Vivimos en tensión
Capítulo 8 · Luteranismo en 10 frases
Vivir la fe cristiana en el siglo XXI implica habitar tensiones. No se trata de una anomalía ni de una crisis pasajera, sino de una condición propia de nuestro tiempo. Cambios culturales acelerados, nuevas preguntas éticas, heridas históricas no resueltas y experiencias de sufrimiento colectivo interpelan constantemente a la fe y a la iglesia. En ese contexto, confesar la fe no significa atrincherarse en certezas, sino asumir con honestidad esas tensiones.
Aquí la atención se desplaza hacia la experiencia misma de la fe cuando nuestras certezas son interpeladas y necesitamos volver a discernir qué significa confesar la fe cristiana hoy.
El luteranismo nació, precisamente, en un tiempo de profundas tensiones. No como un intento de simplificarlas, sino como una manera de afrontarlas desde la gracia. Por eso, la tradición luterana no entiende la confesión de fe como una repetición mecánica de fórmulas, sino como un acto vivo, situado y responsable. Confesamos la fe en un tiempo y en un lugar concretos, atravesados por preguntas reales y desafíos específicos.
Ser una iglesia confesante hoy no implica negar las preguntas del presente ni refugiarnos en respuestas del pasado. Implica, más bien, dejarnos interpelar por la realidad a la luz del evangelio. Las confesiones de fe no son un muro que nos protege del mundo, sino una palabra que se pronuncia en medio de él, con responsabilidad, humildad y esperanza. Esa palabra nos orienta en el camino, pero no nos exime de caminar.
No se trata de relativizar todo ni de vivir sin referencias. Significa reconocer que la fidelidad al evangelio requiere discernimiento constante en contextos históricos concretos. La Reforma misma nació en medio de tensiones que no eran solo religiosas, sino también económicas, sociales, políticas y filosóficas. La fe fue interpelada por la realidad de su tiempo, y respondió desde la gracia.
Hoy, la confesión cristiana vuelve a verse interpelada por procesos que atraviesan profundamente la vida social y política: la corrupción, el debilitamiento de las democracias, el resurgimiento de formas autoritarias y de extrema derecha, el nacionalismo cristiano y la lógica de la posverdad. A ello se suman los desafíos de la tecnología, la fragilidad de los vínculos humanos, el impacto del calentamiento global y las múltiples violencias que atraviesan cuerpos e identidades —racismo, crímenes de odio, homofobia, transfobia y aporofobia—, y que hoy amenazan la vida humana y el equilibrio de nuestro ecosistema.
Estas realidades no pueden ser abordadas con respuestas rápidas ni con fórmulas heredadas sin mediación crítica. Exigen discernimiento, escucha, diálogo y una fe capaz de hacerse cargo de la complejidad del presente. También nos obligan a preguntarnos por la relevancia —o irrelevancia— de la iglesia frente a los dolores, temores y urgencias de nuestro tiempo.
Vivir en tensión no significa refugiarse en la neutralidad ni renunciar a expresar una palabra en el espacio público. La fe cristiana no puede desentenderse del sufrimiento ni esconderse detrás de una prudencia que termina siendo silencio. Discernir no es abstenerse, sino buscar cómo confesar la fe de manera responsable, sin absolutizar nuestras propias posiciones y sin abandonar la defensa de la vida.
En la tradición luterana, esta tarea no se delega exclusivamente a pastores ni queda en manos de una sola voz. Como hemos afirmado a lo largo de este texto, la teología se discierne en la vida de las comunidades. Es allí donde, al acompañar vidas concretas, se descubre qué está en juego cuando se confiesa la fe. Allí donde la fe se encuentra con la fragilidad humana, con el dolor real y con la esperanza concreta, la teología deja de ser abstracta y se vuelve encarnada.
Una fe que se deja interpelar no es una fe débil. Es una fe valiente. Valiente para reconocer errores, para revisar prácticas dañinas, para pedir perdón cuando ha sido necesario y para cambiar de rumbo cuando la vida lo exige. Esta valentía no nace de la autosuficiencia, sino de la confianza en la gracia de Dios, que nos sostiene incluso cuando nuestras seguridades tambalean.
Este camino también nos libra de dos tentaciones frecuentes. Por un lado, la de una fe rígida que confunde fidelidad con rigidez y no tolera preguntas. Por otro, la de un cinismo religioso que renuncia a la búsqueda de sentido y se conforma con una fe sin compromiso. Entre ambos extremos, el luteranismo propone una fe que discierne, que dialoga y que permanece abierta a la transformación.
Confesar la fe en tiempos de tensión es, en definitiva, un acto comunitario de esperanza. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque confiamos en un Dios que sigue acompañando la historia humana, que no se retira ante la complejidad y que se hace presente en medio de ella. Un Dios que no exige perfección, sino honestidad, cuidado y compromiso con la vida.
Preguntas para conversar
- ¿Qué tensiones del presente interpelan hoy mi manera de vivir la fe?
- ¿Qué significa confesar la fe sin cerrar las preguntas ni renunciar a la búsqueda?
- ¿Cómo puede la comunidad ayudarnos a discernir con mayor honestidad y cuidado en medio de esas tensiones?
- ¿Qué prácticas concretas pueden sostener una fe viva en tiempos de incertidumbre?
