Rvdo. Jorge Daniel Zijlstra Arduin
Pastor de la Comunidad Fe y Esperanza
Iglesia Presbiteriana (USA) en Levittown, Puerto Rico
En este encuentro de La fe en diálogo con la vida, el pastor Jorge Zijlstra nos invita a desplazar una pregunta frecuente ante el sufrimiento: de «¿qué voy a decir?» a «¿cómo puedo estar?». Desde su experiencia pastoral y el testimonio de Jesús, reflexiona sobre la escucha, el silencio, el consuelo, la esperanza y la comunidad como expresiones de una presencia que acompaña.
Esta reflexión fue compartida durante el encuentro celebrado por Zoom el 17 de septiembre de 2026 en la Iglesia Evangélica Luterana San Marcos.
Hagamos una pregunta.
Cuando sabemos que alguien está gravemente enfermo, cuando entramos a la habitación de un hospital, cuando visitamos una casa donde una persona está acercándose al final de su vida o cuando nos encontramos frente a alguien que acaba de perder a una persona amada, muchas veces nuestra primera preocupación es: ¿Qué le digo?
¿Qué puedo decir en un momento como este? ¿Qué palabras pueden ayudar? ¿Qué texto bíblico puedo compartir? ¿Qué oración puedo hacer?
Detrás de esas preguntas hay algo bueno. Queremos ayudar. Queremos aliviar. Queremos encontrar una palabra que haga un poco más llevadero ese momento. Pero después de muchos años de ministerio pastoral, de muchas visitas a hospitales, de acompañar a personas y familias, y también de haber tenido que atravesar personalmente experiencias de pérdida, he ido aprendiendo que quizá nuestra primera pregunta no debería ser: ¿Qué voy a decir?
Tal vez debería ser otra: ¿Cómo puedo estar?
Porque acompañar comienza mucho antes de nuestras palabras.
No acompañamos enfermedades; acompañamos personas
Cuando visitamos a alguien que está enfermo podemos cometer, sin querer, un primer error: concentrarnos demasiado en la enfermedad. ¿Qué dijeron los médicos? ¿Qué muestran los estudios? ¿Cuál es el tratamiento? ¿Cómo están los valores? ¿Está funcionando el medicamento?
Todas esas preguntas pueden ser importantes. La enfermedad es real y afecta profundamente la vida. Pero nosotros no acompañamos diagnósticos. Acompañamos personas.
Y detrás de cada diagnóstico hay una historia. Hay alguien que ama y es amado. Hay una familia, recuerdos, proyectos que quizá ahora están siendo puestos en duda, temores que posiblemente no se han podido decir y preguntas acerca del futuro. Hay una manera particular de comprender la vida y, muchas veces, también una manera particular de relacionarse con Dios.
Por eso una de las primeras cosas que necesitamos aprender es algo aparentemente muy sencillo: escuchar. Escuchar lo que la persona quiere decir, pero también aquello que todavía no puede decir. Escuchar sus preguntas sin sentir inmediatamente la necesidad de responderlas. Escuchar sus miedos sin intentar corregirlos. Escuchar incluso cuando lo que la persona dice cuestiona algunas de nuestras propias convicciones.
A veces alguien enfermo dice: “Estoy cansado”. “Tengo miedo”. “No entiendo por qué Dios permite esto”. “No quiero seguir sufriendo”. “¿Me voy a morir?”
Y quienes acompañamos podemos sentir una necesidad inmediata de contestar: “No pienses así”. “Ten fe”. “Dios sabe lo que hace”. “Todo va a salir bien”. “Hay que seguir luchando”.
Muchas de esas frases nacen del cariño. Pero una frase dicha con buena intención también puede cerrar una conversación que la persona necesitaba tener.
Quizá cuando alguien dice “tengo miedo”, antes de decirle que no debe tener miedo, podríamos preguntarle: ¿A qué le tienes miedo? Y escuchar.
Quizá cuando alguien pregunta “¿por qué Dios permite esto?”, no necesita una explicación teológica. Quizá necesita que alguien tenga el valor de permanecer junto a esa pregunta.
Hace muchos años, mientras preparaba mi tesis sobre el acompañamiento pastoral a personas enfermas terminales, encontré una reflexión de Harold S. Kushner que me resultó profundamente significativa. En su libro Cuando las cosas malas le pasan a la gente buena, Kushner escribe:
“…las cosas malas que nos suceden en la vida no tienen ningún designio cuando nos ocurren. No acontecen por algún motivo que nos harían aceptarla de buena gana. Pero podemos darles un significado, podemos redimirlas del absurdo imponiéndoles un significado.”
Tal vez nuestra tarea no sea explicar el sufrimiento, sino acompañar a la persona que está intentando vivir en medio de él.
Porque acompañar no consiste en tener respuestas para todo.
Jesús se acercaba
Cuando hace muchos años comencé a estudiar estos temas, volví una y otra vez a los evangelios para observar algo muy sencillo: ¿cómo se acercaba Jesús a las personas que sufrían?
Y encontré algo que fue transformando mi comprensión del ministerio. Jesús se acercaba. Miraba a las personas. Las escuchaba. Caminaba con ellas, compartía la mesa, tocaba cuerpos que otras personas no querían tocar y se detenía frente a quienes los demás pasaban de largo.
Y cuando murió su amigo Lázaro, el Evangelio de Juan nos entrega uno de los textos más breves y, al mismo tiempo, más profundamente humanos de toda la Biblia: “Jesús lloró”.
Jesús sabía hablar. Sabía enseñar. Pero frente al dolor de Marta y María, también supo llorar. Hay dolores frente a los cuales una lágrima compartida puede decir mucho más que un discurso.
Eso me ayudó a comprender algo que ha terminado convirtiéndose en una de las convicciones más profundas de mi ministerio: el acompañamiento no comienza con una explicación ni con un consejo oportuno. Comienza siendo capaces de transmitir a la otra persona: no estás sola, no estás solo. Estoy aquí.
Y esa manera de acompañar de Jesús nos conduce a una palabra que, para mí, resume buena parte de lo que significa este ministerio.
Presencia
Cuando escribí Acompañar hasta el final, aparecieron una y otra vez algunas palabras que considero fundamentales.
Una de ellas es escucha, porque nadie puede acompañar verdaderamente si no aprende a escuchar.
Otra es silencio, porque existen momentos en los que cuidar significa permanecer junto a alguien sin sentir la obligación de llenar cada instante con palabras.
También aparece el consuelo, porque necesitamos aprender a decir palabras que acompañen y no palabras que aumenten el dolor.
Está la esperanza, porque acompañar desde la fe significa reconocer toda la realidad del sufrimiento sin aceptar que el sufrimiento tenga la última palabra.
Y está la comunidad, porque nadie debería enfrentar en soledad la enfermedad, la proximidad de la muerte o el duelo.
Pero si tuviera que reunir todas esas palabras en una sola, escogería una muy sencilla: PRESENCIA.
Esta convicción viene acompañándome desde hace mucho tiempo. Ya cuando escribí aquella tesis, hace casi treinta años, encontré en distintos autores una insistencia semejante.
Paul Sporken, al reflexionar en su libro Vivencia del proceso de fallecimiento, plantea que la asistencia a la persona que se aproxima a la muerte implica especialmente “estar al lado del enfermo o enferma en esta fase final de la vida”. Y señala que esa asistencia debe ser ofrecida con estima y afecto.
Estar al lado. Me parece difícil encontrar una expresión más sencilla para describirlo.
También Elisabeth Kübler-Ross, en su conocido libro Sobre la muerte y los moribundos, después de haber escuchado durante años a personas que estaban enfrentando la proximidad de su propia muerte, escribió:
“Durante estos días o semanas cruciales, mucho depende de la estructura y unidad de cada familia concreta, de su capacidad para comunicarse, y de si disponen de verdaderos amigos.”
Familia. Comunicación. Amistades verdaderas.
Eso nos recuerda que acompañar no es solamente una tarea individual. Puede ser también una manera de ser comunidad: una comunidad que aprende a acercarse, escuchar y permanecer.
Cuando escribí recientemente Acompañar hasta el final, volví a encontrarme con esta misma convicción. Hablando del acompañamiento de las familias escribí una frase muy sencilla:
“Su presencia, más que su perfección, es lo que realmente importa.” — página 48, capítulo 6, La presencia de la familia en el acompañamiento.
Me parece que esto no vale solamente para las familias. También vale para quienes intentamos acompañar pastoralmente.
A veces creemos que necesitamos estar preparados para todo. Tener la respuesta correcta. Saber qué texto bíblico leer. Encontrar la oración adecuada. Saber qué hacer frente al llanto, frente al silencio o frente a una pregunta difícil.
Pero no necesitamos ser acompañantes perfectos.
Necesitamos estar.
Estar cuando hay palabras y cuando no las hay. Cuando la persona quiere hablar y cuando necesita silencio. Cuando sabemos qué hacer y también cuando no sabemos muy bien qué hacer.
En otro lugar de Acompañar hasta el final, hablando de la lectura de la Biblia junto a una persona enferma, decía que, en ocasiones, después de leer un texto, permanecer en silencio puede ser más poderoso que cualquier explicación teológica.
Y entonces escribí:
“La Palabra se hace presente a través de nuestra presencia.” — página 21, capítulo 2, El impacto emocional y espiritual del diagnóstico terminal.
Nuestra presencia no sustituye la presencia de Dios. Pero puede convertirse en un signo sencillo de ella.
Podemos escuchar. Podemos tomar una mano. Podemos compartir una oración. Podemos guardar silencio. Podemos llorar con quien llora. Podemos simplemente sentarnos al lado de una cama.
No parece mucho. Pero puede ser muchísimo.
En el capítulo de Acompañar hasta el final dedicado al silencio pastoral lo digo de una manera todavía más sencilla:
“Estoy aquí contigo, aunque no haya nada que decir.” — página 34, capítulo 4, El valor del silencio en el acompañamiento.
Tal vez esto sea algo que necesitamos recuperar con mucha fuerza en nuestras comunidades de fe. Acompañar no significa necesariamente llegar con algo que hacer, con una respuesta preparada o con la capacidad de resolver aquello que la otra persona está viviendo.
A veces acompañar significa sencillamente estar.
Y en esto volvemos otra vez a Jesús. Porque cuando miramos los evangelios descubrimos que Jesús no respondió al sufrimiento desde la distancia. Se acercó. Miró. Escuchó. Tocó. Compartió la mesa. Lloró. Permaneció.
Cuando una comunidad aprende a hacer lo mismo, está haciendo visible algo de ese modo de relacionarse con las personas que descubrimos en Jesús.
Y esto es precisamente lo que me gustaría que pudiéramos profundizar cuando volvamos a encontrarnos en los talleres. Tendremos tiempo para hablar de la enfermedad, de los procesos relacionados con el final de la vida, del duelo, de la escucha, de nuestras palabras y silencios, de nuestros límites y de las maneras concretas en que una comunidad puede organizarse para cuidar.
Pero quizás, antes de aprender todas esas cosas, necesitamos recordar esta noche algo mucho más sencillo.
Cuando alguien sufre, nuestra primera pregunta no tiene que ser necesariamente:
¿Qué voy a decir?
Tal vez podamos comenzar preguntándonos:
¿Cómo puedo estar?
Porque acompañar, finalmente, es decirle a otra persona —muchas veces sin necesidad de pronunciar una sola palabra—:
Estoy aquí. No tienes que atravesar esto en soledad.
Y a veces, cuando las palabras sobran y las respuestas ya no alcanzan, lo más importante es no irse.

