Predicación del 8º Domingo después de Pentecostés
19 de julio de 2026
San Mateo 13:24–30, 36–43
Hace unos veinte años, cuando llegué a vivir a Puerto Rico, tuve que volver a tomar el examen para obtener la licencia de conducir.
Yo ya sabía guiar. Había tenido mi primera licencia de conducir en México. Luego había sacado mi licencia en Argentina. Incluso tenía vigente lo que se llamaba un permiso internacional de conducir. Pero nada de eso importaba.
Si quería guiar en Puerto Rico, tenía que tomar el examen teórico y el examen práctico aquí, en Puerto Rico. No tuve problemas con el examen teórico. Y fui muy bien preparado al examen práctico, en Arecibo.
Ese día conduje con seguridad. Con ambas manos sobre el guía. Hice las señales. Miré por todos los espejos. Respeté la velocidad indicada. Me detuve donde tenía que detenerme. Al menos, yo pensaba que lo estaba haciendo todo bien.
La parte que más me preocupaba era la última: estacionar el automóvil en reversa. Pero como yo llevaba años guiando, no tuve demasiada dificultad. Estacioné el auto perfectamente, apagué el motor y pensé: “Ya está. Aprobé”.
Entonces la persona que me estaba examinando me miró y me dijo: —Te voy a decir por qué fracasaste en el examen.
Yo no lo podía creer. ¿Cómo que fracasé?
Me explicó que, apenas habíamos comenzado, en la primera recta del examen había un camión estacionado en la calle. Y para pasarlo, yo había cruzado una doble línea amarilla.
Yo ni siquiera recordaba haberlo hecho. Para mí había sido una maniobra sencilla. Para el examen, había sido una infracción suficiente para fracasar.
Y entonces me dijo: —Tienes que volver a tomar el examen práctico.
Ahora bien, pensemos por un momento. ¿Qué habría pasado si no hubiera existido una segunda oportunidad? ¿Qué habría pasado si aquella persona me hubiera dicho: “Usted cruzó una doble línea amarilla. Ya sabemos qué clase de conductor es. Nunca más podrá solicitar una licencia en Puerto Rico”?
Probablemente todos diríamos: “Eso sería absurdo”. Porque un error en un examen no define para siempre la capacidad de una persona para conducir.
El error tenía consecuencias. Yo no podía decir: “Pero hice bien todo lo demás. De hecho, estacioné perfectamente. Déjeme pasar”.
No. Había fracasado. Tenía que reconocerlo. Tenía que volver a prepararme. Tenía que tomar el examen nuevamente. Pero mi fracaso no cerró para siempre esa puerta. Me ofrecieron otra oportunidad.
Y gracias a Dios que la vida funciona así. Porque, hermanas y hermanos, ¿qué sería de nosotros si no existieran las segundas oportunidades?
¿Qué sería de nosotros si el peor error que hemos cometido definiera para siempre quiénes somos?
¿Qué sería de nosotros si cada fracaso cerrara definitivamente una puerta?
¿Qué sería de nuestros matrimonios?
¿Qué sería de nuestras familias?
¿Qué sería de nuestras amistades?
¿Qué sería de la Iglesia?
Ninguna relación humana profunda puede sobrevivir sin segundas oportunidades.
Todos hemos dicho algo que no debíamos haber dicho. Todos hemos tomado alguna decisión equivocada. Todos hemos herido a alguien. Todos hemos mirado hacia atrás y hemos pensado: “¿Cómo pude hacer eso?” “¿Por qué hablé de esa manera?” “¿Por qué escogí ese camino?”
Y la misericordia de Dios no consiste en decirnos: “No importa. No hiciste nada malo”.
La misericordia no niega la doble línea amarilla. La misericordia no borra las consecuencias. La misericordia nos dice: “Por este camino no puedes continuar. Pero tu historia tampoco tiene que terminar aquí”.
La misericordia es el espacio que Dios abre entre nuestro fracaso y nuestro futuro.
Creo que ahora, a mis cincuenta años, comienzo a entender algo que no había comprendido del todo durante mis más de treinta años de ministerio. Mi abuelo repetía con frecuencia una frase que, cuando yo era joven, me parecía extraña. Está en el libro de Lamentaciones, en el Antiguo Testamento. Él la decía así:
“Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”.
Durante mucho tiempo pensé que la misericordia de Dios significaba simplemente que Dios no nos daba el castigo que merecíamos. Pero ahora comienzo a comprender que la misericordia es mucho más que eso.
La misericordia no significa que Dios se quede mirando pasivamente mientras hacemos lo que nos da la gana. La misericordia de Dios no es indiferencia frente a aquello que destruye nuestra vida. La misericordia es el espacio que Dios abre para que la destrucción no tenga la última palabra.
Es el lugar donde podemos escuchar la verdad sobre lo que hemos hecho, recibir el perdón que no podemos darnos a nosotros mismos y, por la gracia de Dios, comenzar otra vez.
Porque la gracia no espera a que nosotros cambiemos para acercarse. La gracia se acerca para hacer posible nuestro cambio.
Y quizá por eso, en la parábola que Jesús cuenta, cuando los trabajadores descubren que entre el trigo está creciendo la cizaña, reaccionan inmediatamente.
Se acercan al dueño y le preguntan: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde salió entonces la cizaña?”.
Es una pregunta que nosotros también conocemos. Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanto mal? Si el reino de Dios ya ha comenzado, ¿por qué todavía hay tanta injusticia? Si Cristo ha resucitado, ¿por qué el mundo continúa tan herido? Si la Iglesia pertenece a Dios, ¿por qué dentro de ella encontramos también pecado, divisiones, heridas y fracasos?
El dueño les responde: “Un enemigo ha hecho esto”.
No niega la presencia del mal. No dice que la cizaña sea buena. No les dice que están imaginando cosas. La cizaña está allí. El daño es real. El enemigo ha sembrado algo que no pertenece al propósito de Dios.
Pero el enemigo tampoco es el actor principal de la parábola. El protagonista sigue siendo el dueño que sembró buena semilla. El dueño que conoce su campo. El dueño que no abandona su siembra. El dueño que sabe que, a pesar de la cizaña, todavía habrá una cosecha.
Entonces los trabajadores hacen otra pregunta: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Y, en principio, su propuesta parece razonable. Han encontrado el problema. Quieren resolverlo. Han identificado la cizaña. Quieren limpiar el campo.
Pero el dueño responde: “No”. “Porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo”.
Ese “no” es una de las palabras más importantes de la parábola.
No arranquen antes de tiempo. No se apresuren a decidir quién merece permanecer y quién debe ser eliminado. No confundan su deseo de proteger el campo con la capacidad de juzgar perfectamente lo que está creciendo en él. Porque en su afán por eliminar la cizaña pueden terminar destruyendo el trigo.
La historia de la Iglesia está llena de momentos en los que personas convencidas de estar defendiendo el campo de Dios terminaron arrancando vidas. Muchas personas fueron expulsadas. Muchas personas fueron silenciadas. Muchas personas fueron perseguidas.
Personas condenadas porque pensaban de otra manera, porque hacían preguntas incómodas o porque no encajaban dentro de las categorías religiosas de su tiempo.
Y siempre se hizo con la misma explicación: “Estamos protegiendo el campo”. Pero el dueño había dicho: “No arranquen antes de tiempo”.
Y aquí debemos tener cuidado. La parábola no está diciendo que el mal no importa. No está diciendo que tengamos que tolerar el abuso. No está diciendo que la Iglesia no deba proteger a las personas vulnerables. No está diciendo que no establezcamos límites. No está diciendo que alguien que está haciendo daño pueda continuar haciéndolo sin consecuencias.
La paciencia de Dios no es indiferencia. La misericordia no es complicidad.
Hay conductas que tienen que ser confrontadas. Hay situaciones que tienen que detenerse. Hay personas que deben ser retiradas de posiciones de liderazgo desde las cuales pueden seguir haciendo daño.
Pero una cosa es detener el mal, proteger a quien está siendo herido y exigir responsabilidad. Y otra cosa muy diferente es declarar que una persona es irrecuperable.
Una cosa es decir: “Esto que hiciste está mal y no puede continuar”. Y otra cosa es decir: “Tú eres solamente eso que hiciste. Nunca podrás ser otra cosa”.
La parábola no dice que la cizaña se convierte en trigo. Pero nosotros no somos plantas. Somos seres humanos. Y los seres humanos pueden arrepentirse.
Pueden reconocer el daño. Pueden pedir ayuda. Pueden reparar, hasta donde sea posible, aquello que han destruido. Pueden aprender. Pueden comenzar nuevamente. Por eso nunca deberíamos tratar a una persona como si ya conociéramos el final de su historia.
El dueño del campo no llama buena a la cizaña. Pero tampoco entrega a los trabajadores el juicio definitivo sobre el campo.
Y aquí la teología luterana puede ayudarnos a escuchar esta parábola con humildad. Martín Lutero decía que el creyente es, al mismo tiempo, justo y pecador. Simul iustus et peccator.
Al mismo tiempo. No somos justos porque ya no exista nada torcido en nosotros. No somos el pueblo de Dios porque nunca fallemos. No somos trigo porque podamos mirar alrededor y decir: “Nosotros somos los buenos. Los demás son la cizaña”.
Somos justificados por gracia. Somos recibidos por Dios por causa de Cristo. Y, al mismo tiempo, seguimos siendo personas necesitadas diariamente de arrepentimiento, perdón y transformación.
No somos mitad santos y mitad pecadores. No se trata de que seamos cincuenta y cincuenta. Somos personas enteras que han sido abrazadas por la gracia de Dios y que todavía necesitan, enteramente, ser renovadas por el Espíritu Santo.
Por eso la Iglesia no es una comunidad de personas perfectas observando desde lejos los errores del mundo. La Iglesia es una comunidad de personas perdonadas. Una comunidad que vive bajo la misericordia que anuncia. Una comunidad que cada día vuelve a las aguas del bautismo para recordar: “Yo no me pertenezco a mí mismo. Pertenezco a Cristo”.
Y porque pertenecemos a Cristo, podemos reconocer honestamente el pecado que todavía hay en nosotros. Podemos arrepentirnos. Podemos pedir perdón. Podemos volver a comenzar.
Pero aquí debemos hacer otra aclaración. Cuando decimos que la misericordia abre un espacio donde podemos cambiar, no queremos decir que Dios abre una puerta y luego se queda lejos, esperando a ver si nosotros tenemos suficiente fuerza para cruzarla.
No funciona así. La gracia no nos ofrece simplemente una posibilidad neutral. La gracia actúa en nosotros. Nos llama. Nos despierta. Nos confronta. Nos muestra aquello que estamos haciendo mal y que destruye nuestra vida y la vida de otras personas. Nos permite reconocer la verdad. Nos anuncia el perdón.
Y, por medio del Espíritu Santo, comienza a crear en nosotros una voluntad nueva. La Ley de Dios nos dice: “Este camino no puede continuar así”. El Evangelio nos dice: “Pero Cristo no te abandona en ese camino”.
La Ley muestra la doble línea amarilla. El Evangelio nos dice que nuestro fracaso no será nuestra identidad definitiva. La Ley puede mostrarnos aquello que necesita cambiar. Pero solo el Evangelio puede darnos la vida nueva.
Por eso no cambiamos para conseguir que Dios nos ame. Cambiamos porque Dios ya nos ha amado. Ya nos ha mostrado su amor en Cristo. Un amor que nada ni nadie puede vencer.
No nos arrepentimos para convencer a Dios de que vuelva a recibirnos. Podemos arrepentirnos porque, en Cristo, Dios ya ha salido a nuestro encuentro.
La gracia no espera nuestro cambio para acercarse. La gracia se acerca para hacer posible nuestro cambio.
En el libro de los Hechos encontramos a una persona que entendió esto profundamente. Se llamaba Bernabé. El “hijo de consolación”.
Después de su encuentro con Cristo en el camino a Damasco, Saulo regresó a Jerusalén y trató de acercarse a los discípulos. Pero ellos tenían miedo. Y tenían razones para tener miedo. Saulo había perseguido a la Iglesia. Había entrado en casas para arrestar personas. Había aprobado la muerte de Esteban.
No estamos hablando de una persona que simplemente había cometido un pequeño error. Estamos hablando de alguien cuyo pasado había dejado heridas reales. Los discípulos miraban a Saulo y solo podían ver al perseguidor.
Entonces apareció Bernabé. El libro de los Hechos dice algo muy sencillo: “Bernabé lo tomó a su cargo y lo llevó a los apóstoles”. Bernabé se acercó a la persona a quien todos temían. Escuchó su historia. Vio las señales de aquello que Dios estaba haciendo en su vida. Y puso su propia reputación al servicio de una nueva oportunidad.
Bernabé no negó el pasado de Saulo. No les dijo a los discípulos: “No pasó nada. Olviden todo aquello”. Tampoco les exigió a las personas heridas que confiaran inmediatamente y sin ningún discernimiento.
Pero Bernabé se negó a creer que el peor capítulo de Saulo tuviera que ser también el último. Los demás veían lo que Saulo había sido. Bernabé comenzó a ver lo que, por la gracia de Dios, todavía podía llegar a ser.
Y gracias a ese gesto, la comunidad abrió un espacio para Pablo. Bernabé no convirtió a Pablo. Cristo ya lo había encontrado en el camino. El Espíritu ya estaba obrando en su vida. Pero Bernabé se convirtió en un instrumento de esa gracia. Abrió dentro de la comunidad un lugar donde la vida nueva de Pablo pudiera seguir creciendo.
Años más tarde, Bernabé hizo lo mismo con Juan Marcos. Marcos había comenzado un viaje misionero con Pablo y Bernabé, pero en algún momento los abandonó y regresó a su casa.
Cuando llegó el momento de realizar otro viaje, Pablo dijo: “A Juan Marcos no lo vamos a llevar”. Y podemos comprender a Pablo. La misión era difícil. Necesitaba personas confiables. Juan Marcos ya había fallado una vez.
Pero Bernabé volvió a mirar de otra manera. Pablo veía al joven que había abandonado la misión. Bernabé veía a una persona cuyo fracaso no tenía por qué ser el final de su vocación. El desacuerdo fue tan fuerte que Pablo y Bernabé tomaron caminos diferentes.
Bernabé se llevó a Marcos. Le ofreció acompañamiento. Le ofreció tiempo. Le ofreció una segunda oportunidad. Y años más tarde, el mismo Marcos aparece reconocido como una persona útil para el ministerio.
Es interesante. Pablo había necesitado que Bernabé creyera en su nueva vida. Pero, cuando llegó el momento de creer en la nueva oportunidad de Marcos, Pablo tuvo dificultades para hacerlo.
También eso es humano. A veces recordamos la gracia que recibimos. Pero nos cuesta ofrecer esa misma gracia a otras personas.
Todos necesitamos alguna vez un Bernabé en la vida. Alguien que no niegue nuestro pasado, pero tampoco permita que nuestro pasado tenga la última palabra. Alguien que nos diga: “Lo que hiciste fue real”. “El daño fue real”. “Las consecuencias también son reales”. “Pero yo también veo que Dios todavía está trabajando en tu vida”.
Y quizá Dios nos está llamando a ser un Bernabé para alguien. A abrir un espacio donde una persona pueda comenzar nuevamente. A no definir para siempre a alguien por su adicción. Por su error. Por su fracaso. Por una decisión equivocada. Por una palabra que dijo en el peor momento de su vida. Por aquello que ocurrió hace diez, veinte o treinta años.
Hay personas a quienes nosotros seguimos mirando desde lo que hicieron, mientras Dios ya está trabajando en aquello que todavía pueden llegar a ser.
Eso no significa ser ingenuos. Una segunda oportunidad no siempre significa devolver inmediatamente a alguien al mismo lugar. No siempre significa restaurar automáticamente una relación.
Hay relaciones que necesitan límites. Hay daños que exigen reparación. Hay confianza que, cuando puede recuperarse, tendrá que reconstruirse lentamente.
La gracia no borra las consecuencias. Pero tampoco permite que las consecuencias se conviertan en una sentencia eterna.
La misericordia dice: “Este camino no puede continuar”. Y, al mismo tiempo, dice: “Pero tu historia no tiene que terminar aquí”.
Tal vez hoy el problema no sea solamente que nosotros hemos definido a otras personas por sus fracasos. Tal vez algunos de nosotros nos hemos definido a nosotros mismos de esa manera. Tal vez has mirado hacia atrás y has decidido: “Yo ya no puedo cambiar”. “Después de lo que hice, Dios no puede hacer nada conmigo”. “Perdí mi oportunidad”. “Ya es demasiado tarde”.
Pero el Evangelio de Jesucristo viene a decirte: Todavía no es el final. Tu pecado es real. Tu herida es real. Tal vez también sean reales las consecuencias. Pero ninguna de esas cosas tiene más poder que la gracia de Dios.
Pablo persiguió a la Iglesia. Juan Marcos abandonó la misión. Pedro negó a Jesús. Los demás discípulos huyeron cuando llegó la hora más difícil. Y, sin embargo, Cristo resucitado siguió acercándose a personas fracasadas para hacer con ellas una historia nueva.
La Iglesia nació de personas a quienes el Resucitado volvió a llamar. La cruz parecía ser el final. La derrota completa. El lugar donde toda esperanza había terminado. Pero al tercer día, Dios abrió una puerta que nadie puede cerrar.
La resurrección es la gran proclamación de que el final no siempre es el final. Dios puede crear futuro allí donde nosotros solo vemos ruinas. Dios puede abrir caminos allí donde nosotros solo vemos puertas cerradas. Dios puede comenzar una historia nueva con personas que creían haber perdido su última oportunidad.
Por eso el juicio definitivo no nos pertenece. La cosecha está en las manos de Dios. Y eso es una buena noticia. Porque Dios ve el campo completo.
Dios conoce aquello que nosotros no conocemos. Dios ve las raíces. Dios ve las heridas. Dios ve las luchas que nadie más puede ver. Dios ve la obra escondida de su Espíritu.
Dios ve la historia completa. Nosotros vemos un capítulo. Dios ve toda la historia.
Y mientras llega la cosecha, nuestra tarea no es vivir obsesionados con arrancar la cizaña. Nuestra tarea es sembrar. Sembrar misericordia. Sembrar verdad. Sembrar justicia. Sembrar reconciliación. Sembrar bondad. Sembrar oportunidades para que las personas puedan comenzar nuevamente.
Proteger a quienes están siendo heridos y heridas. Confrontar aquello que destruye la vida. Y, al mismo tiempo, mantener abierta la puerta de la gracia.
Porque el dueño del campo todavía está trabajando. El Espíritu todavía está llamando. Cristo todavía está restaurando personas. La gracia todavía está haciendo posible lo que nosotros creíamos imposible.
Aquel día, en Arecibo, cuando fracasé en mi examen de conducir, me dijeron: “Tienes que volver a tomarlo”. No me dijeron que el error no importaba. No me aprobaron como si nada hubiera ocurrido. Pero tampoco cerraron la puerta para siempre. Y aquí estoy, veinte años después, guiando en Puerto Rico.
Gracias a Dios por las segundas oportunidades.
Gracias a Dios por las personas que fueron Bernabé para nosotros.
Gracias a Dios porque no nos define por nuestro peor momento.
Gracias a Dios porque no espera a que cambiemos para acercarse.
Se acerca. Nos llama por nuestro nombre. Nos dice la verdad. Nos perdona. Y, por su Espíritu, nos hace capaces de caminar por un camino nuevo.
Hermanas y hermanos: No tratemos como cizaña a personas cuya historia Dios todavía está escribiendo. No declaremos terminada una vida que todavía está bajo la mirada de la misericordia. No llamemos irrecuperable a quien Dios todavía puede levantar.
Y no te declares a ti mismo un caso perdido. No te definas para siempre como una persona fracasada.
Porque en Cristo hay perdón. En Cristo hay vida nueva. En Cristo siempre existe la posibilidad de volver a comenzar.
Todavía no es el final. Todavía hay gracia. Todavía hay futuro. Todavía hay una cosecha que está por llegar.
Amén.

