La Sagrada Familia Indocumentada

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Comentario a San Mateo 2:13–23

1º Domingo después de Navidad / Tiempo de Navidad (Ciclo A)

(Con gratitud a los predicadores y predicadoras con quienes compartí un primer borrador y que generosamente me enviaron sus comentarios).

El relato de Mateo no prolonga la Navidad con calma ni con ternura. Apenas el Niño ha sido reconocido por los magos —cuyos dones no parecen destinados a su gloria, sino a su supervivencia— el Evangelio nos arroja a la noche, al miedo y al desplazamiento forzado. Aquellos regalos no solo confesaron al Mesías; bien pudieron haber hecho posible su escape. En Mateo, la gracia circula: pasa de mano en mano y mantiene la vida en movimiento.

No hay cantos. No hay contemplación. No hay pausa litúrgica. Hay urgencia. Hay peligro. Hay una familia que debe huir para vivir.

Así, Mateo interrumpe cualquier intento de romantizar la encarnación. El Dios-hecho-niño no se queda a disfrutar del reconocimiento religioso. Su familia huye con él. Y en ese movimiento queda situada —desde el comienzo— fuera de toda teología cómoda, nacionalista o triunfalista.

Antes de predicar, antes de sanar, antes incluso de hablar, Jesús es un perseguido: refugiado, Indocumentado.

Exégesis y contexto

1. Egipto: una decisión política, histórica y teológica (vv. 13–15)

El ángel no envía a José a un lugar genérico de protección, sino a Egipto. No es un detalle menor ni una elección devocional. Egipto queda fuera de la jurisdicción de Herodes el Grande, bajo administración directa romana. Cruzar esa frontera no es un gesto simbólico, sino un acto concreto de supervivencia.

Egipto, además, no es un espacio neutro en la memoria bíblica. Es tierra de esclavitud, pero también —históricamente— tierra de refugio para comunidades judías desplazadas. Mateo no intenta resolver esa ambigüedad ni purificarla: la asume. El lugar asociado a la opresión se convierte, paradójicamente, en espacio de protección.

Al citar Oseas 11:1 —«De Egipto llamé a mi hijo»— Mateo no propone una predicción literal, sino una relectura teológica. Jesús recapitula la historia de Israel: entra en Egipto no como conquistador, sino como niño vulnerable; no para oprimir, sino para sobrevivir. La historia del pueblo se reescribe ahora desde la fragilidad.

Dios no se manifiesta aquí como guardián del territorio ni como protector de fronteras. Se revela, más bien, como quien las cruza, poniendo la vida por delante de cualquier orden establecido.

2. Herodes y la violencia del poder “en nombre del orden” (vv. 16–18)

La reacción de Herodes el Grande es desproporcionada y brutal, pero no arbitraria. Es históricamente coherente. La matanza de los niños no constituye un exceso narrativo ni una exageración teológica: expresa con crudeza la lógica del poder cuando se siente amenazado. Cuando el orden depende de la eliminación del vulnerable, la violencia se vuelve un recurso legítimo.

Herodes no teme a un ejército ni a una rebelión organizada. Teme a un niño. Porque los imperios —ayer y hoy— intuyen, aunque no lo confiesen, que la vida frágil tiene una capacidad singular de desestabilizar los relatos que sostienen su autoridad. La amenaza no proviene de la fuerza, sino de la posibilidad de un futuro distinto.

No es casual que sea un niño quien provoque el pánico. Como en el célebre cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, es un niño quien se atreve a decir lo que nadie más puede o quiere decir: que el rey va desnudo. No porque tenga más poder, sino porque aún no está domesticado por el miedo ni por los relatos que hacen tolerable la dominación. La vida frágil puede convertirse así en una nota discordante: no organiza ejércitos ni levanta banderas, pero desestabiliza relatos enteros sin levantamientos armados ni derramamiento de sangre.

Esta lógica no pertenece solo al mundo del relato. La historia ofrece múltiples ejemplos de resistencias que, desde abajo y sin violencia, han sacudido estructuras de poder precisamente por sostener su fragilidad a la vista de todos. Las Madres de Plaza de Mayo, enfrentadas a una dictadura militar sin armas ni fuerza organizada, desnudaron el relato del poder desde el dolor persistente y la verdad pública. No reclamaron dominio, sino memoria; no hablaron desde arriba, sino desde la herida. Cuando la protesta se sostiene en la vulnerabilidad, la fragilidad deja de ser debilidad y se convierte en denuncia encarnada.

Conviene nombrar con claridad el efecto de esta lógica: la violencia del poder no solo produce muerte; produce expulsión. La Sagrada Familia no migra por elección ni por proyecto; es expulsada de su tierra porque quedarse se ha vuelto incompatible con la vida. El riesgo concreto de perderlo todo —incluida la vida— convierte el hogar en amenaza y obliga a la huida.

Esta dinámica no pertenece solo al pasado. También hoy asistimos a desplazamientos masivos que no responden a decisiones libres, sino a procesos de expulsión sistemática. Gaza, convertida en territorio de ocupación y asedio permanente, hace inviable la vida cotidiana de la población palestina. Ucrania ha visto a miles de familias forzadas a abandonar sus hogares a causa de la invasión rusa. Venezuela carga con una diáspora de millones de personas marcadas por la imposibilidad de imaginar un futuro viable. Cuba expulsa silenciosa y sostenidamente a su juventud. Y, desde otra realidad —menos visible pero igualmente dolorosa— Puerto Rico ve partir a generaciones enteras que buscan fuera lo que su tierra hoy no puede garantizarles.

Mateo 2 no permite espiritualizar estas salidas. La Biblia no romantiza la huida ni la convierte en virtud. La nombra como lo que es: expulsión provocada por sistemas que matan, empobrecen o clausuran el futuro. Y en ese escenario, Dios no se coloca del lado de quienes administran la expulsión, sino del lado de quienes son arrojados fuera.

En este contexto, Mateo introduce la cita de Jeremías 31:15: el llanto de Raquel, madre simbólica de Israel. Con ello, el evangelista no suaviza la escena ni la envuelve en consuelo inmediato. El nacimiento del Mesías no suspende el dolor histórico. La salvación no evita el trauma; entra en él.

La Biblia no mira estos desplazamientos desde la distancia. Los nombra desde dentro del dolor. La mención de Raquel no es solo simbólica: es geográfica. Raquel llora desde la tierra misma donde los niños están siendo asesinados. Mateo sitúa el dolor en un lugar concreto —Belén y sus alrededores— recordando que la violencia no ocurre en abstracto y que la redención no acontece fuera de la historia ni al margen de los territorios heridos.

Así, este pasaje rechaza de raíz toda teología que justifique la violencia en nombre de la seguridad, del orden o de la estabilidad nacional. El Evangelio no legitima el sacrificio de vidas inocentes para preservar sistemas de poder. Al contrario: expone esa lógica como incompatible con el Dios que ha decidido revelarse en la fragilidad.

Este punto merece una detención honesta. Mateo suele ser acusado —no sin razón— de forzar la Escritura para “justificar” lo sucedido y confirmar, a cualquier precio, que Jesús es el Mesías. La pregunta es legítima y teológicamente ineludible: ¿por qué tantos niños deben morir para que uno se salve? ¿Qué clase de providencia permitiría semejante costo?

El Evangelio, sin embargo, no presenta la muerte de los inocentes como un requisito divino ni como un daño colateral aceptable. Mateo no dice que los niños mueren para que se cumpla la Escritura, sino que, una vez cometido el crimen, la Escritura es convocada para nombrar el horror. La profecía no explica la violencia; la denuncia. No la legitima; la inscribe en la memoria de un pueblo que ya conoce el llanto de Raquel.

Leído así, el “cumplimiento” no es una coartada teológica, sino un acto de resistencia hermenéutica. Frente a un poder que mata y pretende normalizar la muerte, la Escritura se rehúsa a callar. No ofrece consuelo fácil ni justificación providencial. Se limita a decir: esto ya ha pasado antes, este dolor no es nuevo, y Dios no está del lado de quien lo produce.

Mateo no responde al escándalo del mal con explicaciones, sino con memoria. Y al hacerlo, preserva una afirmación decisiva: la salvación que nace en medio de la historia no cancela a las víctimas ni las vuelve necesarias. Las nombra, las llora y se niega a convertirlas en precio aceptable de cualquier plan divino.

3. Nazaret: el Mesías sin prestigio (vv. 19–23)

El regreso no conduce a Jerusalén ni a Belén, sino a Nazaret. Mateo afirma que en ese desplazamiento se cumple lo dicho “por los profetas”, aunque sin citar ningún texto en particular. No se trata de una profecía literal, sino de una convicción teológica compartida: el Mesías recorrerá un camino inesperado, un camino que no pasa por los centros del poder ni del reconocimiento religioso.

Nazaret carece de peso simbólico, político o cultual. No es ciudad santa, ni capital administrativa, ni lugar de peregrinación. Ser “nazareno” equivale a cargar con un estigma social: marginal, sospechoso, irrelevante. Al situar allí el crecimiento de Jesús, Mateo sugiere que el Mesías no solo nace en la precariedad; se forma en ella.

La identidad de Jesús queda así definitivamente ligada a los márgenes. Desde su infancia, el Salvador del mundo conoce la pobreza estructural, la invisibilidad social y la falta de prestigio. No es un dato menor ni circunstancial: es parte constitutiva de su identidad y de la manera en que Dios ha decidido hacerse presente en la historia.

Esta vulnerabilidad no es episódica. Jesús no atraviesa la pobreza como una etapa superable, sino como una condición persistente. Nace pobre, huye como exiliado pobre y es reconocido en Nazaret como tekton: un trabajador manual, no un propietario. Su ministerio será itinerante, sin seguridades ni lugar fijo donde descansar. Su juicio será injusto, como suelen serlo los juicios contra los pobres. Y su muerte será una muerte violenta y expuesta, propia de quienes no tienen poder ni defensa.

Incluso su resurrección conserva esa marca. El Resucitado no convoca a los suyos desde Jerusalén ni desde los centros del poder religioso, sino desde Galilea, la Galilea de los gentiles, el territorio periférico donde todo comenzó. La Pascua no borra la pobreza de Jesús; la confirma como lugar teológico. El Cristo resucitado sigue encontrándose con los suyos allí donde vive el pueblo empobrecido, no donde se administran los privilegios.

El texto y su sentido teológico

1. Dios no es aliado del poder que expulsa

Mateo 2 es profundamente incómodo para cualquier cristianismo que bendiga deportaciones, muros o expulsiones “en nombre de Dios”. El texto no permite neutralidad ni equilibrios piadosos: o Dios está con la familia que huye, o está con el poder que mata. No hay una tercera opción teológica, aunque a menudo se la disfrace de prudencia, legalidad o sentido común.

La violencia de Herodes no es presentada como una anomalía del pasado, sino como la manifestación extrema de una lógica siempre disponible: cuando el poder se siente amenazado, invoca el orden; cuando invoca el orden, sacrifica vidas; y cuando sacrifica vidas, suele hacerlo con justificaciones morales o religiosas. Mateo expone esa lógica sin adornos y sin excusas.

Por eso este pasaje resulta subversivo frente a los discursos del cristianismo nacionalista contemporáneo, especialmente cuando la fe es utilizada para legitimar políticas migratorias crueles —como ocurre hoy en Estados Unidos y sus territorios, y en otros contextos del mundo occidental—. Allí donde el cristianismo se alía con la exclusión, el Evangelio deja de ser buena noticia y se convierte en ideología religiosa al servicio del miedo.

Mateo no presenta a Jesús y a su familia como benefactores de migrantes, ni como modelos abstractos de compasión. Los presenta como uno de ellos. No desde arriba, sino desde dentro. No como quienes ayudan, sino como quienes necesitan ayuda para sobrevivir. La encarnación no se sitúa del lado del control, sino del lado de la vulnerabilidad expuesta.

Aquí el Evangelio desmantela toda pretensión de un Dios que protege fronteras mientras expulsa cuerpos. El Dios de Mateo no bendice sistemas que deciden quién merece vivir con dignidad y quién puede ser descartado. Se revela, en cambio, en la vida que huye, en la familia que cruza fronteras sin garantías, y en la fragilidad que insiste en existir aun cuando el orden establecido la considera una amenaza.

2. Egipto y la memoria viva del cristianismo copto

Esta lógica no quedó confinada al pasado ni al relato evangélico. Ha seguido desplegándose en la historia de la Iglesia.

La tradición de la Iglesia Copta Ortodoxa sostiene que Marcos el Evangelista fundó en Egipto una de las primeras comunidades cristianas. Así, la tierra que dio refugio al Niño perseguido se convirtió también en tierra de Evangelio. Egipto no fue solo lugar de paso: fue lugar de arraigo, de anuncio y de comunidad.

Esta continuidad histórica no es un dato decorativo ni una nota piadosa. Es profundamente teológica. El Evangelio que encontró refugio en Egipto echó raíces allí, y esas raíces han permanecido vivas a lo largo de los siglos, aun sin poder, sin privilegios y sin protección estatal.

Hoy, los cristianos coptos siguen siendo uno de los grupos más precarizados social y laboralmente en Egipto. La iglesia que nació en tierra de refugio continúa existiendo en condiciones de vulnerabilidad, discriminación estructural y resistencia silenciosa. No domina, no impone, no gobierna. Permanece.

La historia, por tanto, no se cerró con el regreso de la Sagrada Familia. El Evangelio sigue encarnándose en los mismos cuerpos expuestos. No es casual que muchos cristianos coptos se tatúen la cruz en la muñeca: no como ornamento, sino como marca visible de pertenencia a Cristo. Esa señal, asumida desde la infancia, los identifica públicamente como creyentes y los expone a exclusión, violencia o precarización. Es fe escrita en la piel, con todo el peso social que ello conlleva.

En la memoria copta, el cristianismo no es una identidad protegida ni una opción cultural segura. Es una forma de fidelidad que se vive en la intemperie. Y esa fidelidad prolonga, en la historia, el gesto primero de Mateo 2: un Dios que buscó refugio en Egipto y un pueblo que, desde entonces, ha cargado con el costo de haberle dado abrigo.

3. La encarnación como vulnerabilidad persistente

Mateo nos obliga a revisar nuestras imágenes de Dios. El Dios cristiano no se revela como garante del orden establecido, sino como vida amenazada que insiste en sobrevivir. No se manifiesta desde la seguridad del poder, sino desde la intemperie de quienes no cuentan con protección ni reconocimiento.

La encarnación no es solo un acontecimiento del pasado. Es una forma concreta de estar en el mundo: sin privilegios, sin protección institucional, sin garantías.

Por eso, la encarnación no puede reducirse a un símbolo devocional ni a una afirmación doctrinal abstracta. Es una toma de posición histórica. Allí donde la fe se convierte en instrumento de exclusión, control o descarte, el Dios de Mateo 2 deja de ser reconocible. No porque Dios se haya ausentado, sino porque ha sido sustituido por un ídolo funcional al miedo y al poder.

El Dios que huye con su familia no legitima sistemas que expulsan; los desenmascara. Y al hacerlo, deja abierta una pregunta ineludible para toda comunidad creyente: ¿seguimos al Dios que protege el orden, o al Dios que arriesga la vida junto a quienes no tienen dónde refugiarse?

Camino a la predicación

En estos días se cumplieron veinte años desde que salí de Argentina para vivir en Puerto Rico. Mi historia también es la historia de un migrante. Pero —a diferencia de la Sagrada Familia— nunca he sido refugiado ni indocumentado. He vivido la experiencia de migrar desde el privilegio de tener los papeles en regla, de contar con una red de apoyo, con familia, trabajo y cierta estabilidad. Ese privilegio no me es indiferente; al contrario, me pesa.

Desde ese lugar, no puedo dejar de pensar en tantas personas que no han tenido las mismas posibilidades. Migrar es complejo. Es costoso en términos económicos, personales y emocionales. Implica rupturas, duelos, incertidumbres. Y para muchísimas personas, por falta de recursos o por razones que escapan a su control, regularizar su situación legal simplemente no es una opción. No sé lo que significa vivir con miedo a ser detenido, interrogado o deportado. Pero sí sé que quienes viven bajo esa amenaza permanente se parecen mucho a la Sagrada Familia: son personas que arriesgan la vida buscando un futuro viable para sus hijos. ¿Cómo no reconocer allí la cercanía de Dios?

Este texto también me deja una pregunta que no quiero esquivar ni resolver demasiado rápido. ¿Por qué tantos deben sufrir para que uno se salve? ¿Qué tipo de Dios es aquel cuya historia parece avanzar a costa de víctimas inocentes? No tengo respuestas cerradas. Sí tengo una convicción: el Evangelio no nos autoriza a justificar el dolor ajeno en nombre de ningún plan divino. Mateo no explica la muerte de los niños; la llora. No la convierte en requisito de la salvación; la inscribe en la memoria herida de un pueblo que conoce demasiado bien la injusticia.

Predicar Mateo 2:13–23 hoy no es hacer un comentario político partidista. Es hacer cristología honesta. Este texto no permite una lectura neutral ni domesticada. Nos obliga a formular preguntas incómodas, pero necesarias, a nuestras comunidades:

  • ¿Con quién se parece más hoy nuestra fe: con la familia que huye o con el poder que expulsa?
  • ¿Qué Dios estamos anunciando cuando justificamos el sufrimiento ajeno en nombre del orden y la seguridad nacional?
  • ¿Reconocemos al Cristo que cruza fronteras o solo al que confirma nuestras propias seguridades?

La predicación puede ofrecer aquí un gesto pastoral decisivo: recordar que la fe cristiana nació migrante. Que el Evangelio comenzó del lado de quienes no tenían protección, ni documentos, ni garantías. Y que una iglesia que olvida ese origen corre el riesgo de expulsar —aunque sea simbólicamente— al mismo Dios que dice adorar.

Mateo no nos ofrece soluciones simples ni respuestas técnicas. Nos llama, en cambio, a una fidelidad clara y exigente: Dios no habita en la violencia legitimada desde el Estado, sino en la vida frágil que huye, resiste y busca futuro. En tiempos en que el cristianismo es utilizado para levantar muros y bendecir expulsiones, Mateo nos recuerda algo decisivo: Dios aprendió a vivir del otro lado de la frontera, y desde allí sigue saliendo a nuestro encuentro.

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2 comentarios en “La Sagrada Familia Indocumentada”

  1. José Benjamín Chávez Maldonado

    Pastor, Gabriel, gracias por su aporte. Buscando material para mi reflexión dominical, encontré el suyo y me ha parecido muy valioso por su sensibilidad pastoral y rigor reflexivo.
    Lo publicaré en mi facebook dándole todo el crédito que corresponde.
    Reciba usted un saludo cordial y respetuoso.
    José Benjamín ChávezMaldonado- Desde la Cd. de México. México
    C.E. joben61@gmail.com

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