La fe se vive en el mundo

La fe se vive en el mundo

Una fe con los pies en la historia
Capítulo 4 · Luteranismo en 10 frases

La fe cristiana no se vive al margen del mundo. Tampoco existe para legitimar el orden existente ni para ofrecer refugios espirituales que ignoren el sufrimiento real de las personas. En la tradición luterana, la iglesia está llamada a vivir en medio del mundo, con los pies en la historia: sin confundirse con los poderes que la gobiernan y sin retirarse de las tensiones que la atraviesan.

La fe vivida en el mundo no se juega solo en las convicciones personales ni en las tensiones internas de las creencias, sino también —y de manera decisiva— en la responsabilidad de la iglesia frente a las lógicas que afectan y condicionan la vida humana.

Jesús y el carácter no neutral de la fe

Jesús, a quien confesamos como Palabra viva de Dios, no fue neutral frente a la realidad de su tiempo. Su manera de anunciar el reino de Dios puso en cuestión estructuras religiosas, sociales y políticas que producían exclusión, miedo y opresión. Por eso, confesar a Jesús no es solo una afirmación de fe personal, sino también una toma de posición frente a todo aquello que niega la dignidad humana y el cuidado de la vida.

Desde esta perspectiva, la iglesia no existe para bendecir el sistema-mundo tal como está, sino para discernirlo críticamente a la luz del evangelio. Esto no significa que la iglesia tenga respuestas técnicas para todos los problemas ni que deba convertirse en un actor de poder. Significa, más bien, que está llamada a ejercer una función de conciencia: nombrar las injusticias, acompañar a quienes sufren y resistir toda forma de deshumanización, incluso —y especialmente— cuando eso resulta incómodo.

Iglesia como espacio de resistencia

Frente a la lógica imperante de nuestro tiempo —marcada por la competencia, el descarte, la mercantilización de la vida y la normalización de la desigualdad— las iglesias están llamadas a ser espacios de resistencia. No una resistencia violenta ni ideológica, sino una resistencia profundamente evangélica, encarnada en prácticas concretas de cuidado, solidaridad y dignidad. Resistir, en este sentido, no es oponerse a todo ni vivir en permanente confrontación, sino negarse a aceptar como inevitables aquellas lógicas que deshumanizan.

Ser espacios de resistencia implica crear comunidades donde el valor de las personas no dependa de su productividad, donde el éxito no sea la medida de la vida. Comunidades donde la fragilidad no sea motivo de exclusión y donde el otro no sea visto como amenaza, sino como prójimo. Cuando la iglesia vive desde la gracia, se convierte en un lugar donde se resiste al miedo, a la culpa y al individualismo que atraviesan nuestra cultura.

Esta resistencia no se ejerce desde la superioridad moral ni desde la nostalgia de un pasado idealizado. Se ejerce desde abajo, desde comunidades concretas que, con todas sus limitaciones, buscan encarnar otra manera de vivir. Resistir es sostener vínculos en un mundo que fragmenta; es cuidar la palabra en un tiempo de manipulación; es practicar la hospitalidad en contextos de exclusión; es apostar por la ternura cuando el cinismo parece el camino más fácil.

Fe, poder y discernimiento

La tradición luterana ha sido muy consciente de los riesgos que implica confundir la fe con el poder. Cuando la iglesia se identifica demasiado con una ideología, un gobierno o un proyecto político, corre el peligro de perder su libertad profética. Pero también existe un riesgo inverso: usar la gracia como excusa para el silencio, la indiferencia o la pasividad frente al dolor ajeno. Ni el alineamiento ciego a una ideología ni una espiritualidad que huye del sufrimiento son fieles al evangelio.

Hubo momentos, en la historia de la tradición luterana, en que ciertas maneras de separar lo espiritual de lo político o lo histórico —aunque nacieron con la intención de proteger la fe frente a la instrumentalización del poder— terminaron siendo usadas para justificar prácticas éticamente difíciles de sostener. En esos contextos, faltó discernimiento frente a la violencia ejercida en nombre del orden, la seguridad o la gobernabilidad. Por eso, ninguna manera de vivir o expresar la fe puede convertirse en refugio frente al sufrimiento humano ni en coartada para el silencio.

La gracia que libera no anestesia la conciencia; la despierta. Quien se sabe sostenido por la gracia puede mirar la realidad sin negarla, sin idealizarla y sin resignarse. Desde la justificación por la fe brota una ética del cuidado, de la responsabilidad y de la solidaridad. No actuamos para “salvar el mundo” ni para sentirnos moralmente superiores, sino porque la vida de la otra persona nos importa y porque creemos que Dios sigue comprometido con el bienestar de este mundo.

Cuando la fe se vuelve un instrumento para legitimar discursos de exclusión, justificar violencias o bendecir proyectos de poder, deja de anunciar el evangelio y comienza a servir a otros señores. Reconocer este riesgo no nos coloca automáticamente del lado correcto de la historia, pero sí nos recuerda que la fe cristiana no puede renunciar a su libertad crítica ni a su responsabilidad frente al mundo.

Esta mirada crítica no se ejerce desde afuera ni desde la condena. La iglesia no se coloca por encima del mundo, como si estuviera libre de contradicciones. También ella forma parte del sistema-mundo que necesita ser examinado y transformado. En ese sentido, la crítica cristiana comienza siempre por la autocrítica, por la revisión honesta de nuestras prácticas, silencios y complicidades.

Vivir la fe en este horizonte implica aceptar tensiones. No hay soluciones simples ni caminos sin ambigüedad. La iglesia discierne en medio de conflictos reales: pobreza y riqueza, violencia y cuidado, exclusión y hospitalidad, verdad y manipulación. En ese contexto, la fe no ofrece atajos, pero sí una orientación clara: buscar siempre aquello que conduce a la vida, especialmente la vida de quienes son más vulnerables.

Dicho de otro modo, una iglesia fiel al evangelio no es una iglesia acomodada ni una iglesia en guerra permanente con el mundo. Es una iglesia atenta, capaz de discernir los signos de los tiempos, de escuchar el clamor de la vida herida y de actuar con humildad, valentía y esperanza. No porque tenga todas las respuestas, sino porque confía en un Dios que sigue obrando en medio de la historia.

Preguntas para conversar

  1. ¿Qué lógicas del mundo actual siento que deshumanizan la vida?
  2. ¿De qué manera una iglesia puede convertirse en un espacio de resistencia evangélica?
  3. ¿Qué riesgos ves en una iglesia demasiado cercana al poder? ¿Y en una iglesia que se desentiende de la realidad social?
  4. ¿Qué prácticas concretas podrían ayudarnos a vivir como comunidades de resistencia, cuidado y esperanza?

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