Predicación del 15º Domingo después de Pentecostés
6 de septiembre de 2026
San Mateo 18:15–20
Hay silencios que se parecen a la paz, pero no producen paz.
Una familia puede sentarse alrededor de una mesa, conversar sobre muchas cosas y evitar cuidadosamente aquellas situaciones que todos saben que han sucedido o están sucediendo, y que molestan, duelen o hacen daño. Una iglesia puede cantar, darse un gesto de paz y compartir la comunión mientras, debajo de esa aparente tranquilidad, permanecen heridas, distancias y palabras que nadie se atreve a pronunciar.
A veces callamos porque no sabemos cómo hablar. Otras veces, porque tenemos miedo de perder una relación. A veces callamos porque no queremos herir a otra persona. Pero también hay ocasiones en que nuestro silencio termina protegiendo a quien está haciendo daño.
No todo silencio es paz. Y no toda conversación produce reconciliación.
El evangelio que hemos escuchado hoy forma parte de una conversación más amplia. El capítulo 18 de Mateo comienza cuando los discípulos le hacen a Jesús una pregunta sobre el poder: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?».
Es posible que esperaran que Jesús mencionara a Pedro. Tal vez querían saber qué posición ocuparía cada uno en el futuro reino de Dios o qué cualidades esperaba Jesús de un gran líder. Pero Jesús hizo algo maravilloso y escandaloso.
Llamó a un niño y lo puso en medio.
En aquel mundo de hace dos mil años, un niño no representaba principalmente inocencia, ternura o pureza, como solemos imaginarlo hoy. Un niño tenía poca importancia social. Era dependiente y vulnerable.
Jesús respondió a una pregunta sobre el poder y la grandeza colocando en el centro a quien nadie hubiera puesto ahí. Y con el niño en medio de la escena se puso a enseñar: «No hagan tropezar a estos pequeños. No desprecien a ninguno de ellos. Quien recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí. No es voluntad del Padre que se pierda ni uno solo».
Solamente después de decir todo esto Jesús habló acerca de qué hacer cuando un hermano o una hermana hace daño. Esto significa que no podemos escuchar sus palabras olvidándonos del pequeño que todavía está en medio.
El propósito de la comunidad cristiana no es proteger la apariencia de tranquilidad, la reputación de sus dirigentes, la comodidad de la mayoría o el prestigio de la institución. Su primera responsabilidad es cuidar a quienes pueden ser heridos, ignorados o maltratados.
Y hay algo más en este capítulo, algo hermoso que fácilmente puede pasarnos inadvertido. Al comienzo, Jesús coloca a un niño «en medio de ellos». Al final, promete: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Primero, el pequeño está en medio. Después, Jesús está en medio.
Quizá Mateo quiere ayudarnos a comprender que no podemos separar una presencia de la otra. Cristo se hace presente en una comunidad que coloca en el centro a quienes otros dejan de lado. Está en medio de una comunidad que escucha, protege, busca la verdad y utiliza su autoridad para cuidar la vida.
La expresión «donde dos o tres están reunidos en mi nombre» se utiliza muchas veces para consolarnos cuando pocas personas llegan a una actividad de la iglesia. Decimos: «Aunque seamos pocos, donde hay dos o tres, allí está el Señor». Y eso puede consolarnos. Pero, en este pasaje, Jesús está hablando de algo todavía más profundo.
Los dos o tres son quienes se reúnen para escuchar lo sucedido, discernir, orar y buscar una respuesta cuando alguien ha sido herido. Jesús promete acompañar a una comunidad que tiene que tomar decisiones difíciles. Su presencia no depende de que allí se encuentre la persona más importante, quien ocupe el cargo más alto o una gran multitud. Basta una pequeña comunidad reunida en su nombre.
Hay aquí una profunda horizontalidad. La autoridad no descansa exclusivamente sobre una persona. De hecho, cuando Jesús habló anteriormente sobre atar y desatar, se dirigió a Pedro en singular. Pero ahora se dirige a la comunidad en plural: «Lo que ustedes aten en la tierra… Lo que ustedes desaten en la tierra…».
La responsabilidad de discernir pertenece a la comunidad.
Esto no significa que no haya liderazgos ni responsabilidades diferentes. Significa que ninguna persona controla por sí sola la presencia de Cristo. La autoridad cristiana no nace del rango, del título, del tamaño de la congregación ni del poder institucional. Nace de reunirse en el nombre de Jesús: bajo su manera de tratar a las personas, su cuidado de los pequeños y su deseo de buscar a quien se ha perdido.
Solo desde aquí podemos escuchar correctamente sus palabras: «Si tu hermano peca, ve y habla con él a solas». Tenemos que escucharlas con la imagen del pequeño todavía en medio.
Jesús no idealiza a la comunidad. Sabe que incluso entre quienes se llaman hermanos y hermanas habrá heridas, equivocaciones, pecados y relaciones rotas. Esto puede resultar extrañamente consolador.
A veces pensamos que reconocer un conflicto significa admitir que la familia, el matrimonio o la iglesia han fracasado. Por eso escondemos lo que está pasando y procuramos mantener una apariencia de armonía. Pero Jesús no construye la comunidad sobre la negación de los conflictos. La construye sobre la posibilidad de decir la verdad dentro de la gracia.
El primer paso que propone es acercarse y hablar directamente con la otra persona. En los conflictos ordinarios, esto significa no murmurar, no formar bandos, no contarles a todos lo sucedido excepto a la persona con quien necesitamos hablar. Significa proteger su dignidad y buscar una conversación honesta.
No siempre resulta fácil. Es más sencillo hablar de alguien que hablar con alguien. Es más fácil encontrar personas que confirmen nuestra versión que acercarnos con la disposición de hablar y también de escuchar.
Jesús, sin embargo, no presenta el resultado como una victoria sobre la otra persona. Lo describe de una manera mucho más hermosa: «Si te escucha, has ganado a tu hermano».
La alegría no está en haber ganado la discusión ni en demostrar quién tenía razón. Está en que la verdad pueda ser escuchada, el daño reconocido y que la relación comience, quizá, a restaurarse.
Pero Jesús también reconoce que la persona puede negarse a escuchar. Entonces el círculo se amplía. Primero hay una conversación. Después se incorporan una o dos personas más. Finalmente, interviene la comunidad.
Este círculo no se amplía para humillar públicamente al ofensor ni para reunir más gente que lo presione. Se amplía porque el daño que alguien hace nunca es solamente un asunto privado. Termina afectando a toda la comunidad. Por eso, la responsabilidad de buscar la verdad y proteger la vida tampoco puede recaer sobre una sola persona.
Y aquí necesitamos hacer una distinción muy importante: no todos los conflictos son iguales.
Hay desacuerdos entre personas que pueden encontrarse y hablar en condiciones más o menos semejantes. Pero también hay situaciones de maltrato, violencia, manipulación, abuso sexual, abuso espiritual o machismo en las que alguien utiliza su poder para someter y controlar a otra persona.
Eso no es simplemente un problema de comunicación. Tampoco se resuelve sentando a ambas partes para que cada una reconozca su responsabilidad.
Jesús no está obligando a una persona maltratada a sentarse a solas con quien la agrede. No le pide a una víctima que vuelva a ponerse en peligro ni trata el abuso como un desacuerdo entre dos personas igualmente responsables.
Cuando hay violencia o abuso, la primera responsabilidad de la comunidad no es preservar la relación. Es proteger a quien está siendo herido o herida.
Necesitamos decirlo con mucha claridad.
Quiero compartir con ustedes una experiencia difícil que todavía recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Yo era adolescente y vivía con mi familia en Argentina. Teníamos una relación cercana con otra familia pastoral. Era un matrimonio que había llegado de otro país, con varios niños pequeños y pocas personas cercanas en quienes apoyarse.
El esposo era un pastor joven y muy inteligente. Era profesor de seminario y tenía el respeto de muchas personas. Conocía profundamente las lenguas bíblicas: podía leer, escribir y hablar hebreo con fluidez. Yo había estado en su casa y ellos conocían la nuestra. Hasta entonces, todo parecía completamente normal.
Hasta una tarde en que su esposa llegó desesperada a nuestra casa.
Estaba cubierta de sangre.
Su esposo, el pastor, le había dado una paliza tan violenta que ella había tenido que salir corriendo para salvar su vida.
Yo era apenas un adolescente. Todavía no tenía las palabras ni las herramientas para comprender todo lo que estaba viendo. Pero aquella imagen se quedó grabada en mi memoria.
Con el paso de los años fui comprendiendo lo que aquella tarde me había mostrado. El conocimiento bíblico, la inteligencia y el prestigio religioso no hacen automáticamente confiable a una persona. Alguien puede utilizar sus manos para sostener la Biblia y, al mismo tiempo, utilizarlas para destruir la vida de otra persona.
También comprendí que el título de pastor no coloca a nadie por encima de la verdad, la justicia o la responsabilidad por sus actos.
Pero en mi memoria permanece algo más que la violencia. En medio de su terror, aquella mujer sabía que había una casa a la que podía llegar. Había para ella un lugar seguro, donde no la iban a rechazar. Sabía que no le cerrarían la puerta en la cara ni la enviarían inmediatamente de regreso con quien acababa de agredirla.
Quizá aquella tarde la Iglesia se hizo presente en una casa común. No porque hubiera allí un altar, un púlpito o una gran reunión, sino porque una mujer herida encontró una puerta abierta y personas dispuestas a recibirla.
Esa tarde, uno de los pequeños de quienes habla Jesús tenía el rostro de una mujer adulta. No porque ella fuera una niña, sino porque el poder y la violencia la habían empujado a un lugar de profunda vulnerabilidad.
Y los «dos o tres» reunidos en el nombre de Jesús fueron quienes se negaron a dejarla sola.
¿Qué habría ocurrido si la primera respuesta hubiera sido pedirle que regresara a hablar a solas con su esposo, que no hiciera nada que pudiera perjudicar su ministerio o que pensara primero en la familia, en la iglesia y en la reputación de quien acababa de golpearla?
Esas palabras no habrían producido reconciliación. La habrían devuelto al peligro.
Si alguien alguna vez te dijo que debías callar para no destruir a tu familia, que debías volver porque ya habías perdonado, que no debías denunciar para no perjudicar el ministerio de otra persona, o que poner distancia era falta de amor, necesitas escuchar esto:
Dios no te pide que regreses al lugar donde corres peligro.
El perdón no es el peaje que tienes que pagar para recibir el acompañamiento de la Iglesia.
En esta comunidad no deberías tener que demostrar que perdonaste para que escuchemos tu dolor. Poner límites no es falta de fe, y proteger tu vida no debe confundirse con guardar rencor. Nadie debería tener que atravesar una historia como esa en soledad.
Cuando existe abuso, la responsabilidad no puede continuar descansando sobre los hombros de la persona herida. No le corresponde exponerse nuevamente para confrontar a quien la agrede. Es la comunidad la que tiene que acercarse, escuchar, acompañar, establecer límites y actuar responsablemente.
Cuando una persona no puede hablar sola, la Iglesia está llamada a prestarle su voz.
Eso es parte de lo que significa ser centinela en la lectura de Ezequiel. Dios le dice al profeta que no puede ver el peligro y permanecer callado. Tiene que advertir, hablar y asumir responsabilidad por la vida de su pueblo.
Pero Dios también revela el propósito de esa palabra: «No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva».
Dios no habla para aplastar a las personas. Habla porque todavía busca la vida.
La responsabilidad cristiana de decir la verdad nace de esa voluntad de Dios. No procura destruir a quien ha pecado, pero tampoco puede resignarse a que continúe por un camino que destruye a otros y termina destruyéndolo también a él.
La palabra de Dios no declara que la persona ya no tiene remedio. La detiene en su camino y la llama a escuchar la verdad, asumir responsabilidad, dejar de hacer daño y aprender otra manera de vivir.
La gracia no consiste en librarnos de las consecuencias. Consiste en que, aun cuando la verdad nos confronta, Dios todavía abre ante nosotros una posibilidad de conversión y de vida.
El amor busca la reconciliación, pero no encubre el daño. Por eso Pablo dice en Romanos: «El amor no hace mal al prójimo».
El amor cristiano no consiste solamente en ser amables o evitar toda incomodidad. Algunas veces necesita acercarse y comenzar una conversación; otras, acompañar pacientemente un proceso. Pero también puede exigir distancia, establecer un límite o decirle a alguien: «Mientras continúes comportándote de esta manera, no puedes seguir ocupando este lugar».
San Pablo tuvo que decir algo semejante a la comunidad de Corinto. Había una situación grave que estaba haciendo daño, y la comunidad continuaba como si nada sucediera. Pablo confrontó a toda la comunidad por tolerar lo que no debía tolerar.
Hay comportamientos cuya continuidad es incompatible con la comunión cristiana.
Amar a una persona no significa concederle acceso permanente a quien ha herido, devolverle inmediatamente la confianza, restituirla automáticamente a una posición de liderazgo o eliminar las consecuencias de sus actos.
La reconciliación es una esperanza del Evangelio, pero nunca puede ser una obligación impuesta por el victimario o por la comunidad.
El perdón puede ser un proceso personal, largo y difícil. Puede llegar a liberar a la víctima del peso de vivir atada para siempre a quien le hizo daño. Pero perdonar no significa olvidar, regresar, volver a confiar ni renunciar a la justicia.
La reconciliación necesita algo más: verdad, arrepentimiento, responsabilidad, reparación y condiciones de seguridad.
Y eso no siempre será posible. Tenemos que ser capaces de reconocerlo sin sentir que estamos traicionando el Evangelio.
Nuestro lema para este domingo dice: «El amor de Cristo abre caminos de reconciliación».
La frase habla de abrir caminos, no de imponer resultados. El amor puede ofrecer una posibilidad de encuentro, pero no puede fabricar el arrepentimiento ni obligar a otra persona a recorrer el camino. Hay momentos en los que también debe reconocer que la distancia continúa siendo necesaria para proteger la vida.
El amor de Cristo abre caminos de reconciliación porque primero le cierra el paso al daño.
Y cuando esos caminos parecen difíciles, inciertos o incompletos, Jesús hace una promesa:
«Aquí estoy yo en medio de ustedes».
Cristo no espera al final, cuando todo haya sido resuelto. Está en medio de la conversación difícil y junto a quien siente que le tiembla el corazón antes de contar lo que ha vivido.
Está presente cuando una comunidad decide escuchar y proteger, cuando alguien finalmente reconoce el daño que causó y cuando comienzan a aparecer pequeños gestos de reconciliación. Y también permanece cuando, para proteger la vida, es necesario tomar distancia.
La presencia de Cristo no es el premio que recibimos después de resolver correctamente nuestros conflictos. Es la gracia que nos acompaña mientras todavía buscamos el camino.
Tal vez hoy eres quien necesita reunir valor para hablar o quien necesita dejar de defenderse y comenzar a escuchar. Tal vez necesitas pedir ayuda porque no puedes enfrentar esta situación a solas. Quizá formas parte de una familia o de una comunidad que ha permanecido demasiado tiempo en silencio.
Tal vez necesitas poner un límite sin sentir que por eso has dejado de amar. O llevas años cargando la culpa de no haber podido perdonar, olvidar o regresar.
La Palabra de Dios no llega hoy para colocar una carga más sobre tus hombros. Llega para recordarnos que Cristo está en medio: en la verdad que cuesta decir, en la herida que todavía duele, en el arrepentimiento que apenas comienza, en la distancia que ha sido necesario establecer y en la comunidad que aprende a proteger, escuchar y acompañar.
Dentro de unos momentos vamos a cantar Hazme un instrumento de tu paz.
Hay algo muy importante en la primera palabra de esa oración: «Hazme». No afirmamos que ya somos instrumentos de la paz de Dios. Le pedimos que nos transforme porque reconocemos que también podemos convertirnos en instrumentos del rumor, del resentimiento, de la división y del silencio que protege al poderoso y deja sola a la persona herida.
Por eso nuestra oración se parece a la del salmista: enséñame, guíame, inclina mi corazón, aparta mis ojos de lo que destruye y dame vida.
Pero necesitamos preguntarnos de qué paz queremos ser instrumentos. No puede ser una paz construida sobre el silencio de las víctimas ni sobre la protección de una reputación mientras otra persona vive con miedo. Tampoco puede ser una aparente unidad conseguida a costa de la verdad o exigiendo un perdón apresurado para que los demás puedan sentirse tranquilos.
La paz de Cristo no consiste en fingir que no pasa nada. Se parece a una puerta abierta para quien necesita refugio, a una comunidad que escucha y acompaña, a la valentía de decir la verdad con amor y a un límite que detiene el daño.
También se hace visible cuando alguien reconoce lo que hizo, acepta su responsabilidad y comienza a cambiar; cuando dos o tres se reúnen no para condenar ni encubrir, sino para discernir cómo cuidar la vida.
Por eso, cuando cantemos, no pensemos primero en lo que la otra persona debería hacer. Convirtamos el himno en nuestra propia oración.
Señor, enséñanos a escuchar a quien necesita ser escuchado. Danos valor para decir una verdad difícil. Abre nuestras casas para que puedan convertirse en refugio. Préstanos palabras para acompañar a quien no puede hablar a solas. Danos firmeza para poner límites y humildad para reconocer cuando somos nosotros quienes necesitamos arrepentirnos y cambiar de camino.
Haz de San Marcos una comunidad que no abandone a quien ha sido herido o herida, que no confunda el amor con la tolerancia del daño y que se atreva a colocar a los pequeños en medio.
Una comunidad donde la verdad y la gracia puedan encontrarse.
El amor de Cristo abre caminos de reconciliación. Algunas veces será el camino de una conversación; otras, el del arrepentimiento, el acompañamiento paciente o un límite necesario.
Pero no tenemos que recorrer solos ninguno de esos caminos. Porque cuando dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús para escuchar, proteger, sanar y buscar la paz, Cristo mismo permanece en medio.
Que él nos tome en sus manos, transforme nuestras palabras, nuestros silencios y nuestras acciones, y haga de nosotros instrumentos de su paz.
Amén.

