
Recuerdo muy bien el documental In God’s Name, que National Geographic publicó en 2008. En él, unos directores de cine franceses se propusieron entrevistar a doce líderes espirituales de relevancia mundial para abordar las grandes preguntas de nuestro tiempo, luego de haber sido testigos del 11-S en Estados Unidos.
Uno de esos líderes espirituales fue Mark Hanson, obispo presidente de la ELCA en aquel momento. Sus respuestas —profundas y apropiadas— durante la entrevista, así como su vida familiar, serían un testimonio importante en mi camino de discernimiento hacia el pastorado en la Iglesia Luterana.
Allí también estaba Benedicto XVI, el único líder global que no permitió una entrevista personal directa con los cineastas. Ellos pudieron registrar algunas imágenes de su cotidianeidad, pero no interactuaron con él: solo recibieron una grabación oficial con un mensaje cuidadosamente preparado, políticamente correcto y aprobado por el Vaticano. Lo que yo vi en aquel documental fue a un eminente intelectual, vencido por su timidez y su introspección. Cuidadoso, sobrio, apegado a las formas que se esperan de un Sumo Pontífice.
Fue Benedicto XVI quien había recuperado la tradición de los zapatos rojos, el fanón papal, la mitra tradicional, el palio romano antiguo, el uso más amplio de la misa en latín y el canto gregoriano como propio de la liturgia romana. Los tradicionalistas estaban encantados con él, aunque esos gestos eran cada vez más extraños en pleno siglo XXI.
Reitero que Benedicto XVI fue un gran teólogo, pero con sus limitaciones para expresar afecto. Tocar, abrazar… le causaban ansiedad. Su timidez, creo, le jugó en contra más de una vez.
Y después de Benedicto, llegó Francisco: una bocanada de alegría, de abrazos, de mates cebados en la Plaza San Pedro, de encuentros con amigos y desconocidos. El que cambió el trono por un sillón de madera, y siguió viajando con su maletín y sus zapatos ortopédicos gastados. Dio más de cincuenta entrevistas formales a medios de todo el mundo, donde no se guardó nada. Y ese no guardarse nada significó también que, en más de una ocasión, sus dichos lo metieran en problemas con la propaganda impoluta y la limpieza quirúrgica del Vaticano —excepto debajo de las alfombras.
En estas horas, se multiplican las anécdotas de encuentros, llamadas, cartas y videollamadas por sorpresa de Francisco. Fue el primero en muchas cosas. Recibió por primera vez a un hombre trans en el Vaticano y, lejos de condenarlo, le aseguró: «Dios ama a todos sus hijos tal y como son. Y tú eres un hijo de Dios». También se sentó, por primera vez, a dialogar abiertamente con jóvenes sobre el abuso sexual en la iglesia, el aborto, la identidad de género, el agnosticismo, el racismo… siempre con una escucha atenta y un corazón pastoral y misericordioso. Nombró a más mujeres en cargos de liderazgo en el Vaticano que cualquier otro de sus predecesores. Y, entre muchas otras primicias, fue el primer Papa en participar oficialmente en una conmemoración conjunta con luteranos de la Reforma protestante. Él fue el primero.
Entre tantos gestos de solidaridad y amistad que los argentinos recordaremos con emoción, uno brilla con especial intensidad: el nombramiento como cardenal de un curita capuchino de casi cien años, dedicado por completo a confesar: Fray Luis Pascual Dri. Un hombre humilde, austero, compasivo y misericordioso, que en una ocasión expresó al Papa su inquietud por «perdonar demasiado». Ese gesto es la síntesis de la visión eclesial que tuvo Francisco: una iglesia que valora el trabajo silencioso y comprometido de quienes sirven en las periferias, y que ve en ellos y ellas el rostro de la misericordia de Dios encarnada en las realidades más excluidas y vulnerables.
Francisco fue un pastor que, incluso en su muerte, no quiso ser contado entre los poderosos del mundo. Un velorio sin catafalco, un solo ataúd abierto, poca pompa y el deseo de ser enterrado fuera del Vaticano, con una simple lápida que dirá: FRANCESCO. La iglesia de Santa Maria Maggiore, donde descansarán sus restos, se encuentra cerca de la terminal de tren Roma Termini. Se parece a Constitución, en Buenos Aires. Hasta eso lo pensó muy bien. Los alrededores están saturados de inmigrantes, pobres, trabajadores, prostitutas, carteristas, adictos, seres humanos viviendo en la calle… toda esa gente que, en vida, él consideró sus amigos y amigas. Esa gente irá a honrar y a orar a la tumba de su pastor.
Francisco falleció este lunes de Pascua. Roma comienza a despedir a su obispo. Con Francisco se va el argentino más importante de todos los tiempos. Quienes pensamos en un cristianismo más fiel a Jesús hemos perdido una voz imprescindible.
En nuestro mundo, cada vez más apático, más violento contra las minorías, donde se multiplica el rechazo a la justicia social, y donde el individualismo y el dinero —elevado a la categoría de ídolo— amenazan toda empatía y solidaridad, Francisco fue un disidente.
Nos quedan sus sermones, sus charlas, sus gestos sinceros, su acción política. Y también sus encíclicas. Para quienes andan desorientados en la vida, les recomiendo leer Lumen fidei. Para quienes dudan de nuestra responsabilidad ante el cambio climático, Laudato si’. Para quienes no saben de qué lado pararse frente a la migración, Fratelli tutti. Para quienes desean una vida más llena de significado, aceptación y amor, Dilexit nos. Ahí nos quedan sus enseñanzas, con hondura pastoral.
Como pastor luterano, lamento profundamente la partida de Francisco. Sé que su vida inspirará a muchas personas, creyentes y no creyentes. El mundo sin Francisco se siente un poco más huérfano, al menos para quienes anhelamos espiritualidades cristianas humanizadoras. Mis oraciones acompañan el cónclave. Que el próximo obispo de Roma camine en sus huellas: con compasión, con ternura, en la defensa incansable de quienes viven —y tantas veces mueren injustamente—en los márgenes.
Danos, Señor, líderes disidentes, con la nobleza y la ternura de Jesús.
Artículo tambien publicado en Lupa Protestante.
