Visitar Omán era uno de esos sueños que uno guarda en la lista de “algún día”. No por exotismo ni por turismo religioso, sino por curiosidad. Me intrigaba su cultura, su forma de vivir el islam —ese islam ibadí del que había leído que era particularmente tolerante con otras religiones— y, sobre todo, la idea de una Arabia tan distante de las películas y noticias que solemos consumir en Occidente sin conocer.
Y un día, simplemente, llegamos.
Como buenos turistas desorientados, hicimos lo que hacen todos: caminamos el puerto, sacamos fotos de rincones y, sin darnos cuenta, entramos al mercado de peces de Mutrah. Una pescadería enorme, intensa, con olores fuertes y acento local. Ahí tuve una sensación extraña: por primera vez en mucho tiempo me sentí completamente seguro. No alerta, no en guardia. Seguro.
Era temprano, así que seguimos hacia el Mutrah Souq, el gran bazar de Mascate. Miramos especias y caminamos sin apuro. En un país donde no se vende ni se consume alcohol, tomé el mejor jugo de frutas de mi vida. No es metáfora. Fue el mejor.
Ahí, al lado del restaurante donde desayunamos, conocimos a Nazar.
Nazar era un taxista. Y como suelen hacer los taxistas en cualquier parte del mundo, se ofreció a mostrarnos la ciudad. El paquete era tentador: la Puerta de Mascate, el parque de Riyam, el palacio Al Alam, la Ópera Real, algún parque más y, por supuesto, la Gran Mezquita del sultán Qaboos.
Con esa desconfianza automática que uno trae de Occidente —esa que se activa sin pedir permiso— subimos a su taxi. El paseo terminó siendo una clase magistral. No sobre Omán, sino sobre humanidad.
Hablamos de la vida, del presente, de religión y, cómo no, de política. En un momento Nazar me preguntó a qué me dedicaba. Dudé un segundo. ¿Qué podía saber él de protestantismo, de Lutero y de toda esa historia? —Soy sacerdote cristiano —le dije.
Nazar sonrió como si le hubiera contado una buena noticia. —Oh, líder religioso… Barakallahu feek —respondió—. Qué bueno. Aquí en Omán tenemos templos cristianos. El sultán mandó construirlos para nuestros buenos hermanos cristianos que viven aquí…
El viaje tuvo una pausa inevitable al mediodía. Paramos junto a un jardín y una pequeña mezquita. Nazar se disculpó y nos pidió permiso para entrar a orar mientras nosotros esperábamos afuera.
Cuando bajó del taxi noté que había dejado las llaves puestas y la puerta abierta. Fue un reflejo inmediato, casi instintivo. —Oye, dejaste el taxi abierto —le dije. Nazar se rió, con una ternura que todavía recuerdo. —Hermano, no te preocupes. Aquí nadie roba. No estamos en Occidente. Relax.
Me quedé mudo. No por la frase en sí, sino porque entendí que esa frase hablaba más de mí que de él.
Más tarde me contó de sus sueños. De sus hijas. De sus preocupaciones. Me habló del progreso, de todo lo bueno que trae el dinero, pero también de lo que se pierde en el camino.
—Tú me vas a entender —me dijo—. Nuestros jóvenes ya no oran como nos enseñaron nuestros padres. Beben alcohol, no van a la mezquita, no piensan en Dios. ¿Qué será del futuro si esto sigue así?
No era un discurso moral. Era la preocupación honesta de un hombre piadoso.
Con el correr de las horas la confianza creció. En un gesto que recuerdo vivamente, Nazar nos mostró fotos en su celular: su familia, su casa, su pueblo a las afueras de Mascate. La foto de su madre me impresionó especialmente. Llevaba una batula, esa máscara tradicional que cubre el rostro.
—Les voy a dar mi número —nos dijo—. La próxima vez que vengan a Omán les iré a buscar y se quedan en mi casa. Comerán la comida que cocina mi mamá. Serán mis invitados de honor.
Nos despedimos con un afecto inesperado. Días después seguimos escribiéndonos. A él le preocupaba que llegáramos bien a nuestro destino. Años más tarde, cuando murió el sultán Qaboos, le escribimos para expresarle nuestras condolencias.
Nunca regresamos a Omán.
Han pasado los años y sigo pensando en Nazar. En su calma. En su fe sin soberbia. En su hospitalidad sin espectáculo. Y entonces aparecen las preguntas que no me dejan en paz.
¿Qué pensará un hombre árabe, religioso, sencillo y honesto como Nazar de la demencia de Occidente?
¿Qué intuiciones tendrá sobre nuestros líderes políticos que “van a la iglesia” mientras bendicen guerras, encubren abusos, saquean países y llaman fe a su ambición?
¿Qué pensará de una sociedad que se proclama cristiana, pero mata a sus propios ciudadanos en la calle, persigue inmigrantes en jauría y justifica su decadencia moral invocando la “bendición de Dios”?
No sé qué piensa Nazar de Occidente. Pero sé que su manera de creer me hizo pensar en la mía. En una fe menos ruidosa. Menos obsesionada con tener razón. Más atenta a la hospitalidad que al control.
Tal vez Dios se parezca más a ese silencio en el jardín, mientras uno ora y el otro aprende a esperar.

