
Comentario a San Mateo 4:1-11
Primer Domingo en Cuaresma, 2026
El Evangelio de Mateo no permite que la voz del bautismo se convierta en un recuerdo devocional. Apenas Jesús ha salido del Jordán y ha escuchado: «Este es mi Hijo amado», el relato lo conduce —sin transición— al desierto. No como accidente. No como retroceso. Como necesidad.
«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (4:1).
El texto es claro: no se trata de una caída ni de un descuido espiritual. Es el Espíritu quien lo conduce. El desierto no es ausencia de Dios; es el espacio donde la identidad proclamada debe encarnarse. Allí no se discute si Jesús es Hijo, sino cómo vivirá esa identidad bajo presión.
Y entonces aparece el adversario con su nombre propio: diábolos. No simplemente “el malo” de un relato religioso. En el lenguaje del evangelio, el diábolos es el que separa, el que divide, el que intenta fracturar lo que Dios acaba de unir: la voz del Padre y el camino del Hijo. Su estrategia no es negar abiertamente. Es desviar. Es introducir una grieta: entre filiación y misión; entre confianza y control; entre el reino de Dios y los modos del poder.
Mateo no ofrece aquí un manual para vencer tentaciones privadas. Abre una escena decisiva. Antes de predicar, antes de sanar, antes de llamar discípulos, Jesús enfrenta la pregunta fundamental: ¿cómo ejercerá el poder que le ha sido confiado?
Porque la tentación —en este relato— no consiste simplemente en hacer el mal. Consiste en ejercer el bien desde una lógica equivocada; en abrazar una misión verdadera por un camino distorsionado; en alcanzar fines santos mediante medios que terminan traicionando su sentido.
Eso es lo que el diábolos intenta: separar a Jesús del modo de Dios. Y esa separación no se presenta como rebeldía abierta. Se presenta como alternativa razonable. Como atajo eficaz. Como éxito inmediato.
El desierto, entonces, no es solo un lugar geográfico. Es el punto donde se decide qué forma tendrá el reino y qué rostro tendrá el poder de Dios.
Exégesis y contexto
1. El desierto como lugar de discernimiento
El relato comienza señalando que Jesús es llevado al desierto por el Espíritu. Mateo no describe un extravío, sino un momento necesario dentro del proceso de la misión. Antes de actuar públicamente, Jesús atraviesa un espacio de clarificación interior.
En la tradición bíblica, el desierto no es simplemente un paisaje árido. Es un lugar de memoria y formación. Allí Israel aprendió —a veces con resistencia— que la libertad no consistía en reproducir las seguridades de Egipto, sino en confiar en la palabra que sostiene la vida (Dt 8:2–3). El desierto desenmascara dependencias y revela fidelidades.
Mateo presenta a Jesús como quien recorre ese mismo camino. No repite la historia de Israel; la lleva a su plenitud. Donde el pueblo dudó, él permanece firme. Donde el miedo generó idolatría, él reafirma la confianza.
El desierto no es vacío espiritual. Es el espacio donde se purifica la forma del poder que se ejercerá después.
2. Tentación como revelación del mesianismo
La palabra griega peirazō no alude únicamente a seducción moral. También significa “probar”, “examinar”, “poner a prueba” con el fin de revelar lo que algo es. El relato no genera suspenso sobre si Jesús “caerá”. Su fidelidad no está en duda. Lo que está en juego es la forma concreta que asumirá su misión.
Y aquí aparece una pregunta clave: ¿qué significa ser Mesías?
En el imaginario del siglo I, el Mesías podía ser esperado como liberador político, restaurador del orden nacional, figura poderosa capaz de derrotar enemigos. El poder mesiánico podía asociarse con dominio visible, con señales extraordinarias, con restauración inmediata del prestigio perdido.
El relato del desierto desmonta esa expectativa. Jesús no rechaza su misión; rechaza el modo de ejercerla según los patrones dominantes. El poder mesiánico que encarnará no será autosuficiente, ni espectacular, ni imperial.
La prueba no revela debilidad. Revela el tipo de Mesías que será.
3. Una progresión cuidadosamente construida
Las tres tentaciones no están dispuestas al azar. Mateo construye una progresión que va de lo personal a lo estructural, de lo inmediato a lo global.
Primero, el hambre. Una necesidad concreta, física, legítima.
Luego, el templo. El centro religioso, espacio de visibilidad y legitimación.
Finalmente, los reinos del mundo. El poder político total.
La escala es ascendente. Comienza en lo íntimo y culmina en lo imperial.
Para un lector contemporáneo, esta progresión puede parecer simplemente narrativa. Pero en el mundo antiguo, cada nivel implicaba una esfera de poder distinta: subsistencia, autoridad religiosa, dominio político.
La última escena, en una montaña alta, concentra la oferta máxima: gloria sin proceso, autoridad sin sufrimiento, reino sin conflicto. Lo que se ofrece es el poder sin cruz.
Es importante explicarlo con claridad: la cruz no es simplemente un evento posterior. Es el modo en que Jesús ejercerá su autoridad. El poder sin cruz es poder sin entrega, poder sin vulnerabilidad, poder sin servicio.
Lo que se ofrece en el desierto es un atajo que evita ese camino.
4. Dos modos de leer a Dios
Uno de los aspectos más profundos del relato es que la Escritura aparece en boca de ambos interlocutores. El diábolos cita el Salmo 91. Jesús responde con Deuteronomio.
No estamos ante un enfrentamiento entre Biblia y secularismo. Estamos ante una disputa hermenéutica. Dos lecturas de Dios. Dos interpretaciones de lo que significa confiar.
El diábolos no propone abandonar la fe. Propone usarla para garantizar seguridad y éxito. Es una lectura instrumental de la Escritura.
Jesús, en cambio, responde desde la memoria del desierto, desde la pedagogía del pacto. No toma textos aislados; se sitúa dentro de la historia de Dios con su pueblo.
Este punto es pastoralmente decisivo. Las comunidades cristianas no se dividen simplemente entre creyentes y no creyentes. Se dividen, muchas veces, entre gente con distintas imágenes de Dios. Entre un Dios que garantiza éxito y un Dios que llama a la fidelidad. Entre un Dios que protege privilegios y un Dios que conduce por caminos que no siempre son inmediatos.
El relato obliga a preguntarnos qué lectura estamos haciendo cuando predicamos.
5. El trasfondo imperial
La tercera tentación no puede leerse al margen del contexto romano. En el siglo I, el emperador era proclamado “hijo de dios”, portador de paz y señor del mundo. El lenguaje de dominio universal no era neutro; estaba cargado de significado político.
Cuando el diábolos ofrece “todos los reinos del mundo”, está proponiendo un modelo reconocible: el del poder imperial. Un poder que exige lealtad absoluta, que se sostiene en la adoración y que promete estabilidad a cambio de sumisión.
Mateo escribe para comunidades que viven bajo ese imperio. El relato no es una fantasía espiritual; es una confrontación simbólica con el orden vigente.
Jesús rechaza ese camino. No porque desprecie el mundo, sino porque el reino de Dios no puede construirse reproduciendo las lógicas del imperio. No será un César alternativo. Será un Mesías crucificado.
6. El diabolos como voz razonable
El diabolos no aparece como figura grotesca ni caricaturesca. No hay amenazas ni violencia explícita. Hay propuestas lógicas. Eficientes. Realistas.
“Si eres Hijo…”
“Está escrito…”
“Todo esto te daré…”
Es la voz del pragmatismo religioso. La voz que sugiere que los fines justifican los medios. Que un pequeño ajuste en el camino no cambia la misión. Que el éxito inmediato puede servir mejor al propósito final.
Y ahí radica la profundidad del relato. El diábolos no niega la misión de Jesús; la redefine. No propone abandonar el reino; propone alcanzarlo más rápido.
Por eso la escena es inquietante. La tentación no se presenta como oscuridad evidente, sino como alternativa viable.
El conflicto no es entre bien y mal evidentes. Es entre fidelidad paciente y eficacia inmediata.
El texto y su sentido teológico
1. La relación que no puede ser manipulada
En el centro del relato no está el hambre, ni el templo, ni los reinos del mundo. Está la relación entre Jesús y Dios.
Cada tentación comienza —explícita o implícitamente— con esa identidad: «Si eres Hijo de Dios…». El diábolos no niega la voz del bautismo; intenta reconfigurarla. Quiere transformar la relación en instrumento. Convertir la confianza en recurso estratégico.
El punto teológico es decisivo: ser Hijo no significa disponer de Dios. No significa utilizar la cercanía con el Padre para resolver necesidades, ganar legitimidad o adquirir dominio. La relación no es capital religioso.
En Mateo, la relación entre Jesús y Dios no es un privilegio que se explota, sino una confianza que se sostiene bajo presión. No es poder que se impone, sino obediencia que permanece.
La tentación no era dejar de ser Hijo. Era usar esa relación de una manera que la desfigurara.
2. La redefinición del poder
El relato no elimina el poder; lo redefine.
Jesús no niega que tenga autoridad. El Padre lo ha declarado amado. El Espíritu lo acompaña. Más adelante, el Evangelio culminará con la afirmación: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (28:18).
La cuestión no es si tendrá poder. La cuestión es cómo lo ejercerá.
El poder que se le ofrece en el desierto es:
- autosuficiente (resolver el hambre por sí mismo),
- espectacular (demostrarse desde el templo),
- dominador (gobernar los reinos).
El poder que Jesús encarna será:
- dependiente del Padre,
- no demostrativo,
- no violento,
- orientado al servicio.
Teológicamente, esto es crucial: el reino de Dios no replica las lógicas del mundo, aunque use el mismo lenguaje de “reino” y “autoridad”. La diferencia no está en el título, sino en la forma.
El poder sin cruz es poder que se afirma a sí mismo. El poder con cruz es autoridad que se entrega para dar vida. No es ausencia de autoridad. Es autoridad ejercida como servicio. Y eso transforma completamente su significado.
3. El rechazo del atajo
Uno de los hilos más profundos del relato es el rechazo del atajo.
Cada tentación ofrece un camino más rápido, más visible, más eficiente:
- Pan inmediato en lugar de dependencia paciente.
- Legitimación pública en lugar de obediencia silenciosa.
- Dominio global sin proceso histórico ni conflicto.
El atajo consiste en separar el fin de los medios. Alcanzar un objetivo legítimo utilizando herramientas que contradicen su esencia.
El reino, en Mateo, no llega por imposición ni por espectacularidad. Llega como semilla, como levadura, como presencia que crece sin violencia. El atajo propone acelerar ese proceso, saltarse la vulnerabilidad, evitar la cruz.
El diábolos ofrece eficacia. Jesús elige coherencia.
El atajo es atractivo porque parece razonable. Parece incluso piadoso. Pero desfigura el modo de Dios. Promete resultados sin fidelidad sostenida. Ofrece gloria sin entrega.
Y el reino que se construye sin entrega termina pareciéndose demasiado al imperio que dice superar.
4. Dos imágenes de Dios
En el fondo del relato laten dos imágenes de Dios.
La primera es un Dios que garantiza seguridad, éxito y dominio si se cumplen ciertas condiciones. Un Dios que puede ser citado estratégicamente, invocado para legitimar proyectos, utilizado para respaldar resultados.
La segunda es un Dios que llama a la confianza sin manipulación, a la obediencia sin espectáculo, a la fidelidad sin garantía inmediata.
Jesús no discute la existencia de Dios. Discierne su carácter. Caer en la tentación no es abandonar la fe, sino deformar la imagen de Dios.
Y aquí el texto se vuelve inquietantemente actual. Porque muchas veces nuestras comunidades no enfrentan el dilema entre creer o no creer, sino entre distintas representaciones de Dios: un Dios que bendice el éxito y un Dios que acompaña el camino largo; un Dios que respalda el poder visible y un Dios que actúa en la vulnerabilidad.
La pregunta no es solo si creemos en Dios, sino qué Dios estamos anunciando cuando predicamos, cuando organizamos la vida comunitaria, cuando definimos qué significa “bendición”.
5. La fidelidad como forma del reino
El relato concluye sin estridencias. El diábolos se retira y los ángeles sirven. No hay demostración pública ni triunfo espectacular.
Teológicamente, esto es profundamente significativo. El reino no comienza con dominio visible. Comienza con una decisión interior de fidelidad.
La misión pública que seguirá —predicación, sanaciones, confrontaciones— nace de esta elección en el desierto. Antes de enseñar sobre el reino, Jesús ha decidido qué forma tendrá ese reino en su propia vida. La fidelidad no es preparación para el reino. Es su primera manifestación.
Jesús no vence al adversario imponiéndose, sino permaneciendo. No conquista el mundo desde una montaña alta, sino que más adelante entregará su vida en otra colina.
La victoria del reino no consiste en adquirir poder, sino en ejercerlo sin traicionar su sentido. Y esa forma de fidelidad —silenciosa, coherente, no negociable— es la semilla de todo lo que vendrá después.
Camino a la predicación
Predicar Mateo 4:1–11 no es enseñar técnicas para resistir tentaciones privadas. Es ayudar a una comunidad a discernir cómo ejerce el poder que ya tiene.
Porque todos ejercemos poder. Incluso cuando no lo nombramos así. Poder de palabra. Poder pastoral. Poder simbólico. Poder espiritual. Poder de influencia.
Y la pregunta del desierto sigue vigente: ¿Desde qué lógica lo usamos?
1. Cuando la tentación no parece pecado
Una de las trampas más profundas del relato es que nada de lo que se le ofrece a Jesús suena abiertamente perverso.
Convertir piedras en pan no es inmoral.
Demostrar que Dios protege no es blasfemo.
Gobernar el mundo no es, en sí mismo, ilegítimo.
La tentación no es hacer el mal. Es usar el bien de una manera que traiciona su sentido.
Y eso nos obliga, como predicadores y predicadoras, a mirar nuestras propias historias.
2. El momento en que algo podría venderse
Hace algunos años viví una experiencia médica compleja. Un diagnóstico serio. Una cirugía mayor. Cuando el cirujano abrió, aquello que debía estar allí no estaba. Él mismo —que no era precisamente un hombre creyente— dijo: “Esto es un milagro.”
Viví esa recuperación con gratitud profunda. Pero siempre he dicho que el verdadero milagro no fue lo que ocurrió en el quirófano. Fue la comunidad. Fue la solidaridad concreta. Fue el cuidado silencioso de personas que me sostuvieron sin espectáculo.
Tiempo después, alguien se me acercó y me dijo: “Si algo así me hubiera pasado a mí, abriría una iglesia independiente, llenaría el templo con ese testimonio y haría mucho dinero.”
No era una persona malintencionada. Era alguien que había aprendido una lógica. Ahí comprendí algo que conecta directamente con Mateo 4: el milagro no era la prueba. La tentación era el uso del milagro.
Nada obligaba a convertir esa experiencia en capital espiritual. Pero podía hacerse. Podía convertirse en plataforma. Podía venderse. Eso es el desierto.
3. Nuestras propias montañas altas
Cada predicador y predicadora tiene historias, dones, experiencias, reconocimientos, logros. Cada comunidad tiene recursos, influencias, alianzas posibles.
En algún momento todos escuchamos la propuesta: “Todo esto te daré…”
No siempre en forma demoníaca. A veces en forma de estrategia. A veces en forma de oportunidad. A veces en forma de crecimiento numérico. A veces en forma de éxito ministerial.
La pregunta del texto no es si el poder existe. Es si estamos dispuestos a ejercerlo sin vender el alma al diablo.
4. Predicar sin atajos
En un contexto religioso donde el espectáculo vende, donde el éxito legitima y donde el miedo moviliza, Mateo 4 nos coloca frente a una decisión pastoral muy concreta:
¿Predicamos para impactar o para ser fieles? ¿Buscamos resultados inmediatos o coherencia a largo plazo? ¿Construimos desde la confianza o desde la ansiedad?
El atajo pastoral es real. Suena razonable. Promete eficacia. Pero el reino que se construye sin cruz termina pareciéndose demasiado al imperio que critica.
5. El poder que no se vende
La escena del desierto no termina con triunfo visible. Termina con fidelidad silenciosa.
Jesús no negocia. No monetiza. No capitaliza. El poder permanece, pero no se vende.
Y ahí el texto deja de ser historia antigua y se convierte en examen de conciencia.
Cada predicador y predicadora deberá preguntarse:
¿Qué parte de mi ministerio podría convertirse en piedra transformada en pan?
¿Qué experiencia podría usarse como plataforma?
¿Qué éxito podría volverse moneda de cambio?
Y más profundamente: ¿Tiene precio mi fidelidad?
El reino comienza cuando alguien decide que no todo está a la venta.
Y esa decisión —como en el desierto— casi nunca es espectacular. Es interior. Es silenciosa. Pero define el tipo de comunidad cristiana que estamos formando.
Bibliografía
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