¿Qué hacer si el mundo se acaba?

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Esta reflexión fue publicada originalmente por la pastora Nadia Bolz Weber en The Corners el 14 de junio del 2025.

¿Qué hacer si el mundo se acaba?
(respuesta: plantar un árbol)

Cuando era niña, mi madre sabiamente me advertía: «No te hagas ilusiones. No querrás decepcionarte». 

Tenía razón, por supuesto. No quería que me hiciera tantas ilusiones en mi mente al punto que la realidad solo me decepcionara.  Ilusionarse, me decía, es una forma segura de decepcionarse. Ahora que he criado a mis propios hijos, entiendo su punto de vista. Detesto verlos decepcionados y me encantaría ayudarlos a no pasar por esa experiencia. Pero creo que lo que ella intentaba quitarme no era, en absoluto, la esperanza. Eran las expectativas dañinas.

La esperanza es diferente a las expectativas. Nuestras expectativas son lo que a menudo nos impide estar presentes ante el don de lo que ES. Por no hablar de que, a veces, las expectativas no son más que la otra cara del sentido de merecimiento, y en realidad hay muy poca alegría en recibir aquello que creemos que se nos debe.

Por eso creo que tal vez es importante ver cómo las expectativas se diferencian de la esperanza expectante. La esperanza expectante es lo que tenía el profeta Jeremías cuando encarcelado dijo: “Ciertamente vienen días —afirma el Señor— en que cumpliré la promesa que hice al pueblo de Israel y de Judá”. Este profeta está en prisión mientras Jerusalén es invadida por Nabucodonosor y todo a su alrededor se derrumba, y aun así se aferra con valentía a las promesas desmesuradas de Dios. Hay violencia, miedo y presagios oscuros por todas partes, ¿y qué hizo este profeta justo antes de esa parte del texto? Compró un terreno. En un acto escandaloso de esperanza, compró una parcela en el Lower Ninth Ward de New Orleans sabiendo que venía el huracán Katrina, porque se negó a aceptar que esto —el caos, el desastre— fuera todo lo que hay.

A pesar del caos y la desesperación que lo rodeaban, Jeremías se aferró a las promesas de Dios y, en nombre de su pueblo, no quiso, no pudo, no se permitió desprenderse de ellas. Cuando este profeta fue perseguido por predicar la verdad de Dios, no huyó a un monasterio para una vida de tranquila contemplación. Tampoco intentó conseguir un trabajo cómodo bajo el nuevo régimen. Compró un terreno. En un acto de esperanza desafiante, compró un terreno. Se negó a permitir que las nubes amenazantes del presente oscurecieran su visión de lo que era posible en el futuro.

Me recuerda la famosa respuesta de Martín Lutero cuando le preguntaron qué haría si supiera que el mundo se acabaría mañana. Dijo: «Plantaría un árbol».

La promesa de que Dios no ha terminado y que no nos dejará solos sigue vigente. Esta esperanza a la que nos aferramos no es una esperanza ingenua. Tampoco es una esperanza escapista. Es, de hecho, todo lo contrario. Es la esperanza de quienes han oído el peligroso rumor de que hay vida más allá de la muerte y esperanza más allá del sufrimiento, y que el amor finalmente vence toda la porquería aplastante del alma que los humanos seguimos perpetuando.

Es peligroso decir que nuestras esperanzas no están bajo nuestro control, que hay un futuro que no creamos nosotros, sino Dios. Eso va en contra de cada mensaje individualista occidental que nos han enseñado sobre la autosuperación. Y no solo lo decimos, ¡lo celebramos! Es una locura total lo que hacemos como cristianos —sobre todo en esta cultura—: Afirmamos que nuestra esperanza no está en el Dow Jones, sino en el Dios de Abraham y Sara; que nuestra esperanza no está en el complejo industrial de las organizaciones sin fines de lucro, sino en el Dios de Jeremías y María Magdalena; y quizás lo más importante, que nuestra esperanza no está en nuestra propia capacidad de mantener la esperanza, sino en el Dios de Teresa de Ávila y Teresa de Calcuta. Eso es lo que significa estar de pie en medio de un mundo atribulado y levantar la cabeza con esperanza expectante, señalando hacia Aquel de donde viene nuestra ayuda.

Como he dicho antes, siendo un pueblo de una historia, podemos tener una mano extendida hacia atrás para tocar la esperanza de los profetas y una mano extendida hacia adelante para alcanzar la redención prometida del mundo… y cuando hacemos esto, podemos estar abiertos y vulnerables al presente, sin que el presente nos aplaste.

Luego compramos terrenos y plantamos árboles. O lo que sea que eso signifique, en sentido metafórico.

En esto contigo,

Nadia


Ver la publicación original aquí: https://thecorners.substack.com/p/what-to-do-if-the-world-is-ending

Nadia Bolz‑Weber es una pastora luterana, escritora y teóloga norteamericana. Fundó la iglesia House for All Sinners & Saints en Denver (Colorado), un espacio inclusivo para personas LGBTQ+, con adicciones, marginadas o alejadas de la fe tradicional. Escribe en The Corners, un boletín semanal y refugio virtual donde los lectores pueden explorar temas profundos —fe, duda, imperfección, humanidad— con honestidad y cariño compartido.

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