Predicación del Sexto Domingo de Pascua
10 de mayo de 2026 – Día de la Madre
San Juan 14:15-21
Mi abuela Ángela conocía muy bien eso de amar imperfectamente.
Vivíamos en una casa tipo chorizo, cuartos en fila, unidos por una galería central. Para llegar al cuarto del fondo, donde vivíamos con mis papás, había que pasar sí o sí frente a su habitación.
Era un barrio humilde. De esos barrios donde uno aprende rápido que el mundo no siempre es seguro.
Y sin embargo… yo me sentía protegido.
¿Saben por qué?
Porque mi abuela siempre tenía debajo de la cama…
o un machete…
o uno de esos bastones largos de la policía.
Y cuando yo era niño me decía: “El que se atreva a entrar en esta casa… se la va a tener que ver primero conmigo”.
Y claro, hoy uno podría discutir bastante los métodos de seguridad de mi abuela. Pero cuando pienso en ella, entiendo algo profundamente humano: el amor verdadero muchas veces no se parece al de las películas. Se parece más bien a alguien que hace todo lo posible para que otro pueda vivir seguro y sin miedo.
Y quizá por eso el evangelio de Juan habla tanto del amor, pero de un amor muy distinto al que normalmente imaginamos.
Esta semana escuché a un filósofo judío decir algo que me dejó pensando profundamente. Decía que el pueblo de Israel fue “escogido” para vivir desde los 10 mandamientos. Y nada más.
No como una forma de privilegio.
No porque Israel fuera mejor que otros pueblos.
Sino porque su identidad quedó ligada a una manera concreta de habitar la vida: vivir desde los mandamientos que Dios le dio a Moisés en el desierto.
Y pensé entonces: quizá los seguidores de Jesús hemos sido llamados a algo parecido.
Tal vez nuestra identidad más profunda no está en defender una religión,
ni en sentirnos moralmente superiores, ni en tener todas las respuestas.
Nosotros, seguidores y seguidoras de Jesús, hemos sido llamados a vivir desde el mandamiento del amor.
Porque en el evangelio de Juan, Jesús termina condensando todo en eso: “Que se amen unos a otros como yo los he amado”.
Eso es todo. Cualquiera que confunda el cristianismo con otra cosa, con cualquier otro principio que no sea el amor, es un estafador o, en palabras del propio Jesús, un ladrón y un bandido.
Pero la palabra «amor» hoy está completamente confundida.
Vivimos rodeados de ella. En canciones. En películas. Publicidad. Redes sociales. Discursos políticos. En nuestros discursos religiosos.
Muchas veces pensamos el amor como emoción, como enamoramiento, como satisfacción personal, como algo que me hace sentir bien.
Pero el amor del que habla Jesús es otra cosa.
Mucho más profunda. Mucho más concreta. Mucho más transformadora.
En el evangelio de Juan, amar no significa vivir flotando en sentimientos espirituales. Amar significa aprender a vivir en el mundo de otra manera.
Por eso el amor en Juan siempre aparece unido a gestos concretos.
Porque Jesús ama, lava los pies de sus discípulos.
Porque Jesús ama, acompaña.
Porque Jesús ama, prepara comida para sus amigos.
Porque Jesús ama, permanece junto a quienes tienen miedo.
Porque Jesús ama, llora frente a la tumba de Lázaro.
Porque Jesús ama, toca heridas.
Porque Jesús ama, no abandona.
El amor del evangelio no es sentimentalismo.
Es una manera de vivir que hace posible la vida.
Y quizá aquí necesitamos detenernos un momento. Porque hablar del amor desde un púlpito puede ser peligroso.
Muchas personas han sido heridas precisamente en nombre del amor.
Hay personas que escucharon durante años que amar significaba soportarlo todo. Aguantar todo. Callar. Negarse a sí mismas. Permanecer en lugares donde su dignidad estaba siendo destruida.
Y eso no es el amor del evangelio. Jesús nunca llamó amor a la violencia. Nunca llamó amor al abuso. Nunca llamó amor a la destrucción de una persona.
El amor del evangelio protege la vida. Devuelve dignidad. Hace posible respirar nuevamente.
Por eso amar no significa decir sí a todo.
A veces amar implica poner límites.
A veces implica decir no.
A veces implica salir de lugares y relaciones que son destructivas.
A veces implica protegerse.
A veces implica denunciar aquello que destruye la vida humana.
Porque el amor cristiano no es ingenuo. Necesita discernimiento.
No todo lo que se llama amor produce vida. Y eso también es muy importante hoy.
Porque vivimos en un tiempo donde muchísimas personas habitan comunidades religiosas mientras cargan heridas profundas. Traumas. Ansiedad. Depresión. Agotamiento. Violencia. Miedos. Soledad.
Y, muchas veces, esas personas sienten que tienen que esconder todo eso para poder pertenecer. Como si la iglesia fuera un lugar donde uno debe aparentar siempre estar bien.
Pero Jesús nunca construyó comunidades para esconder heridas. Al contrario.
Nicodemo llega confundido.
La samaritana llega rota.
Marta y María llegan atravesadas por el duelo.
Tomás llega lleno de dudas.
Pedro llega después de un enorme fracaso personal.
Nadie llega completo. Nadie llega con todo resuelto.
Y quizá hoy necesitamos preguntarnos seriamente: ¿De qué sirve una comunidad religiosa si las personas tienen que esconder su dolor para poder pertenecer?
La iglesia debería ser uno de los pocos lugares donde nadie tenga que fingir que está bien todo el tiempo.
Porque el amor del evangelio no consiste solamente en tener buenos sentimientos. Consiste en crear espacios donde la vida humana pueda sostenerse.
Espacios donde las personas puedan respirar. Llorar y reír. Hacerse preguntas y ensayar respuestas. Descansar. Sanar lentamente.
Y eso implica aceptar algo muy difícil, que también escuché esta semana y que ha sido liberador para mis oídos de líder religioso: El precio de la comunidad es el conflicto.
Toda comunidad real genera conflicto. Toda familia. Toda iglesia. Toda relación humana.
Porque seguimos siendo personas heridas, frágiles, distintas, limitadas.
Y muchas veces creemos que, si hubo conflicto, entonces no hubo amor. Pero no. El problema no es que exista conflicto. El problema es qué hacemos con él.
Jesús no ama creando relaciones perfectas. Ama permaneciendo en medio de relaciones imperfectas.
Los discípulos discuten. No entienden. Se asustan. Se pelean entre ellos. Abandonan a Jesús. Y aun así, Jesús permanece fiel.
Tal vez el amor verdadero no consiste en no herirse nunca. Sino que consiste en no convertir la herida en abandono.
Y justamente hoy, en el Día de las Madres, este evangelio adquiere una profundidad muy humana.
Porque probablemente muchas personas aprendimos algo del amor gracias al cuidado concreto de una madre… o de una abuela con machete… o de alguien que sostuvo nuestra vida cuando estuvimos frágiles.
No un amor perfecto. No idealizado. Pero sí de gestos concretos:
Alguien que permaneció.
Alguien que cuidó.
Alguien que estuvo para nosotros.
Alguien que hizo espacio para que otro pudiera vivir.
Y sin embargo… también necesitamos decir algo más.
Porque este día puede ser profundamente doloroso para muchas personas.
Hay madres que viven cargando culpas inmensas.
Madres que sienten que no hicieron lo suficiente. Que trabajaron demasiado y estuvieron poco. O que estuvieron demasiado solas mientras trataban de sostenerlo todo.
Madres que recuerdan palabras dichas en medio del cansancio. Errores. Ausencias. Momentos donde ya no pudieron más.
Madres que sienten dolor porque sus hijos tomaron caminos que ellas no esperaban. Madres que viven distancias familiares que nunca imaginaron. Madres que han sido rechazadas.
Ignoradas. O incluso heridas profundamente por las mismas personas que más aman.
Y hay dolores que casi nunca se hablan públicamente porque producen demasiada vergüenza.
Pero Dios conoce también esos lugares. Y quizá hoy algunas personas necesitan escuchar esto: ninguna madre puede amar perfectamente.
Dios nunca les podría pedir eso. Solo Dios ama de esa manera.
Porque el evangelio no viene a aplastar a las personas con ideales imposibles.
Jesús nunca se acercó a las personas cansadas para exigirles cargar con más peso.
Al contrario. El evangelio viene a traer descanso a vidas agotadas. A personas que llevan demasiado tiempo sintiendo que nunca fueron suficientes.
Y quizá una de las formas más profundas del amor no consiste en hacerlo todo perfectamente. Quizá consiste simplemente en haber seguido intentando cuidar la vida aun en medio del cansancio, el conflicto y la fragilidad.
También hoy pensamos en quienes viven este día desde el duelo.
Mujeres que no pudieron maternar. Mujeres que perdieron hijos. Mujeres que soñaron una maternidad que nunca llegó. Personas cuya relación con su madre estuvo marcada por la ausencia, la herida o el dolor. Dios también habita esos lugares.
Porque el amor de Dios no queda limitado por nuestras experiencias humanas, incluso cuando fueron difíciles.
Y quizá ahí aparece finalmente la gran noticia del evangelio de Juan. Que el amor no comienza en nosotros. Comienza en Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
Primero viene el amor de Dios. Después la posibilidad de vivir de una forma distinta.
Primero somos encontradas. Sostenidas. Miradas con dignidad.
Y entonces, lentamente, aprendemos otra manera de vivir.
No desde una religión del miedo.
No desde una espiritualidad de perfección imposible.
Sino desde dentro de una comunidad donde la vida humana pueda volver a respirar.
Por eso Jesús no dice: “sean perfectas”.
Dice: “Permanezcan en mi amor.”
Habiten aquí.
Descansen aquí.
Respiren aquí.
Y desde aquí, aprendan lentamente a amar de una manera que la vida plena sea posible.
Amén.

