El Espíritu Santo y la gente rota

Comparte este texto

Predicación de Domingo de Pentecostés
24 de mayo de 2026
San Juan 20:19-23

Tomás Ñanco, nuestro perro salchicha, se parece un poco a los discípulos antes de Pentecostés.

Como ustedes saben, Tomás sigue recuperándose de su cirugía de columna.

La recuperación ha sido larga. Ha tenido que volver a aprender a caminar. Necesita terapias, paciencia y mucho descanso.

Es un perrito noble, dócil y muy cariñoso. Pero tiene un problema: sufre de ansiedad por separación.

Cuando siente que está solo, aunque sea por un momento, empieza a llorar, a ladrar, a desesperarse.

Si permanece demasiado tiempo solo en su jaula, entra en pánico, como si el mundo se acabara.

Y, en medio de esa angustia, empieza a romper lo que tiene cerca.

Y mientras preparaba esta predicación pensé: ¡qué parecidos somos, en nuestra manera de vivir, perros y humanos!

Porque eso mismo les estaba pasando a los discípulos después de la muerte de Jesús. Ansiedad por separación.

El evangelio dice: “Las puertas estaban cerradas por miedo.”

Y esas puertas no son solamente un detalle de arquitectura. Son una radiografía de la condición humana.

Cuando el miedo nos domina, también nosotros nos encerramos.

Nos volvemos desconfiados. Levantamos barreras. Nos endurecemos. Nos aferramos desesperadamente a seguridades. Rompemos vínculos.

Y a veces incluso terminamos destruyendo aquello mismo que más amamos.

Y lo más terrible del miedo es que puede disfrazarse de muchas cosas. De religión, de patriotismo, de superioridad moral, de rigidez doctrinal, de necesidad de control.

Vivimos en un tiempo profundamente dominado por el miedo.

Miedo al otro, a la otra.
Miedo a quien es distinto a nosotros.
Miedo a perder poder.
Miedo a no encajar.
Miedo a fracasar.
Miedo a no ser exitosos.
Miedo a no ser suficientes.

Y demasiadas veces el cristianismo ha terminado bendiciendo exactamente aquello que Jesús vino a enfrentar.

Hoy, especialmente en las redes sociales, se nos predica constantemente un cristianismo obsesionado con el éxito, el poder, la victoria, la prosperidad, el dominio, la superioridad espiritual, el nacionalismo religioso.

Pero cuando uno mira Pentecostés… no encuentra nada de eso.

Porque el Espíritu Santo no desciende sobre gente poderosa.
Jesús sopla su Espíritu sobre discípulos fracasados.

Sobre personas que huyeron. Que dudaron. Que negaron. Que se escondieron detrás de puertas cerradas.

Y aun así… Dios decide respirar vida sobre ellos.

Eso es Pentecostés.

El evangelio de hoy dice que Jesús se acercó a los discípulos… y sopló sobre ellos.

Ese gesto está lleno de historia bíblica.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios descendía sobre algunas personas y en momentos puntuales: sobre Moisés, sobre los jueces y juezas, sobre los profetas, sobre David.

Era una experiencia poderosa, pero limitada.

Por eso el salmista podía decir: “No quites de mí tu Santo Espíritu.”

El Espíritu venía… y luego parecía retirarse.

Pero los profetas empezaron a soñar algo distinto.

Joel anuncia: “Llegará un día en que derramaré mi Espíritu sobre toda carne”.

Toda carne.
No unos pocos.
No solo los sabios y religiosos.
No solamente sacerdotes o profetas.

Hijos e hijas.
Jóvenes y ancianos.
Esclavos y esclavas.

Pentecostés es justamente eso: el aliento de Dios que no hace acepción de personas.

El Espíritu que creó el mundo… ahora viene a habitar en seres humanos frágiles, heridos y asustados. En todos y en todas.

Y aquí es importante entender algo:

Pentecostés no es principalmente una invitación a experiencias espectaculares o extrasensoriales.

El centro de Pentecostés no son las lenguas de fuego.
El centro de Pentecostés es una humanidad nueva.

Porque inmediatamente después de la llegada del Espíritu:

donde había miedo, aparece la valentía;
donde había corazones cerrados, aparece apertura;
donde había exclusividad y prejuicio, aparece misericordia;
donde había puertas cerradas, aparece hospitalidad;
donde había muros, aparecen caminos;
donde había silencio cómplice frente al poder, aparece testimonio profético.

Por eso Pedro, un judío, termina entrando en la casa de Cornelio, un gentil.
Eso, antes de Pentecostés, era impensable.

El Espíritu Santo siempre empuja las fronteras un poco más allá.
El Espíritu nunca parece cómodo con nuestros encierros.
Ni con nuestros conceptos de pureza.
Ni con nuestros tribalismos.
Ni con nuestros sueños trasnochados de nacionalismos religiosos.
Ni con nuestra necesidad constante de dividir el mundo entre buenos y malos.

El Espíritu abre puertas.

Y entonces Pablo dirá: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.”

Eso es precioso. Porque el Espíritu no es solamente una doctrina correcta para creer. Es una vida para caminar.

El Espíritu Santo se reconoce:

en la manera de tratar a otros y otras,
en la capacidad de abrir puertas,
en la valentía para defender la dignidad humana,
en la compasión,
en la hospitalidad,
en la misericordia,
en la libertad interior.

El verdadero milagro de Pentecostés no son las lenguas.
El verdadero milagro de Pentecostés es la transformación humana.

Y quizá entonces podamos entender también esa frase de Pablo: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios”.

No porque Dios sea un vigilante moralista que se ofende por cada error humano. El Espíritu se entristece cuando volvemos a las viejas lógicas de muerte:

cuando elegimos el miedo antes que el amor,
cuando levantamos muros en vez de hacer caminos,
cuando naturalizamos la crueldad en vez de la ternura,
cuando callamos frente a la injusticia,
cuando destruimos vínculos,
cuando volvemos a encerrarnos.

El Espíritu se entristece porque vino precisamente a sanar todo eso.

Porque el Espíritu es el aliento de Dios intentando rehacer la humanidad.

Y quizá ahí esté una de las cosas más hermosas —y más escandalosas— de Pentecostés.

Que Dios no derrama su Espíritu sobre gente perfecta.

Ni sobre los exitosos. Ni sobre los fuertes. Ni sobre quienes tienen una vida perfecta.

Jesús sopla su Espíritu sobre gente rota.

Y eso significa que todavía hay esperanza también para nosotros.

Para quienes vivimos cansados.
Para quienes cargamos ansiedad.
Para quienes sufrimos ataques de pánico.
Para quienes hemos sentido vergüenza o agotamiento.
Para quienes alguna vez sentimos que ya no teníamos nada valioso para ofrecer.

Porque el Espíritu Santo no es un premio para personas espiritualmente exitosas.
Es el aliento de Dios entrando precisamente allí donde la vida parecía apagarse.

Por eso, una comunidad verdaderamente llena del Espíritu Santo no es necesariamente una comunidad rica, poderosa o exitosa según los criterios del mundo.

Una comunidad llena del Espíritu Santo es una comunidad fiel a Jesús.

Una comunidad donde todavía hay lugar para las personas heridas.
Donde nadie tiene que fingir perfección.
Donde podemos respirar juntos.
Llorar juntos.
Sanar juntos.
Comenzar de nuevo, juntos y juntas.

Una comunidad donde el miedo no tiene la última palabra.

Y tal vez Pentecostés sea, al final, algo mucho más simple y profundo de lo que imaginamos.
Tal vez Pentecostés sea esto: volver a respirar.

Descubrir que no estamos solos.
Que Dios sigue soplando vida sobre nosotros.
Que todavía es posible volver a caminar.

Volver a abrir puertas. Volver a confiar.
Volver a vivir sin miedo.

Tengo la esperanza de que un día Tomás, nuestro perro salchicha, ya no sufra tanto esa ansiedad por separación.

Tengo la esperanza de que pueda descansar tranquilo, aun cuando no nos vea cerca todo el tiempo.

Que ya no sienta que el mundo se acaba cuando queda solo unos minutos. Que pueda vivir sin ese miedo constante que lo lleva a desesperarse y romper lo que tiene cerca.

Y mientras pensaba en él esta semana, me di cuenta de algo: quizá nosotros también vivimos muchas veces así. Como personas. Como sociedad. Incluso como iglesias.

Con miedo. Encerrados. Desconfiando de los demás. Aferrándonos a falsas seguridades. Levantando muros. Rompiendo vínculos. Viviendo desde la ansiedad, la amenaza y la sospecha.

Y tal vez por eso Pentecostés sigue siendo tan necesario. Porque Pentecostés no es solamente una fiesta de la Iglesia. Es la irrupción del aliento de Dios sobre una humanidad cansada de sobrevivir.

Tengo la esperanza —como deseo y como convicción— de que nosotros, seguidores y seguidoras de Jesús, también podamos superar poco a poco ese viejo síndrome del miedo que paralizaba a los discípulos detrás de puertas cerradas.

Y que aprendamos a vivir desde Pentecostés.

Con la conciencia de que no estamos solos ni solas.
Con la presencia de Dios respirando en nosotros.
Con el Espíritu abriendo puertas donde nosotros levantamos muros.
Con el Espíritu creando puentes donde nosotros trazamos fronteras.
Con el Espíritu transformando el miedo en valentía, la dureza en misericordia y el silencio cómplice en testimonio fiel.

Porque quizá la señal más clara de que el Espíritu sigue vivo no sea lo espectacular.

Quizá el verdadero milagro sea este: gente rota… que lentamente vuelven a vivir.

Puertas cerradas… que vuelven a abrirse.
Y seres humanos cansados de sobrevivir… que descubren que todavía es posible vivir y andar por el Espíritu.

Porque el Espíritu no convierte personas heridas en personas invencibles.

Lo que hace el Espíritu, en medio de nuestra vulnerabilidad, es recordarnos que Dios sigue aquí.

Respirando vida.
Abriendo caminos.
Acompañando nuestros pasos.

Que así sea.

1 comentario en “El Espíritu Santo y la gente rota”

  1. Amén
    Dios es maravilloso 👏 🙌 es una homilía tan llena de propósito, de amor a la Vida, al prójimo a la Humanidad! Ese recordatorio de que Dios sigue estando presente, sigue abriendo Caminos; acompañándonos siempre, que Celebramos hoy en Pentecostes!! Gracias Dios le bendiga infinitamente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio