Sal, luz y la justicia que nace del reino
Comentario a San Mateo 5:13-20
Quinto Domingo después de Epifanía, 2026
Después de pronunciar las bienaventuranzas, Jesús no suaviza el tono ni repliega su palabra hacia un ámbito espiritual privado. Tampoco ofrece un paréntesis poético antes de entrar en las exigencias del Sermón del Monte. Al contrario: profundiza la interpelación. A quienes acaba de declarar dichosos —pobres en espíritu, mansos, afligidos, perseguidos— Jesús les asigna una identidad pública y una responsabilidad concreta: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo» (Mt 5:13–14).
Estas afirmaciones no funcionan como metáforas decorativas ni como imágenes piadosas destinadas a embellecer el discurso. En el Evangelio de Mateo, “sal” y “luz” condensan una vocación comunitaria situada en medio del mundo, expuesta, visible y, por ello mismo, vulnerable. La fe que aquí se nombra no se resguarda en el ámbito de lo íntimo ni se agota en convicciones interiores: se encarna en una forma de presencia que afecta el entorno, que introduce sabor donde hay desgaste y luz donde la oscuridad parece haberse normalizado.
Sin embargo, Mateo no deja estas imágenes flotando en el terreno de lo simbólico. De inmediato, las conecta con una de las afirmaciones más exigentes —y a menudo más incómodas— del Evangelio: la relación de Jesús con la Ley y los Profetas, y la afirmación de que la justicia de sus discípulos debe “superar” la de los escribas y fariseos (5:20). El pasaje no propone dos temas independientes —misión por un lado, ética por otro—, sino una unidad teológica cuidadosamente construida. La pregunta que atraviesa el texto no es solo qué significa ser sal y luz, sino cómo se vive esa identidad en relación con la Ley, sin abolirla ni absolutizarla, sin vaciarla de sentido ni convertirla en un sistema de control religioso.
Esta tensión no es menor. A lo largo de la historia cristiana, Mateo 5:13–20 ha sido leído muchas veces desde dos extremos igualmente problemáticos, ambos atravesados, de distintas maneras, por formas de moralismo religioso. Por un lado, se lo ha utilizado para reforzar una ética del rendimiento espiritual, donde la “justicia mayor” se traduce en mayor exigencia, más cumplimiento y una religiosidad intensificada que termina produciendo culpa y exclusión. Por otro, se lo ha neutralizado apelando a una comprensión simplificada de la gracia, como si afirmar que “todo es don” permitiera desactivar la seriedad del llamado de Jesús y reducir la fe a una experiencia interior sin consecuencias visibles.
El texto, sin embargo, no se deja domesticar fácilmente por ninguna de estas lecturas. Jesús no contrapone gracia y Ley, ni diluye la exigencia del discipulado. Tampoco legitima una justicia que se mida por acumulación de méritos religiosos. La justicia de la que habla —y que será desplegada a lo largo del Sermón del Monte— tiene otra densidad: no se define por un código que deba ser vigilado, sino por una forma de vida que brota de la cercanía del reino y se expresa en prácticas concretas de fidelidad.
Leído en su contexto, Mateo 5:13–20 plantea una pregunta ineludible para las comunidades cristianas de ayer y de hoy: ¿qué forma concreta toma la gracia cuando se vuelve visible en la historia? ¿Cómo se encarna una fe que no busca esconderse ni imponerse, que no se disuelve en lo privado ni se endurece en legalismo, sino que da sabor, ilumina y rehace vínculos en medio de un mundo atravesado por la fragilidad, el conflicto y la injusticia?
El pasaje no ofrece respuestas fáciles ni fórmulas cerradas. Lo que hace es abrir un camino: afirmar una identidad recibida, situarla en el espacio público y vincularla con una comprensión renovada de la Ley, ahora leída a la luz de Jesús y del reino que él anuncia. Desde ahí, la sal y la luz dejan de ser imágenes inofensivas y se convierten en claves para discernir qué tipo de justicia está en juego y qué clase de testimonio se vuelve posible. Se trata, en definitiva, de aprender a vivir una fe exigente sin caer en moralismos religiosos: una fe que no se esconde ni se impone, que no se endurece en el control ni se disuelve en lo privado, sino que hace visible la gracia allí donde la vida necesita ser cuidada.
Exégesis y contexto
1. La misión no es un ascenso espiritual
Una de las confusiones más persistentes en la lectura de Mateo 5 consiste en suponer un cambio de destinatarios entre las bienaventuranzas (5:3–12) y la declaración sobre la sal y la luz (5:13–16), como si Jesús pasara de hablar a la multitud en general a dirigirse luego a un círculo más reducido y “avanzado” de discípulos. El texto, sin embargo, no sostiene esa distinción.
Mateo ha delimitado con claridad la escena desde el inicio del Sermón del Monte: Jesús sube al monte, se sienta, sus discípulos se le acercan y comienza a enseñar (5:1–2). No hay ningún indicio narrativo de que la audiencia cambie entre un pasaje y otro. El mismo “ustedes” que atraviesa las bienaventuranzas continúa sin interrupción cuando Jesús afirma: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».
Esto significa que la misión no se añade como un segundo nivel espiritual ni como una promoción para quienes han demostrado mayor madurez religiosa. Los mismos que han sido llamados dichosos —pobres en espíritu, afligidos, mansos, perseguidos— son declarados sal y luz. La identidad pública no corrige la bienaventuranza ni la supera: brota de ella. Mateo no construye una escalera espiritual, sino una continuidad teológica en la que la gracia antecede a toda responsabilidad visible.
Esta observación es decisiva para evitar una lectura moralista del pasaje. La misión no se otorga como premio ni se impone como carga adicional, sino que emerge como consecuencia directa de una identidad ya reconocida por Jesús. Ser sal y luz no es un logro espiritual, sino una forma concreta de existencia que se desprende de haber sido alcanzados por el reino.
2. Sal: un bien valioso, no una virtud modesta
La fuerza de la metáfora de la sal se pierde fácilmente cuando se la lee desde categorías contemporáneas. En nuestra experiencia actual, la sal es un producto barato, abundante y fácilmente reemplazable. En el mundo del siglo I, en cambio, se trataba de un bien valioso y estratégicamente importante.
La sal cumplía funciones vitales: conservaba alimentos, especialmente carne y pescado; hacía posible la subsistencia en contextos sin refrigeración; tenía usos cultuales asociados al pacto; y, en determinados contextos del Imperio, funcionaba incluso como forma de pago o unidad de intercambio, de donde deriva el término salarium. No se trataba de un adorno culinario, sino de un elemento indispensable para la vida cotidiana.
Cuando Jesús dice «ustedes son la sal de la tierra», no está apelando a una imagen humilde o secundaria. Está afirmando el valor real de esas vidas en el entramado social e histórico. A personas marcadas por la fragilidad y la marginalidad, Jesús les atribuye una función decisiva: preservar la vida, resistir la descomposición, sostener lo que de otro modo se perdería.
La advertencia sobre la sal que pierde su sabor no apunta, en primer lugar, a un fallo moral individual, sino a la pérdida de relevancia concreta. Una fe que deja de conservar la vida, que no protege lo frágil ni resiste la corrosión de la injusticia, puede conservar su lenguaje religioso y, sin embargo, haber perdido su función. La metáfora no refuerza el control moral; interpela sobre la capacidad real de una comunidad para sostener la vida en medio de la historia.
3. Luz: fragilidad, orientación y vida compartida
Algo similar ocurre con la metáfora de la luz. Nuestra experiencia moderna está atravesada por la iluminación artificial constante, lo que tiende a convertir la luz en un símbolo de espectacularidad o visibilidad masiva. En el mundo de Jesús, la noche era verdaderamente oscura y la luz provenía de fuentes frágiles: lámparas de aceite, antorchas, pequeñas fogatas.
Esa luz no servía para deslumbrar ni para eliminar la oscuridad por completo. Su función era mucho más concreta y vital: permitir la orientación, posibilitar el encuentro, ofrecer calor, proteger de los peligros de la noche. Era una luz limitada, vulnerable, que debía ser cuidada y resguardada del viento.
Cuando Jesús afirma que sus seguidores son la luz del mundo, no los imagina como reflectores que lo iluminan todo, sino como pequeñas fuentes de claridad que impiden que la oscuridad sea total. La imagen no sostiene una teología del triunfo ni del impacto inmediato, sino una lógica de presencia: allí donde la noche amenaza con volverse absoluta, la luz del reino hace posible la vida compartida.
Esta comprensión desactiva una lectura heroica o narcisista del discipulado. Ser luz no equivale a brillar ni a exhibirse, sino a servir. La lámpara se coloca en alto no para ser admirada, sino para que otros puedan ver. La visibilidad no es espectáculo; es cuidado.
4. De la identidad visible a la Ley: una unidad deliberada
Mateo no separa las metáforas de la sal y la luz de la reflexión sobre la Ley. Inmediatamente después de afirmar la identidad pública de los discípulos, Jesús aborda su relación con la Torá: no ha venido a abolirla, sino a cumplirla (5:17). Esta transición no es abrupta ni accidental. Forma parte de una construcción teológica unitaria.
La identidad como sal y luz no flota en el aire ni se reduce a buenas intenciones. Se concreta en una forma de vivir la Ley. Por eso, Mateo conduce el discurso hacia la afirmación más exigente del pasaje: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (5:20).
Leída en su contexto, esta frase no introduce un aumento cuantitativo de exigencias, como si Jesús reclamara un cumplimiento más estricto o más exhaustivo. Funciona, más bien, como una tesis de apertura que será desarrollada en las antítesis posteriores (5:21–48). La justicia “mayor” no se define por la acumulación de normas ni por la vigilancia moral, sino por una fidelidad que brota del reino y se expresa en prácticas que rehacen vínculos, cuidan la vida y hacen visible la gracia.
El texto y su sentido teológico
1. Identidad antes que exigencia: el reino como punto de partida
El movimiento teológico fundamental de Mateo 5:13–20 no va de la exigencia a la identidad, sino en sentido inverso. Jesús no comienza definiendo lo que sus seguidores deben hacer para llegar a ser algo; comienza declarando lo que ya son a partir de la irrupción del reino. La sal y la luz no describen una meta espiritual a alcanzar, sino una identidad recibida que precede a toda respuesta.
Este orden no es accidental. Mateo es cuidadoso en mostrar que la vida del reino no se construye sobre la base del rendimiento religioso, sino sobre la iniciativa de Dios que declara bienaventurados a quienes no encajan en los modelos tradicionales de éxito espiritual. La exigencia que aparece más adelante —y que culmina en la referencia a una “justicia mayor”— no contradice esta lógica, sino que la presupone. Solo quien ha sido nombrado desde la gracia puede vivir una fidelidad que no dependa del miedo, del control ni de la manipulación religiosa.
Desde esta perspectiva, el discipulado no se entiende como un proceso de perfeccionamiento moral progresivo, sino como una forma de habitar el mundo desde una identidad ya otorgada. La ética cristiana no es el camino hacia el reino, sino la manera concreta en que el reino ya se ha hecho presente y comienza a hacerse visible en la historia.
2. La visibilidad del reino: obras que no buscan legitimarse
Uno de los puntos más delicados del pasaje es la referencia a las “buenas obras” que deben ser vistas por otros para que glorifiquen al Padre (5:16). Leído superficialmente, este llamado puede parecer contradictorio con la crítica posterior a la religiosidad exhibicionista (6:1–18). Sin embargo, la tensión es solo aparente.
Mateo no está promoviendo una ética de la visibilidad narcisista ni una espiritualidad orientada al reconocimiento público. La visibilidad de la que habla Jesús no apunta al prestigio del creyente ni a la legitimación de la comunidad religiosa. Las obras no remiten al sujeto que las realiza, sino al Dios que sostiene y cuida la vida.
La diferencia no está entre obras visibles e invisibles, sino entre obras que buscan justificar al sujeto y obras que transparentan la acción de Dios. En este sentido, la visibilidad del reino no es propaganda, ni estrategia, ni proselitismo, sino consecuencia. Cuando la vida es cuidada, cuando los vínculos son restaurados y cuando la justicia se ejerce sin cálculo de beneficio, algo se hace visible sin necesidad de ser exhibido.
Así entendida, la visibilidad no contradice la gracia. La confirma. No como mérito acumulado, sino como fruto.
3. Cumplir la Ley: plenitud, no intensificación
El núcleo teológico del pasaje se concentra en la afirmación de Jesús de que no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos (5:17). El verbo “cumplir” no remite aquí a una observancia más estricta ni a una intensificación legalista, sino a llevar algo a su sentido pleno.
En Mateo, la Ley no es presentada como un sistema cerrado de normas destinado a regular el acceso a Dios. Es parte de la historia del pacto y, como tal, está orientada a la vida. Jesús no relativiza la Ley, pero tampoco la absolutiza. La reubica dentro del horizonte del reino que se ha acercado.
Cumplir la Ley, en este marco, significa liberarla de su uso como instrumento de control religioso y devolverla a su función originaria: custodiar la vida, ordenar las relaciones y abrir espacio para la justicia. Por eso, el cumplimiento no se mide por la literalidad ni por la minuciosidad, sino por la capacidad de la Ley de generar vida allí donde antes había exclusión, violencia o indiferencia.
Esta comprensión prepara el terreno para las antítesis que siguen más adelante en el texto. No se trata de una nueva Ley más exigente, sino de una lectura más profunda que pone en evidencia el corazón de la voluntad de Dios.
4. “Una justicia mayor”: cualitativa, no competitiva
La afirmación de Mateo 5:20 ha sido, históricamente, una de las más problemáticas del Evangelio. Leída desde una lógica competitiva, sugiere que la entrada en el reino depende de superar a otros en desempeño religioso. Sin embargo, el texto no sostiene esa lectura.
La justicia “mayor” de la que habla Jesús no es cuantitativa, como si se tratara de hacer más cosas o cumplir más preceptos que los escribas y fariseos. Es cualitativa. Se trata de una justicia de otro orden, nacida de una relación distinta con Dios, con la Ley y con el prójimo.
Mientras la justicia legalista se define por el límite —hasta dónde cumplir sin transgredir—, la justicia del reino se define por la plenitud: hasta dónde es posible cuidar la vida. No se pregunta solo qué está permitido, sino qué es fiel al proyecto de Dios. No se orienta por el mínimo exigible, sino por el bien concreto del otro y de la otra.
Desde esta perspectiva, Mateo 5:20 no contradice una teología de la gracia. La presupone. Solo una vida sostenida por la gracia puede asumir una justicia que no necesita justificarse a sí misma ni compararse con otros y otras.
5. Vivir sin moralismos religiosos: gracia encarnada
Leído en su conjunto, Mateo 5:13–20 propone una forma de vida exigente sin caer en moralismos religiosos. La exigencia no se articula como vigilancia, amenaza o presión espiritual, sino como consecuencia de una identidad recibida y de una cercanía ya experimentada: el reino de Dios está actuando.
El moralismo religioso reduce la fe a cumplimiento, control y evaluación constante. El texto de Mateo, en cambio, abre un camino donde la fidelidad se mide por su capacidad de dar sabor y de iluminar, de conservar la vida y de orientarla en medio de la oscuridad. No se trata de demostrar superioridad moral, sino de hacer visible una gracia que ya está en obra.
Así, la justicia del reino no se vive como carga insoportable ni como proyecto de perfección (cf. Mateo 11:30), sino como participación en una vida que tiende a desbordarse. Una vida que no necesita imponerse, pero tampoco esconderse. Una vida que, sin alardes ni controles, se vuelve sal y luz allí donde la historia amenaza con desgastarse y oscurecerse.
Camino a la predicación
Predicar Mateo 5:13–20 en nuestro contexto no es un ejercicio neutral. No lo es porque vivimos en un ambiente religioso profundamente marcado por el evangelicalismo, donde ciertas frases y supuestos circulan con naturalidad, aun cuando no siempre se correspondan con la tradición bíblica ni con la herencia luterana. Expresiones como “la salvación es individual”, “yo no quiero pecar”, “Dios me va a castigar si hago esto o aquello” forman parte del aire que respiramos. Muchas personas llegan a la iglesia cargando esas ideas sin haberlas elegido conscientemente.
Como pastores y pastoras, sabemos que la fe no se desarrolla en el vacío. Se forma en medio de discursos, prácticas y miedos compartidos. Por eso, predicar este texto no consiste simplemente en explicar qué quiso decir Jesús con la sal y la luz, sino en discernir qué tipo de imaginario religioso está moldeando hoy la conciencia de nuestra gente.
Desde mi propia convicción pastoral, hay algo que quiero afirmar con claridad: no creo en el control de las conciencias. Creo profundamente en la libertad cristiana. Creo que las personas deben escuchar otras voces, leer otros textos, exponerse a otros discursos religiosos, incluso disentir. No creo que la fidelidad al Evangelio se construya aislando a la gente ni vigilando lo que piensa o siente. La fe que necesita ser controlada para sostenerse ya está herida en su raíz.
Sin embargo, esa convicción convive con una preocupación muy concreta. El discurso religioso que hoy abunda en muchos medios de comunicación —televisión, radio, especialmente en internet— está profundamente atravesado por el moralismo. No un moralismo ingenuo o bienintencionado, sino uno obsesivo, reduccionista y, en muchos casos, violento. Un discurso que parece reducir la vida entera a lo que sucede “de la cintura para abajo”, como si la fe se jugara casi exclusivamente en el control del cuerpo, del deseo, de la apariencia, y especialmente en el control del cuerpo de las mujeres.
No lo digo con orgullo, sino con tristeza: hace muchos años que no escucho radios “cristianas” ni veo canales de televisión “evangélicos”. No solo me resultan repetitivos y previsibles; muchas veces me resultan indignantes. Me provoca coraje escuchar un discurso religioso que insiste una y otra vez en controlar la mente y el cuerpo de la gente, casi siempre acompañado de una teología transaccional: dinero a cambio de bendiciones, obediencia a cambio de protección divina.
Hubo, sin embargo, una experiencia que me marcó profundamente. Recuerdo haber visto a un telepredicador invitando a la audiencia a una campaña de milagros en Puerto Rico. En medio de la invitación, dijo literalmente algo así:
“Todos están invitados a venir a la iglesia. Ahora escuche bien: si los hombres no vienen de corbata, ¡no entran! Si los hombres no vienen con camisa de manga larga, ¡no entran! Si las mujeres vienen mostrando los hombros, ¡no entran! Si las mujeres vienen mostrando las rodillas, ¡no entran! Si las mujeres vienen con la cabeza descubierta, ¡no entran! Si las mujeres vienen con las uñas pintadas, ¡no entran! Si las mujeres no vienen con ropa decente, ¡no entran!”
La lista de exigencias era mucho más larga para las mujeres que para los hombres. No se trataba de una exhortación pastoral, sino de un sistema de exclusión cuidadosamente detallado. Aquello era la expresión más grotesca de lo que podríamos llamar moralismo religioso extremo, casi obsceno. No Evangelio, sino control. No buena noticia, sino vigilancia. No gracia, sino miedo.
Pero lo más preocupante no es solo esa versión exagerada y televisiva del problema. Lo más peligroso es lo sutil. Porque ese mismo discurso, en versiones más moderadas, se filtra incluso en la experiencia de fe de personas humildes, sinceras y profundamente creyentes. Se cuela en preguntas que muchos no se atreven a decir en voz alta:
¿Estaré bien ante Dios?
¿Estaré cumpliendo lo suficiente?
¿Habré hecho algo mal sin darme cuenta?
¿Y si Dios está molesto conmigo?
¿Habré perdido la salvación?
¿Estaré enfermo porque estoy pagando algo?
Ahí es donde Mateo 5 se vuelve pastoralmente decisivo.
Jesús no habla a personas seguras de sí mismas ni a expertos en cumplimiento religioso. Habla a gente frágil, expuesta, a quienes acaba de llamar bienaventurados. Y sin pedirles exámenes morales ni garantías previas, les dice: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo». No dice “serán si se portan bien”. Tampoco dice “serán cuando cumplan”. Son.
Predicar este texto hoy implica ayudar a nuestras comunidades a desaprender el miedo religioso. No para vivir sin responsabilidad, sino para vivir sin terror. Implica decir, con todas las letras, que la fe cristiana no consiste en preguntarse obsesivamente si uno está en falta, sino en preguntarse cómo cuidar la vida, cómo preservar lo que se desgasta, cómo ofrecer orientación en medio de la oscuridad.
La sal no vigila; conserva. La luz no humilla; orienta.
Ese es el criterio. No la pureza, no la apariencia, no la obediencia ciega. Mateo 5 no nos llama a vivir pendientes de si “pecamos” o no, sino a vivir atentos a si nuestra vida está dando sabor, si nuestra fe está iluminando, si nuestra presencia está haciendo posible la vida para otros.
Predicar así no elimina la exigencia. La vuelve respirable. Y, quizás, por una buena vez en la vida, verdaderamente evangélica.
Bibliografía
Davies, W. D., and Dale C. Allison Jr. A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel according to Saint Matthew. Vol. 1. International Critical Commentary. Edinburgh: T&T Clark, 1988.
Evans, Craig A. Matthew. New Cambridge Bible Commentary. Cambridge: Cambridge University Press, 2012.
France, R. T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2007.
García Fernández, Marta. Mateo. Comentario bíblico. Estella, Navarra: Verbo Divino, 2018.
Harrington, Daniel J. The Gospel of Matthew. Sacra Pagina 1. Collegeville, MN: Liturgical Press, 1991.
Luz, Ulrich. Matthew 1–7: A Commentary. Hermeneia. Minneapolis: Fortress Press, 2007.
Pagola, José Antonio. El camino abierto por Jesús: Mateo. Estella, Navarra: Verbo Divino, 2010.
Theissen, Gerd, and Annette Merz. The Historical Jesus: A Comprehensive Guide. Minneapolis: Fortress Press, 1998.
Wright, N. T. Jesus and the Victory of God. Christian Origins and the Question of God 2. Minneapolis: Fortress Press, 1996.

Excelente!! BENDECIDO