Somos llamados por la Palabra

Somos llamados por la Palabra

Capítulo 2 · Luteranismo en 10 frases

En la tradición luterana afirmamos que Dios nos llama por medio de la Palabra. Ese llamado no ocurre en el vacío ni se reduce a una lectura privada de la Biblia, sino que se da en el encuentro entre el texto, la comunidad y la vida concreta de las personas. Por eso, acercarse a la Biblia implica siempre un ejercicio de discernimiento. Existe el riesgo de leer la Biblia de forma literal, como si fuera un manual cerrado que ofrece respuestas automáticas para todo, sin atender a los contextos ni a la complejidad de la experiencia humana. Pero existe también el riesgo opuesto: relativizarla hasta el punto de que ya no interpela, no incomoda y no dice nada nuevo. Entre ambos extremos, la fe luterana busca escuchar la Palabra como un llamado vivo, capaz de orientar, confrontar y abrir caminos de vida en medio de nuestra realidad.

Cristo como criterio de lectura

Para la fe luterana, la Palabra de Dios no es solo un conjunto de textos, sino una realidad viva que se hace presente de manera decisiva en Jesucristo. Él es la Palabra encarnada, el criterio desde el cual leemos la Biblia y discernimos su sentido. Por esa razón, la Biblia no se interpreta de manera aislada ni literalista, ni desde intereses particulares, sino desde el centro donde la Escritura misma da testimonio: Cristo, que revela el corazón de Dios y su compromiso con la vida humana.

La Palabra de Dios no se reduce a letras impresas ni a un mensaje del pasado. La Palabra acontece cuando el texto bíblico es escuchado, interpretado y recibido en situaciones concretas de la vida. Se hace presente allí donde ilumina preguntas reales, confronta injusticias, consuela en medio del dolor y abre posibilidades nuevas. De ese modo, la Biblia no solo informa, sino que transforma; no se queda en el papel, sino que se encarna en la historia y en las personas que la escuchan.

Escuchar la Palabra de Dios no produce siempre el mismo efecto. A veces confronta, nos desubica y pone en evidencia aquello que daña la vida propia y la de los demás. Otras veces nos consuela, libera y devuelve la esperanza cuando el peso de la culpa, el miedo o el fracaso parece demasiado grande. La tradición luterana ha sido especialmente sensible a esta doble función de la Palabra, porque reconoce que la vida humana necesita ser tanto interpelada como sostenida. Confundir estos dos movimientos —exigir cuando hace falta consolar, o consolar cuando hace falta confrontar— puede herir profundamente la fe.

Discernir entre ley y evangelio

En la tradición luterana, esta manera diversa en que la Palabra actúa se ha expresado con una distinción clave: ley y evangelio. No se trata de dos palabras distintas ni de dos partes de la Biblia, sino de dos modos en que Dios se dirige a las personas. La ley nombra aquello que desordena la vida, desenmascara falsas seguridades y nos confronta con la verdad de nuestra condición. El evangelio, en cambio, anuncia la gracia de Dios, libera de la culpa y abre un horizonte nuevo allí donde parecía no haber salida. Discernir entre ley y evangelio no es un ejercicio académico, sino una tarea profundamente pastoral, porque de ese discernimiento depende si la Palabra hiere o sana, oprime o libera.

Una tarea pastoral y comunitaria

Por eso, en la vida de la iglesia, discernir entre ley y evangelio no es una cuestión menor ni un ejercicio reservado para unos pocos. Tiene que ver con cómo nos hablamos unos a otros, con nuestra predicación, con el acompañamiento pastoral y con la manera en que la comunidad responde al dolor, al conflicto y al fracaso. Cuando ley y el evangelio se confunden, la Palabra puede convertirse en carga; cuando se disciernen con cuidado, puede convertirse en fuente de vida. De ahí la importancia de escuchar no solo lo que se dice, sino también a quién, en qué momento y desde qué situación vital.

Discernir la Palabra no es una tarea que se resuelva de una vez y para siempre. No existen fórmulas infalibles ni lecturas definitivas que nos eximan de volver a escuchar. La vida cambia, las circunstancias se transforman y las preguntas se profundizan. En ese contexto, la fe luterana desconfía tanto de las interpretaciones rígidas que se cierran sobre sí mismas como de aquellas lecturas que se adaptan sin resistencia a cualquier viento cultural. Escuchar la Palabra exige humildad, atención y disposición a dejarnos corregir, una y otra vez.

La Palabra que orienta la vida

Cuando la Palabra es escuchada y discernida de este modo, no deja a las personas indiferentes. No se limita a ofrecer consuelo interior ni a resolver preguntas religiosas, sino que orienta la manera en que vivimos, nos relacionamos y tomamos decisiones. La Palabra de Dios despierta responsabilidad, sensibilidad frente al dolor ajeno y compromiso con la justicia y el cuidado de la vida. No impone un código moral cerrado, pero tampoco deja la existencia a la deriva: abre un camino que se recorre en libertad, atención y responsabilidad.

Sin embargo, escuchar la Palabra nunca ocurre en abstracto ni fuera de contexto. La Biblia nace en medio de historias concretas, conflictos reales y preguntas humanas muy precisas. Por eso, la fe luterana presta atención a los contextos en los que los textos fueron escritos y a los contextos en los que hoy son leídos. Ignorar cualquiera de estos dos niveles empobrece la escucha: o se idealiza el pasado sin diálogo con el presente, o se diluye el texto hasta perder su fuerza provocadora. Escuchar la Palabra exige, entonces, tomar en serio tanto la historia como la realidad que vivimos.

La comunidad como lugar de escucha

Por todo esto, en la tradición luterana, la escucha de la Palabra es siempre una experiencia comunitaria. No se trata solo de lo que cada persona entiende por sí misma, sino de un proceso compartido en el que la iglesia escucha, discierne y responde junta. La comunidad se convierte así en un espacio de cuidado mutuo, donde las interpretaciones se contrastan, se corrigen y se enriquecen, y donde nadie queda solo frente al texto ni frente a las preguntas que este despierta. Escuchar la Palabra en comunidad es reconocer que la fe se vive mejor en compañía de otros y otras.

Una Palabra que no está cerrada

Desde esta perspectiva, la Biblia no se recibe como un texto cerrado que ya lo ha dicho todo, sino como una Palabra que sigue hablándonos en medio de la historia. Escucharla no significa repetir respuestas del pasado, sino dejarnos interpelar hoy por lo que el Espíritu sigue diciendo a la iglesia. Esta manera de acercarse a las Escrituras no debilita la fe; la hace más responsable, más humilde y más atenta a la vida. La Palabra de Dios no se agota en una lectura definitiva, porque su propósito no es ofrecernos seguridad absoluta, sino acompañarnos en el camino del discernimiento y la fidelidad al Dios de la vida.

Preguntas para conversar

  1. ¿Qué lugar ha tenido la Biblia en mi historia personal de fe?
  2. ¿Qué diferencia noto entre leer la Biblia como un texto sagrado y escucharla como Palabra que me interpela?
  3. ¿Dónde he experimentado la Biblia como ley, y dónde como evangelio?
  4. ¿Cómo cambia la lectura bíblica cuando Cristo se convierte en el centro y la brújula de la interpretación?

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