Confiamos nuestra vida a Dios
Capítulo 10 · Luteranismo en 10 frases
Hay momentos en la vida en los que las preguntas sobre el futuro dejan de ser teóricas. La muerte de un ser querido, una enfermedad grave, el desgaste del cuerpo o la cercanía del propio final nos colocan frente a una realidad que no se puede evitar. En esos momentos, no buscamos explicaciones sofisticadas ni respuestas que pretendan explicarlo todo. Buscamos consuelo, sentido y una palabra que no nos abandone.
La fe cristiana no niega la muerte ni la disfraza. La nombra con honestidad. La muerte duele, separa, rompe vínculos y deja silencios difíciles de llenar. El luteranismo no ofrece atajos espirituales para evitar ese dolor. No promete que todo será fácil ni que el sufrimiento tiene siempre una explicación. Lo que anuncia es algo distinto y profundamente sencillo: la muerte no tiene la última palabra.
Nuestra esperanza no se apoya en descripciones detalladas del “más allá”, ni en mapas del futuro, ni en certezas sobre cómo serán las cosas después de esta vida. Se apoya en una promesa. Una promesa que no nace de nuestra imaginación, sino de la resurrección de Jesús. En Cristo, Dios ha dicho un “sí” definitivo a la vida, incluso allí donde todo parece terminado.
Por eso, cuando hablamos de esperanza cristiana, no hablamos de control sobre el futuro, sino de confianza. Confiamos en que nuestra vida —entera, con sus luces y sus sombras— está en manos de Dios. Confiamos en que los seres amados que hemos perdido siguen en manos de Dios y descansan en el abrazo grande de su misericordia. No sabemos cómo será el futuro, pero confiamos en la fidelidad de Dios.
Esta esperanza no elimina el duelo ni apresura los procesos. Llorar es parte del amor. Extrañar es parte del vínculo. La fe no nos exige “superar” la pérdida rápidamente ni ocultar el dolor. Al contrario, nos permite atravesarlo sin desesperación, sabiendo que el amor que hemos compartido no es inútil ni definitivo en su ruptura.
En la tradición luterana, la esperanza cristiana no se expresa como huida de este mundo, sino como afirmación de la vida. No creemos en la inmortalidad del alma como evasión del cuerpo y de la historia, sino en la resurrección, es decir, en la fidelidad de Dios a la vida encarnada y amada. Eso nos permite disfrutar y cuidar esta vida con más ternura.
Para quienes se sienten cerca del momento de partir, esta esperanza no se presenta como amenaza ni como examen final. Se presenta como descanso. Descanso en un Dios que no mide méritos, que no exige exámenes, que no nos abandona en el último tramo del camino. La fe cristiana puede decir, con humildad y confianza: “En tus manos, Dios de la vida, nos encomendamos”.
Vivir desde esta esperanza no nos aleja del presente; nos reconcilia con él. Nos anima a amar mejor, a perdonar cuando todavía hay tiempo, a cuidar los vínculos y a vivir con gratitud. La esperanza cristiana no nos distrae de la vida; la vuelve más preciosa.
En definitiva, no sabemos cómo será el futuro. Pero sabemos que no estamos solos, ni en la vida ni en la muerte. Sabemos que Dios es fiel. Y esa confianza, sencilla y profunda, es suficiente para vivir, para despedirnos, para llorar y para esperar.
Preguntas para conversar (o para guardar en silencio)
- ¿Qué preguntas o temores me despierta hoy la muerte, propia o ajena?
- ¿Qué personas queridas confío al cuidado de Dios?
- ¿Qué significa para mí vivir desde la confianza y no desde el control del futuro?
- ¿Cómo cambia mi manera de vivir hoy saber que mi vida está en manos de Dios?
