Predicación del 5º Domingo después de Pentecostés
28 de junio de 2026
San Mateo 10:40-42
Gracia y paz de Dios nuestro Padre y de su Hijo Jesucristo sea con ustedes.
1. La mala teología del merecimiento
Una de las noticias más conmovedoras que recibimos esta semana fue la del terremoto en el norte de Venezuela.
Mientras pasan las horas, continúan las labores de rescate y miles de familias siguen esperando noticias de sus seres queridos.
Y como suele suceder cada vez que una tragedia golpea a un pueblo, no faltan quienes intentan explicar el sufrimiento diciendo que se trata de un castigo de Dios. Que algo habrán hecho. Que se lo merecen.
Yo les digo: no se dejen vencer por la mala teología.
La mala teología es esa que siempre termina hablando de merecimientos.
Esa que supone que algunos pueblos son más dignos que otros.
Esa que insinúa que los desastres ocurren porque alguien hizo algo para merecerlos.
Pero también es una teología muy cómoda. Porque mientras el sufrimiento siempre le ocurre a otros, nos engaña a hacernos creer que estamos a salvo de los males del mundo.
Nosotros en Puerto Rico conocemos muy bien esa forma de pensar. Es la misma teología de quienes oran para que Dios desvíe los huracanes hacia otro lugar, como si nuestras vidas valieran más que las de nuestros hermanos y hermanas de la República Dominicana o de Haití.
Es una teología que termina dividiendo el mundo entre los buenos y los malos, entre los bendecidos y los castigados, entre quienes merecen la protección de Dios y quienes supuestamente merecen el sufrimiento.
Pero el evangelio no funciona así.
El sol sale sobre justos e injustos.
La lluvia cae sobre buenos y malos.
Y el sufrimiento humano no se puede explicar con la calculadora del merecimiento.
Me impresiona, y confieso que también me da coraje, la facilidad con la que algunas personas hablan en nombre de Dios cuando otros están llorando.
Pero el evangelio no nos invita a explicar el dolor de los demás.
El apóstol Pablo dice algo mucho más sencillo y mucho más humano:
«Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran».
Lloren con los que lloran.
No dice: explíquenles por qué sufren.
Ni: búsquenle una razón al desastre.
Tampoco dice: descubran el pecado escondido que provocó la tragedia.
Dice simplemente:
«Lloren con los que lloran».
Porque hay momentos en la vida en los que no tendremos respuestas.
Y en esos momentos, las respuestas no son lo más importante.
Lo más importante es la presencia.
Una mano que sostiene.
Un abrazo.
Una oración.
Un silencio compartido.
Un vaso de agua.
Porque hay dolores que no se explican.
Hay dolores que solamente se acompañan.
Y quizás una de las tentaciones más humanas es querer explicar el sufrimiento para tomar distancia de él.
Si puedo explicarlo, entonces no tengo que entrar en él.
Si puedo encontrar una razón para el dolor ajeno, entonces no tengo que dejarme afectar por ese dolor.
Pero el evangelio nos llama a algo mucho más difícil y mucho más humano.
Nos llama a acercarnos.
A llorar con quienes lloran.
A dejarnos tocar por el sufrimiento ajeno.
A cargar, aunque sea un poco, el peso que otra persona está llevando.
Después de todo, eso fue lo que hizo Jesús.
Jesús nunca explicó el sufrimiento de las viudas.
Nunca explicó el sufrimiento de los enfermos.
Nunca explicó el sufrimiento de quienes lloraban la muerte de un ser querido.
Se acercó.
Tocó.
Escuchó.
Acompañó.
Y lloró.
Y finalmente él mismo se sumergió en el sufrimiento.
La cruz no es una explicación del dolor humano.
La cruz es Dios diciendo:
«No voy a dejarte sufrir sola.»
«No voy a dejarte sufrir solo.»
Y quizás eso es lo que Pablo está diciendo cuando nos invita a llorar con quienes lloran.
Hay momentos en la vida en que el amor no tiene respuestas.
Solo se expresa con la presencia.
Y a veces esa presencia toma la forma de algo tan sencillo como un vaso de agua.
Y creo que ahí, precisamente ahí, es donde el evangelio de hoy quiere encontrarnos.
2. El cansancio y el agotamiento de nuestras relaciones
Y si eso es cierto, entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Qué es lo que realmente sostiene la vida cuando el sufrimiento llega?
Porque tarde o temprano el dolor toca todas las puertas.
Y cuando eso ocurre descubrimos algo muy humano: la vida no se sostiene solamente con respuestas.
La vida se sostiene porque alguien está.
Porque alguien acompaña.
Porque alguien se queda.
Porque alguien se atreve a entrar, aunque sea un poco, en nuestro dolor.
Nosotros, al igual que el pueblo en el que vivió Jesús, solemos pensar que las cosas importantes son las grandes cosas.
Nos impresionan las hazañas, las personas extraordinarias y los gestos heroicos.
Pero Jesús tiene esa capacidad divina de detenerse en aquello que nosotros pasamos por alto.
Mientras nosotros miramos lo grandioso, Jesús mira un vaso de agua.
Mientras nosotros admiramos lo extraordinario, Jesús señala un pequeño gesto de cuidado.
Porque en el Reino de Dios, muchas veces las cosas más grandes se esconden dentro de las cosas más pequeñas.
Y por eso dice:
«Y cualquiera que dé a uno de estos pequeños aunque sea un vaso de agua fresca… no perderá su recompensa».
Un vaso de agua.
Nada más.
No un milagro.
No una hazaña.
No una obra portentosa.
Un pequeño gesto de cuidado.
Porque resulta que en eso tan pequeño se juega algo inmensamente grande.
Porque la fe se hace visible en el cuidado.
Y pienso que todos nosotros hemos sido sostenidos alguna vez por el pequeño gesto de otra persona.
Quizás alguien nos escuchó cuando estábamos pasando un momento difícil.
Quizás fue una llamada en el momento justo.
Una visita al hospital.
Una comida que llegó a nuestra casa en un momento de crisis.
Una palabra de aliento.
Un abrazo.
A veces ni siquiera recordamos exactamente lo que nos dijeron. Pero sí recordamos que estuvieron ahí.
Y eso cambió algo en nosotros.
La vida humana está hecha de esos pequeños gestos.
Hay personas que pueden olvidar un gran discurso, pero nunca olvidan quién estuvo a su lado cuando más lo necesitaba.
Y quizá necesitamos escuchar esto hoy más que nunca.
Porque vivimos cansados.
Hay un cansancio que no es solamente físico.
Estamos cansados de correr.
Cansados de producir.
Cansados de rendir.
Y también cansados de relacionarnos.
Vivimos en un tiempo extraño.
Tenemos más maneras de comunicarnos que cualquier generación anterior y, sin embargo, muchas personas se sienten profundamente solas.
Tenemos más conexiones, pero menos encuentro.
Más contactos, pero menos amistad.
Más información, pero menos presencia.
Hay personas que nos buscan porque necesitan algo de nosotros, pero muy pocas simplemente para compartir la vida.
Y eso agota.
Agota a las familias.
Agota a las comunidades.
Agota a las iglesias.
Y, si somos sinceros, también nos agota por dentro.
Porque todos hemos tenido la experiencia de sentirnos solos en medio de mucha gente.
Todos hemos sentido alguna vez que llevábamos un peso que nadie ve.
Todos hemos tenido momentos en los que simplemente necesitábamos que alguien preguntara:
«¿Cómo estás?»
«¿Cómo va la vida?»
«¿Necesitas algo?»
El gran cansancio de nuestro tiempo no es solamente que tenemos demasiadas cosas que hacer.
El gran cansancio de nuestro tiempo es que nos estamos quedando sin tiempo para estar presentes.
Y poco a poco ese cansancio nos va encerrando en nosotros mismos.
Comenzamos a preguntarnos:
¿Quién se acuerda de mí?
¿Quién está pendiente de mí?
¿Quién me cuida?
Y son preguntas legítimas.
Todos necesitamos ser amados.
Todos necesitamos ser sostenidos.
Todos necesitamos, de vez en cuando, un vaso de agua.
Pero el cansancio tiene una trampa.
Puede hacernos creer que el centro del mundo somos nosotros.
Y cuando eso ocurre, dejamos de ver al otro.
Dejamos de notar su cansancio.
Su tristeza.
Su soledad.
Su necesidad de cuidado.
Y eso duele.
Porque todos nosotros queremos ser algo más que una función para los demás.
Queremos ser amigos.
Queremos ser hermanos y hermanas.
Queremos compartir la vida.
Queremos que alguien nos llame no porque necesita algo, sino simplemente porque se alegra de escucharnos.
Porque la vida no está hecha solamente de los grandes acontecimientos.
La mayor parte de la vida ocurre en los días ordinarios.
Y los días ordinarios son, precisamente, los que más necesitan cuidado.
Un martes cualquiera.
Un café compartido.
Una conversación.
Un mensaje.
Un encuentro.
Una mesa.
Porque el ser humano no fue creado para vivir aislado.
Fuimos creados para la comunión.
Fuimos creados para la amistad.
Fuimos creados para pertenecer.
Y cuando dejamos de cuidarnos unos a otros, algo comienza a morir dentro de nosotros.
No hablo de la muerte física.
Hablo de una muerte más silenciosa.
La muerte de la esperanza.
La muerte de la ternura.
La muerte de la capacidad de asombro.
La muerte de la alegría de vivir.
Porque una persona puede seguir respirando, seguir trabajando y seguir cumpliendo con todas sus responsabilidades y, sin embargo, algo dentro de ella haberse ido apagando lentamente.
Y muchas veces lo que vuelve a encender la vida no son las grandes soluciones.
Es un gesto de bondad.
Una conversación.
Una visita.
Una presencia.
Un vaso de agua.
Por eso Jesús mira un vaso de agua y nosotros deberíamos prestarle atención.
3. La persona humana como lugar de la presencia de Dios
En medio de todo esto, el evangelio de Mateo nos recuerda algo extraordinario.
Jesús dice:
«Quien a ustedes recibe, a mí me recibe».
¡Qué afirmación tan profunda!
Porque el evangelio de Mateo comienza diciendo que Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros.
Y termina con Jesús diciendo:
«Yo estoy con ustedes todos los días».
Todo el evangelio está atravesado por esta verdad:
Dios está con nosotros.
Pero el evangelio de hoy añade algo más.
Ese Dios-con-nosotros se hace visible a través de las personas.
A través de quien cuida.
A través de quien acompaña.
A través de quien recibe.
A través de quien ofrece un vaso de agua.
Y esto cambia nuestra manera de mirar el mundo.
No es que Dios no pueda encontrarse en un templo.
Es que Dios se niega a estar encerrado en los templos.
Por eso, no existen lugares sagrados en el sentido de que Dios esté atrapado en ellos.
Los templos tienen su importancia.
Nos reúnen.
Nos ayudan a recordar.
Nos orientan.
Pero el Dios de Jesús siempre sale de los templos para encontrarse con la gente.
Cuando pienso en esto me viene a la mente esa frase de Jorge Drexler:
«No hay una piedra en el mundo que valga lo que una vida».
El evangelio de hoy parece decir exactamente lo mismo.
No hay templo, ni Ciudad Santa, ni institución religiosa que valga más que lo que vale una persona humana.
Toda vida posee una dignidad que ninguna tragedia, ningún fracaso y ningún pecado pueden borrar.
Porque cada persona es un lugar de la presencia de Dios.
Toda vida es sagrada.
Y cada vez que cuidamos de una vida estamos tocando algo sagrado.
Por eso un vaso de agua nunca es poca cosa.
Porque en ese pequeño gesto, Cristo mismo se hace presente.
4. La bondad como resistencia espiritual
Tenía razón Pepe Mujica cuando dijo:
«No se cansen de ser buenos, aunque ser bueno no sirva para mucho. Sirve para no arrepentirse con uno mismo».
Y el apóstol Pablo parece responderle desde la carta a los Gálatas:
«No nos cansemos de hacer el bien».
Porque el bien nunca es inútil.
La bondad nunca es insignificante.
Es verdad que no vamos a resolver los grandes problemas del mundo.
No podremos evitar los terremotos ni los huracanes.
No podremos responder todas las preguntas sobre el sufrimiento.
No podremos eliminar la injusticia.
Pero todos podemos ofrecer un gesto de bondad.
Un vaso de agua.
Todos podemos llamar a alguien.
Todos podemos escuchar a alguien.
Todos podemos acompañar a alguien.
Todos podemos alegrarnos con quien se alegra.
Todos podemos llorar con quien llora.
Todos podemos hacer un poco más llevadera la vida de otra persona.
Y en un mundo tan cansado como el nuestro, esos pequeños actos de bondad se convierten en una forma de resistencia espiritual.
Porque cada pequeño gesto de cuidado es como un credo:
Todavía creo que la vida del otro es sagrada.
Todavía creo que pertenecemos unos a otros.
Todavía creo que nos necesitamos unos a otros.
Todavía creo que la ternura vale la pena.
Todavía creo que el amor vale la pena.
Todavía creo que Dios sigue haciéndose presente en medio de nosotros.
El Reino de Dios tiene una extraña manera de dar peso eterno a las cosas pequeñas.
Por eso la pregunta que el evangelio nos deja hoy no es:
¿Qué grandes cosas puedo hacer para Dios?
La pregunta es mucho más sencilla:
¿Quién necesita hoy un vaso de agua de mi parte?
¿Quién necesita una palabra de aliento?
¿Quién necesita una llamada?
¿Quién necesita saber que no está solo?
Porque tal vez no podamos reconstruir una ciudad destruida por un terremoto.
Ni podamos resolver las grandes preguntas del sufrimiento humano.
No vamos a cambiar el mundo entero.
Pero sí podemos impedir que nuestras relaciones se enfríen.
Sí podemos hacer un poco más llevadera la vida de otra persona.
Sí podemos ser, para alguien, un pequeño signo de que Dios sigue estando presente.
Y eso nunca es poca cosa.
Porque el Reino de Dios tiene una extraña manera de dar peso eterno a las cosas pequeñas.
Un abrazo.
Un encuentro.
Una llamada.
Una oración.
Un vaso de agua.
Y quizás, cuando todo lo demás pase, descubriremos que fueron precisamente esas pequeñas bondades las que sostuvieron la vida.
Porque allí donde el amor se comparte, Cristo mismo se hace presente.
Y allí donde alguien cuida de otra persona, la fe se hace visible.
Allí, en lo pequeño.
Allí, en lo cotidiano.
Allí, en un simple vaso de agua.
Dios se deja ver.
Amén.

