Somos polvo que Dios toca

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Predicación del Miércoles de Ceniza, 2026.

En la palma de mi mano derecha guardo un recuerdo doloroso y tierno. Cuando tenía unos diez años, entré al patio de mi escuela como cualquier otro día. Unos chicos estaban jugando a patear una botella de refresco vacía. Era una botella de vidrio.

Yo vi cuando la botella se rompió contra el suelo. Y aun así seguí caminando, distraído, hablando con un compañero. Sin mirar demasiado por dónde pisaba.

En un momento hice un movimiento brusco —ni siquiera recuerdo por qué— y caí. Apoyé la palma de mi mano derecha directamente sobre el suelo del patio. Me levanté rápido. No me dolió. No le di importancia. Seguí caminando.

Hasta que empecé a sentir algo. Un calor extraño en la palma de la mano. Miré hacia abajo y vi sangre. Mucha sangre. Mi ropa estaba manchada y yo ni siquiera me había dado cuenta.

La principal se asustó mucho. Improvisó un vendaje como pudo, me subió a su carro y me llevó al hospital. Allí me cosieron la mano. Después ella me llevó a casa.

No había celulares. No teníamos teléfono. Mi familia se enteró cuando ya tenía la mano cosida y mejor vendada. Lo que pudo haber sido solo una desgracia terminó siendo otra cosa. Un recuerdo marcado por la ternura.

Al día siguiente, mi papá, preocupado porque yo estuviera bien, cansado al regresar del trabajo, improvisó una salida. Me llevó a comer a un puesto de comida callejera. Y después me llevó al circo. Era un circo humilde. Pero era un circo. ¡Y tenía un mago!

Fue una herida que provocó cuidado. Fue una caída que despertó ternura.

A veces no sentimos la herida en el momento. Seguimos caminando. Seguimos funcionando. Seguimos hablando como si nada. Hasta que un día miramos… y vemos la sangre.

El Miércoles de Ceniza no es un día para inventar heridas. Ni para regodearnos en la culpa. Ni para odiarnos por no ser perfectos o perfectas. No es una ceremonia para castigarnos por no haber estado a la altura de lo que otros y otras esperaban de nosotros. Es para reconocer las heridas que ya tenemos. Las que ya cargamos.

Y no todas son visibles. Algunas, como la de mi mano, están en nuestro cuerpo. Otras están en nuestras emociones. Algunas están guardadas en nuestros silencios. Algunas nacen de pérdidas que nos dejaron el corazón quebrado, como si algo hubiera sido arrancado de nosotros.

Y también hay otras heridas que están ahí y son consecuencia del desgaste. Del cansancio acumulado. De la sensación de que la vida se volvió repetitiva. De esa pregunta que a veces no nos animamos a decir en voz alta: ¿qué sentido tiene todo esto?

Algunas personas llegan al Miércoles de Ceniza con el corazón hecho pedazos. Otras, con el corazón endurecido. Y otras llegan, simplemente, vacías. La ceniza no explica el dolor. No resuelve el sinsentido. No devuelve lo perdido. Pero lo nombra.

“Recuerda que eres polvo…” Esa frase puede sonar muy dura. Puede sonar como si nos dijeran: “no vales mucho”. O peor, “no vales nada”. Pero el salmista, en el Salmo 103, nos dice algo distinto, algo que toca otra dimensión de la existencia: “Dios sabe de qué estamos hechos; se acuerda de que somos polvo.”

No dice que Dios se escandaliza de nosotros. No dice que Dios se cansa de nuestra fragilidad. No dice que Dios pierde la paciencia con nuestra confusión. Dice que Dios se acuerda. Y esa memoria de Dios es ternura.

Vivimos en un tiempo y en una sociedad que evita la fragilidad. Se celebra la fuerza. Se admira la grandeza. Se aplaude al que nunca se quiebra. Pero la vida real nos deja marcas. Incluye la enfermedad. Incluye las despedidas. Incluye el cansancio. Incluye las limitaciones que no elegimos. Y cuando intentamos vivir como si nada de eso existiera, nos agotamos.

La Cuaresma no viene a aplastar a quien ya está herido o herida. Viene a decir la verdad sin violencia. Somos polvo. No controlamos todo. No podemos sostenerlo todo. No somos eternos.

Pero tampoco estamos abandonados. Aquí, justo aquí, llegan las palabras del apóstol Pablo: “En nombre de Cristo les rogamos: reconcíliense con Dios.” No dice: “defiéndanse ante Dios.” No dice: “demuestren a Dios que son autosuficientes.” No dice: “arréglense primero.” Dice: reconcíliense. Déjense reconciliar.

La Cuaresma no comienza con héroes y heroínas de la fe. Comienza con entrega. Empieza en la confianza. No es perfección espiritual. Es regresar a casa.

Reconciliarse es volver al lugar donde no necesitamos fingir. Donde no tenemos que demostrar que somos fuertes todo el tiempo. Donde podemos admitir que estamos heridos.

Pero reconciliarse también es algo más profundo. Es permitir que Dios vuelva a tener sentido. Es dejar que su presencia ilumine aquello que ya no entendemos. Es dejar de vivir como si todo dependiera de nosotros.

Es permitir que nuestra historia —con sus pérdidas y sus límites— sea sostenida por una ternura que no nace solo de nosotros, que viene hacia nosotros, y que es más grande que nosotros.

Cuando la vida pierde sentido, la reconciliación no elimina el dolor. Pero lo coloca dentro de una historia más grande. Una historia donde el polvo no es el final.

Esa historia tiene un nombre. Jesús. El Hijo de Dios hecho carne y polvo como nosotros. Cansado. Llorando. Abandonado. Herido. Sangrando. La cruz no fue metáfora. No fue de embuste. Fue carne. Fue herida. Fue muerte real. Y el polvo volvió al polvo.

Y, sin embargo, el polvo no fue su final. Dios no dejó que la historia terminara en la tumba. La resurrección no borra la cruz. Pero la atraviesa. No elimina la herida. Pero la transforma.

Por eso el Miércoles de Ceniza no es un gesto desesperado. Es el comienzo de un camino. Un camino que nos lleva del polvo a la Pascua. No negando la fragilidad. Sino atravesándola. No fingiendo que no hay muerte. Sino confiando en que la muerte no tiene la última palabra.

Reconciliarse con Dios es entrar en esa historia. Es dejar que nuestra propia fragilidad sea abrazada por la historia de Cristo. Una historia donde el polvo es tocado. Donde la herida es acompañada. Donde la muerte será vencida.

En un mundo que aparta la mirada del dolor, Dios no la aparta. En un mundo que teme al polvo, Dios lo toca.

El mismo Dios que nos recuerda que somos polvo es el Dios que, en Cristo, asumió la carne. Asumió la fragilidad. Asumió el llanto. Asumió la muerte.

La cruz no es explicación del sufrimiento. Es la presencia de Dios en medio de él.

La ceniza no es condena. Es pertenencia. Es la señal de que nuestra fragilidad no nos deja fuera del amor de Dios.

Dentro de unos minutos recibiremos ceniza. Ceniza hecha de las palmas del Domingo de Ramos del año pasado. Las mismas palmas que agitaron esperanza. Las mismas palmas que proclamaron “¡Hosanna!” Hoy son polvo.

No será una marca de vergüenza. Será un signo de verdad. Verdad sobre nuestros límites. Verdad sobre nuestra humanidad. Verdad sobre nuestra vulnerabilidad.

Pero también verdad sobre Dios. Un Dios que no huye de lo quebrantado. Un Dios que no se escandaliza de nuestras heridas. Un Dios que no abandona el polvo.

Somos polvo. Pero somos polvo que Dios toca.

Y cuando Dios toca el polvo, la historia no termina en la sangre de una herida abierta en la palma de la mano. Termina en el cuidado. En la ternura.

En la ternura de un Dios que nos toca cuando somos ceniza. Que no espera que dejemos de ser frágiles. Que no se aparta de nuestra herida. Que nos abraza, y nunca, nunca, abandona.

Amén.

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