Permanecer junto al Crucificado

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Viernes Santo, 2026
San Juan 18:1 al 19-42

MOVIMIENTO I
LA ESCENA: DERROTA


Los relatos de la pasión son crudos.

Al escuchar, otra vez, las últimas horas de Jesús…
no es posible quedarse indiferente.

La escena es testimonial.

Un hombre ha sido condenado.

Expuesto públicamente.

Golpeado.

Humillado.

Clavado en una cruz.

Ha sido cuestión de horas.

Su movimiento ha sido derrotado.

Sus discípulos se han dispersado.

Su proyecto…

terminó, agónicamente, en la cruz.

No hace falta mucha explicación.

No hace falta teología todavía.

Ahí…

la situación es clara.

Más adelante, la fe cristiana va a decir otra cosa.

Más adelante, Pablo va a decir algo escandaloso:

“El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden…
pero para quienes se salvan,
esto es poder de Dios.”

Y también dirá:

“Dios escogió lo débil del mundo
para avergonzar a lo fuerte.”

Y llegará a decir algo todavía más desconcertante:

“Yo sólo quiero gloriarme en una cosa:
la cruz de nuestro Señor Jesucristo.”

Pero eso… será después.

En ese momento… lo que hay es derrota.

Fracaso.

Pérdida.

Lamento.

Sin sentido.

Dolor… mucho dolor.

Y hay algo en nosotros que lo reconoce enseguida.

Porque no queremos estar del lado de quienes pierden.

Queremos estar del lado fuerte.

Del lado que se impone.

Del lado que gana.

Por eso la cruz incomoda tanto.

Porque ahí…

no hay nada que parezca victoria.

El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro lo dijo así:

Me puse del lado de los indígenas, y me derrotaron.
Me puse del lado de los negros, y me derrotaron.
Me puse del lado de los campesinos, y me derrotaron.
Me puse del lado de los obreros, y me derrotaron.
Me puse del lado de los pobres, y me derrotaron.
Me puse del lado de los perseguidos, y me derrotaron.
Me puse del lado de los discriminados, y me derrotaron.
Me puse del lado de los débiles, y me derrotaron.
Pero nunca me puse del lado de los que me vencieron.
Esa es mi victoria.

La cruz nos coloca exactamente ahí.

En el lugar donde hay que decidir… de qué lado estamos.

Porque, a primera vista, está claro quién ganó.

Y está claro quién perdió.

Ganaron quienes podían decidir quién vive y quién muere.

Ganó el poder político: quienes se lavan las manos
cada vez que hay que asumir responsabilidades.

Ganó el poder religioso: quienes convierten a Dios en excusa para matar.

Ganó la lógica del sistema: esa rueda enorme
que aplasta a quienes están abajo.

Todo salió como ellos querían.

Mientras tanto…

ahí, junto a la cruz…

hay cuatro mujeres que lo han perdido todo.

Perdieron un hijo. Un sobrino. Un amigo. Alguien a quien seguir.

Alguien en quien habían puesto su esperanza.

Lo perdieron todo.

Son mujeres sin poder. Sin voz. Sin lugar.

Y no hay nada que puedan hacer
frente a las lanzas,
las espadas,
la burla.

Sólo pueden quedarse. Sólo pueden llorar.

Sólo pueden estar… junto al Crucificado.


MOVIMIENTO II
QUIENES PERMANECEN


Pero el evangelio nos obliga a mirar de nuevo.

Porque no todo el que está cerca de la cruz
está junto al Crucificado.

Muchos estuvieron cerca.

Pilato estuvo cerca.
Los soldados estuvieron cerca.
Los líderes religiosos estuvieron cerca.

Pero no estaban junto a Él.

Estaban por control, por envidia, por venganza.

Y sin embargo, junto a la cruz de Jesús
había un pequeño grupo.

Mujeres.

Su madre.
La hermana de su madre.
María, esposa de Cleofás.
María Magdalena.

Y el evangelio dice algo sencillo…
pero profundamente revelador: estaban allí.

De pie.

Junto a la cruz.

No podían salvarlo.
No podían cambiar nada.
No podían detener lo que estaba pasando.
Pero podían permanecer.

Y eso, lo cambia todo.

Porque cuando seguir a Jesús ya no es seguro,
ya no ofrece certezas,
ya no tiene ningún beneficio…
ellas no se van.

No temen ser vistas. No se esconden. No toman distancia.

Están allí. A la vista de todos.

Porque hay encuentros que uno no puede traicionar.

Hay historias que no se pueden negar.

Quien vive en la geografía del amor… no se va.


MOVIMIENTO III
LA CRUZ REVELA


La cruz revela lo que somos.

No sólo lo que hicieron ellos… revela lo que habita en nosotros.

Ese deseo profundo, casi instintivo, de estar del lado que gana.

De estar con los fuertes.

Con quienes tienen la última palabra.

Con quienes se imponen.

Nos atrae el bando del campeón.

Nos cuesta el bando del crucificado.

Porque es más fácil, más seguro, más cómodo, estar del lado de quienes crucifican
que del lado de quienes son crucificados.

Pero la cruz lo pone todo en evidencia. Desnuda esa lógica. La deja expuesta.

Es imposible, es blasfemo,
predicar la cruz de Cristo
con un arma en las manos.

Con gritos de guerra. Con bombardeos. Con genocidio.

Entonces, la pregunta cambia… ¿quién ganó realmente?

¿Ganó el que disparó la Remington 760
que mató a Martin Luther King?

¿Ganó el que disparó la bala calibre 22
que traspasó el corazón de Monseñor Romero?

¿Ganó el verdugo
que ahorcó con cuerdas de piano al pastor Bonhoeffer?

A primera vista, parece que sí.

Porque tienen las armas.
Porque tienen el poder.
Porque tienen la última acción.

Pero la historia, no siempre recuerda como victoria
lo que pareció victoria en ese momento.

Porque hay victorias
que necesitan destruir
para poder sostenerse.

Hay relatos que necesitan sostenerse con mentiras
para poder sobrevivir, aunque sea un tiempo.

Y hay derrotas… que permanecen en el amor hasta el final.

Y tal vez… la cruz nos está mostrando
que no todo lo que vence
permanece…

y no todo lo que parece perder está realmente perdido.


MOVIMIENTO IV
LA INVITACIÓN


Y la cruz revela algo más.

Revela cómo es el mundo de Dios.

Dios no construye desde el poder.
No construye desde la fuerza.
No construye desde el reconocimiento.

Construye desde lo débil.
Desde lo desechado.
Desde lo que no cuenta.
Desde lo que el mundo descarta.

Y sólo así, sólo cuando dejamos de aferrarnos
a la necesidad de ganar,

sólo cuando soltamos
el deseo de imponernos,
de asegurarnos,
de tener la última palabra…

sólo entonces…

es posible entrar
en ese mundo nuevo
al que ese crucificado llamaba
reino de Dios.

Y ahora… el evangelio deja de ser una historia de otros.

Porque el Viernes Santo
no es sólo para contemplar la cruz.

Es una invitación. Una invitación a acercarnos.

A llegar… y a permanecer… junto al Crucificado.

No llegamos como deberíamos ser.
Llegamos como somos.
Con nuestras historias.
Con lo que cargamos.
Con lo que no resolvemos.
Con lo que nos duele.

Hoy, junto a la cruz… están quienes han perdido.

Quienes cargan culpas
que no saben cómo soltar.

Quienes viven con preguntas
que no tienen respuesta.

Quienes están cansados
de sostenerlo todo.

Están quienes sufren en silencio.

Quienes han sido heridos.
Quienes han sido olvidados.
Quienes han sido descartados.

Y también…

quienes fallaron.

Quienes se equivocaron.
Quienes se alejaron.
Quienes no estuvieron cuando tenían que estar.

Y lo más desconcertante…

es que junto al Crucificado
hay lugar para todos y todas.

No hay filtro.
No hay condiciones.
No hay requisito previo.
No hay que entender primero.
No hay que tenerlo todo en orden antes.

Sólo hay que llegar… y quedarse.

Porque la fe, en este día… no es explicar la cruz.

No es entenderla.

La fe es… permanecer.

Quedarse. No huir. No buscar respuestas rápidas.

Permanecer junto al Crucificado.

Hemos recorrido muchos encuentros que transforman…
en el desierto,
en la noche,
junto al pozo,
en la ceguera,
en la muerte del amigo…

pero ninguno como este.

Porque aquí…

El que dijo tener palabras de vida eterna,
El que dijo que era la resurrección y la vida,
El que nos mostró cómo es Dios…

se está muriendo.

Y, muriendo…

no se aparta de nuestro dolor.

No retrocede ante nuestra historia.

Permanece. Para nosotros…

la transformación comienza ahí.

No cuando todo se resuelve.
No cuando todo se entiende.

Sino cuando descubrimos… que incluso aquí… no estamos solos.

Que hay un Dios…
que no se bajó…
que no huyó…
que no nos negó…
y que, crucificado…
sigue…
junto a nosotros.

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