Predicación del 6º Domingo después de Pentecostés
5 de julio de 2026
San Mateo 11:16-19, 25-30
Gracia y paz, de Dios nuestro Padre y de su Hijo Jesucristo sea con ustedes.
Hace muchos años, cuando era un joven estudiante de enfermería, tuve un profesor de farmacología que era muy bueno y también bastante exigente.
Era una de esas personas que, aun siendo relativamente joven, imponía respeto.
Lo que yo no sabía entonces era que él estaba gravemente enfermo. Tenía HIV y, en esos años, cuando los tratamientos eran todavía muy limitados, su salud se había deteriorado mucho.
Un día nos enteramos de que estaba hospitalizado. Entonces, junto con algunos compañeros y compañeras, fuimos a visitarlo.
Recuerdo que le llevamos una tarjeta enorme, llena de nuestras firmas y de nuestros buenos deseos.
Yo era un joven muy evangélico. Tenía mucha buena voluntad y también, debo reconocerlo, bastante ingenuidad.
Así que escribí en aquella tarjeta un versículo del Salmo 30:
«La tristeza puede durar una noche,
pero la alegría viene al amanecer.»
Me parecía una palabra de esperanza. Algo que podía alentarlo y reconfortarlo en un momento tan difícil.
Pero mi profesor nunca salió del hospital.
Él murió pocos días después.
Y durante mucho tiempo —y creo que hasta el día de hoy, porque es la primera vez que comparto esta experiencia— eso que pasó me ha acompañado como una pregunta.
Porque hay personas para quienes la noche no dura unas pocas horas.
Hay personas para quienes la noche dura meses.
A veces, años.
Y algunas personas viven con noches tan largas —la enfermedad, la depresión, la ansiedad, el duelo, las luchas que llevamos por dentro— que, con toda honestidad, se preguntan:
¿Llegará el amanecer alguna vez?
Con los años aprendí que el mensaje de aquel versículo no estaba equivocado, pero sí era, de alguna manera, incompleto.
Porque la promesa del Evangelio no es que toda noche terminará rápidamente.
La promesa del Evangelio es algo más humilde y, al mismo tiempo, más profundo:
que incluso en la noche más larga, cuando el amanecer parece no llegar, Dios no nos abandona.
Y quizás por eso las palabras de Jesús se escuchan con tanta fuerza para nosotros hoy:
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.»
No dice: «Vengan a mí y todos sus problemas van a desaparecer.»
Dice algo mucho más modesto y necesario: «Vengan a mí.»
Porque hay momentos en la vida en que una explicación no alcanza.
Y una solución inmediata simplemente no existe.
Lo que más necesitamos es una presencia.
Alguien que no nos abandone en la noche.
1. El cansancio que Jesús nombra es más profundo de lo que pensamos
Porque Jesús no está hablando aquí del cansancio normal de un día de trabajo.
No está hablando simplemente de llegar a la noche y decir:
«Estoy agotado, necesito dormir un poco.»
Jesús está hablando de un cansancio más profundo.
Habla de personas que han luchado mucho tiempo. Personas que han intentado seguir adelante, que han hecho todo lo que estaba a su alcance, pero sienten que ya no les quedan fuerzas.
Y junto a ellas, Jesús ve a otro grupo: los cargados, los agobiados, los que llevan sobre los hombros un peso demasiado grande.
Es decir, Jesús está mirando a personas cansadas por dentro.
Personas que no solamente han trabajado mucho, sino que han cargado mucho.
Responsabilidades. Pérdidas. Preocupaciones. Heridas que nadie conoce.
Porque hay cansancios que se ven. Y hay otros que no se ven.
Hay cansancios que aparecen en el cuerpo. Y hay otros que se esconden en el alma.
Espero que ustedes sepan muy bien de qué estoy hablando.
El cansancio de seguir siendo fuertes para los demás.
El cansancio de sostener una sonrisa cuando por dentro estamos rotos.
El cansancio de luchar con pensamientos que no le contamos a nadie.
El cansancio de una tristeza que vuelve una y otra vez.
El cansancio de una ansiedad que nunca se calma.
El cansancio de una lucha interior que parece no tener final.
Y hay personas que llegan a un momento de su vida en que, aunque sigan caminando, por dentro sienten que ya no pueden más.
Quizás nunca lo dicen en voz alta.
Pero por dentro repiten una frase que muchos conocemos: «No tengo fuerzas.»
Y lo primero que me conmueve de este evangelio es que Jesús no niega ese cansancio.
No lo minimiza. No lo corrige. No lo juzga.
No dice: «No es para tanto.»
No dice: «Si tuvieras más fe, no te sentirías así.»
No dice: «Un buen creyente no debería pasar por esto.»
Jesús simplemente ve a esas personas.
Las reconoce. Las nombra. Y al nombrarlas, las dignifica.
Porque una de las experiencias más dolorosas del sufrimiento humano es sentir que nadie entiende el peso que llevamos.
Pero el evangelio de hoy dice algo maravilloso: Jesús sí lo ve.
Ve a los cansados. Ve a los cargados.
Ve a los que han llegado al límite de sus fuerzas.
A los que dicen: «Hasta aquí llegué.»
Y no los recibe con juicio.
Los recibe con una invitación: «Vengan a mí.»
Ahí comienza el Evangelio.
No cuando ya recuperamos las fuerzas.
No cuando ya encontramos todas las respuestas.
No cuando finalmente salimos de la noche.
El Evangelio comienza precisamente allí:
cuando todavía estamos cansados,
cuando todavía estamos cargando,
cuando todavía estamos en medio de la noche,
es ahí cuando escuchamos a Jesús decir: «Ven. Ven tal como estás.»
2. Pablo: el cansancio de un corazón dividido
Y quizás, al escuchar las palabras de Jesús, algunos de nosotros pensamos:
«Sí, estoy cansado. Pero no solamente por las cosas que me han pasado.
También estoy cansado de mí mismo.»
Cansado de mis luchas.
Cansado de mis contradicciones.
Cansado de dar vuelta, como los perros, sobre el mismo lugar.
Por eso la lectura de Pablo resulta tan humana y tan actual.
Porque Pablo se atreve a decir algo que muchas personas sienten, pero pocas se animan a poner en palabras:
«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.»
¡Qué frase tan profundamente humana!
Porque todos sabemos, de una manera u otra, lo que significa vivir una lucha interior.
Queremos perdonar… y no podemos.
Queremos confiar… y el miedo vuelve.
Queremos cambiar… y terminamos otra vez en el mismo lugar.
Queremos dejar atrás ciertas cosas… y sentimos que algo sigue teniendo poder sobre nosotros.
Queremos vivir en paz… y, sin embargo, por dentro lo que hay es caos.
Pablo está describiendo algo que todos conocemos:
el cansancio de un corazón dividido.
El cansancio de descubrir que no somos las personas que quisiéramos ser.
El cansancio de cargar con nuestras contradicciones.
El cansancio de tropezar una y otra vez con nuestras propias fragilidades.
Y aquí hay algo muy importante.
Pablo no está hablando como un incrédulo.
No está hablando como alguien que no conoce a Dios.
Está hablando como un creyente.
Como alguien que ama a Dios.
Como alguien que desea hacer el bien.
Y, aun así, conoce la experiencia de la lucha interior.
Eso es importante decirlo en la Iglesia.
Porque a veces pensamos que la fe elimina automáticamente todas nuestras luchas.
Que un creyente de verdad siempre debería estar en paz consigo mismo.
Que un creyente de verdad nunca debería experimentar esta clase de conflicto interior.
Pero Pablo nos dice algo muy distinto.
La vida de fe no nos convierte en personas sin conflictos.
Nos convierte en personas que pueden llevar sus conflictos delante de Dios.
Y también nos enseña algo doloroso, pero profundamente humano:
hay cosas en la vida que no se resuelven simplemente proponiéndonos ser mejores.
Hay heridas profundas. Hay fragilidades.
Hay noches oscuras del alma. Hay batallas que duran años.
Y hay personas que terminan profundamente cansadas de luchar consigo mismas.
Porque hay momentos en que descubrimos una verdad que nos cuesta aceptar:
no siempre podemos arreglar nuestra propia vida por nosotros mismos.
Quizás algunos de nosotros conocemos ese sentimiento.
El sentimiento de decir: «¿Por qué sigo luchando con esto?»
«¿Por qué no puedo salir de aquí?»
«¿Por qué me cuesta tanto vivir con un poco de paz?»
Por eso el texto termina con un grito: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?»
Y me parece importante notar algo.
Pablo no esconde su cansancio.
No lo maquilla. No lo espiritualiza.
No pretende ser más fuerte de lo que realmente es.
Pone su dolor delante de Dios.
Porque la fe bíblica tiene espacio para la desesperación.
Tiene espacio para las preguntas.
Tiene espacio para la lucha.
Después de todo, un incrédulo probablemente deja de hablar con Dios.
Pero quien todavía cree, aunque sea con una fe cansada y herida, sigue gritándole a Dios desde la noche.
Sigue preguntando. Sigue buscando. Sigue esperando.
Y creo que esa es una de las formas más profundas y honestas de la fe.
Seguir hablándole a Dios, incluso cuando no tenemos respuestas.
Seguir buscándolo, incluso cuando nos sentimos cansados.
Seguir levantando la mirada, aun cuando las fuerzas se han terminado.
Y es precisamente ahí, en ese lugar de cansancio y de lucha, donde las palabras de Jesús comienzan a sonar como una verdadera buena noticia:
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados…»
3. El Evangelio comienza con una invitación, no con una solución
Hay algo en estas palabras capaz de conmovernos.
Porque Jesús no dice: «Vengan a mí y todos sus problemas desaparecerán.»
Tampoco: «Vengan a mí y nunca volverán a sentirse tristes.»
Ni: «Vengan a mí y todas sus luchas interiores se resolverán.»
Y mucho menos: «Vengan a mí y les explicaré por qué les está pasando todo esto.»
Dice algo mucho más sencillo.
Y, precisamente por eso, mucho más profundo: «Vengan a mí.»
Porque hay momentos en la vida en que una explicación no alcanza.
Hay dolores que ninguna respuesta puede resolver.
Hay preguntas que permanecen abiertas.
Y hay noches tan largas que las palabras se quedan cortas.
En esos momentos, lo que más necesitamos no son explicaciones.
Lo que más necesitamos es una presencia.
Alguien que permanezca.
Alguien que no salga corriendo delante de nuestro dolor.
Alguien que tenga la paciencia de sentarse con nosotros en la noche.
Y eso es precisamente lo que Jesús ofrece.
No una explicación. No una fórmula. No una solución mágica.
Se ofrece a sí mismo: «Vengan a mí.»
La fe cristiana no comienza con una explicación.
Comienza con un encuentro.
Con una relación.
Con una Persona que nos dice: «Ven.»
Ven con tus preguntas.
Ven con tus heridas.
Ven con tu cansancio.
Ven con tus contradicciones.
Ven con tu poca fe.
Ven incluso si sientes que ya no te quedan fuerzas.
Porque el Evangelio no empieza cuando nosotros logramos levantarnos.
El Evangelio comienza cuando descubrimos que Cristo sale a nuestro encuentro precisamente cuando estamos cansados y agobiados.
Y quizás esta sea una de las cosas más hermosas de este pasaje: Jesús no pone condiciones.
No dice: «Primero arréglate y después ven.»
No dice: «Primero resuelve tus problemas y después ven.»
No dice: «Primero recupera la fe y después ven.»
Simplemente dice: «Vengan a mí.»
Tal como están.
Porque el Evangelio es, antes que cualquier otra cosa, una invitación.
Una invitación para los cansados.
Una invitación para los que cargan demasiado.
Una invitación para quienes ya no saben cómo seguir adelante.
Una invitación para quienes todavía están en medio de la noche.
Y quizás algunos de nosotros necesitamos escuchar precisamente eso hoy:
que antes de cualquier cambio,
antes de cualquier respuesta,
antes incluso de cualquier alivio,
Cristo simplemente nos dice: «Ven.
No tienes que cargar todo esto solo.
No tienes que cargar con todo esto sola.
¡Ven!»
Como dice el himno que vamos a cantar en breve:
«Vengan con su dolor, desconsolados;
vengan donde hay piedad, frente al altar.
Ofrezcan su dolor, aunque angustiados;
no hay mal que el cielo no pueda sanar.»
Fíjense que la letra de esa poesía no niega el dolor.
No niega la angustia.
No nos pide que escondamos nuestras heridas.
Nos invita a venir precisamente con ellas.
A venir desconsolados.
A venir angustiados.
A venir cansados y agobiados.
Porque esa es la extraña y maravillosa noticia del Evangelio:
Cristo no espera que lleguemos sanos para recibirnos.
Nos recibe precisamente allí donde más nos duele la vida.
Y entonces surge una pregunta: ¿Qué significa ese descanso que Jesús promete?
Porque cuando escuchamos: «No hay mal que el cielo no pueda sanar»,
podríamos pensar que Jesús está prometiendo que toda herida desaparecerá inmediatamente.
Que toda noche terminará hoy.
Que toda lucha se resolverá de una vez.
Pero eso no es lo que dice el Evangelio.
Porque, sorprendentemente, Jesús no promete quitarnos toda carga.
Nos invita a tomar su yugo.
4. El descanso de Jesús: una presencia que nos sostiene en la noche
¿Qué significa el descanso que Jesús promete?
Porque, sorprendentemente, Jesús no dice: «Voy a quitarles toda carga.»
De hecho, dice algo que al principio parece extraño: «Tomen mi yugo sobre ustedes.»
Es decir, la vida cristiana no es una vida sin cargas.
Tarde o temprano todos descubrimos que la vida tiene peso.
La responsabilidad de cuidar a alguien.
Una enfermedad.
Un duelo no resuelto.
La preocupación por los hijos.
La fragilidad de nuestro cuerpo.
Las heridas que todavía estamos aprendiendo a nombrar.
Las luchas que llevamos por dentro.
La pregunta no es: «¿Tienes un yugo?»
La pregunta es: «¿Qué peso llevas?
¿Qué carga llevas sobre los hombros?
¿Qué yugo te está quitando la paz?»
Porque hay cargas que nos aplastan.
La culpa. La vergüenza.
La exigencia de tener siempre todo bajo control.
La idea de que debemos ser fuertes todo el tiempo.
La obligación de tener respuestas para todo.
La presión de aparentar que estamos bien cuando por dentro estamos destruidos.
Esos son yugos muy pesados.
Y Jesús dice: «Tomen mi yugo.»
¿Y cuál es el yugo de Jesús?
«Aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón.»
¡Esas son palabras de vida eterna!
Porque es la única vez en los evangelios en que Jesús nos abre una ventana a su propio corazón.
No dice: «Soy poderoso.»
No dice: «Soy invencible.»
No dice: «Soy fuerte.»
Dice: «Soy manso y humilde de corazón.»
El descanso que Jesús ofrece nace de ahí.
De un Dios que no nos aplasta.
De un Dios que no nos exige perfección.
De un Dios que no nos avergüenza por exponer nuestras heridas.
De un Dios que no se escandaliza de nuestras preguntas.
De un Dios que se sienta con nosotros en la noche.
De un Dios que no nos rechaza por nuestros vacíos y silencios.
Y quizás aquí está la gran noticia de este evangelio:
el descanso de quienes seguimos a Jesús no es una vida sin noches.
El descanso es descubrir que incluso en la noche más larga no estamos solos ni solas.
El descanso no es la desaparición de todas nuestras luchas.
Es descubrir que nuestras luchas ya no tienen que ser llevadas en soledad.
El descanso de quienes seguimos a Jesús es escuchar, en medio de nuestro cansancio, una voz que nos dice:
«No tienes que demostrar nada.
No tienes que fingir que estás bien.
No tienes que cargar el mundo entero sobre tus hombros.
Ven, con tu dolor. Estoy aquí.»
Y entonces vuelvo a pensar en mi profesor de farmacología.
Durante años me pregunté qué hacer con aquellas palabras:
«La tristeza puede durar una noche, pero la alegría viene al amanecer.»
Hoy sigo creyendo que son palabras de esperanza.
Pero ahora las escucho de otra manera.
Porque he conocido personas para quienes la noche ha sido muy larga.
Personas que siguen esperando el amanecer.
Y también he descubierto algo:
que incluso en las noches más largas,
Dios no abandona a sus hijos.
Dios no abandona a sus hijas.
Que hay una presencia que permanece.
Una presencia que sostiene.
Una presencia que acompaña.
Una presencia que no se va.
Y quizás esa sea la promesa más profunda de Jesús esta mañana.
Cuando estés cansado y agobiada…
cuando ya no tengas respuestas…
cuando la noche parezca no terminar…
cuando la fe sea un vacío, un silencio, una lágrima, un lamento…
¡Ven!
El Señor estará contigo.
Y aunque la noche sea muy oscura,
aunque todavía no puedas ver el amanecer,
ten confianza.
Jesús camina contigo.
Jesús permanece contigo.
Y aunque todavía sea de noche,
no caminarás en la oscuridad en soledad.
Porque fiel es el que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin.
Amén.

