Donde nosotros dejaríamos de sembrar

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Predicación del 7º Domingo después de Pentecostés
12 de julio de 2026
San Mateo 13:1 –9, 18 – 23  

Gracia y paz, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo sean con ustedes.

Hoy quise traer conmigo estos tomates. No son del supermercado.

Son de los primeros tomates que cosecharon los niños y niñas del grupo de Homeschooling aquí, en San Marcos.

Algunas personas de la congregación colaboraron trayendo tierra para los cajones de siembra. Después, los niños prepararon la tierra, sembraron las semillas, las regaron… y esperaron.

Y hace apenas unos días apareció la primera cosecha.

A simple vista… son solamente unos tomates. Pero, si uno se detiene un momento a contemplarlos, son un pequeño milagro.

Porque hubo un tiempo en que, dentro de ese cajón de madera, no había absolutamente nada que pudiera verse. Solamente una pequeña semilla escondida bajo la tierra.

Y durante semanas… parecía que no estaba pasando nada.

Pero precisamente cuando parecía que no estaba pasando nada… la vida ya estaba abriéndose camino…

Me parece que las cuatro lecturas que hemos escuchado esta mañana nos invitan precisamente a contemplar ese misterio.

El misterio de la lluvia que cae sobre la tierra.
El misterio de una semilla que comienza a germinar.
El misterio de la vida que Dios hace surgir mucho antes de que nuestros ojos puedan verla.

1. El sembrador que nadie contrataría

Seguramente hemos escuchado esta parábola del sembrador muchas veces.

Y también, como me ha pasado a mí, hemos escuchado muchos sermones acerca de cómo ser buena tierra.

Es verdad que Jesús habla del camino, de las piedras, de los espinos y de la buena tierra.

Pero mientras preparaba este sermón me di cuenta de algo que nunca antes había notado.

Siempre pensé que esta parábola hablaba principalmente de la tierra. Sin embargo, Jesús comienza hablándonos de otra cosa.

Porque el primer personaje que aparece no es la tierra. Es el sembrador.

Y, si prestamos atención, descubrimos que este sembrador hace algo bien extraño.

Muy poco prudente. Muy poco calculador. Escandalosamente derrochador.

Porque sale a sembrar…

y la semilla cae sobre el camino. Y él sigue sembrando.

La semilla cae entre las piedras. Y él sigue sembrando.

La semilla cae entre los espinos. Y él sigue sembrando.

Recién al final aparece la buena tierra.

Imagino que entre quienes escuchaban a Jesús había agricultores. Personas que conocían perfectamente el valor de una semilla. Y probablemente más de uno habrá pensado: «¡Pero qué clase de sembrador es éste!»

Porque ningún agricultor desperdicia semillas.

Las semillas cuestan. Representan alimento. Representan trabajo. Representan el sustento de una familia. Representan el futuro.

Ningún agricultor sensato sale a sembrar sobre un camino. Ni entre piedras. Ni entre espinos.

Sin embargo… el sembrador de la parábola de Jesús sí lo hace.

Y entonces uno empieza a preguntarse: ¿Por qué?
¿Por qué sembrar donde aparentemente no hay ninguna posibilidad?
¿Por qué arrojar la semilla allí donde cualquiera de nosotros pensaría que ya está perdida?

Quizá porque Jesús no está dando una clase de agricultura. Está mostrándonos cómo es Dios. Y eso cambia completamente la historia.

Porque entonces el centro deja de ser la tierra… y pasa a ser el sembrador.

Esta no es, en primer lugar, una historia sobre distintos tipos de personas. Es una historia sobre un Dios que nunca deja de sembrar.

Un Dios que no comienza preguntándose si la tierra es perfecta. Un Dios que comienza sembrando. Y esa forma de sembrar… tan desconcertante, tan escandalosa, tan poco calculadora… es lo que la Biblia llama gracia.

2. Cuando pensamos que ya no hay lugar para nosotros

Un amigo de Venezuela me envió esta semana un video de una entrevista a Emma Myers, la actriz de la serie Merlina.

Ella contaba que creció yendo a la iglesia. Decía que, en algunos ambientes cristianos, había sentido que, si una persona no era perfecta, parecía que ya no tenía lugar.

Cuando el entrevistador le pidió que explicara un poco más esa idea, respondió con una frase muy sencilla. Dijo: «Si no eres perfecto, entonces parece que no crees de verdad. Y sientes que ya no hay lugar para ti.»

Luego contó que, siendo adolescente, sufrió fuertes crisis de ansiedad y ataques de pánico. Y que, en medio de esa lucha, llegó a preguntarse si quizá Dios ya no la amaba, porque ella seguía orando y las cosas no cambiaban.

Mientras escuchaba su historia no podía dejar de pensar en la parábola de Jesús. Porque, si somos sinceros… muchos de nosotros hemos pasado por momentos así.

No necesariamente por una crisis de salud mental. Tal vez por una enfermedad. Por una pérdida. Por un divorcio. Por una preocupación que parece no tener salida. O simplemente porque sentimos que nuestra vida está llena de piedras. O de espinos.

Y entonces empezamos a creer que Dios solamente siembra sobre la buena tierra. Que primero tenemos que arreglar nuestra vida… para que Dios quiera acercarse a nosotros.

Pero Jesús cuenta exactamente lo contrario. El sembrador no empieza buscando la tierra perfecta.

Comienza sembrando, incluso donde cualquiera de nosotros dejaría de sembrar. Y eso lo cambia todo.

Porque el orden del Evangelio es completamente distinto al nuestro.

La gracia de Dios nunca aparece al final del camino, como premio para quienes ya cambiaron. La gracia aparece al comienzo.

Es la semilla. Es lo primero que Dios pone en nuestro camino. Dios no espera que nuestra vida florezca para comenzar a sembrar. Dios siembra precisamente para que nuestra vida pueda florecer.

3. Dios ve más de lo que nosotros vemos

Hoy, además, nuestra congregación está celebrando algo especial.

Dentro de unos minutos vamos a tener un momento de gratitud y reconocimiento para quienes participaron del Taller de Pintura. Y, al finalizar el oficio, vamos a inaugurar la exposición de sus cuadros.

Mientras preparaba este sermón pensaba que, en el fondo, un pintor o una pintora hace algo muy parecido a lo que hace el sembrador de la parábola.

Porque cuando un artista se sienta frente a un lienzo en blanco… todavía no hay un cuadro. Lo único que todos los demás vemos… es una tela vacía.

Pero el artista ya está viendo algo más. Ya puede ver colores. Formas. Paisajes. Rostros. Todavía no existen sobre el lienzo. Pero el artista ya puede verlos. El cuadro todavía no puede verse… pero ya ha comenzado a nacer.

Y creo que algo parecido ocurre con Dios. Nosotros miramos una vida y vemos solamente piedras. Vemos espinos. Vemos un camino endurecido. Vemos una persona rota. Vemos errores. Vemos fracasos. Vemos heridas.

Pero Dios mira esa misma vida… de una manera completamente distinta.

Quizá por eso sigue sembrando. No porque ignore las piedras. No porque no vea los espinos. Los ve perfectamente. Pero también ve algo que nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Y quizá esa sea la pregunta que Jesús quiere dejar resonando en nosotros esta mañana.

¿Qué ve Dios cuando nos mira?

Porque, tal vez, la diferencia entre nuestra mirada y la de Dios no esté en que Él desconozca nuestras heridas.

La diferencia está en que nosotros solemos ver solamente lo que una persona ha llegado a ser… mientras que Dios también ve todo lo que su gracia todavía puede hacer nacer en ella.

4. Porque Dios no puede dejar de ser Dios

Hasta aquí la parábola nos ha dejado una pregunta.
¿Por qué sigue sembrando ese sembrador?
¿Por qué no abandona el campo cuando encuentra un camino endurecido?
¿Por qué sigue sembrando entre las piedras?
¿Por qué no se da por vencido cuando encuentra espinos?
¿Por qué sigue sembrando donde todos los demás dejaríamos de hacerlo?

Hay una respuesta que encontramos en la Segunda Carta a Timoteo: «Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.»

No dice que Dios permanece fiel porque nosotros siempre respondemos.
No dice que permanece fiel porque finalmente nos convertimos en buena tierra.
Dice que permanece fiel… porque no puede negarse a sí mismo.

Es decir… Dios sigue sembrando porque eso es lo que Dios hace.
Dios sigue amando porque eso es lo que Dios es.
Dios sigue sembrando. Dios sigue creando. Dios sigue haciendo nacer la vida.
Porque no puede dejar de ser quien es.

Quizá algunos de nosotros llegamos hoy sintiéndonos más cerca del camino que de la buena tierra. Quizá sentimos que nuestra vida está llena de piedras. O de espinos.

Quizá alguien vino esta mañana pensando que ya era demasiado tarde para volver a empezar.

Si ese es tu caso, escucha bien la parábola. Porque Jesús no comienza hablándote de la tierra. Comienza hablándote del sembrador. De un Dios que sigue sembrando en lugares donde todos los demás dejaríamos de sembrar.

Hace un momento contemplábamos estos tomates. Dentro de unos minutos contemplaremos los cuadros de nuestros hermanos y hermanas.

Los tomates nos recuerdan que la vida comenzó mucho antes de que pudiéramos verla. Los cuadros nos recuerdan que una obra comienza mucho antes de que aparezca sobre el lienzo.

Y el Evangelio nos recuerda que Dios tampoco abandona la obra de sus manos. No abandona el campo. No deja el lienzo a medio pintar.

Sigue sembrando.
Sigue creando.
Sigue haciendo nuevas todas las cosas.

Porque la Escritura dice:

«Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.»

Y esa… esa es nuestra esperanza. No la calidad de nuestra tierra. Sino la fidelidad del sembrador.

Porque el buen Dios que hemos conocido en Jesús…
nunca deja de sembrar.
Nunca deja de crear.
Nunca deja de sostener la vida.

Y aun cuando nosotros ya no vemos futuro…
bajo la mirada de Dios,
todavía hay una cosecha que está por llegar.

¡A Dios sea la gloria!

Amén.


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