¿Qué hacemos aquí?

Comparte este texto

Predicación del 11º Domingo después de Pentecostés
9 de agosto de 2026
San Mateo 14:22–33   

La génesis de este sermón estuvo en una conversación que tuve esta semana con un rabino.

Él me contó que, cuando ocurrió el ataque de Hamás del 7 de octubre del 2023, un periodista muy conocido aquí en Puerto Rico, cristiano, lo entrevistó y comenzó a preguntarle si aquello significaba que el fin estaba cerca. Si ya iba a aparecer el anticristo. Si aquello era una señal de que el mundo estaba por acabarse.

Y, según me contó, el periodista fue bastante insistente.

Hasta que el rabino le dijo, con mucho respeto, que quizás estaba llamando a la persona equivocada. Porque su manera de entender a Dios, su manera de entender al Mesías, no necesitaba que el mundo fuera destruido para que Dios pudiera venir.

Cuando me contó aquello, recuerdo que le dije: “Qué lamentable una fe cristiana que necesita destrucción, guerras, armagedones y catástrofes para poder tener razón”.

Y desde ese día hay una pregunta que me inquieta. Una pregunta que no he podido quitarme de encima.

¿Cómo puede ser que un movimiento que comenzó alrededor de las heridas de un Crucificado haya terminado, tantas veces, hablando de poder, supremacía y destrucción?

¿Cómo llegamos desde Jesús —ese Jesús que toca al enfermo, alimenta al hambriento, recibe al rechazado y extiende la mano al que se está hundiendo— hasta una religión que, algunas veces, parece necesitar que el mundo vaya de mal en peor para confirmar que su teología tenía razón?

Porque quizá ahí haya algo que necesitamos preguntarnos.

Quizá, sin darnos cuenta, podemos llegar a dejar de amar el mundo que Dios ama porque necesitamos que el mundo fracase para que nuestra teología triunfe.

Y entonces escucho la pregunta que Dios le hace a Elías, escondido en aquella cueva:

“¿Qué haces aquí, Elías?”

Y no puedo evitar escucharla dirigida también a nosotros:

¿Qué hacemos aquí?

Elías está escondido en una cueva. Y eso es extraño, porque este no es cualquier Elías. Es el Elías que viene del Carmelo. Elías acaba de experimentar uno de los momentos religiosos más espectaculares de toda la Biblia.

Había desafiado a los profetas de Baal. Había preparado el altar. Había clamado a Dios. Y había caído fuego del cielo.

Si alguien podía decir: “Yo sé cómo actúa Dios”, era Elías.
Si alguien podía decir: “Yo he visto el poder de Dios”, era Elías.
Pero ahora está escondido. Tiene miedo.
Está cansado. Está convencido de que todo terminó.

Y cuando Dios le pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” él responde:

“He sido muy celoso por ti. Los israelitas han abandonado tu alianza. Han derribado tus altares. Han matado a tus profetas. Y solo yo he quedado.”

Elías no solamente tiene miedo. Elías ya tiene una explicación para todo.

Sabe lo que pasó. Sabe quién tiene la culpa. Sabe cuál es la condición del pueblo. Sabe dónde está Dios. Y sabe quién queda fiel. Él. “Solo yo.”

Y quizá eso sea una de las cosas que hace el miedo con nosotros. El miedo no solamente nos asusta. A veces también nos da certezas. Nos encierra dentro de una explicación.

“Todo está perdido.”
“Nada va a cambiar.”
“Todos están mal.”
“Ya nadie cree.”
“El mundo se está acabando.”
“No hay esperanza.”
“Solo quedamos nosotros.”

Y entonces Dios no le responde a Elías con una explicación. Le hace una pregunta. “¿Qué haces aquí?”

No porque Dios no sepa dónde está Elías. Quizá porque Elías necesita volver a mirar dónde está. Quizá porque hay preguntas que Dios no hace porque necesite información.

Hay preguntas que Dios hace porque nosotros necesitamos abrir una grieta en nuestras certezas.

¿Estás seguro, Elías?
¿Estás seguro de que todo se perdió?
¿Estás seguro de que estás solo?
¿Estás seguro de que entiendes todo lo que está pasando?

Entonces viene un viento poderosísimo. Pero Dios no está en el viento. Después viene un terremoto. Pero Dios no está en el terremoto. Después viene fuego. Y el texto vuelve a decir: Dios no estaba en el fuego.

Y esto es extraordinario. Porque el Dios que ayer se había manifestado a Elías en el fuego, hoy no está en el fuego. Quizá el problema no sea que Dios no pueda estar en el fuego. Ya estuvo.

El problema es que Elías no puede convertir la experiencia de ayer en una fórmula para controlar a Dios mañana.

Dios no está obligado a repetirse.
Dios no está obligado a responder de acuerdo con nuestras expectativas.
Dios no está obligado a confirmar nuestra lectura de la historia.

Y entonces llega aquello que nuestra Biblia traduce de diferentes maneras: un susurro suave, un silencio tenue, una voz de fino silencio. Y Elías se cubre el rostro.

Pero hay algo todavía más impresionante. Después de todo aquello, Dios vuelve a preguntarle: “¿Qué haces aquí, Elías?” Y Elías vuelve a responder prácticamente lo mismo. “He sido muy celoso. Han abandonado tu alianza. Han matado a tus profetas. Solo yo he quedado.”

¡Nada cambió inmediatamente!
Elías escuchó a Dios. Elías experimentó la presencia de Dios. Y todavía seguía cargando el mismo miedo. Todavía seguía pensando que estaba solo. Todavía seguía interpretando la realidad desde su angustia.

Y Dios no lo abandona. Eso también necesitamos escucharlo.

Porque a veces pensamos que una verdadera experiencia con Dios debería resolvernos la vida.

Que si oramos suficientemente, ya no tendremos miedo.
Que si creemos suficientemente, todas las preguntas desaparecerán.
Que si conocemos verdaderamente a Dios, entonces entenderemos lo que nos está pasando.

Pero la Biblia es mucho más humana que eso.
Elías encuentra a Dios…y todavía tiene miedo.
Pedro encuentra a Jesús… y todavía duda.

Quizá la fe no sea el lugar donde desaparecen todas las preguntas. Quizá la fe sea el lugar donde finalmente podemos vivir sin tener respuesta para todas ellas.

Y entonces llegamos al Evangelio. Los discípulos están en una barca. Es de noche. El viento les viene de frente. Las olas golpean la embarcación. Y hay un detalle importante: ellos no están allí porque desobedecieron a Jesús. Jesús mismo los había enviado a cruzar el lago.

A veces se puede estar exactamente donde uno debe estar… y tener el viento en contra.
A veces hacemos lo correcto y las cosas salen mal.
A veces somos fieles y enfermamos.
A veces amamos bien y una relación se rompe.
A veces cuidamos y perdemos.
A veces oramos y no recibimos la respuesta que esperábamos.
A veces uno está en el camino… y aun así llega la tormenta.

Los discípulos están allí, en medio de la noche, y de pronto ven a alguien caminando sobre el agua. Y tienen miedo.

“¡Es un fantasma!” Esto también es interesante. Jesús está viniendo hacia ellos… y ellos interpretan su presencia como una amenaza.

El miedo también interpreta.
El miedo también hace teología.
El miedo puede hacernos llamar enemigo a quien viene a salvarnos.

Y Jesús les dice: “Ánimo. Soy yo. No tengan miedo.”

Y entonces Pedro responde: “Señor, si eres tú… mándame ir hacia ti.”

Si eres tú… Ahí está otra vez nuestra necesidad de certeza.

Jesús acaba de decir: “Soy yo.”

Pero Pedro necesita una prueba. “Si eres tú… demuéstramelo.”

Y quizá Pedro no sea tan diferente de nosotros.
Queremos señales.
Queremos demostraciones.
Queremos poder identificar qué significa cada cosa.
Queremos mirar una guerra y saber en qué parte de la profecía estamos.
Queremos mirar un terremoto y saber qué señal representa.
Queremos mirar una elección, una enfermedad, una crisis, una noticia y decir:
“Ah… ya sé lo que Dios está haciendo.”

Nos cuesta mucho decir: “No sé.”
Estamos enfermos de certidumbre
.

Y no estoy diciendo que no debamos tener convicciones. No estoy diciendo que la fe no pueda afirmar nada. La fe tiene cosas profundas que confesar.

Pero una cosa es tener convicciones… y otra es pretender haber domesticado el misterio.

Una cosa es decir: “Confío en Dios.” Y otra muy distinta: “Yo sé exactamente lo que Dios está haciendo.”

Tal vez ahí la ciencia tenga algo que enseñarnos. La ciencia puede decir: “Esto sabemos.” “Esto todavía no lo sabemos.” “Esto tenemos que seguir investigándolo.” Una buena respuesta científica abre nuevas preguntas.

Pero a veces nosotros hacemos de la fe exactamente lo contrario. Creemos que tener fe significa tener respuesta para todo.

¿Por qué pasó esto?
Tenemos respuesta.
¿Por qué Dios permitió aquello?
Tenemos respuesta.
¿Qué significa esta guerra?
Tenemos respuesta.
¿Cuándo viene el fin?
Tenemos respuesta.
¿Quién es el anticristo?
Tenemos respuesta.
¿Qué hará Dios mañana?
Tenemos respuesta.

Y cuando tenemos respuesta para todo… el texto ya no puede preguntarnos nada.

Entonces Dios dice: “¿Qué haces aquí?”

Y nosotros respondemos antes de escuchar. Jesús pregunta: “¿Por qué dudaste?” Y nosotros ya estamos explicando.

La Biblia pregunta… y nosotros disparamos respuestas prefabricadas.

Y quizá una fe que ya no puede ser interrogada… también es una fe que ya no puede ser transformada.

Por eso vuelve aquella frase que me ha acompañado toda esta semana: podemos dejar de amar el mundo que Dios ama porque necesitamos que el mundo fracase para que nuestra teología triunfe.

Y eso es grave. Porque entonces una guerra deja de ser una tragedia humana… y se convierte en una señal.

Una catástrofe deja de ser el sufrimiento de seres humanos… y se convierte en evidencia.

El dolor del otro deja de llamarnos a la compasión… y empieza a servirnos para demostrar que nosotros teníamos razón.

Pero Jesús no miraba el sufrimiento de esa manera. Jesús no veía a una multitud hambrienta y decía: “Qué interesante señal de los tiempos.” ¡La alimentaba!

Jesús no veía al enfermo como una pieza de un ajedrez. Lo tocaba.

Jesús no veía a quienes estaban hundiéndose y decía: “Esto confirma mi doctrina.” Extendía la mano.

Y aquí el Evangelio de esta mañana da un giro extraordinario. Pedro sale de la barca. Camina. Sí, camina. Pero después siente el viento. Tiene miedo. Y comienza a hundirse. Y en ese momento toda su teología queda reducida a dos palabras: “¡Señor, sálvame!”

Ya no: “Si eres tú…” Ya no necesita pruebas.
Ya no necesita caminar sobre el agua.
Ya no necesita demostrar nada.
Solamente necesita una mano.

Y Mateo dice: “Inmediatamente Jesús extendió la mano y lo sostuvo.”

Inmediatamente. Eso es importante. Jesús no le dice primero: “Pedro, vamos a hablar de tu poca fe.” No le dice: “Te había dicho que no tuvieras miedo.” No le dice: “Cuando creas mejor, te saco.” Primero viene la mano. Después vendrá la pregunta.

Primero lo sostiene. Después hablan. Eso es Evangelio.

La buena noticia no es que las personas con suficiente fe nunca se hunden. La buena noticia es que cuando nuestra fe es pequeña, Cristo todavía puede alcanzarnos.

Elías está confundido. Dios lo busca.

Pedro tiene poca fe. Jesús lo sostiene.

Y aquí hay un detalle del relato que fácilmente podemos pasar por alto.

Pedro comienza a hundirse. Jesús lo rescata. Pero la tormenta no termina allí.

Mateo dice que el viento cesó cuando Jesús y Pedro subieron a la barca.

Eso significa que entre el momento en que Jesús tomó a Pedro de la mano y el momento en que llegaron a la barca… el viento todavía soplaba.

Las olas todavía estaban allí.
La noche todavía era noche.
La tormenta todavía no había terminado.
Y de alguna manera…Jesús y Pedro tuvieron que recorrer juntos el camino que faltaba.

Eso me parece una de las imágenes más hermosas del Evangelio.
Porque Pedro fue salvado antes de que terminara la tormenta.

Nosotros muchas veces pensamos que ser salvados significa que el problema desaparece.
“Dios me escuchó porque todo salió bien.”
“Dios estuvo conmigo porque el diagnóstico cambió.”
“Dios respondió porque la puerta se abrió.”

Pero este texto nos permite decir algo mucho más profundo: puedes haber sido encontrado por Dios aunque la tormenta todavía no haya terminado.

Puede que salgas hoy de aquí… y el viento siga soplando.
Puede que mañana todavía tengas que volver al médico.
Puede que la situación económica no haya cambiado.
Puede que el duelo siga doliendo.
Puede que el hijo por quien oras todavía esté lejos.
Puede que el matrimonio siga atravesando una crisis.
Puede que todavía no sepas qué decisión tomar.
Puede que todavía tengas miedo.

Y yo no quiero prometerte algo que este texto no promete.
No voy a decirte que mañana la tormenta va a desaparecer. No lo sé.
Pero sí puedo afirmar algo: que todavía haya viento no significa que Cristo no te haya encontrado.

Pedro fue salvado antes de que cesara el viento.
La tormenta todavía estaba allí.
Pero ahora había una mano.
Y quizá esa sea una imagen más real de la fe.

No una vida sin tormentas.
No una vida sin preguntas.
No una vida donde siempre sabemos qué está haciendo Dios.

Sino una vida en la que, aun cuando no entendemos… hay una mano.

Una mano que sostiene. Una mano que acompaña. Una mano que recorre con nosotros la distancia que todavía falta hasta la barca.

Hay tormentas que Jesús no termina inmediatamente cuando nos encuentra.
Hay tormentas que Jesús atraviesa con nosotros.

Y entonces vuelvo a aquella primera pregunta: ¿Cómo un movimiento que comenzó alrededor de las heridas de un Crucificado terminó tantas veces fascinado con el poder, la supremacía y la destrucción?

Quizá porque olvidamos quién es el que está caminando sobre el agua.

No es un conquistador.
No es alguien buscando víctimas.
No viene a demostrar quién tiene razón.
Es Jesús.
El mismo que alimenta.
El mismo que toca.
El mismo que llora.
El mismo que será herido.
El mismo que resucitará llevando todavía las marcas de la cruz.

El poder de Cristo no se revela destruyendo al que se hunde. Se revela extendiéndole la mano.

Entonces quizá la pregunta de Dios a Elías vuelve hoy a nosotros: ¿Qué haces aquí?

¿Qué hacemos aquí esperando que el mundo termine… cuando Dios todavía ama este mundo?

¿Qué hacemos aquí buscando señales en el cielo… cuando hay personas hundiéndose a nuestro lado?

¿Qué hacemos tratando de demostrar que tenemos razón… cuando alguien necesita una mano?

¿Qué hacemos celebrando señales de destrucción… cuando seguimos a uno que vino para que hubiera vida?

No sabemos cuándo será el día ni la hora.
Jesús mismo dijo que no lo sabía.

No sabemos cómo terminarán muchas de las historias que hoy estamos viviendo.
No sabemos cuándo cesará el viento.
No sabemos cuánto falta hasta la barca.
Y quizá podamos dejar de fingir que lo sabemos.

Pero sí sabemos esto:
cuando Elías tuvo miedo… Dios fue a buscarlo.
Cuando Pedro comenzó a hundirse… Jesús extendió la mano.

Y esa quizá sea nuestra esperanza.
No que finalmente tendremos explicación para todo.
No que vamos a comprender todos los misterios.
No que jamás volveremos a tener miedo.

Sino que no necesitamos entenderlo todo para ser encontrados.
No necesitamos tener una fe perfecta para ser sostenidos.
No necesitamos conocer el final de la historia para dar el próximo paso.

Porque cuando el viento todavía sopla…
cuando todavía es de noche…
cuando nuestra fe apenas alcanza para gritar: “Señor, sálvame”…

Hay una mano.

Y quizá la Iglesia necesite dejar de mirar tanto hacia el cielo buscando señales…
para volver a mirar alrededor buscando manos que necesitan ser sostenidas.

Quizá nuestra vocación no sea explicar por qué el mundo se está hundiendo.
Quizá sea extender la mano.

Porque eso hizo Jesús.

Y mientras nosotros esperamos, oramos y trabajamos por aquel día en que Dios haga nuevas todas las cosas… no dejamos de amar este mundo.

No dejamos de cuidarlo.
No dejamos de alimentar al hambriento.
No dejamos de acompañar al que tiene miedo.
No dejamos de sostener a quien siente que se hunde.

Porque nuestra esperanza no necesita que el mundo fracase para tener razón.
Nuestra esperanza tiene un nombre. Jesús.

El Crucificado.
El Resucitado.
El que todavía lleva heridas.
El que todavía pregunta.
El que todavía busca.
El que todavía camina en medio de la tormenta.

Y el que todavía… extiende su mano para salvarte a ti y a mi.

A él sea la gloria, por los siglos de los siglos.

Amén.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio