Predicación del Segundo Domingo después de Pentecostés
7 de junio de 2026
San Mateo 9:9-13, 18-26
Esta semana tuve una conversación muy interesante con una maestra.
Hablábamos acerca de los estudiantes que llegan cada año a su salón de clases. Jóvenes distintos. Historias distintas. Realidades distintas.
Y, en medio de la conversación, ella dijo algo que me dejó pensando. Me dijo: «Para mí es importante no juzgar, no tener un juicio apresurado sobre un muchacho o una muchacha que llega a mi salón de clase, porque yo no sé por lo que esa persona está pasando. Todo ser humano tiene derecho a una educación equitativa».
Me pareció algo muy profundo. Porque muchas veces vemos comportamientos. Pero no conocemos las historias. Vemos reacciones. Pero no conocemos las heridas. Vemos errores. Pero no conocemos las luchas que una persona lleva por dentro.
Y, por eso, es que llama tanto la atención el evangelio de hoy. Porque cuando todos miraban a Mateo y veían un publicano, Jesús veía una persona. Cuando todos veían el pasado de Mateo, Jesús parecía ver un futuro. Cuando todos veían una etiqueta, Jesús parecía ver algo más.
Mateo era cobrador de impuestos. Para nosotros eso no significa mucho. Un trabajo más. Pero significaba muchísimo para la gente de Palestina hace dos mil años. Los cobradores de impuestos trabajaban para el sistema romano. Eran vistos como colaboradores del imperio. Traidores. Corruptos.
Roma era muy inteligente para gobernar sus territorios. No enviaba ciudadanos romanos a realizar el trabajo sucio. Usaba personas locales. Herodes gobernaba para Roma. Y algunos judíos cobraban impuestos para Roma. Uno de esos judíos era Mateo.
Por eso, en los evangelios los publicanos están en la categoría de “pecadores públicos”. Si alguien hubiera preguntado en aquella época: —¿Quién es Mateo? Probablemente nadie habría respondido: —Mateo es un hombre. Habrían dicho: —Ese, ese es publicano. La etiqueta habría sustituido a la persona.
Y esto no ocurre solamente en el primer siglo. Nosotros seguimos haciendo exactamente lo mismo. Ponemos etiquetas constantemente.
El problemático. La conflictiva. El irresponsable. La que nunca cambia. El borracho. La difícil. El rico. La pobre. El que siempre falla. Y una vez que colocamos una etiqueta, dejamos de mirar. Porque las etiquetas son cómodas, pero las personas son mucho más complejas.
Lo curioso es que casi nadie se considera una persona prejuiciosa. Sin embargo, todos tenemos etiquetas favoritas. Basta escuchar el nombre de alguien conocido. Basta abrir las redes sociales. Basta recordar a una persona que nos hirió. Y rápidamente creemos saber quién es. Qué piensa. Qué siente. Qué intenciones tiene.
Creemos conocer la historia completa. Cuando en realidad apenas conocemos una pequeña parte. Quizás por eso aquella frase de la maestra me pareció tan sabia: «…Yo no sé por lo que esa persona está pasando…»
Qué diferentes serían las familias si recordáramos eso más a menudo. Qué diferentes serían las iglesias. Qué diferentes serían nuestras conversaciones. Porque, la verdad, me animo a decir que nunca conocemos la historia completa de nadie.
Quizás eso explica algo que aparece una y otra vez en los evangelios. Jesús parece tener una extraña costumbre. La de mirar a las personas de una manera distinta. Donde otros ven una etiqueta, Jesús ve una historia. Donde otros ven un fracaso, Jesús ve una posibilidad. Donde otros ven un problema, Jesús ve una persona.
Por eso pasa frente a la mesa de Mateo. Lo mira. Y le dice una sola palabra: «Sígueme». Nada más. No hay examen. No hay entrevista. No hay período probatorio. No hay una lista de requisitos. Simplemente: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Y eso es precisamente lo extraordinario. Jesús no espera a que Mateo cambie para llamarlo. Lo llama para que comience a cambiar.
Creo que muchas veces leemos esta historia demasiado rápido. Damos por sentado que Jesús anda llamando personas. Pero si hay una pregunta importante es esta: ¿Por qué a Mateo? Seguramente había muchos más calificados que él. ¿Por qué no llamó a un sacerdote? ¿Por qué no llamó a un maestro de la ley? ¿Por qué no llamó a una persona reconocida por su rectitud moral? ¿Por qué a Mateo?
Porque Jesús parece tener la costumbre de llamar precisamente a quienes otros descartarían. Y especialmente a quienes nosotros descartaríamos. Y eso debería inquietarnos un poco.
Porque nos gusta pensar que Dios escoge a las personas correctas. A las mejores. A las más preparadas. A las más dignas. Pero los relatos bíblicos insisten una y otra vez en mostrarnos algo diferente. Abraham era demasiado viejo. Sara, además, era estéril. Moisés tartamudeaba. David era el menor de sus hermanos. Pedro era impulsivo. Mateo era un publicano. Y sin embargo Dios los llamó.
Pablo lo recuerda en la carta a los Romanos. Abraham no fue aceptado porque fuera perfecto. Fue aceptado porque confió. La promesa llegó antes que los méritos. La gracia llegó antes que las credenciales. Y eso cambia completamente la manera de entender nuestra relación con Dios. Porque Dios no llama a personas perfectas. Dios llama personas que todavía están siendo transformadas. Personas en proceso. Como Abraham. Como Pedro. Como Mateo. Como nosotros.
Y en este punto el evangelio se vuelve todavía más provocador. Porque Mateo responde al llamado. Y luego Jesús hace algo aún más escandaloso. Se sienta a comer con publicanos y pecadores.
Y entonces aparecen los fariseos. No se acercan a la mesa. No preguntan historias. No escuchan testimonios. Observan desde afuera. Y preguntan: «¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores?»
Es una pregunta religiosa. Pero también es una pregunta profundamente humana. Porque todos tenemos una tendencia a clasificar personas. A emitir juicios rápidos. A creer que sabemos más de lo que realmente sabemos. Nos convertimos en jueces. Distribuimos etiquetas. Emitimos juicios. Y rara vez reconocemos lo mucho que desconocemos de la vida de los demás.
Y entonces Jesús responde con una frase que viene del profeta Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios». Es una frase extraordinaria. Porque Jesús no está criticando la oración. No está criticando el culto. No está criticando la vida religiosa. Lo que está criticando es una religión que olvidó la misericordia.
Y eso era exactamente lo que preocupaba al profeta Oseas siglos antes. El problema no era la falta de religión. El problema era otro. Habían aprendido a ofrecer sacrificios. Pero estaban olvidando cómo mirar a las personas. Sabían cómo acercarse al altar. Pero estaban olvidando cómo acercarse a las personas. Habían aprendido a cumplir rituales. Pero estaban perdiendo la capacidad de compasión.
Sabían mucho acerca de Dios. Pero estaban cada vez menos cerca de los seres humanos. Por eso Jesús les recuerda aquellas antiguas palabras: «Misericordia quiero y no sacrificios». Porque la misericordia comienza justamente ahí. Cuando dejamos de reducir una persona a una etiqueta.
Y aquí aparece la buena noticia de este evangelio. Dios sigue llamando a personas imperfectas. Porque nunca ha llamado a otra clase de personas. No llamó a Mateo porque fuera perfecto. No llamó a Abraham porque fuera perfecto. No llamó a Sara porque fuera perfecta. No llamó a Pedro porque fuera perfecto. No te llamó a ti porque fueras perfecto. No me llamó a mí porque fuera perfecto.
Nos llamó porque la gracia siempre ve más allá que las etiquetas que nosotros cargamos.
Y quizás hay algo más. Porque no solamente etiquetamos a otros y otras. Muchas veces nos etiquetamos a nosotros mismos. Hay personas que llevan años escuchando una misma palabra dentro de sí. Fracasado. Divorciada. Adicto. Mala madre. Mal hijo. Cobarde. Inútil. Imperdonable.
Y después de escuchar una palabra una y otra vez, uno termina creyéndola. Hasta que esa palabra se convierte en parte de la propia identidad. Hasta que ya no vemos una persona. Solamente vemos el error. Solamente vemos el fracaso. Solamente vemos la herida. Pero Jesús nunca mira así.
Los demás llamaban a Mateo «publicano». Jesús lo llamó discípulo. Los demás describían a Mateo por lo peor que había hecho. Jesús lo llamó por aquello que podía llegar a ser. Los demás veían a un colaborador de Roma. Jesús vio a un seguidor. Los demás veían el pasado. Jesús vio un futuro.
Jesús mira a Mateo y ve un discípulo. Jesús mira a Pedro y ve una roca. Jesús mira a una mujer enferma y ve una hija de Dios. Jesús mira a seres humanos heridos y heridas y ve posibilidades.
Por eso el evangelio de hoy nos invita a dos movimientos. A mirar a los demás con más misericordia. Y a mirarnos a nosotros mismos con más misericordia. Porque Dios todavía no ha terminado con nadie. Ni con Mateo. Ni con nosotros.
Y quizás hoy nosotros necesitamos escuchar nuevamente aquella palabra que cambió la vida de Mateo. No como un recuerdo del pasado. Sino como una palabra viva para nosotros.
A pesar de nuestras contradicciones. De nuestros errores. De nuestras heridas. De nuestras imperfecciones. Jesús sigue pasando frente a nuestras mesas. Jesús sigue viendo más de lo que nosotros vemos. Y Jesús sigue diciendo: «Sígueme».
Otros veían el pasado de Mateo, Jesús vio un futuro. Los demás veían una historia terminada. Jesús vio una vida que recién comenzaba.
Y quizás esa sea la buena noticia para nosotros hoy. Que Dios todavía no ha terminado con nadie. Ni con Mateo. Ni contigo. Ni conmigo.
Porque hay posibilidades que nosotros no vemos, pero que Dios sí ve. Hay caminos que nosotros no imaginamos, pero que Dios ya está abriendo. Hay capítulos de nuestra historia que todavía no han sido escritos.
Y por eso Jesús sigue diciendo: «Sígueme». No porque ya hayamos llegado a la meta. Sino porque todavía, siempre, estamos en camino. No porque ya seamos perfectos. Sino porque el amor de Dios sigue obrando en nosotros.
Y mientras nosotros vemos límites, Dios sigue viendo posibilidades. Mientras nosotros vemos heridas, Dios sigue sembrando esperanza. Mientras nosotros vemos una pared, Dios sigue abriendo una puerta.
Por eso Jesús sigue llamando a personas imperfectas.
Y, gracias a Dios, todavía sigue llamándonos.
Amén.

