Permanecer en el amor

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Jueves Santo Taizé, 2026

San Juan 13:1–17, 31b–35

(Después del canto: «Donde hay caridad y amor…»)

Acabamos de cantar “Donde hay caridad y amor, allí está Dios”.

Lo hemos cantado quizá suavemente, casi sin detenernos demasiado en lo que decíamos.

Sin embargo, lo que acabamos de proclamar es profundamente radical.

No hemos dicho: donde hay poder, allí está Dios.
No hemos dicho: donde hay certezas, allí está Dios.

Hemos dicho: donde hay amor, allí está Dios.

Y tal vez, para comprender lo que eso significa, necesitamos aprender algo que no se aprende imitando.

Hay muchas cosas en la vida que aprendemos por imitación.
Aprendemos a cocinar, a hacer deporte, a manejar un carro, mirando a otros y otras.

Observamos, probamos, nos equivocamos y volvemos a intentar.
Con el tiempo, desarrollamos una habilidad.

Incluso nos hemos adaptado a cambios grandes de esa manera. Muchos pasamos de aquellos teléfonos con rueda para marcar números a teléfonos inteligentes, simplemente mirando cómo otros los usaban.

Pero hay otras cosas, fundamentales para la vida, que no las aprendimos así.

Por ejemplo, hablar nuestra lengua materna.

Nadie se sentó con nosotros a enseñarnos a hablar como si fuera una clase universitaria.

Siendo niños, nadie nos explicó primero la gramática ni la estructura del lenguaje.

Aprendimos a hablar porque vivimos dentro de un idioma.

Lo escuchamos todo el día. Lo respiramos.
Crecimos dentro de él.

Y un día, sin que nos diéramos cuenta, empezamos a hablar.

No copiamos el idioma. Lo habitamos.

Y tal vez, algo así pasa con el evangelio de hoy.

Esta noche no estamos frente a una enseñanza teórica.
Estamos frente a un encuentro.

En el relato del Evangelio de Juan, Jesús no ofrece una explicación. Jesús hace algo.

Se levanta de la mesa. Se inclina. Toma una toalla.
Lava los pies de sus discípulos.

Ese gesto los desconcierta.

No es solo un acto de humildad.
Es un gesto que rompe completamente sus ideas sobre Dios.

¿Cómo puede Dios ponerse en el lugar de un esclavo?
¿Cómo puede Dios tocar el polvo, la suciedad, la fragilidad de otros?

Eso no encaja con la imagen de Dios que tenemos.

El problema no es que Jesús no ame.
El problema es que ama de una manera que no estamos acostumbrados a ver.

Pedro reacciona como reaccionamos nosotros.
Se resiste. Se incomoda.
No entiende lo que está pasando.

Y Jesús no le da una explicación detallada.
Le dice algo muy sencillo:
“Ahora no lo entiendes, pero lo entenderás después”.

Permanecer en el amor no significa entenderlo todo.
Permanecer en el amor significa quedarse, incluso cuando no entendemos.

Hay momentos en la vida en los que la fe no hace sentido.
Hay momentos en los que las respuestas que tenemos no alcanzan.
Hay momentos en los que la voluntad de Dios no parece clara.

Y, sin embargo, el llamado no es a entender primero.
El llamado es a permanecer.

Aquí aparece una clave muy importante.

No se trata de copiar el gesto.
Se trata de vivir desde el mismo amor que mueve a Jesús.

Porque uno puede hacer lo mismo…
pero con el corazón en otro lugar.

Uno puede servir y no amar.
Uno puede hacer el bien y, aun así, estar vacío por dentro.

El gesto, por sí solo, no transforma.
Lo que transforma es el amor que lo sostiene.

Quizá por eso vemos algo muy humano y muy cercano.

Hay personas que hacen el bien, pero viven agotadas.

Personas que sostienen a otros y otras, pero por dentro están cansadas.
Personas que sirven constantemente, pero sienten que se vacían.

Hay personas que aman, pero desde la culpa. Desde la exigencia. Desde ese “tengo que” que nunca descansa.

Eso desgasta profundamente.

Porque eso es imitar, pero sin vivir desde el amor.

Es intentar vivir el evangelio desde las propias fuerzas, sin estar sostenidos por la fuente del amor.

Hace un tiempo, en una entrevista, le preguntaron al biólogo Humberto Maturana si él creía en Dios.

Y él respondió algo muy sencillo: “Yo vivo en el reino de Dios.”

No dijo que lo entendía. No dijo que podía explicarlo. Dijo que lo vivía.

Y hablaba incluso de una “biología del amor”.
Decía que el amor no es solo una idea o un sentimiento pasajero.
Es una forma de vivir que se encarna en nosotros.

El amor se vuelve manera de mirar. Manera de reaccionar.
Manera de relacionarnos con otros.

Cuando alguien vive en el amor, su forma de estar en el mundo cambia.

Y eso es lo que vemos en Jesús. Jesús no actúa con amor de vez en cuando. Jesús vive en el amor del Padre.

El amor no es algo que Jesús hace. Es el lugar donde Jesús vive.

Por eso, todo lo que hace brota de ahí.

Cuando uno vive desde ese amor, el gesto cambia.
Ya no es esfuerzo constante. Es desborde.
Ya no es obligación. Es vida.
Ya no es carga. Es respuesta.

Por eso Jesús nos dice: “Permanezcan en mi amor.”

No está diciendo que nos esforcemos más.
No está diciendo que hagamos más cosas.

Está diciendo que vivamos dentro de ese amor.

No amamos como Jesús porque lo imitamos.
Amamos como Jesús porque permanecemos en su amor.

Un discípulo de Jesús, años después de la cruz y la resurrección, intentando poner en palabras lo esencial de la vida con Dios, hizo una afirmación que también hoy nos descoloca.

Dijo: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.

Eso es fuerte.

Porque muchas veces pensamos que lo más importante es la fe.
O la esperanza. O la certeza.

Pero este discípulo dice algo distinto.

Dice que al final, lo más importante de todo, es el amor.

No el control. No la explicación. No la seguridad.

El amor.

Y si eso es verdad, también es verdad que muchas veces no vivimos ahí.

Vivimos desde el miedo.
Desde el cansancio.
Desde la oscuridad.

Y entonces nos damos cuenta de algo muy simple… que no sabemos amar así.

Por eso ahora vamos a orar cantando, no desde la certeza,
sino desde la necesidad que compartimos:

que, en nuestra oscuridad, el Señor encienda la llama de su amor.

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