan grande cuando Jesús le habla.
Porque en ese mundo había barreras muy claras: un rabino judío no hablaba con una mujer en público, y mucho menos con una samaritana.
Sin embargo, Jesús la mira.
Le habla.
Y se detiene a conversar con ella.
La trata como una persona digna de diálogo.
Y en ese gesto hay algo profundamente subversivo.
Hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, este texto resuena de una manera muy particular.
Porque el evangelio nos muestra algo extraordinario: una mujer samaritana, una mujer marginada, una mujer sin nombre en el relato… se convierte —junto con la Virgen María, María Magdalena y María de Betania— en una de las interlocutoras teológicas más importantes de todo el Evangelio de Juan.
No es un sacerdote quien sostiene este diálogo.
No es un sabio conocedor de la ley.
No es un líder religioso.
Es una mujer.
Y en una cultura donde las mujeres nunca participaban en discusiones teológicas públicas, Jesús la convierte en interlocutora de una de las conversaciones más profundas de todo el evangelio.
Jesús no solo le pide agua. También toma en serio sus preguntas.
Y entonces aparece una tercera sed: la sed religiosa.
La mujer plantea el gran conflicto entre judíos y samaritanos.
“Nuestros padres adoraron en este monte, y ustedes dicen que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.”
Es una pregunta enorme.
¿Dónde está Dios?
¿En qué lugar sagrado?
¿En qué templo?
¿Quién tiene la tradición correcta?
¿Quién tiene la verdad?
Durante siglos, judíos y samaritanos discutieron exactamente esto: Jerusalén o Gerizim. Un monte o el otro.
Pero cuando uno mira la historia humana con un poco de distancia, descubre que este tipo de conflicto se ha repetido una y otra vez.
Las religiones, que nacen para abrir el corazón humano al misterio de Dios, muchas veces terminan convirtiéndose en banderas de guerra.
Lo hemos visto durante siglos. Las guerras entre protestantes y católicos en Europa. Los conflictos religiosos en la India. Las tensiones entre el hinduismo y el Islam.
Y lo vemos también en estos días.
En la tragedia que vive el pueblo palestino.
En los cientos de misiles que vuelan de un lado a otro el cielo de Medio Oriente y matan, indiscriminadamente, niños, niñas y civiles.
Son guerras donde el nombre de Dios se invoca para justificar la destrucción del otro, la humillación del otro, la muerte del otro.
En muchas ocasiones, lo religioso se convierte en un lenguaje que legitima algo mucho más antiguo, profundamente ligado a nuestro Pecado: el deseo de poder, de controlar, de dominar sobre la tierra ajena.
Y entonces la religión se transforma en algo peligroso.
Porque cuando la violencia se reviste de lenguaje religioso, ya no parece violencia. Parece obediencia a Dios.
Ese es uno de los mecanismos más trágicos de la historia humana.
Y es exactamente la lógica que aparece en la pregunta de la mujer.
¿Dónde está Dios?
¿En nuestro monte?
¿En el monte de ustedes?
¿Quién tiene el templo verdadero?
Y entonces Jesús responde algo absolutamente sorprendente.
“No es en este monte. Ni en Jerusalén.”
Jesús no toma partido en la disputa.
Jesús rompe la lógica misma del conflicto.
Dice que la hora viene —y ya ha llegado— en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.
Es decir: Dios no está encerrado en un territorio religioso.
Dios no pertenece a un templo.
Dios no está aliado a ninguna nación.
Dios no se deja domesticar por ningún ejército.
Dios no puede ser capturado por nuestras fronteras religiosas.
Mientras las religiones discuten dónde está Dios, el evangelio nos muestra algo profundamente hermoso:
Dios está sentado junto al pozo, conversando con una mujer.
Y entonces aparece la sed más profunda de todas: la sed espiritual.
Jesús habla de un agua distinta. Un agua que no solo calma la sed por un momento. Un agua que se convierte en un manantial que brota para vida eterna.
La mujer todavía piensa en términos concretos. “Dame de esa agua”, dice.
Pero algo ya está cambiando en ella. Porque el encuentro con Jesús despierta una sed nueva.
Y entonces ocurre un gesto pequeño, pero lleno de significado. El evangelio dice que la mujer deja su cántaro junto al pozo.
Había llegado con ese cántaro vacío. Pero ahora se va con algo mucho más grande que un cántaro lleno de agua.
Ha encontrado una fuente. Corre al pueblo y dice: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.”
Y el relato termina con algo extraordinario. Los samaritanos dicen:
“Este es verdaderamente el Salvador del mundo.”
No el salvador de un pueblo.
No el salvador de una religión.
El Salvador del mundo.
Tal vez por eso este texto sigue hablándonos hoy. Porque todos nosotros conocemos la sed.
Sed de sentido.
Sed de dignidad.
Sed de verdad.
Sed de Dios.
Todos, en algún momento de la vida, llegamos al pozo con un cántaro vacío.
Pero el evangelio nos dice que allí, en el lugar de nuestra sed, puede ocurrir algo inesperado.
Podemos encontrarnos con alguien que nos ofrece agua viva.
Y entonces recuerdo otra vez aquella escena de la selva en México. Los animales llegan al bebedero porque saben que allí hay agua. La sed los reúne.
Quizás la humanidad entera está buscando algo parecido. Buscando una fuente.
Y el evangelio nos dice que esa fuente no está encerrada en templos ni en fronteras religiosas.
Está en el encuentro con aquel que se sentó junto al pozo y dijo: “El que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed”.
Por eso las palabras del Salmo 42 resuenan con tanta fuerza hoy:
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
Todos conocemos esa sed. Y la buena noticia del evangelio es esta:
Dios no ignora nuestra sed.
Dios viene a nuestro encuentro.
Dios se sienta junto al pozo.
Toma en serio nuestras preguntas.
Conoce toda nuestra vida.
Y aun así nos ofrece agua viva.
Un manantial que no se agota.
Un manantial que brota para vida eterna.
Amén.
Aquí el video de Crónicas Selváticas: Qué ocurrió cuando los ANIMALES descubrieron el BEBEDERO nuevo en la selva
