Una lectura de Mateo 2:1–12 desde suelo boricua.
Epifanía del Señor, 2026.
La Epifanía no es solo una fiesta litúrgica. En Puerto Rico es, ante todo, una memoria cultural viva. No ocupa el lugar marginal que tiene en otros lugares del cristianismo occidental; aquí no es un apéndice tardío de la Navidad, sino su corazón simbólico. Durante generaciones, el seis de enero ha sido el día del regalo, de la visita, del movimiento, de la expectativa infantil, del encuentro comunitario para reyar.
Pero esa centralidad no se explica únicamente por la herencia española ni por la piedad popular. La Epifanía echó raíces profundas en una sociedad marcada por la esclavitud, el colonialismo y la jerarquización racial. En ese contexto, la figura de los Reyes Magos —extranjeros, viajeros, portadores de dones, lectores de señales— ofreció algo más que una escena bíblica: ofreció un imaginario alternativo. El imaginario de personas que no pertenecen al poder local, pero que tampoco están sometidas a él.
La tradición histórica sugiere que, durante el Puerto Rico colonial, el Día de Reyes fue uno de los pocos —si no el único— días del año en que las personas esclavizadas podían celebrar, reunirse y moverse con relativa libertad. No era emancipación real, pero sí una fisura ritual en el orden opresivo. Una grieta simbólica donde los cuerpos podían respirar, cantar, existir sin permiso. La Epifanía fue, para muchos hombres y mujeres, la experiencia de una libertad breve, pero real, inscrita en la memoria colectiva.
Por eso las tradiciones importan. No son simples repeticiones del pasado; dicen quiénes somos y qué queremos seguir siendo. Las tradiciones —como el idioma, la comida o la música— conservan memorias que los discursos oficiales suelen borrar, o al menos intentan silenciar. Celebrar Reyes ha sido, en Puerto Rico, una forma de recordar sin explicitar, de resistir sin proclamar, de afirmar la vida sin confrontar directamente al poder.
En ese marco cultural, no resulta extraño que la imaginación popular haya dado un lugar singular a uno de los Reyes: Melchor, identificado como el rey negro. No como figura exótica ni secundaria, sino como personaje central: libre, rico, con dignidad, capaz de moverse entre los poderosos y, al mismo tiempo, dotado de sensibilidad espiritual. En una cultura marcada por la negación sistemática de la negritud, esa imagen no es inocente. Es profundamente subversiva.
Melchor —en la tradición puertorriqueña— no es un siervo. No es un cuerpo disciplinado. Es un negro con agencia. Tiene recursos. Tiene libertad de movimiento. Y, sobre todo, no obedece a Herodes. No regresa a Jerusalén. No colabora con el poder que mata para preservar el orden. En ese gesto silencioso, sin proclamas ni violencia, se condensa una experiencia espiritual que muchos pueblos conocen bien: a veces, para cuidar la vida, hay que tomar otro camino.
Antes del GPS estuvieron los mapas.
Antes de los mapas, las brújulas.
Y antes de las brújulas, las estrellas.
La Epifanía nos recuerda que hubo quienes aprendieron a leer el cielo porque la tierra no ofrecía garantías. Que hubo pueblos que supieron orientarse en la noche porque el poder nunca fue un refugio seguro. Leer Mateo 2:1–12 desde Puerto Rico no es forzar el texto; es reconocer que esta historia ha sido recibida, narrada y celebrada desde una espiritualidad de resistencia, donde seguir una estrella significó —y sigue significando— apostar por la vida cuando el orden establecido se vuelve una amenaza.
Exégesis y contexto
El relato de los magos en Mateo irrumpe en la historia como un episodio cargado de riesgo. No se desarrolla en un clima de calma ni de consenso religioso, sino en medio de desplazamientos, tensiones políticas y decisiones que comprometen la vida. Desde sus primeras líneas, la Epifanía aparece como un acontecimiento que desestabiliza el orden establecido y obliga a tomar posición.
Mateo no llama a estos personajes “reyes”. Son magoi: sabios extranjeros, astrólogos, intérpretes de signos. No pertenecen al pueblo de Israel ni al sistema religioso de Jerusalén. Llegan desde Oriente, desde un espacio cultural ambiguo, sospechoso, ajeno. Y, sin embargo, son los primeros en reconocer que algo decisivo ha ocurrido.
Conviene subrayar un dato importante: los magos utilizan un tipo de saber que, desde la perspectiva de Israel, estaba prohibido. La astrología —la lectura de los astros para discernir acontecimientos humanos— era considerada una forma de adivinación y, como tal, rechazada por la tradición bíblica. No se trataba simplemente de una diferencia cultural, sino de una objeción teológica: estas prácticas pretendían acceder al futuro sin someterse a la mediación profética, a la Ley ni a la tradición comunitaria de Israel. Mateo no legitima ese saber ni lo convierte en modelo. Pero hace algo profundamente provocador: muestra que Dios se deja encontrar incluso a través de un lenguaje considerado ilegítimo. Los primeros en reconocer al Mesías no son quienes poseen el método religioso correcto, sino quienes, desde fuera, leen las señales en la noche y se ponen en camino.
La pregunta que formulan es directa y profundamente política: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?»
No preguntan cuándo va a nacer. Preguntan dónde está. El nacimiento ya es un hecho. La Epifanía, en Mateo, no introduce una esperanza futura; anuncia una realidad presente que descoloca al poder y altera el equilibrio del sistema.
Herodes reacciona con turbación, y con él “toda Jerusalén”. El verbo que utiliza Mateo no alude a una simple preocupación, sino a una conmoción profunda, a la sensación de que el orden corre peligro. La manifestación de Dios no produce consenso ni alegría generalizada, sino alarma institucional. El poder reconoce la amenaza antes que la comunidad creyente.
Los sumos sacerdotes y escribas conocen la Escritura. Saben citar al profeta Miqueas. Pueden señalar Belén con exactitud. Pero se quedan quietos; no se mueven. El contraste es deliberado: quienes no pertenecen buscan y caminan; quienes saben permanecen inmóviles. La Escritura es citada correctamente, pero no genera conversión ni movimiento.
La estrella reaparece solo cuando los magos abandonan Jerusalén. La revelación no se deja capturar por el palacio ni por la lógica del control. La cercanía al poder interrumpe la percepción; salir del centro permite volver a ver. Mateo añade un detalle revelador: cuando los magos vuelven a ver la estrella, se llenan de una alegría inmensa. El texto contrasta deliberadamente dos climas emocionales. En el palacio de Herodes hay turbación, miedo y paranoia. Fuera de él, al retomar el camino, hay gozo. La Epifanía sugiere así que la cercanía al poder no solo nubla la percepción; también erosiona la alegría, mientras que la distancia del centro opresivo permite recuperar orientación y esperanza.
Cuando finalmente encuentran al niño, no hallan un trono ni un aparato de poder, sino un cuerpo frágil, acompañado por su madre. Allí se postran. No ante la fuerza, sino ante la vulnerabilidad.
Los dones que ofrecen no son abstractos ni simbólicos en un sentido evasivo o espiritualizado. Son bienes materiales. Oro, incienso y mirra circulan como recursos que sostienen la vida. En Mateo, la gracia no se acumula ni se ostenta; se mueve, pasa de mano en mano y mantiene abierta la posibilidad de futuro.
El relato concluye con una decisión clave: advertidos en sueños —otro espacio de revelación que el poder no puede controlar— los magos no regresan a Jerusalén. No informan a Herodes. Vuelven por otro camino. No hay confrontación directa ni discurso profético. Hay discernimiento y desobediencia. El texto sugiere, sin explicitarlo, que obedecer a Dios implica aquí desobedecer al poder (cf. Hechos 5:29), y que después del encuentro con el niño ya no es posible volver a transitar los mismos caminos.
El texto y su sentido teológico
Mateo 2:1–12 propone una teología profundamente incómoda para cualquier fe aliada al orden establecido. No se trata de un relato neutral ni conciliador, sino de una narración que desplaza a Dios fuera de los espacios donde suele ser administrado, controlado y legitimado.
En primer lugar, el texto afirma que Dios no se manifiesta prioritariamente en los centros del poder religioso o político, sino en los márgenes, mediado por extranjeros que no controlan la Escritura, pero sí saben leer los signos en el cielo de la noche. La Epifanía no confirma jerarquías; las desarticula. Allí donde la fe pretende asegurar posiciones, privilegios o certezas, Dios aparece afuera, convocando a quienes no tienen poder ni pertenencia garantizada. Un Dios plenamente controlado por las instituciones deja de ser revelación y se convierte en un ídolo funcional al sistema.
En segundo lugar, el relato legitima una espiritualidad del desplazamiento. La fe no nace de la estabilidad ni de la pertenencia asegurada, sino del movimiento, de la búsqueda, de la capacidad de corregir el rumbo cuando el poder intenta instrumentalizar la revelación. Los magos no llegan porque saben más, sino porque se atreven a caminar, a equivocarse, a volver a mirar el cielo cuando la cercanía al palacio los ha desorientado. La Epifanía presenta la fe no como posesión doctrinal, sino como práctica que implica riesgos.
En tercer lugar, la decisión de no regresar a Jerusalén introduce una lógica decisiva: la fidelidad a Dios no siempre coincide con la obediencia al poder. Mateo no teoriza la resistencia ni la convierte en consigna ideológica; la narra. No la reviste de heroísmo ni de épica, sino que la presenta como un gesto concreto y silencioso: tomar otro camino para no colaborar con la brutalidad de la violencia. La desobediencia aquí no busca confrontación; busca proteger la vida.
Este “otro camino” no es solo una alternativa geográfica. Es señal de una conversión real. Después del encuentro con el niño, los magos ya no pueden volver como llegaron. La Epifanía no es solo revelación de Dios; es transformación personal. Ver al Cristo frágil desorganiza las rutas conocidas y obliga a reconfigurar la propia manera de habitar el mundo.
Leído desde un contexto como el puertorriqueño —marcado por la negación de la negritud y por formas sutiles y persistentes de subordinación— este texto adquiere un espesor particular. La figura cultural de Melchor como rey negro, con riqueza y autonomía, no contradice el Evangelio; lo ensancha simbólicamente. En una sociedad donde lo negro ha sido históricamente despojado de agencia, imaginar a un rey negro que desobedece al tirano y protege la vida no es fantasía piadosa: es un acto teológico de resistencia, una corrección simbólica del mundo.
La Epifanía revela, entonces, no solo quién es Dios, sino desde dónde Dios se deja ver: desde cuerpos, memorias y espiritualidades que aprendieron que resistir no siempre es un acto político explícito, sino muchas veces una forma silenciosa y profunda de fidelidad. Resistir, en este sentido, no añade mérito moral; añade vida. Y allí donde la vida es sostenida contra todo pronóstico, el Evangelio reconoce la presencia de Dios.
Camino a la predicación
Al entrar a esta sección no quiero hacerlo solo desde las palabras. Quiero hacerlo desde una imagen que me acompaña, como un valioso regalo, desde hace algunos años:

Esta figura de Melchor fue tallada por Luis Raúl “Pichilo” Nieves, un reconocido artesano puertorriqueño y tallador de santos. Pero no es solo una pieza de arte popular. Pichilo fue parte de la comunidad de la primera parroquia donde serví. Fui su pastor. Compartimos celebraciones, conversaciones, luchas y fe. Esta imagen nació de sus manos, de su historia, de su mirada sobre Dios y sobre su propio pueblo.
Por eso, cuando miro este Melchor, no veo un personaje genérico del pesebre. Veo una interpretación puertorriqueña del Evangelio. Veo un rey negro con rasgos marcados, con cuerpo firme, con dignidad tranquila. No es un siervo. No es una figura subordinada. Está de pie. Sostiene su ofrenda con cuidado, pero sin miedo. No parece apurado ni sometido. Parece alguien que sabe lo que hace, lo que quiere y hacia dónde va.
Este Melchor no está pensado para agradar al palacio. Está pensado para honrar la vida.
Y eso, en mi opinión, ilumina el texto de Mateo de una manera nueva. Porque los Reyes Magos no fueron solo visitantes piadosos. Fueron extranjeros que leyeron señales prohibidas, caminaron caminos peligrosos y, llegado el momento, desobedecieron al poder para proteger a un niño. No regresaron a Jerusalén. No colaboraron con Herodes. Tomaron otro camino.
Cuando contemplo esta imagen tallada por Pichilo, entiendo mejor por qué, en nuestra cultura, Melchor ocupa un lugar tan especial. En un país donde tantas memorias han sido silenciadas y donde la negritud ha sido sistemáticamente relegada, imaginar un rey negro libre, independiente y desobediente no es un gesto ingenuo. Es una afirmación espiritual nacida desde abajo. Es decir: también desde aquí he aprendido a reconocer la presencia de Dios.
Esta imagen me recuerda que el Evangelio no vive solo en los libros ni se anuncia únicamente desde los púlpitos. También se talla con manos, se guarda en la madera y se transmite en la memoria, en las historias compartidas. Vive en el arte popular, en los barrios y en las casas, en comunidades que han aprendido a resistir para seguir existiendo —Vieques, Peñuelas, Cabo Rojo y tantas otras— donde la fe no se hereda sin conflicto, sino que se sostiene en la intemperie.
Por eso, no quiero señalar qué debemos creer, sino por dónde estamos caminando.
¿Qué estrellas guían hoy nuestro camino?
¿A qué Herodes obedecemos, a conciencia o sin darnos cuenta?
¿Tenemos la valentía —y la sensibilidad espiritual— de tomar otro camino cuando la vida está en riesgo?
Tal vez la Epifanía no nos pida respuestas claras, sino ejercitar el discernimiento.
No nos pide seguridades absolutas, sino capacidad de orientación en medio de la noche oscura.
Como ese Melchor. Como tantos y tantas que, sin poder ni micrófonos, aprendieron a resistir como forma de fe. Y así nos enseñaron a honrar la vida y al Dios que la hace posible.
Bibliografía
Carter, Warren. Matthew and the Margins: A Sociopolitical and Religious Reading. Maryknoll, NY: Orbis Books, 2000.
Diálogo Digital. “Prácticas de antinegritud en la educación puertorriqueña.” Diálogo, Universidad de Puerto Rico. Accedido el 29 de diciembre de 2025. https://dialogo.upr.edu/practicas-anti-negritud-en-la-educacion-puertorriquena/
Funglode (Fundación Global Democracia y Desarrollo). “La literatura afrocaribeña evidencia la negación de la negritud que predomina en la región.” Accedido el 29 de diciembre de 2025. https://funglode.org/la-literatura-afro-caribena-evidencia-la-negacion-a-la-negritud-que-predomina-en-la-region/
Jennings, Willie James. The Christian Imagination: Theology and the Origins of Race. New Haven: Yale University Press, 2010.
Primera Hora. “Sin conciencia racial: sobre la negritud boricua.” Primera Hora. Accedido el 29 de diciembre de 2025. https://www.primerahora.com/noticias/puerto-rico/notas/sin-conciencia-racial-sobre-la-negritud-boricua/
Prensa Sin Censura. “El rey Melchor y la identidad puertorriqueña.” Accedido el 29 de diciembre de 2025. https://prensasincensura.com/2024/01/04/el-rey-melchor-y-la-identidad-puertorriquena/
Segovia, Fernando F. Decolonizing Biblical Studies: A View from the Margins. Maryknoll, NY: Orbis Books, 2000.

Saludos y bendiciones.
Sigues dándonos una ruta para entender, desde la teología y doctrina luterana la realidad que vivimos, que sentimos y queremos, de alguna forma, entenderla para construir una sociedad digna, feliz, equitativa, justa y trabajadora. Gracias por compartir tus reflexiones, espero que algún día puedas publicar un libro que ayude a educar y sensibilizarnos ante lo que vivimos, con la alegría del Evangelio que libera y un Camino que recorrer.
Muchas gracias querido obispo Felipe por sus palabras y por su aliento siempre.