¿Hay lugar para mí?

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Un texto sobre San Lucas 4:14-21
Versión reconstruida a partir de las notas del sermón predicado el 26 de enero de 2025

Hay experiencias que, aunque cambien de forma, tocan una herida muy parecida.

Una persona solicita empleo en varios lugares. Se prepara, va a varias entrevistas, espera una llamada y, una vez más, recibe una respuesta negativa. Alguien se atreve a decirle a otra persona lo que siente y descubre que esa persona no siente lo mismo. Una amistad se enfría sin explicación. Llega el día de una actividad y nos enteramos de que casi todo el grupo fue invitado, menos nosotros.

También existe el rechazo dentro de las familias, cuando una decisión, una creencia, una orientación sexual, una identidad de género o una manera de vivir hace que alguien sienta que ya no tiene un lugar en su propia casa. Puede suceder en la escuela, mediante el acoso escolar o bullying y las burlas. Puede ocurrir en el trabajo, cuando una persona es ignorada, menospreciada o excluida. Puede expresarse en la discriminación por nuestro origen, nuestro acento, el color de nuestra piel, la edad, el cuerpo o alguna discapacidad.

Y, dolorosamente, el rechazo también se puede vivir dentro de una comunidad religiosa. Hay personas que llegaron a una iglesia buscando a Dios y terminaron escuchando que no había lugar para ellas.

Cambian las circunstancias, pero el mensaje que recibimos puede sentirse igual:

—No te queremos aquí.

El rechazo tiene profundos efectos emocionales. Algunos estudios han observado que la exclusión social activa áreas del cerebro relacionadas con el componente emocional del dolor físico. Por eso, cuando alguien dice: «Esto me dolió», no es solo una manera de hablar. El cuerpo puede sentir el rechazo como una herida.

Esa herida puede afectar la autoestima, producir ansiedad, tristeza, rabia o frustración. Puede llevarnos a aislarnos o a desconfiar de relaciones futuras. Cuando el rechazo se repite, a veces no queda solamente el recuerdo de lo sucedido. Queda también una pregunta:

—¿Qué hay de malo conmigo?

Quizás uno de sus efectos más profundos aparece cuando dejamos de pensar: «Me rechazaron en esta ocasión», y comenzamos a creer: «Nadie me puede amar, escoger o aceptar».

Es precisamente en medio de esa herida donde hoy escuchamos el evangelio.

Jesús regresa a Galilea «en el poder del Espíritu». Llega a Nazaret, el pueblo donde se había criado. Entra en la sinagoga, como acostumbraba hacerlo, recibe el libro del profeta Isaías y lee unas palabras que definirán su ministerio:

Buenas noticias para las personas pobres. Libertad para quienes viven en cautiverio. Vista para quienes no pueden ver. Liberación para quienes han sido oprimidos. El año de la gracia del Señor.

Después enrolla el libro, lo devuelve y se sienta. Todas las miradas están puestas sobre él. Entonces pronuncia una sola frase:

—Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes.

Jesús no presenta un programa para un futuro lejano. Dice: «Hoy». La gracia de Dios quiere hacerse presente hoy. La libertad de Dios quiere tocar vidas concretas hoy. Quienes viven en pobreza, cautiverio, dolor o exclusión no tienen que esperar a que el mundo se vuelva más compasivo para comenzar a escuchar buenas noticias.

El pasaje asignado para aquel domingo termina allí, antes de que conozcamos la reacción completa de quienes escuchaban. Pero el relato continúa. Al principio se maravillan de sus palabras. Luego Jesús usa las propias Escrituras de Israel para recordarles que la misericordia de Dios nunca ha quedado encerrada dentro de una sola comunidad. Menciona a la viuda de Sarepta, una mujer extranjera, y a Naamán, un sirio.

Entonces la admiración se convierte en ira. Sus propios vecinos lo expulsan del pueblo e intentan arrojarlo por un precipicio.

El relato parece mostrarnos que el problema no era que Jesús hablara de la gracia. El problema era que hablaba de una gracia demasiado amplia, una gracia que cruzaba fronteras y alcanzaba también a quienes ellos consideraban ajenos.

La gracia nos parece hermosa mientras pensamos que nos pertenece. Puede volverse incómoda cuando descubrimos que también alcanza a las personas que hemos aprendido a mirar con sospecha, desprecio o temor.

Jesús fue rechazado en el lugar donde se había criado. Y fue rechazado no porque hubiera abandonado la misión de Dios, sino precisamente porque se mantuvo fiel a ella.

Algo semejante había ocurrido unos días antes de este sermón.

El martes 21 de enero de 2025, durante el Servicio de Oración por la Nación celebrado en la Catedral Nacional de Washington, la obispa episcopal Mariann Edgar Budde se dirigió respetuosamente al presidente Donald Trump y le hizo una petición muy sencilla:

—En el nombre de nuestro Dios, le pido que tenga misericordia.

Pidió misericordia para las personas que tenían miedo. Nombró a niñas, niños y jóvenes LGBTQ+ que temían por sus vidas. Habló de las personas inmigrantes que trabajan en el campo, limpian edificios, laboran de noche en los hospitales y sirven en nuestros restaurantes. Pidió compasión para los niños y las niñas que temían que sus padres fueran separados de ellos.

No hubo insultos ni amenazas en sus palabras. Fue, sencillamente, una súplica de misericordia.

Sin embargo, recibió rechazo, insultos y amenazas. Se le exigió que se disculpara. Ella respondió que no se disculparía por pedir misericordia para otras personas.

La misericordia parece una palabra inofensiva mientras permanece en abstracto. Pero cuando la misericordia adquiere nombres, rostros e historias; cuando pide protección para quienes se han convertido en blanco del desprecio; cuando se atreve a hablar delante del poder, puede provocar rechazo.

Esto nos recuerda que la misión de Jesús es también nuestra misión.

La iglesia no recibió el Espíritu Santo para protegerse a sí misma ni para evitar toda incomodidad. Recibimos el Espíritu para anunciar buenas noticias, acompañar a quienes están heridos, defender la dignidad de quienes son despreciados y abrir caminos de libertad.

Muchas veces cantamos o repetimos aquella oración:

—Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio, lleve yo tu amor.

Pero esas palabras no expresan solamente un sentimiento hermoso. Si pedimos llevar amor donde hay odio, tendremos que acercarnos a las personas que sufren ese odio. Tendremos que ponernos a su lado. Y, algunas veces, también tendremos que correr el riesgo de ser rechazados por hacerlo.

Después de sufrir rechazo, la tentación puede ser callar. Podemos comenzar a calcular cada palabra, evitar cualquier asunto difícil y reducir la fe a aquello que no incomoda a nadie. De esa manera tratamos de protegernos, pero también podemos caer en la tibieza.

La tibieza espiritual no consiste en hablar con serenidad. Jesús habló con firmeza y también con amor. La tibieza aparece cuando sabemos que alguien está sufriendo y escogemos la comodidad de no involucrarnos; cuando confundimos la paz con el silencio o la unidad con la ausencia de toda diferencia; cuando preferimos ser aceptados antes que ser fieles al amor de Cristo.

Por eso necesitamos resiliencia espiritual.

La resiliencia espiritual no significa fingir que el rechazo no duele. Tampoco significa permanecer en un lugar donde somos humillados o maltratados. La buena noticia de Jesús anuncia libertad para quienes viven bajo opresión. La fe nunca debe usarse para obligar a una persona a soportar el abuso.

La resiliencia espiritual consiste en no permitir que el rechazo ajeno decida quiénes somos delante de Dios. Consiste en llorar lo que haya que llorar, dejarnos acompañar y volver a escuchar la voz que ninguna carta de rechazo, ninguna ruptura, ninguna burla y ninguna exclusión puede borrar:

—Tú eres mi hijo amado. Tú eres mi hija amada. En ti me complazco.

Antes de que Jesús predicara en Nazaret, esa palabra había sido pronunciada sobre él en su bautismo. Su identidad no dependía de los aplausos de la gente. Por eso, cuando sus vecinos lo expulsaron, el rechazo no tuvo la última palabra. Lucas nos dice que Jesús pasó por en medio de ellos y continuó su camino.

No dejó de anunciar buenas noticias. No dejó de acercarse a las personas excluidas. No permitió que la violencia de los demás transformara su misión en odio.

El Espíritu que estaba sobre Jesús antes del rechazo siguió sosteniéndolo después del rechazo.

Ese mismo Espíritu nos reúne como iglesia.

En un mundo donde el desprecio se convierte con facilidad en entretenimiento, discurso político y hasta lenguaje religioso, nuestra comunidad de San Marcos está llamada a ser una comunidad del Espíritu Santo. Eso significa que no basta con decir que somos una iglesia inclusiva.

La inclusión dice:

—Eres bienvenido aquí tal como eres.

Eso es importante. Hay muchas personas que nunca han escuchado esas palabras dentro de una iglesia.

Pero la afirmación va un paso más allá. La afirmación dice:

—No solo eres bienvenido aquí. Celebramos quién eres, defendemos tu dignidad y trabajamos para que este espacio sea realmente tu hogar.

Una comunidad puede abrir la puerta y, aun así, esperar que quienes entren oculten una parte de su historia, guarden silencio frente a una injusticia o se acomoden siempre a las costumbres de la mayoría. Una comunidad afirmativa permite que cada persona participe plenamente y que su presencia transforme nuestra manera de convivir, nuestro lenguaje, nuestras decisiones y nuestra misión.

Eso requiere que también examinemos nuestras propias actitudes. No solo debemos preguntarnos cuándo hemos sido rechazados. Tenemos que preguntarnos si, consciente o inconscientemente, alguna persona se ha sentido rechazada por nosotros. Si alguien tuvo que esconder quién era para permanecer a nuestro lado. Si alguna broma, silencio, prejuicio o costumbre comunicó: «Aquí no hay lugar para ti».

La gracia de Dios nos recibe, pero también nos transforma. Nos libera tanto de la herida de haber sido rechazados como de la necesidad de construir nuestra seguridad rechazando a otras personas.

Ser comunidad del Espíritu significa que una niña que sufre acoso escolar encuentre aquí personas que la escuchen y la protejan. Que un joven que teme decir quién es encuentre aquí una familia de fe. Que la persona inmigrante no sea tratada como una amenaza. Que quien perdió su empleo no crea que perdió también su valor. Que una persona con discapacidad sea reconocida en toda su dignidad. Que quien trae dudas, una historia difícil o heridas causadas por otra iglesia pueda acercarse sin miedo.

No podemos prometer que nadie volverá a experimentar rechazo. Pero sí podemos comprometernos a que ninguna persona tenga que atravesarlo en soledad. Podemos escuchar, creer, acompañar, defender y, cuando hayamos causado daño, reconocerlo, pedir perdón y repararlo.

Dentro de unos momentos nos acercaremos a la mesa del Señor. Allí Cristo no nos tolera desde lejos. Nos recibe, nos alimenta y nos da un lugar. Nadie llega porque haya demostrado que merece estar. Llegamos porque la gracia de Dios ha preparado sitio para nosotros.

Cada vez que una persona herida por el rechazo entra en esta comunidad, tenemos una decisión. Podemos repetir las voces que le dijeron: «No hay lugar para ti». O podemos encarnar la palabra de Jesús:

—Hoy hay buenas noticias. Hoy hay libertad. Hoy comienza el tiempo de la gracia de Dios.

El rechazo de Nazaret no detuvo la misión de Jesús. Tampoco tiene que detener la nuestra.

Que el Espíritu nos libre de la tibieza. Que nos dé ternura para acompañar el dolor, valentía para hablar cuando la dignidad humana es atacada y humildad para reconocer las veces en que nosotros mismos hemos excluido.

Y que San Marcos pueda decir cada día, con sus palabras y con toda su vida:

—Eres bienvenido aquí tal como eres. Celebramos quién eres. Defenderemos tu dignidad. Queremos que este sea también tu hogar.

Porque la misión de Jesús continúa.

Y el rechazo no tiene la última palabra.

Que así sea.


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