Predicación del Domingo de Ramos
29 de marzo de 2026
San Mateo 21:1-11

Nos han enseñado que el poder deja huella.
Que las personas que tienen autoridad —en la mayoría de los casos hombres, figuras públicas— terminan marcando la historia.
A veces por lo que hicieron. A veces por lo que representaron.
Y otras veces… simplemente porque tuvieron el poder de poner su nombre en algo.
Por eso llenamos nuestros espacios con nombres.
Avenidas. Edificios públicos. Aeropuertos. Centros de convenciones. Estatuas. Y hasta la firma de un presidente en un billete de 100 dólares.
Es una forma de decir: aquí estuvo alguien importante. Aquí hubo poder.
Y en tiempos de Jesús no era distinto. El Imperio romano hacía exactamente lo mismo.
Las grandes obras —caminos, acueductos, ciudades—
llevaban el nombre del emperador o de quien las había mandado construir.
Era una manera de dejar claro quién tenía el poder.
Quién dominaba. Quién hacía la historia.
Y en ese mundo… en ese lenguaje de poder… Jesús entra en Jerusalén.
Y la gente lo recibe… desde ese mismo lenguaje.
Hoy, el Evangelio de Mateo nos coloca justamente ahí: en un encuentro lleno de expectativas… y profundamente desconcertante.
Jesús entra en Jerusalén. La gente lo aclama. Extienden mantos, levantan ramas, gritan: “¡Hosanna!”, : “Sálvanos”.
Todo parece claro. Pero no lo es.
Porque ese encuentro está cargado de expectativas.
No solo esperan algo de Jesús… esperan de él el tipo de poder que conocen.
Esperan que haga algo. Que intervenga. Que cambie la historia.
Que ponga orden.
Esperan un poder que actúe.
Un poder que resuelva.
Un poder que, de alguna manera, les devuelva el control de la vida.
Y más adelante, cuando todo haya pasado, cuando la cruz haya desarmado todas esas expectativas, dos discípulos, caminando sin rumbo, dirán:
“Nosotros teníamos la esperanza de que él fuera el que iba a liberar a Israel… pero no fue así.”
Y, si somos honestos, eso no está tan lejos de lo que nosotros también esperamos.
Porque, de alguna manera, también a nosotros nos han enseñado que el poder de Dios debería funcionar.
Que si estoy enfermo, oro para sanar.
Que si estoy en problemas, oro para que Dios resuelva.
Que si algo no está bien, oro esperando que Dios intervenga y lo ordene.
Y sin darnos cuenta, vamos construyendo una imagen de Dios
como un poder que debería responder a lo que esperamos.
Y cuando eso no pasa, cuando Dios no actúa como imaginábamos, aparece la frustración. El desconcierto. El silencio.
Y tal vez, sin decirlo en voz alta, también nosotros nos alejamos.
No es que dejemos de creer en Dios,
pero dejamos de creer en el Dios que habíamos imaginado.
Todos tenemos nuestra Jerusalén interior: ese lugar donde esperamos que Dios llegue y haga algo que finalmente tenga sentido.
Y Jesús sí llega. Pero no como esperaban.
No entra en un caballo majestuoso. No viene con un ejército.
No toma el poder. Entra en un burro.
Un gesto sencillo. Silencioso. Que desconcierta.
¿Será este o tendremos que esperar a otro?
Y justo ahí comienza el verdadero problema.
No porque Jesús no tenga poder,
sino que su poder no coincide con lo que la gente esperaba de él.
Y tal vez, tampoco con lo que nosotros esperamos de Dios.
Jesús no rechaza la esperanza de la gente, pero tampoco se somete a ella.
No viene a cumplir expectativas, viene a revelar a Dios.
Y el Dios que revela Jesús no es un Dios que se impone.
Es un Dios que permanece.
No es un Dios que controla, es un Dios que acompaña.
No es un Dios que elimina el sufrimiento de inmediato,
es un Dios que entra en el dolor y no nos deja solos ni solas.
Y eso… no es fácil de aceptar.
Porque hay momentos en los que lo que necesitamos es que las cosas cambien.
Que el dolor pase.
Que haya una respuesta.
Que todo tenga sentido.
Y, sin embargo… lo que encontramos es otra cosa.
Encontramos un Dios que no se va.
Un Dios que no siempre explica… pero siempre acompaña.
Un Dios que no siempre responde como queremos…
pero nunca deja de estar a nuestro lado.
Un Dios que no prometió resolverlo todo…
pero sí prometió estar.
Un Dios que se nos da como Emanuel: Dios con nosotros.
Ese es el poder de Dios.
Un poder que no entendemos.
Pero el Evangelio no termina ahí.
Porque gente de esa misma multitud que hoy dice “Hosanna”, en pocos días dirá “Crucifícale”.
No porque sean personas distintas.
Sino porque Jesús no fue lo que esperaban.
No cumplió con sus expectativas.
No hizo lo que querían.
No resolvió. No bregó.
Y ahí el Evangelio se vuelve profundamente honesto.
Porque no nos deja escondernos detrás de las respuestas fáciles,
sino que nos pone frente a una pregunta incómoda:
¿Qué hacemos cuando Dios no es como lo imaginábamos?
¿Qué hacemos cuando no responde como esperábamos?
Cuando el camino no es claro.
Cuando la respuesta no llega.
Cuando la fe ya no encaja del todo.
Porque hay momentos en los que no solo cambian las circunstancias,
también se sacuden las imágenes que teníamos de Dios.
Y eso duele.
Descoloca.
Desarma.
Pero, tal vez, ahí empieza algo nuevo.
Porque no todo lo que promete respuestas rápidas viene de Dios.
Hay voces que ofrecen control.
Hay discursos que prometen seguridad inmediata.
Pero el Evangelio no habla desde ahí.
Jesús entra en Jerusalén de otra manera.
No ofreciendo certezas inmediatas, sino un camino.
Un camino que llega hasta la cruz.
Y en la cruz, todo lo que esperábamos de Dios queda en silencio.
No hay intervención.
No hay respuesta inmediata.
No hay poder como lo imaginábamos.
Y, sin embargo, ahí, precisamente ahí, se revela el poder de Dios.
Un poder que no salva desde afuera, sino que se entrega.
Un poder que no evita el sufrimiento, sino que lo habita.
Un poder que no se impone, sino que ama hasta el extremo.
Y ese es el poder de Dios.
Un poder que no siempre entendemos.
Por eso, el apóstol Pablo se atreve a decir:
“La palabra de la cruz es locura para los que se pierden…
pero para nosotros… es poder de Dios.”
Un poder que no siempre entendemos, pero que nos sostiene.
Un poder que no siempre resuelve, pero que no nos abandona.
Porque Dios ya ha entrado en nuestra historia.
En nuestras preguntas.
En nuestras heridas.
En nuestras incertidumbres.
No como esperábamos,
pero sí como necesitamos.
Y ese… ese es el encuentro que transforma.
Amén.

