Ahora no lo entiendes…

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Jueves Santo Taizé

Jesús lavando los pies a Pedro

San Juan 13:4-7

«…así que se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.

Cuando llegó a Simón Pedro, este dijo:

—¿Y tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?

—Ahora no entiendes lo que estoy haciendo —respondió Jesús—, pero lo entenderás más tarde».

Gracia y paz, de Dios nuestro Padre y de Jesús, el Siervo que se humilla para lavar nuestros pies,

Hay palabras que solo tienen sentido cuando el tiempo pasa. Hay gestos que no llegamos a entender del todo. Y hay amores que no encajan con nuestra lógica.

En esta noche santa, en la quietud de la oración y la belleza sencilla del canto, acompañamos a Jesús. No como espectadores de una historia que ocurrió hace muchos años, sino como parte de una comunidad que sigue buscando comprender el misterio del amor que se entrega, sin condiciones.

Jesús no da un gran discurso. No hace un milagro que nos deje asombrados. No exige nada, no ordena nada, no condena a nadie. Jesús se arrodilla.

Toma una toalla. Asume la naturaleza de un siervo, de un esclavo. Lava los pies de sus discípulos. Y nos ama con un amor que nos desarma, que confunde, que conmueve. La escena es silenciosa, pero poderosa. El que viene de Dios, el que regresa al Padre, se inclina a la altura de nuestros pies cansados. ¿Cómo comprender un gesto así?

Pedro no entiende. Se resiste. Porque ese no es el Mesías que esperaba. Porque ese no es el Dios que cabe en nuestras lógicas de grandeza, de poder o de control. Y Jesús le responde: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo comprenderás después”.

En esa frase hay una clave del discipulado. Una promesa para todos y todas: que el camino de la fe no empieza en la certeza, sino en el asombro; no en tener todas las respuestas, sino en la disponibilidad a ser tocados por un amor que no controlamos ni podemos explicar del todo.

Esta noche, abrimos nuestras manos vacías y nuestros corazones inquietos, y repetimos el lema de esta Cuaresma y Semana Santa: Solo en Dios descansa mi alma.

Solo en Dios. Incluso cuando no entendemos. Incluso cuando hay silencios, cuando hay preguntas, cuando lo que recibimos no es lo que habíamos pedido. En esa quietud, en ese gesto de Jesús, comienza a revelarse el sentido más hondo de la fe cristiana.

«Ahora no lo entiendes… pero lo entenderás después«. ¡Cuántas veces esas palabras de Jesús se aplican también a nuestras vidas! Hay momentos en los que sentimos que todo pierde sentido. Situaciones que nos superan, decisiones que nos duelen, caminos que se tuercen sin aviso, y el silencio de Dios pesa más que su voz.

Como Pedro, también nosotros nos resistimos al gesto de amor cuando no lo entendemos. Nos cuesta dejarnos amar de esa manera: desde abajo, sin condiciones, sin ninguna lógica. A veces nos cerramos a lo que no encaja con nuestras expectativas, incluso si eso viene de Dios.

Pero en ese instante de resistencia, Jesús no se impone. No grita. No explica. Solo dice: «lo comprenderás después«. Y ahí, en esa espera, comienza a formarse algo distinto. Una fe que no pretende entenderlo todo, una fe que solo confía.

La incomprensión no es enemiga de la fe. Posiblemente sea su terreno más honesto. Porque creer no es tener respuestas, sino caminar con la promesa de que el sentido llegará, o tal vez no, ¿acaso eso es lo que importa?

Creer es sostenerse en Dios incluso cuando la vida se desordena. Es decir, junto a Pedro: no entiendo, no te entiendo, pero me dejo lavar los pies. En medio de nuestro desconcierto, repetimos: Solo en Dios descansa mi alma.

Ese descanso no es un escape ni una huida del mundo. Es el lugar donde la fe se hace humilde, donde la esperanza no depende de explicaciones, donde la confianza brota del gesto silencioso de un Dios que se arrodilla ante nosotros.

Jesús no solo lavó los pies de sus amigos. También lavó los pies de quien lo iba a traicionar. De quien lo iba a negar. De quienes, en pocas horas, escaparían asustados. Y, sin embargo, habiendo amado mucho, los amó hasta el final. No les pidió pruebas de fidelidad. No esperó a que fueran dignos. No condicionó su amor a la comprensión o a la respuesta de ellos.

Ese es el amor que transforma. Porque no se impone. No humilla. No exige. Es un amor que se ofrece desde la fragilidad, desde el silencio, desde la confianza plena en el poder de la entrega. Pedro no lo entendía. Nosotros tampoco. ¿Cómo puede ser que el Hijo de Dios lave nuestros pies?¿Cómo puede ser que nos ame así, sin reservas, sin medida, sin pedir garantías?

Este es el amor que cambia el mundo: no por su fuerza, sino por su ternura. No porque todo lo explique, sino porque todo lo abraza. Jesús no está redactando un credo ni imponiendo reglas. Está encarnando lo que quiere que vivamos: un amor que se arrodilla, que sirve, que no necesita palabras para transformar. Él no está fundando una religión, sino marcando una ruta de vida.

El mandamiento nuevo no es una idea: es un gesto. Es la invitación a amar como Él nos ha amado: con paciencia, con humildad, con esperanza. Incluso cuando no somos correspondidos. Incluso cuando no somos entendidos.

Solo en Dios descansa mi alma. Y solo en ese amor, que confunde, pero consuela, que desarma, pero sostiene, podemos ser transformados y convertirnos también en servidores de los demás.

En esta noche, como Pedro, nos enfrentamos al misterio de un Dios que se arrodilla. No lo entendemos todo. No hace falta. Jesús no nos pide entender. Nos invita a permanecer. A permanecer en su amor. A quedarnos con Él. A dejarnos amar incluso cuando no lo entendemos.

Y es, en esa fidelidad sencilla, en esa confianza que nace en la oscuridad, donde algo comienza a brotar.

Algo pequeño, pero real.

Algo silencioso, pero fuerte.

Como una semilla que cae en buena tierra.

Desde la confusión, desde el gesto humilde, empieza a florecer una nueva justicia, la justicia querida por Dios. La que está basada en la misericordia.

Una justicia que no nace del miedo al castigo, sino de la confianza. Un amor que no se entiende, pero transforma. Una esperanza que no depende de las circunstancias.

En esta noche, desde ese gesto que nos confunde, pero nos consuela, que desconcierta, pero sostiene, con Jesús, sorprendentemente lavando nuestros pies cansados, cantamos:

Señor, que florezca tu justicia,

y tu paz empape la tierra.

Dios, que florezca tu justicia,

y se llene el mundo entero de ti.

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