Predicación del 20.º domingo después de Pentecostés
11 de octubre de 2026
San Mateo 22:1–14
La corbata de mi abuelo
Hoy quiero mostrarles algo que tiene para mí un valor muy especial. Algo que nunca he mostrado públicamente. Es esta corbata. La corbata que usaba mi abuelo, Rosas, que también era pastor. De él conservo esta corbata y dos o tres fotos.
Es una corbata que tiene cerca de cincuenta años. Ya no está a la moda. Pero cuando la miro, la moda no es lo que importa.
Me importa quién la usaba, cuándo se la ponía y lo que significa tenerla conmigo.
Mi abuelo era un hombre humilde. No tenía muchas posesiones. Esta era su corbata favorita. Recuerdo que él la usaba para predicar los domingos. Esta prenda era parte de su preparación para algo que para él era muy importante.
Podemos reconocer ese gesto. Cuando algo es importante para nosotros, nos preparamos. Buscamos esa ropa que guardamos para ocasiones especiales. A veces es ropa sencilla, pero ese gesto nos ayuda a expresar el cariño y el respeto con que queremos estar presentes.
Esta semana, en nuestro encuentro de oración, conversamos sobre la parábola del banquete de bodas. Una persona imaginó que, al recibir esa invitación inesperada, alguien muy humilde habría corrido a su casa a buscar su muda de ropa especial. Se vestiría con la ilusión de participar de una fiesta a la que nunca pensó que sería invitada.
Esa escena no aparece en el evangelio. La imaginamos en nuestra conversación. Eso me hizo pensar en mi abuelo y en esta corbata. En lo que puede significar prepararse con lo que uno tiene cuando recibe una invitación inesperada y gozosa.
Con esa imagen podemos acercarnos a la historia que Jesús nos cuenta hoy.
El reino de Dios como una fiesta
Jesús compara el reino de los cielos con un rey que prepara una fiesta de bodas para su hijo. Un momento: para hablar de lo que Dios quiere para nuestra vida, Jesús nos lleva a una fiesta.
Hay una mesa preparada. Hay comida, encuentro y alegría compartida. Podemos imaginar el descanso que un banquete significaba para quienes conocían una vida de trabajo duro y muy pocos recursos. Por un momento, alguien les ofrece un lugar en la mesa, comida en abundancia y una fiesta para compartir.
Esa es la invitación que sostiene toda la historia: Dios nos invita al banquete de la vida. Quiere compartir su alegría con nosotros y reunirnos en una mesa donde podamos reconocernos como parte de su familia.
El profeta Isaías amplía esa imagen. Anuncia un banquete que Dios prepara para todos los pueblos. Hay comida en abundancia y hay lugar para gente que viene de todas partes.
Sin embargo, en la parábola sucede algo muy raro. Las personas que han sido invitadas rechazan la invitación. Algunos prefieren seguir ocupados con sus tierras y sus negocios. Otros reaccionan con violencia contra los servidores.
También nosotros podemos dejar pasar algo que nos haría bien. La conversación que dejamos para después. El descanso que nunca nos permitimos. La compañía que rechazamos porque nos hemos acostumbrado a resolverlo todo por nuestra cuenta. Apenas queda espacio para recibir.
El relato se vuelve duro: hay servidores asesinados y una ciudad destruida. Esa violencia nos inquieta. Jesús cuenta esta historia en medio de una discusión con los líderes religiosos de su tiempo y de su pueblo. Debemos tener cuidado: no podemos convertir cada acción del rey de la historia en una descripción literal de Dios ni usarla para justificar nuestra violencia.
Pero la historia continúa. Los servidores reciben una nueva encomienda: salir a los caminos e invitar a todas las personas que encuentren. Y de repente el salón del banquete se llena de personas inesperadas. Mateo dice que entran malos y buenos, gente de todo tipo. Posiblemente, gente que nunca ha estado en un ambiente así.
La invitación llega a personas que otros habrían dejado fuera. Nadie les pide primero un certificado de buena conducta. La fiesta se abre y ellas reciben un lugar.
Revestirse para participar
Volvamos a aquella persona que imaginamos corriendo a buscar su ropa especial. Hay un detalle decisivo: ya ha sido invitada. La ropa viene después. Se prepara porque la invitación la llena de ilusión.
Cuando alguien nos recibe así, puede despertar el deseo de responder y participar con todo el corazón. Nos sentimos tomados en cuenta porque alguien pensó en nosotros y quiere compartir su alegría con nosotros.
Al vestirnos para una ocasión especial nos preparamos para participar. Esa ropa, aunque no sea de lujo, aunque esté gastada por el paso del tiempo, expresa lo que el encuentro significa para nosotros. La persona que la viste puede sentirse honrada, digna de estar allí, parte de la celebración.
En nuestra liturgia conocemos ese gesto de revestirnos. Las albas y las estolas son símbolos del servicio que realizamos. Al llevarlas, recordamos la tarea que se nos ha confiado y la comunidad a la que servimos. Nos preparamos para escuchar, orar y celebrar juntos.
Podemos ir incluso más allá. En el lenguaje de la fe, revestirse habla también de una vida que comienza a cambiar. Por eso Pablo escribe: «Porque todos ustedes, los que han sido bautizados en Cristo, están revestidos de Cristo». Estamos vestidos de Cristo.
La invitación también nos abre la posibilidad de cambiar. Recibir misericordia puede enseñarnos a ser misericordiosos. Compartir la mesa puede cambiar nuestra manera de mirar a quienes se sientan con nosotros.
Esa posibilidad nos alcanza a todos y todas. También a quienes nos consideramos buenos y necesitamos aprender a compartir con personas que no elegimos. Podemos dejar de mirar a alguien solamente por su pasado y descubrir la dignidad que Dios reconoce en cada vida.
La invitación reclama una respuesta. Revestirnos de Cristo va tomando forma en la manera en que tratamos a los demás. La alegría de haber sido recibidos en la fiesta puede convertirse en solidaridad, en ayuda concreta, en oración compartida o en el cuidado con que escuchamos a alguien que está sufriendo.
La alegría recibe el dolor
Precisamente aquí el evangelio vuelve a desconcertarnos. El rey encuentra en medio de la fiesta a una persona que está sin la vestimenta apropiada. No está revestida. Entonces, ordena que la aten y la echen afuera. Al final escuchamos que muchos son llamados y pocos escogidos. Es un final duro de escuchar.
Sé que algunas personas oyen estas palabras y vuelven a sentir un miedo conocido: «¿Y si esa persona soy yo? ¿Y si al final se descubre que yo no debía estar aquí?». Hay personas que llevan años en la iglesia y todavía les cuesta sentirse perdonadas. Algo de su pasado sigue pesando sobre ellas como una condena.
Necesitamos escuchar ese miedo con cuidado. Desde un púlpito podemos ayudar a sanar, pero también podemos lastimar. Si hablamos de revestirnos de alegría, debemos hacerlo con comprensión. Hay domingos en que uno llega y siente que se ha quedado sin fe. Sin fuerzas ni siquiera para orar. Hay experiencias tan dolorosas que apenas nos dejan ponernos de pie.
Esas personas, así tal como llegan, tienen un lugar en la fiesta de Dios. Pueden entrar con su llanto y sentirse abrazadas por su ternura. El dolor y el lamento también encuentran lugar en esa mesa. El himno que cantaremos después habla de un lugar de risa y llanto. Necesitamos una comunidad donde podamos compartir ambas cosas.
Nosotros conocemos muy bien algo que sí interrumpe cualquier celebración. Lo sentimos cuando llega una fiesta familiar y falta alguien. La mesa está preparada, pero hay una silla vacía. Quisiéramos conversar con esa persona, escuchar su voz, abrazarla una vez más. Y esa ausencia vuelve a doler.
La muerte tiene esa mala costumbre de meterse en nuestras alegrías. Nos separa de quienes amamos y nos recuerda que también nuestra vida es frágil. Si hay un aguafiestas que todos conocemos, es ella.
Dios nos invita al banquete de la vida. Nos quiere allí, vivos, reunidos, compartiendo su alegría. Por eso, cuando esa fiesta llegue a su plenitud, la muerte ya no podrá seguir separándonos. La causa de nuestro luto, nuestro mayor temor, nuestro último enemigo, perderá su lugar y su poder.
Desde esa promesa podemos tener otra lectura de la parábola. Nos podemos imaginar que el invitado que no está vestido de fiesta representa a la muerte. Aunque Mateo no lo diga de esa manera, escuchar el evangelio junto con el profeta Isaías nos ayuda a pensar en la derrota definitiva de lo que nos arrebata la vida y la felicidad.
Isaías anuncia:
Sobre este monte rasgará
el velo que cubre a todos los pueblos,
el manto que envuelve a todas las naciones.
Devorará a la muerte para siempre.
Anuncia también que Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros. Quien llega llorando tiene un lugar en la mesa y recibe consuelo. La muerte, que causa ese llanto, será destruida. Pablo lo dice con todas las letras: «Y el último enemigo que será destruido es la muerte».
La vida que Dios quiere compartir con nosotros llegará a ser tan plena que la muerte ya no podrá quitárnosla. ¿Dónde podemos apoyar una esperanza tan grande? La fe cristiana nos lleva directamente a Jesús.
Cristo comparte nuestra muerte y nos abre la vida
El filósofo Martin Heidegger habló del ser humano como un ser para la muerte. Nuestra condición mortal marca la vida que vivimos. Amamos, tomamos decisiones y hacemos planes sabiendo que nuestro tiempo tiene un límite que no controlamos.
A veces esa realidad aparece de golpe: una enfermedad, una despedida, una llamada que cambia el día. Aprendemos a cuidar mejor el tiempo, pero sigue doliendo saber que se acaba. Es como un reloj de arena que empezó a vaciarse el mismo día que nacimos.
Hay algo del cristianismo que a mí me conmueve profundamente: confesamos que Dios se hizo carne y compartió nuestra vida. En Jesús conocemos a Dios dentro de nuestra humanidad vulnerable. Un Dios que comparte nuestro pan, nuestro cansancio, nuestro llanto y nuestra muerte.
En la cruz escuchamos su grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Jesús habla desde el dolor y todavía se dirige a Dios. Su oración puede acompañarnos cuando sentimos que nuestras palabras se pierden en el silencio.
Esto toca una convicción profunda de nuestra tradición luterana: reconocemos a Dios en el Crucificado. Allí está su Hijo, en un cuerpo herido, entregándose por nosotros. Su amor llega hasta el sufrimiento que nos cuesta soportar y hasta la muerte que nos da miedo.
El dolor sigue siendo dolor. La injusticia que llevó a Jesús a la cruz sigue siendo injusticia. Encontrar a Dios allí nos mueve a acercarnos a quienes sufren, a cuidarlos y a resistir lo que destruye sus vidas.
Y también confesamos que Dios resucitó a ese Jesús. El Resucitado es el Crucificado. Aquel que compartió nuestra angustia y murió por nosotros está vivo. La muerte no pudo retenerlo. En él se abre un futuro para nuestra vida y para las vidas de quienes amamos.
Es ese Cristo quien nos recibe en la fiesta. Ha compartido nuestra muerte y nos entrega su vida. Por eso podemos escuchar su invitación con confianza. Su palabra de perdón llega también a quien lleva años pensando que nunca será suficientemente digno o digna.
Si ese temor sigue pesando en tu corazón, puedes traerlo a Cristo. Puedes confiarle tu culpa, tus preguntas y tu fragilidad. La promesa del bautismo descansa en su fidelidad. Él permanece a tu lado incluso cuando te cuesta sentirte perdonado o encontrar palabras para orar.
La alegría comienza a veces así: como el alivio de saberse recibido, querido, aceptado. Desde el presente empezamos a participar de la vida que Cristo comparte con nosotros. Y esperamos el día en que esa vida llegue a su plenitud y podamos celebrar juntos, ya libres del poder de la muerte.
La plenitud de la fiesta
El poeta inglés John Donne, que también fue sacerdote anglicano, escribió un soneto en el que se dirige a la muerte como si la tuviera delante. Comienza diciéndole: «Muerte, no te enorgullezcas, aunque algunos te hayan llamado poderosa y terrible, pues no lo eres». Le discute ese poder absoluto que parece tener sobre nosotros.
Al final del poema imagina un breve sueño, después del cual despertaremos para siempre. Y termina con estas palabras: «Después de un breve sueño, despertaremos eternamente. Y la muerte ya no existirá; muerte, tú morirás». Esa esperanza se atreve a hablarle a nuestro mayor enemigo.
Nosotros seguimos despidiendo personas queridas y acompañando a quienes lloran. En medio de esa realidad, Cristo resucitado sostiene nuestra esperanza. Podemos confiarle nuestras vidas y las vidas de quienes extrañamos.
Esta corbata guarda para mí una memoria muy querida. Al mirarla siento gratitud, y también siento la ausencia de mi abuelo. Así llegamos muchas veces ante Dios: con alegría y con lágrimas, con esperanza y con preguntas.
Dios nos invita al banquete de la vida. Isaías anuncia que allí enjugará nuestras lágrimas y destruirá la muerte. Por eso, junto con el poeta, nosotros también afirmamos: «Muerte, tú morirás».
Mientras esperamos ese día, Cristo nos reúne y nos enseña a hacer espacio unos para otros. Un hogar donde podamos reír y llorar, recibir cuidado y aprender a cuidar. Una comunidad que nos ayude a escuchar —y a creer— esta invitación: al banquete de la vida, todos bienvenidos son.
Amén.
Referencia para la preparación
Richard W. Comegys Jr. propuso esta interpretación, la muerte como el invitado expulsado, en Matthew’s Banquet Story, The Living Church, 28 de octubre de 1990, página 10. Relaciona la vestimenta del invitado con el sudario de Isaías 25:7–8.
https://d7u3dh9x9blzp.cloudfront.net/1990/10.28.1990.pdf

