San Lucas 9:54–55
En el evangelio de Lucas hay una escena breve, pero profundamente reveladora.
Jesús y sus discípulos van de camino hacia Jerusalén. Entran en territorio samaritano y en una aldea deciden no recibirlo. No quieren a Jesús allí.
Entonces dos de sus discípulos —Santiago y Juan— reaccionan con indignación. No son discípulos cualquiera. Son de los más cercanos.
Y le preguntan: “Señor, ¿quieres que hagamos caer fuego del cielo para destruirlos?”
Es difícil no estremecerse frente a esta escena. Porque quienes hablan no son enemigos de Jesús ni desconocidos. Son sus propios discípulos, y son dos de su círculo íntimo.
El evangelio dice simplemente que Jesús se volvió y los reprendió.
Jesús no bendice su indignación. No valida su deseo de castigo. No les concede ningún poder para destruir ni para matar.
Los reprende.
Para nosotros, gente religiosa, es una escena incómoda. Porque revela algo inquietante: incluso los discípulos más cercanos a Jesús pueden terminar deseando la muerte en nombre de Dios.
Santiago y Juan quieren fuego del cielo. Quieren destrucción. Quieren castigo para quienes consideran enemigos. Quieren ver correr sangre.
Es la expresión de un deseo antiquísimo, pero siempre latente en el corazón humano.
Pero Jesús les recuerda algo fundamental: ellos todavía no saben a qué espíritu pertenecen.
Quizá esa sea también una palabra para la iglesia cristiana hoy.
En medio de guerras, discursos violentos, nacionalismos religiosos y líderes perversos que invocan a Dios mientras justifican la destrucción del otro, el evangelio vuelve a mostrarnos a Jesús reprendiendo a sus propios discípulos.
Ninguna guerra es santa. Ninguna guerra es querida por Dios. En todo caso, toda guerra es el fracaso de la humanidad. Y toda guerra también es el fracaso de la religión, cuando deja de ser camino de compasión para convertirse en combustible para el odio.
Dios no es rehén de ninguna nación. Dios no pertenece a ningún ejército. Dios no bendice a ningún líder corrupto que invoque su nombre para justificar la muerte del prójimo.
Ser cristianos no es ser religiosos que aplauden como focas a sus líderes políticos o espirituales. Ser cristianos es el desafío de aprender a vivir según el espíritu de Jesús.
El mismo Jesús que no pidió ni quiso nunca la muerte de nadie, ni siquiera de aquellos que conspiraron para matarlo: Anás, Caifás, Herodes o Pilato.
Por eso resulta doloroso escuchar a mucha gente cristiana hablar con entusiasmo de guerras inevitables o de apocalipsis inminentes, como si la destrucción del mundo fuera una buena noticia.
Ese deseo de fuego cayendo del cielo no es nuevo. Se deja ver en las palabras de Santiago y Juan. Y fue precisamente ahí donde Jesús los detuvo. Quizá también hoy necesitamos escuchar nuevamente esas duras palabras de Jesús.
Porque cuando la religión comienza a desear la muerte del enemigo, toda la buena noticia del evangelio se ha perdido en el camino. La religión deja de seguir a Cristo y comienza a parecerse demasiado a los poderes que crucificaron a Jesús.
Ese es el gran peligro: que en nombre de Dios terminemos defendiendo exactamente aquello contra lo que Jesús vino a luchar.
Por eso el evangelio nos vuelve a poner frente a esta escena incómoda: Jesús deteniendo a sus propios discípulos antes de que el odio se convierta en religión, en doctrina, en bandera.
Por el amor de Dios, recordemos algo que nunca deberíamos olvidar: el Dios de Jesús no envía fuego del cielo para destruir a los seres humanos.
Y quizá por eso —más de lo que nos gustaría admitir— seguimos siendo esa iglesia que necesita ser reprendida por Jesús.

Fantástica reflexión!!
Excelente
Es que el Espíritu Santo ha hablado através de este escrito amado pastor Gabriel; se me estremece mi cuerpo con esta advertencia de Jesús a sus discípulos …hermoso mensaje de sabiduría y espiritu cristiano. 🙌