Predicación del 17º Domingo después de Pentecostés
20 de septiembre de 2026
San Mateo 20:1–16
Muchos niños y niñas de hoy sueñan con jugar al fútbol como Messi. Los de mi generación queríamos ser como Maradona.
Pero entre querer jugar como Maradona y tener su talento había, por supuesto, una distancia bien grande.
Cuando yo era niño en Argentina y queríamos jugar un partido de fútbol entre los amigos del barrio, primero había que repartirnos en dos equipos. Generalmente se escogía como capitanes a dos de los que mejor jugaban. Entonces hacíamos una liturgia que en el Sur se llama «pan y queso».
Los capitanes se colocaban a cierta distancia y comenzaban a caminar uno hacia el otro, poniendo el talón de un pie delante de la punta del otro. Quien finalmente lograba pisar el pie del contrario ganaba el derecho de elegir primero con quién quería jugar.
Y entonces comenzaba la selección.
Primero se elegía al más talentoso. Después al que corría más rápido. Luego al buen arquero. Uno tras otro, los nombres comenzaban a escucharse y los jugadores iban ocupando su lugar en alguno de los dos equipos.
Mientras tanto, algunos permanecíamos esperando.
Al principio todavía había esperanza: «Quizá ahora me elijan». Pero el grupo se hacía cada vez más pequeño. Y cuando ya quedábamos dos o tres, uno comenzaba a entender lo que estaba pasando.
No era necesario que nadie dijera nada. La manera de escoger hablaba por sí sola: «Prefiero a cualquiera de ellos antes que a ti».
En más de una ocasión, yo fui el último en ser elegido.
Para las personas adultas aquello podía parecer algo pequeño. Después de todo, era solamente un partido de fútbol. Al rato empezábamos a jugar y todo seguía como si nada.
Pero para quien permanece esperando no siempre es algo pequeño.
Mientras los demás son elegidos, uno intenta actuar como si no le importara. Pero, por dentro, uno desea escuchar su nombre. Y cuando finalmente lo llaman, sabe que no fue porque verdaderamente lo querían en el equipo. Lo escogieron porque ya no quedaba nadie más.
Tal vez a ustedes nunca les tocó quedar para lo último en un partido de fútbol. Pero seguramente conocen la experiencia de haber sido dejados para el final.
Puede suceder en la escuela, en el trabajo, dentro de una familia o incluso en una comunidad de fe. Puede suceder cuando solicitamos una oportunidad y escogen a otra persona; cuando entregamos muchos años a una institución que después parece olvidarnos; cuando somos juzgados por nuestra apariencia, nuestra edad, nuestra historia o alguna limitación. A veces pasa cuando ya no podemos hacer lo que hacíamos antes. Otras veces, cuando todavía no nos han dado ni siquiera la primera oportunidad.
Cambian los equipos y cambian las razones por las que se escoge a unas personas y se deja esperando a otras. Pero el dolor puede ser muy parecido.
El rechazo no siempre deja una marca visible. A veces deja una pregunta: «¿Qué hay de malo en mí?». Y si esa experiencia se repite, podemos terminar creyendo que no tenemos nada que ofrecer, que nuestro momento pasó o que llegamos demasiado tarde.
Una experiencia de rechazo puede terminar definiendo la manera en que nos vemos. Ya no pensamos solamente: «No me escogieron para esto». Comenzamos a pensar: «Yo soy alguien a quien nadie escoge».
Y entonces Jesús cuenta una parábola sobre un grupo de trabajadores que pasó el día entero en una plaza, mirando cómo otros eran elegidos.
Llegaron las nueve de la mañana y nadie los llamó. Llegó el mediodía y todavía seguían allí. Pasaron las tres de la tarde y continuaban esperando. Cada hora que transcurría parecía confirmar que nadie los necesitaba.
Finalmente, cuando el día casi había terminado, alguien regresó a la plaza y les preguntó:
—¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?
Y ellos respondieron:
—Porque nadie nos ha contratado.
Podríamos decirlo de otra manera:
—Porque nadie nos eligió.
Jesús no dice que fueran vagos ni que hubieran llegado tarde. Estaban allí. Estaban disponibles. Habían esperado. Pero nadie los había escogido.
Aquellos hombres eran jornaleros. No tenían un empleo estable. Dependían de que alguien los contratara cada mañana. Si no trabajaban, no cobraban. Y si no cobraban, probablemente esa noche no habría suficiente comida en sus casas.
Por eso, cuando dicen: «Nadie nos ha contratado», están describiendo una realidad social. Vivían dentro de un sistema que podía decidir que algunas personas eran innecesarias.
Esa realidad no nos resulta tan extraña. También nuestra sociedad acostumbra medir el valor de las personas según lo que producen, lo que poseen, la rapidez con la que trabajan o la utilidad que pueden ofrecer. Escoge primero a quienes considera fuertes, eficientes o exitosos. Y después hace sentir culpables a quienes dejó esperando, como si hubieran quedado fuera porque no se esforzaron lo suficiente.
Pero el evangelio nos invita a apartar por un momento la mirada de quienes esperan y mirar a quien sigue regresando a la plaza en busca de personas.
El dueño de la viña sale al amanecer. Vuelve a media mañana. Regresa al mediodía y otra vez a media tarde. Y cuando el día está casi terminado, vuelve una vez más a la plaza.
Ahí está lo extraño de esta historia.
A esa hora ya no parecería tener sentido contratar a nadie. Queda apenas una hora de trabajo. Desde una lógica puramente económica, aquellos hombres no pueden producir lo suficiente para justificar un salario completo.
Sin embargo, el dueño vuelve.
Cuando todos los demás dejaron de buscar trabajadores, él todavía está buscando personas.
Y cuando las encuentra les dice:
—Vayan también ustedes a mi viña.
«También ustedes».
Hay mucho evangelio en esa breve expresión. También ellos son vistos. También ellos pertenecen. También hay lugar para ellos.
La generosidad del dueño no comienza al final, cuando reparte la paga. Comienza cuando se niega a aceptar que algunas personas terminen el día creyendo que nadie las necesitaba.
La generosidad de Dios siempre hace lugar para alguien más.
Pero escuchemos bien la buena noticia. Dios no vuelve a la plaza preguntándose cuánto más puede obtener de quienes otros descartaron. No sale a buscarnos para aprovechar una última hora de nuestra vida.
Dios no nos ama porque todavía podamos demostrar que somos útiles. Nos llama porque, para Dios, nuestra vida no se mide por nuestra utilidad.
Eso habla a quien busca su primera oportunidad en la vida y a quien piensa que las oportunidades ya se han terminado. Habla a quien posee muchas capacidades y a quien depende del cuidado de otras personas. Habla a quienes se sienten seguros de su lugar y a quienes han pasado mucho tiempo preguntándose dónde pertenecen.
Nadie tiene que justificar ante Dios su derecho a existir, a ser amado o a pertenecer.
La llamada puede tomar formas diferentes en cada etapa de la vida. Puede invitarnos a servir, aprender, acompañar, reconciliarnos, escuchar, compartir lo que sabemos o dejarnos cuidar. Pero nuestro valor no depende de lo que podamos hacer. Antes de cualquier tarea está la palabra de gracia:
—Vayan también ustedes.
Pero esta palabra de gracia no viene solamente a consolar nuestras propias heridas. También nos hace volver la mirada hacia la plaza y preguntarnos: ¿por qué había personas esperando durante todo el día? ¿Quiénes siguen siendo dejados para lo último entre nosotros?
Porque la iglesia no puede celebrar a un Dios que hace lugar para todos mientras conserva costumbres, decisiones o maneras de relacionarse que siguen dejando gente afuera.
La gracia no solo nos encuentra cuando quedamos para lo último. También nos transforma para que no dejemos a nadie para lo último.
Pero la historia todavía guarda una sorpresa.
Al terminar la jornada, el dueño ordena que se pague a los trabajadores, comenzando por los últimos. Quienes habían trabajado una sola hora se acercan y reciben un denario.
Un denario era el salario ordinario de un día. No era una fortuna. Era lo necesario para enfrentar las necesidades de aquella jornada y regresar a casa con alimento.
Los últimos reciben el denario completo. No son tratados como trabajadores de segunda categoría. Reciben lo necesario para vivir.
Y allí comienza la protesta de quienes habían trabajado desde temprano:
—Estos últimos trabajaron solamente una hora y los has hecho iguales a nosotros.
El cansancio de los primeros es real. Han soportado el peso del día y el calor. Su reacción nos resulta comprensible. Pero sus palabras revelan que el verdadero conflicto no es solamente cuánto han recibido, sino el hecho de que los últimos hayan sido tratados como sus iguales:
«Los has hecho iguales a nosotros».
Los primeros no recibieron menos de lo acordado. Nadie les quitó su denario para dárselo a los demás. Lo que despierta su protesta es que quienes llegaron al final también regresarán a sus casas con lo necesario para vivir.
La generosidad de Dios nos alegra mientras nos alcanza a nosotros. Se vuelve incómoda cuando alcanza también a quienes consideramos menos merecedores que nosotros.
Eso le sucedió a Jonás. Él sabía que Dios era clemente, misericordioso, paciente y grande en amor. Podía celebrar esa misericordia cuando Dios lo rescató del mar, pero no cuando esa misma misericordia alcanzó a la ciudad de Nínive.
Jonás pronuncia casi las mismas palabras que escuchamos en el salmo:
«El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor».
Pero lo que el salmista proclama como alabanza, Jonás lo convierte en una queja.
En la parábola sucede algo parecido. Los primeros trabajadores estaban conformes con su denario hasta que descubrieron que los demás recibirían lo mismo. Entonces la gratitud se convirtió en murmuración.
Por eso el dueño pregunta:
—¿Tienes envidia porque yo soy bueno?
Esa pregunta llega también hasta nosotros. ¿Podemos alegrarnos cuando Dios hace lugar para alguien más? ¿Podemos aceptar que su gracia no se distribuye según nuestra antigüedad, nuestros sacrificios o las horas que hayamos trabajado?
Desde nuestra fe luterana confesamos que nadie puede presentar delante de Dios sus años de servicio o un registro de asistencia perfecta y reclamar una porción mayor de Cristo. Quien llegó al amanecer y quien llegó al atardecer reciben el mismo perdón, la misma promesa y el mismo amor.
Todos llegamos con historias diferentes, pero todos vivimos bajo el amparo de la misma gracia.
Eso no significa que el trabajo, la fidelidad o el servicio no sean importantes. Significa que no podemos utilizarlos para creer que estamos por encima de los demás.
Servimos, trabajamos y amamos, no para demostrar que merecemos la gracia de Dios, sino porque su gracia ya nos encontró.
Esta parábola no nos dice solamente que nunca es demasiado tarde. Nos dice por qué nunca es demasiado tarde: porque Dios es generoso, porque continúa saliendo a nuestro encuentro y porque no abandona a quienes otros dejaron esperando.
Tal vez algunas personas sienten que llegaron tarde a algo importante. Tal vez miran hacia atrás y lamentan oportunidades perdidas, decisiones equivocadas o caminos que ya no pueden recorrer.
La parábola no niega esas pérdidas. Pero anuncia que lo que queda de nuestra vida no es simplemente el residuo de lo que ya vivimos. También esta hora puede ser habitada por la gracia.
Cuando yo era niño y quedaba para el final, sabía que me escogían porque ya no quedaba nadie más.
Pero el evangelio de hoy anuncia algo diferente.
Dios no nos recibe resignadamente porque no encontró a alguien mejor. Dios vuelve a la plaza porque no quiere que nadie termine el día creyendo que su vida no tenía un lugar.
A quienes dicen: «Nadie nos ha contratado», Dios les responde: «Vayan también ustedes».
Y cuando termina la jornada, coloca en sus manos el denario completo.
La gracia nos encuentra cuando otros nos dejaron para lo último. Y nos transforma para que nosotros no dejemos a nadie para lo último.
Dentro de unos momentos, hagamos de nuestro canto nuestra confesión:
«Alma, bendice al Señor, de tu vida la fuente,
que te creó, y en salud te sostiene clemente».
Dios fue la fuente de nuestra vida cuando comenzaba el día. Continúa siendo nuestra fuente al mediodía. Y seguirá siendo la fuente de nuestra vida cuando comience a caer la tarde.
Podemos recibir su generosidad con gratitud y alegrarnos cuando esa misma generosidad alcanza a otras personas.
Porque en la viña del Señor todavía hay lugar.
También para quienes llegaron tarde.
También para quienes otros dejaron esperando.
También para ti.
Que así sea.

