Una iglesia que no es perfecta

Una iglesia que no es perfecta

Inclusión y cuidado de la vida en común
Capítulo 5 · Luteranismo en 10 frases

Hablar de gracia en abstracto es relativamente sencillo; vivirla en comunidad, con personas reales, historias complejas y heridas abiertas, es mucho más desafiante. Por eso, una de las preguntas más urgentes para la iglesia hoy no es solamente qué creemos, sino cómo encarnamos esa fe en comunidades concretas. ¿Quiénes encuentran lugar entre nosotros? ¿Quiénes se sienten seguros, escuchados y afirmados? ¿Y quiénes, aun sin palabras explícitas de rechazo, perciben que no hay espacio para su vida tal como es?

La tradición luterana ha afirmado que Dios se relaciona con las personas desde la gracia y no desde la exigencia. Si esa convicción es verdadera —y creemos que lo es— entonces no puede quedarse solo en el plano de las ideas teológicas. La gracia debe hacerse visible en la manera en que las comunidades reciben, acompañan y cuidan a las personas. Allí donde la gracia no se traduce en prácticas concretas de inclusión y cuidado, nuestro modo de hablar de ella corre el riesgo de vaciarse de sentido.

Hablar de comunidades inclusivas no significa negar que existan tensiones. Inclusión no es solo permitir la presencia de personas cuyas identidades, cuerpos o historias han sido cuestionadas o rechazadas. La iglesia no es un espacio ajeno a los conflictos culturales, sociales y personales de nuestro tiempo. Las preguntas en torno al género, la sexualidad, los cuerpos, la raza, el poder, la historia de exclusiones y los privilegios heredados atraviesan también a nuestras comunidades, así como las secuelas de la violencia y de la guerra que muchas personas cargan en su cuerpo y en su memoria. Pretender que estas realidades no existen o que se resuelven simplemente con declaraciones oficiales no es realista ni pastoralmente responsable.

Inclusión no es sinónimo de uniformidad ni de ausencia de conflicto. Una comunidad verdaderamente inclusiva no es aquella donde todos piensan igual, sino aquella donde las diferencias no se traducen en violencia, silenciamiento o exclusión.

Por otra parte, crear comunidades afirmativas implica aprender a convivir con preguntas abiertas, con procesos distintos y con ritmos diversos. Implica, sobre todo, decidir que nadie vale menos ni tiene que demostrar su dignidad para pertenecer.

Muchas personas llegan a la iglesia cargando experiencias de rechazo, culpa o abuso religioso. Personas a quienes se les dijo —explícita o implícitamente— que su identidad, su cuerpo o su historia no tenían lugar en la comunidad de fe. Frente a esas heridas, la iglesia no está llamada a defenderse ni a justificarse, sino a escuchar, reconocer el daño cuando ha ocurrido y comprometerse, de manera concreta, con prácticas distintas. La gracia no borra la memoria del dolor, pero puede abrir caminos de sanidad.

En este sentido, una comunidad afirmativa no es aquella que “tolera” a las personas, sino aquella que las reconoce como portadoras de dones, de palabra y de responsabilidad. El luteranismo, con su énfasis en el sacerdocio universal, ofrece aquí una clave fundamental: todas las personas bautizadas participan plenamente de la vida de la iglesia. No como invitadas permanentes ni como excepciones aceptadas, sino como miembros con voz, con responsabilidad y con vocación.

Crear comunidades inclusivas también exige revisar estructuras, lenguajes y prácticas. No basta con la buena voluntad individual ni con gestos aislados. Es necesario preguntarse quién toma las decisiones, cuáles voces son escuchadas, qué experiencias quedan sistemáticamente al margen y qué supuestos damos por evidentes. Esta revisión no es una amenaza a la fe, sino una expresión de fidelidad al evangelio, que siempre desestabiliza aquello que excluye y deshumaniza.

Este camino no está exento de tensiones. En muchas comunidades conviven personas con convicciones, historias y sensibilidades muy distintas. El desafío pastoral no consiste en forzar consensos artificiales o evitar los conflictos a cualquier precio, sino en crear espacios seguros donde las conversaciones difíciles puedan darse sin miedo, sin humillación y sin violencia espiritual. Discernir juntos y juntas es una forma de cuidado comunitario.

La inclusión, entendida desde la gracia, no es una concesión ni una moda cultural. Es una consecuencia directa de la fe en un Dios que no se relaciona con la humanidad desde el mérito, la normalidad o la perfección, sino desde el amor incondicional. Cuando la iglesia aprende a mirar desde ese lugar, deja de preguntarse quién “merece” estar y comienza a preguntarse cómo cuidar mejor la vida que compartimos.

Preguntas para conversar

  1. ¿Quiénes se sienten realmente en casa en nuestras comunidades? ¿Quiénes no?
  2. ¿Qué experiencias de inclusión o exclusión han marcado mi relación con la iglesia?
  3. ¿Qué prácticas comunitarias podrían ayudarnos a crear espacios más seguros y afirmativos?
  4. ¿Cómo discernir juntos y juntas cuando no hay respuestas simples, pero sí vidas en juego?

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