Predicación del 12º Domingo después de Pentecostés
16 de agosto de 2026
San Mateo 15:[10–20] 21–28
Durante estos últimos meses, como parte de mi tesis doctoral en el seminario, he estado estudiando un tema que me toca bastante de cerca: la desvinculación de la iglesia en hijos e hijas de pastores.
Me refiero a personas que nacieron y crecieron dentro de una familia pastoral. Personas que conocieron la iglesia desde niños, que participaron de ella, que estuvieron muy cerca de todo lo que significa la vida de una comunidad de fe… y que, en algún momento de su vida, decidieron alejarse.
Parte de mi interés en ese tema tiene que ver también con mi propia historia, con ser hijo y nieto de pastores, y estar dentro de una iglesia desde, literalmente, la barriga de mi mamá.
Así que antes de comenzar las entrevistas hice lo que uno hace cuando quiere investigar seriamente un tema. Leí. Leí bastante. Artículos de investigación. Libros. Estudios anteriores. Mi bibliografía tiene alrededor de sesenta entradas.
Y cuando uno lee tanto sobre algo, empieza a sentir que conoce el tema. Yo pensaba que sabía bastante bien lo que iba a encontrar. Pensaba que sabía cuáles serían las experiencias difíciles que iban a aparecer. Pensaba que sabía qué cosas me iban a decir. Pensaba que podía anticipar por qué se habían alejado de la iglesia. Incluso creía que podía imaginar algunas de las respuestas que iba a escuchar.
Y entonces comenzaron las entrevistas. Y pasó algo muy interesante: me di cuenta de que estaba equivocado.
No porque todo lo que había leído fuera falso. No porque todos los estudios de investigación que ya se han hecho no sirvieran. Sino porque la vida de las personas era mucho más compleja de lo que yo había imaginado antes de sentarme a escucharlas.
Había cosas que yo esperaba escuchar y que nunca aparecieron. Había experiencias que yo pensaba que serían muy importantes y para algunas personas no lo habían sido. Y aparecieron historias, preguntas, experiencias y maneras de entender sus propias vidas que yo no había imaginado ni anticipado.
En algún momento tuve que reconocer algo muy sencillo: yo conozco bastante del tema, pero no conozco todas las respuestas.
Y eso puede ser difícil. Porque mientras más conocemos algo, más fácil es pensar que ya lo entendimos.
Y quizá algo parecido nos pasa con Dios. Después de muchos años de iglesia, después de leer la Biblia, después de escuchar sermones, después de estudiar teología, después de repetir confesiones de fe, uno puede llegar a pensar: yo sé cómo es Dios. Sé cómo Dios “brega”. Sé lo que Dios quiere. Sé las cosas que a Dios le gustan y las que le desagradan. Sé quién está adentro y sé quién está afuera del reino de Dios.
En otras palabras: sé hasta dónde llega la misericordia de Dios.
Y entonces aparece una persona. Una experiencia. Una pregunta. O aparece un texto como el del Evangelio de esta mañana… y hace ruido.
No necesariamente porque todo lo que sabíamos estuviera mal. No porque todo lo que sabemos sobre Dios esté equivocado. Sino porque, de pronto, descubrimos que la realidad es más grande que nuestra forma de pensar.
Y Mateo 15 es uno de esos textos.
Quizá esta mañana el Evangelio no viene a quitarnos la fe. Quizá viene a quitarnos algo que, con demasiada facilidad, confundimos con la fe: nuestra necesidad de tener a Dios completamente explicado.
La historia comienza antes de que aparezca la mujer cananea. Jesús viene de una discusión religiosa. Una discusión sobre pureza e impureza. Sobre qué se puede comer. Cómo se debe comer. Qué hace limpia a una persona. Qué la contamina. Qué es correcto. Qué es incorrecto.
Y hay algo tranquilizador en ese tipo de discusiones. Porque las fronteras nos ayudan a ordenar el mundo: esto está bien, esto está mal; esto es puro, esto es impuro; esta persona pertenece, esa persona no pertenece. Sabemos dónde estamos parados.
Pero Jesús dice algo que altera esa manera de entender las cosas: lo que verdaderamente contamina a una persona no viene de afuera. Sale del corazón.
Y eso cambia la conversación. Porque es relativamente fácil mirar hacia afuera y encontrar aquello que está mal. Es relativamente fácil identificar a la persona que no encaja. Es relativamente fácil encerrarnos en una manera de pensar sobre algo o sobre alguien.
Lo difícil es permitir que la Palabra de Dios nos pregunte qué está pasando dentro de nosotros.
Y quizá ahí aparece una primera palabra para nosotros. Nuestro problema no es tener convicciones. Necesitamos convicciones. Nuestro problema no es estudiar teología. Necesitamos estudiar y conocer. Nuestro problema no es tratar de entender la Escritura. Tenemos que hacerlo.
El problema comienza cuando convertimos nuestra manera de pensar en fronteras de Dios. Cuando pensamos que porque nosotros hemos explicado algo, Dios ya no puede sorprendernos. Cuando confundimos conocer algo de Dios con haber terminado de comprenderlo.
Porque una cosa es confiar en Dios. Y otra muy distinta es estar seguros de que ya terminamos de comprender a Dios.
Y justamente después de esa discusión sobre lo puro y lo impuro, Mateo nos dice que Jesús salió hacia la región de Tiro y Sidón. Salió. Fue hacia afuera.
Y allí aparece una mujer. Mateo la llama cananea. Es decir: alguien que representa, de manera casi exagerada, a quien está afuera. Mujer. Extranjera. Gentil. Cananea.
Y de pronto la discusión sobre las fronteras deja de ser una discusión teológica. Ahora tiene rostro. Ahora tiene voz. Tiene una hija que está sufriendo.
Porque es relativamente fácil decir: “La misericordia de Dios no tiene fronteras”. Otra cosa muy distinta es cuando alguien que está del otro lado de la frontera se para delante de nosotros y nos pide que vivamos como si eso fuera verdad.
La mujer grita: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está terriblemente atormentada”.
Y entonces Mateo dice algo difícil: Jesús no le respondió palabra.
Silencio.
Ella está sufriendo. Su hija está sufriendo. Ella pide misericordia. Y recibe silencio.
Después los discípulos aparecen molestos. Quieren que se vaya. Y cuando Jesús finalmente habla, dice: “He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de Israel”.
Pero ella insiste. Se acerca. Se arrodilla. “Señor, ayúdame”.
Y entonces viene una de las frases más difíciles de todo el Evangelio: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros”.
Este no es el Jesús que esperábamos encontrar. Y ahí nosotros sentimos inmediatamente la necesidad de explicarlo. Queremos protegerlo.
Decimos: Jesús solamente estaba probando a la mujer. Jesús ya sabía lo que iba a hacer. Jesús quería enseñarles algo a los discípulos.
Tal vez. Puede ser. Pero hay un pequeño problema: Mateo no dice nada de eso.
Mateo simplemente nos deja escuchar la conversación. Jesús dice algo. La mujer responde. Y después de que la mujer responde, algo cambia.
Ella dice: “Sí, Señor… pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
Es una respuesta extraordinaria. Ella no se va. No lo insulta. No abandona su lucha. Pero tampoco acepta que la conversación haya terminado.
Toma la misma imagen que Jesús ha utilizado y encuentra dentro de ella una posibilidad de misericordia.
Es como si dijera: “Sí, Señor. Entiendo lo que estás diciendo. Pero incluso dentro de tus propias palabras, Señor, todavía hay un lugar para mi hija. Porque hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa”.
Y entonces Jesús responde: “Mujer, grande es tu fe. Que se cumpla lo que quieres”.
Y su hija quedó sana.
Algo cambió en la conversación. Y quizá aquí está uno de los lugares donde este texto amenaza nuestras certezas.
Porque nosotros hemos aprendido a pensar que la perfección significa no cambiar. No ser afectado. No escuchar nada nuevo. No reconsiderar. Tener siempre todas las respuestas cerradas.
Y por eso nos incomoda imaginar siquiera que Jesús pueda haber salido de aquella conversación viendo algo de una manera más amplia.
Pero la Biblia conoce otra manera de hablar de Dios. Moisés conversa con Dios y Dios reconsidera lo que había anunciado. Los profetas interceden y Dios escucha. Nínive cambia, y Dios desiste del juicio que había anunciado a Jonás.
La Escritura no parece tener tanto miedo como nosotros de mostrar a un Dios que entra verdaderamente en relación. Un Dios que escucha. Un Dios que se deja conmover. Un Dios que responde.
Y quizá necesitamos distinguir algo. La fidelidad de Dios no significa necesariamente que Dios siempre tenga que responder de la misma manera.
Quizá la fidelidad de Dios significa algo mucho más profundo: que Dios nunca deja de ser misericordioso.
Tal vez ahí está la verdadera inmutabilidad de Dios. No en que nada pueda tocarlo. No en que ninguna conversación pueda importarle. Ni en que todo esté “planchado” desde siempre.
Sino en que, cambie lo que tenga que cambiar, Dios nunca deja de inclinarse hacia la misericordia.
Quizá esta mujer no consigue que Jesús deje de ser quien es. Quizá este encuentro hace visible hasta dónde llega precisamente aquello que Jesús es: la misericordia de Dios hecha carne.
Y eso nos confronta. Porque nosotros queremos un Dios que podamos predecir. Un Dios que podamos explicar. Un Dios que confirme nuestras fronteras. Un Dios que piense exactamente como pensamos nosotros.
Porque un Dios completamente predecible nos da una cierta sensación de control.
Pero esta mujer cananea aparece y hace ruido. Hace ruido contra las certezas de los discípulos. Hace ruido contra las fronteras religiosas. Hace ruido contra nuestras explicaciones acerca de cómo debe actuar Dios.
Y quizá la pregunta esta mañana no sea cómo hacemos desaparecer ese ruido. Quizá la pregunta sea: ¿y si Dios está tratando de enseñarnos algo precisamente a través de aquello que hace ruido contra nuestras seguridades?
Pero no quiero que nos quedemos solamente en una discusión teológica.
Porque esta mujer no vino a hablar de la inmutabilidad de Dios. Su hija está sufriendo. Eso es lo que la trae hasta Jesús.
Y ahí el texto cambia nuevamente para nosotros. Porque cuando uno está sufriendo, las grandes explicaciones no siempre sirven.
Cuando alguien que amamos está enfermo, cuando atravesamos una pérdida, cuando una relación se rompe, cuando estamos cansados de luchar con algo, cuando llevamos meses o años pidiendo algo, cuando hemos orado y lo único que encontramos es silencio… la pregunta ya no es solamente: “¿Cómo funciona Dios?”.
La pregunta es mucho más sencilla: “Señor, ¿hay misericordia para mí?”
Y esta mujer no tiene demasiadas certezas. No sabe si Jesús va a responder. De hecho, primero recibe silencio. No sabe si los discípulos la van a recibir. De hecho, quieren que se vaya. No sabe si hay lugar para ella en la mesa. De hecho, escucha hablar de hijos y de perros.
Pero parece tener una certeza obstinada: tiene que haber misericordia en alguna parte.
Y por eso sigue hablando. Por eso insiste. Por eso no se va.
Ella ni siquiera está reclamando el pan entero. Le bastan las migajas. Porque está convencida de que hasta una migaja de misericordia puede cambiar la historia de su hija.
No está pidiendo controlar a Dios. Está confiando en que la misericordia de Dios tiene que ser más grande que el muro que tiene delante.
Y entonces ocurre algo hermoso. El domingo pasado escuchábamos a Jesús decirle a Pedro: “Hombre de poca fe”. Hoy Jesús le dice a una mujer cananea: “Mujer, grande es tu fe”.
¿Qué tiene esta mujer para que Jesús llame “grande” a su fe?
No tiene todas las respuestas. No pertenece al “pueblo” correcto. Viene de otro pueblo, de otra cultura, de otro mundo religioso. No sabe cómo va a terminar la historia.
Su gran fe consiste, quizá, en una cosa: se niega a creer que la misericordia de Dios se acabó.
Y eso cambia mucho nuestra manera de hablar de la fe.
Porque a veces, cuando alguien está sufriendo, nosotros decimos: “Ten fe”. Y sin querer podemos convertir eso en otra carga.
Como si tener fe significara saber que todo va a salir como nosotros queremos. Como si tener fe significara estar seguros de que la enfermedad va a desaparecer. Como si tener fe significara comprender por qué pasa lo que pasa. Como si tener fe significara no tener preguntas. Como si tener fe significara no llorar.
Pero esta mujer nos muestra otra cosa.
La fe puede gritar. La fe puede insistir. La fe puede preguntar. La fe puede discutir. La fe puede escuchar silencio y seguir hablando.
La fe puede decir: “Señor, yo no entiendo… pero todavía sigo buscando misericordia”.
Y aquí quiero tener mucho cuidado. El Evangelio de esta mañana no nos promete: “Si insistes suficientemente, Dios te dará exactamente lo que estás pidiendo”.
No hago ese tipo de afirmaciones.
Porque hay personas que han orado durante muchos años. Hay familias que han pedido una sanidad que no llegó. Hay dolores para los cuales nunca encontramos explicación. Hay pérdidas que no pueden deshacerse ni olvidarse de la noche a la mañana.
Sería cruel convertir esta historia en una fórmula.
Pero sí podemos decir algo: tu dolor puede entrar en conversación con Dios.
Puedes traerlo. Puedes hablar. Puedes llorar. Puedes reclamar. Puedes preguntar.
Puedes decir: “Señor, no entiendo lo que está pasando, pero todavía sigo buscando misericordia”.
Y eso también es fe.
Porque la fe no consiste en saber exactamente lo que Dios hará. La fe consiste en confiar en que la misericordia de Dios es más grande que lo que hoy alcanzamos a entender.
Cuando comencé las entrevistas de mi tesis, llegué con bastante conocimiento. Y ese conocimiento era importante. No estaba equivocado en todo.
Pero escuchar a personas concretas me enseñó algo que necesitaba aprender: conocer algo no significa saberlo todo.
Y quizá esta mañana nos sucede algo parecido con Dios.
No tenemos que tirar nuestras convicciones a la basura. No tenemos que abandonar nuestra fe. No tenemos que dejar de estudiar.
Pero quizá sí tengamos que abandonar una pretensión: la pretensión de creer que ya entendimos todo sobre Dios.
Quizá algunos llegamos esta mañana con preguntas que todavía siguen sin tener respuesta. Quizá algunos están esperando algo. Quizá algunos están ya cansados o cansadas de esperar. Quizá alguien ha estado orando y solo ha encontrado silencio. Quizá alguien está tratando de entender algo que simplemente no tiene sentido.
Y el Evangelio no nos promete que hoy saldremos de aquí con todas las respuestas.
Pero esta mujer cananea nos deja algo que quizá sea mejor que una respuesta. Nos recuerda que podemos seguir acercándonos. Podemos seguir hablando. Podemos seguir preguntando. Podemos seguir buscando. Podemos seguir esperando misericordia.
Porque quizá la fe nunca se trató de vivir de nuestras seguridades acerca de Dios. Quizá la fe consiste en confiar en un Dios que siempre es más grande que nuestras seguridades.
Un Dios cuya misericordia siempre es más grande que nuestras fronteras.
No sabemos todas las respuestas. No entendemos todo lo que Dios está haciendo. Y quizá nunca lo entendamos completamente.
Pero conocemos algo de Dios porque hemos visto su rostro en Jesús. Hemos visto que escucha. Hemos visto que se conmueve. Hemos visto que la misericordia puede abrir caminos donde nosotros solamente vemos muros o fronteras.
Y por eso, aun cuando hay preguntas que siguen abiertas, aun cuando hay dolores que todavía no encuentran respuesta, aun cuando algunas veces sentimos que llevamos demasiado tiempo esperando una migaja de misericordia… todavía tenemos esperanza.
No porque sepamos exactamente lo que va a pasar. No porque tengamos todas las respuestas.
Tenemos esperanza porque confiamos en la misericordia de Dios.
Y mientras haya misericordia en Dios… todavía hay esperanza para nosotros.
Amén.

