Después de la ordenación

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Ayer, luego de presenciar y participar en la ordenación de mi amiga, la Rvda. Verónica Ramos, me quedé pensando en el proceso que conduce hasta ese momento y en la vida ministerial que comienza después.

El camino hacia la ordenación es largo y está lleno de retos personales, familiares, intelectuales, laborales y, sobre todo, institucionales. Quien asume seriamente la vocación pastoral necesita desarrollar habilidades de comunicación, administración, acompañamiento y discernimiento. Necesita aprender a escuchar, cultivar la empatía, abordar conflictos y reconocer sus propios límites. También necesita cuidar su salud física y emocional para sostener el ministerio.

Quizá no mucha gente sepa que, en la tradición luterana a la que pertenezco, antes de la ordenación se nos exige tener un título universitario y completar una maestría en el seminario. Además, debemos pasar por entrevistas y evaluaciones, realizar trabajo de campo, completar al menos un año de internado, someternos a verificaciones de antecedentes y pasar una batería de evaluaciones psicológicas. Esa preparación responde a la responsabilidad de acompañar vidas, enseñar la fe y servir a una comunidad que se nos confía.

Por eso, no me incomoda reconocer la dimensión profesional del ministerio pastoral. La formación nos ofrece herramientas para responder con mayor criterio a las demandas de nuestras comunidades. También nos exige seguir aprendiendo, rendir cuentas y reconocer cuándo una situación requiere la intervención de otros profesionales, particularmente en los campos de la conducta y la salud mental.

A veces, el lenguaje de la vocación se utiliza para justificar exigencias desmedidas, como la disponibilidad permanente y las responsabilidades cada vez mayores, mientras se presta poca atención a las condiciones en que se ejerce el ministerio. El salario justo forma parte de esta conversación, junto con el descanso, la formación continua, el acompañamiento y el respeto por la vida personal y familiar.

Cargo en la mochila de mi vida la experiencia de haber sido enfermero de cuidado directo de pacientes. Conozco bien ese discurso según el cual, como tenemos «vocación» y hacemos un bien a la humanidad, deberíamos conformarnos con la satisfacción de servir. Pero quienes cuidamos también necesitamos recibir cuidado. Nuestra entrega puede ser profunda y sincera, y aun así necesitamos condiciones dignas para ejercerla.

Es cierto que en el centro de nuestra labor ministerial está el seguimiento de Jesús. De ese seguimiento nacen el servicio, la compasión y la disposición a acompañar a otros y otras. Allí también aprendemos a reconocer nuestra humanidad. Somos personas finitas, necesitamos descanso y apoyo, y no podemos responder a todo ni hacerlo todo solos o solas.

La ordenación nos confía una responsabilidad que se vive en comunidad. Pastores y pastoras tenemos el deber de prepararnos, cuidar nuestra práctica y ejercer el ministerio con integridad. La Iglesia tiene también la responsabilidad de acompañar y sostener a quienes llama a servir.

Celebrar una ordenación es alegrarnos por el «sí» de una persona a su vocación. Es también renovar nuestro compromiso de caminar con ella, para que ese «sí» pueda sostenerse con alegría, dignidad y esperanza a lo largo de los años.


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