Bienaventurados los agnósticos

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Esta reflexión fue publicada originalmente por la pastora Nadia Bolz Weber en The Corners el 13 de enero del 2026.

Icono colonial español, siglos XVIII–XIX

Tal vez el Sermón del Monte tenga que ver, sencillamente, con la bendición generosa de Jesús sobre las personas que estaban a su alrededor en aquella ladera, personas para las que su mundo —como el nuestro— parecía no tener demasiado tiempo: personas que sufren, personas que trabajan por la paz en lugar de la ganancia, personas que practican la misericordia en vez de la venganza.

Tal vez Jesús simplemente estaba bendiciendo ese día a quienes lo rodeaban y que, de otro modo, no solían recibir bendición; a quienes habían llegado a creer que, para ellos, las bendiciones nunca estarían destinadas. Quiero decir, vamos, ¿no suena eso exactamente a algo que Jesús haría? ¿Repartir bendiciones con una extravagancia tal, como si crecieran en los árboles?

Así que imagino a Jesús de pie entre nosotros, ofreciendo unas nuevas bienaventuranzas:

Bienaventurados los agnósticos.

Bienaventurados quienes dudan. Quienes no están seguros, quienes todavía pueden dejarse sorprender.

Bienaventurados quienes son espiritualmente empobrecidos y, por eso mismo, no están tan seguros de todo como para dejar de acoger nueva información.

Bienaventurados quienes no tienen nada que ofrecer. Bienaventurados los niños de preescolar que se cuelan en la fila de la comunión. Bienaventurados los pobres en espíritu. Ustedes son del cielo y Jesús los bendice.

Bienaventurados aquellos para quienes la muerte no es una abstracción.

Bienaventurados quienes han enterrado a sus seres queridos, para quienes las lágrimas podrían llenar un océano. Bienaventurados quienes han amado lo suficiente como para saber lo que se siente perder.

Bienaventuradas las madres que han perdido embarazos.

Bienaventurados quienes ya no tienen el lujo de dar las cosas por sentadas.

Bienaventurados quienes no pueden derrumbarse porque tienen que mantenerse en pie por todos los demás.

Bienaventurados quienes “todavía no lo han superado”.

Bienaventurados los que lloran. Ustedes son del cielo y Jesús los bendice.

Bienaventurados aquellos a quienes nadie más nota. Los chicos que se sientan solos en las mesas del almuerzo en la escuela intermedia. Los encargados de la lavandería del hospital. Las trabajadoras sexuales y los barrenderos del turno de la noche.

Bienaventurados los olvidados. Bienaventurados quienes viven en el clóset.

Bienaventurados los desempleados, los poco impresionantes, los subrepresentados.

Bienaventurados los adolescentes que tienen que ingeniárselas para ocultar los nuevos cortes en sus brazos. Bienaventurados los mansos.

Ustedes son del cielo y Jesús los bendice.

Bienaventurados los acusados injustamente, los que nunca tienen un respiro, aquellos para quienes la vida es dura, porque Jesús eligió rodearse de personas como ellas.

Bienaventurados quienes no tienen documentos. Bienaventurados quienes no tienen lobistas.

Bienaventurados los niños en hogares sustitutos y los niños de educación especial y todos los demás niños que solo quieren sentirse seguros y amados.

Bienaventurados quienes toman pésimas decisiones empresariales por el bien de otras personas.

Bienaventurados los trabajadores sociales agotados, los maestros sobrecargados y quienes asumen casos pro bono.

Bienaventurados los jugadores de fútbol de buen corazón y las esposas trofeo dedicadas a recaudar fondos.

Bienaventurados los niños que se interponen entre los acosadores y los más débiles. Bienaventurados quienes oyen que han sido perdonados.

Bienaventurado todo aquel que alguna vez me perdonó cuando no lo merecía.

Bienaventurados los misericordiosos, porque lo han comprendido de verdad.

Imagino a Jesús aquí, de pie, bendiciéndonos a todos, porque creo que esa es la naturaleza de nuestro Señor. Porque, al fin y al cabo, fue Jesús quien, teniendo a su disposición todos los poderes del universo, no consideró su igualdad con Dios como algo a lo que aferrarse para su propio beneficio. Al contrario, vino a nosotros del modo más vulnerable posible: como un recién nacido indefenso, de carne y hueso. Como si dijera: “Puede que desprecien sus cuerpos, pero yo bendigo toda carne humana. Puede que admiren la fuerza y el poder, pero yo bendigo toda debilidad humana. Puede que busquen poder, pero yo bendigo toda vulnerabilidad humana.”

Este Jesús a quien seguimos lloró ante la tumba de su amigo, puso la otra mejilla y perdonó a quienes lo colgaron de una cruz. Porque él era la Bienaventuranza de Dios: la bendición de Dios para los débiles, en un mundo que solo admira a los fuertes.

Que Dios los bendiga.

Nadia Bolz-Weber


Nadia Bolz‑Weber es una pastora luterana, escritora y teóloga norteamericana. Fundó la iglesia House for All Sinners & Saints en Denver (Colorado), un espacio inclusivo para personas LGBTQ+, con adicciones, marginadas o alejadas de la fe tradicional. Escribe en The Corners, un boletín semanal y refugio virtual donde los lectores pueden explorar temas profundos —fe, duda, imperfección, humanidad— con honestidad y cariño compartido.

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