Todo comienza en Dios

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Predicación del Tercer Domingo después de Pentecostés
14 de junio de 2026
San Mateo 9:35 – 10:8

Ayer estuve en el funeral de una persona que fue parte de mi historia durante los años de ministerio en la iglesia Divino Salvador, de Cataño.

Su nombre era Xenia.

Su esposo, Heriberto, y su familia son personas a quienes, con Lory, les tenemos mucho cariño y gratitud.

Mientras escuchaba a familiares, personas de la iglesia y compañeras de trabajo compartir recuerdos sobre ella, algo me llamó la atención.

Xenia había sido una profesional de la salud muy respetada. Estaban allí muchas compañeras de trabajo que podían dar testimonio de ello.

Sin embargo, cuando llegó el momento de hablar de su vida, nadie habló de sus logros profesionales. Tampoco de las metas que había alcanzado.

Lo que apareció una y otra vez fueron otras cosas. Cosas que realmente habían dejado huella.

Su alegría.
Su capacidad de amar.
Su manera de cuidar a los demás.
Su esperanza.
Aquello que la hacía ser quien era.

Yo recordé un oficio que celebramos en aquella congregación en el año 2018, cuando recibimos la visita de la obispa presidente de la ELCA.

Fue una celebración hermosa. Todo estaba preparado cuidadosamente. La música. La liturgia. Los paramentos. Las vestiduras. El templo. Pero si uno le pregunta hoy a quienes estuvieron allí qué recuerdan de aquel día, probablemente nadie recuerde mi sermón. Lo que todos recuerdan es haber visto a Xenia bailando bomba.

Porque bailar bomba era algo que ella amaba profundamente.
Era una de esas cosas que hacían que toda su persona brillara.

También recordé el dolor que experimentó cuando una amiga muy querida por ella falleció de manera trágica. Fue un dolor que la acompañó durante mucho tiempo. Porque cuando Xenia amaba a alguien, lo hacía de verdad.

Ayer escuché también otra historia. Su sobrino contó que, cuando él era pequeño y ella estaba embarazada, lo llevó a comer a un McDonald’s. Mientras estaban allí, rompió fuente. Cualquier persona podría haber entrado en pánico. Podría haberse levantado inmediatamente y salir corriendo al hospital. Pero no.

Esperó tranquilamente. Se aseguró primero de que los niños terminaran de comer. De que estuvieran bien. Y entonces se ocupó de ella.

Y la pastora Diana, que ofició el funeral, mencionó una frase que acompañó a Xenia a lo largo de la vida: «Todo va a estar bien.»

Y mientras escuchaba esas historias me encontré pensando en una pregunta. ¿Qué es lo que realmente permanece de una vida humana?

Porque al final no es nuestro éxito personal. No son nuestras condecoraciones. No es el lugar que ocupamos en la sociedad. No son los premios. No son los bienes acumulados. Lo que permanece son otras cosas.

La capacidad de amar.
La capacidad de cuidar.
La capacidad de alegrarse con otros.
La capacidad de acompañar.

Y entonces otras preguntas me interrogaron.
¿De dónde vienen esas cosas?
¿De dónde nace la esperanza?
¿De dónde nace la compasión?
¿De dónde nace esa extraña capacidad humana de preocuparse por otros incluso más que por uno mismo?

Y quizás eso es justamente lo que los textos bíblicos de hoy intentan responder.

Vivimos en una época obsesionada con el futuro.
Queremos saber qué va a pasar.
Queremos controlar lo que viene.
Queremos tener certezas.
Y muchas veces también la iglesia cae en esa misma tentación.
La tentación de responder preguntas que Dios nunca prometió responder.
La tentación de explicar el misterio.
La tentación de convertir la fe en una especie de mapa detallado del futuro.

Hay personas que viven demasiado pendientes de las señales del fin de los tiempos.
De las noticias.
De las profecías.
De las teorías que circulan por internet.
De los anticristos de la actualidad, que ciertamente los tenemos y los padecemos.
De los predicadores que parecen encontrar cada semana una nueva razón para meter miedo.

Pero resulta interesante que los textos de hoy miran en otra dirección. No nos invitan a mirar hacia el futuro. Nos invitan a comenzar por el origen.

En el libro del Éxodo encontramos al pueblo de Israel en un momento decisivo de su historia.

Han salido de Egipto. Están en el desierto. No saben exactamente qué les espera. No tienen un mapa del futuro.

Y Dios podría haberles hablado de todo lo que viene. Podría haberles explicado cómo terminará la historia. Podría haberles dado respuestas sobre el mañana. Pero no lo hace.

Les recuerda algo que ya ocurrió. «Ustedes vieron lo que hice con Egipto y cómo los traje hasta mí».

Como si les dijera: Si quieren entender quiénes son, no empiecen por el futuro. Empiecen recordando quién los sostuvo hasta aquí. Empiecen recordando quién los liberó. Empiecen recordando quién caminó con ustedes cuando todavía no podían verlo.

Israel encuentra su identidad mirando hacia atrás. Volviendo una y otra vez al acontecimiento que le dio origen como pueblo.

Por eso, años después, cuando ya estaban entrando en la tierra prometida, Moisés les hizo una advertencia sorprendente.

No les dijo que tuvieran cuidado cuando las cosas salieran mal.
Les dijo que tuvieran cuidado cuando las cosas salieran bien.

Cuando construyeran casas. Cuando tuvieran alimento. Cuando prosperaran. Cuando la vida estuviera en orden. Porque entonces aparecería una tentación muy peligrosa. Pensar que habían llegado hasta allí por sus propias fuerzas. Pensar que todo era obra de ellos mismos.

Y entonces Moisés les dice: «Recuerda al Señor tu Dios».

Recuerda.

Porque la memoria es una forma de fe.

Y creo que algo parecido ocurre con nosotros.

Cuando atravesamos momentos difíciles, nuestra primera reacción suele ser preguntarnos qué va a pasar.

¿Cómo terminará todo esto?
¿Y ahora qué?
¿Cuánto tiempo va a durar?
¿Qué viene después?

Muchas veces la fe responde a esas preguntas mirando en otra dirección. Mirando hacia atrás.

Recordando.

Descubriendo que hubo una gracia que nos sostuvo incluso cuando no sabíamos nombrarla.

Y aquí es donde las palabras del apóstol Pablo en la carta a los Romanos cobran una fuerza extraordinaria.

Porque Pablo también mira hacia atrás.
Pablo tampoco intenta descifrar el futuro.
No intenta explicar el fin de los tiempos.
No intenta satisfacer nuestra curiosidad.
Lo que hace es señalar un acontecimiento.
La cruz.
La muerte de Jesús.
La resurrección.

«Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.»

Noten lo que está diciendo. La prueba del amor de Dios no está en algún acontecimiento futuro.
La prueba ya fue dada.
La nueva creación ya comenzó.
La resurrección ya ocurrió.
La tumba ya está vacía.

Por eso la esperanza cristiana no descansa sobre especulaciones acerca del mañana. Descansa sobre algo que Dios ya hizo.

Para Israel, el acontecimiento fundante fue el éxodo.
Para nosotros, es Jesucristo.

Su vida.
Su cruz.
Su resurrección.
Allí vemos quién es Dios.
Allí vemos cómo ama Dios.
Allí vemos hasta dónde llega la fidelidad de Dios.

Por eso la iglesia, cuando tiene miedo, no mira primero para adelante.
Mira hacia atrás.
Mira hacia Cristo.
Mira hacia el Jueves Santo.
Mira hacia la cruz.
Mira hacia la mañana de Pascua.
Y recuerda.

Recuerda que Dios ya actuó.
Recuerda que Dios ya venció aquello que parecía invencible.
Recuerda que la muerte no tuvo la última palabra.

Y entonces llegamos al evangelio. Mateo nos dice que Jesús ve a las multitudes. Y al verlas, siente compasión.

No ve números. No ve problemas. No ve estadísticas. Ve personas.
Personas cansadas. Personas heridas. Personas confundidas. Personas que cargan demasiado peso.

Y antes de enviar discípulos.
Antes de organizar la misión.
Antes de dar instrucciones.
Nace la compasión.
Todo comienza allí.
La misión comienza en la compasión de Dios.
La esperanza comienza en la compasión de Dios.
La iglesia comienza en la compasión de Dios.
Todo comienza en Dios.

Y quizás esa sea la buena noticia que necesitamos escuchar hoy.

Porque muchos vivimos con la sensación de que tenemos que sostenerlo todo.
La familia.
El trabajo.
La salud.
Las decisiones.
El futuro.
Y el evangelio nos recuerda que nosotros no somos el fundamento de la historia.
No somos el origen de la esperanza.
No somos el origen del amor.
No somos el origen de la gracia.
No somos el ombligo del mundo.
Todo comienza en Dios.

Y si todo comienza en Dios, entonces podemos vivir de otra manera.

No negando las dificultades.
No ignorando el dolor.
No fingiendo que no pasa nada.
Sino confiando.

Confiando en que el Dios que estuvo presente en el pasado sigue presente hoy. Aunque no lo veamos. Aunque no lo sintamos. Aunque no entendamos lo que está pasando.

Y quizás por eso me sigue resonando la frase de Xenia: «Todo va a estar bien».

No porque ella conociera el futuro.
No porque tuviera respuestas para todo.
No porque fuera una persona ingenua.
Sino porque había aprendido a confiar.

A confiar en que su vida descansaba en algo más profundo que sus temores.
Más profundo que las circunstancias.
Más profundo que la incertidumbre.
Y eso es justamente lo que los textos de hoy nos recuerdan.

No sabemos exactamente qué traerá el mañana.
No sabemos cómo terminarán muchas historias que hoy nos preocupan.
Pero sí sabemos quién nos ha traído hasta aquí.

En el libro de Samuel hay una palabra hermosa: Eben-ezer. «Piedra de ayuda.» Y Samuel dice: «Hasta aquí nos ayudó el Señor».

No dice: «Ahora entiendo todo».
Ni: «Ya no tengo preguntas».
Tampoco dice: «Conozco el futuro».
Dice simplemente: «Hasta aquí nos ayudó el Señor.»

Y quizás eso sea suficiente para mirar el futuro con esperanza.

Porque el buen Dios que conocemos en Jesús,
el Dios que estuvo presente en nuestro pasado,
sigue sosteniendo nuestro presente
y seguirá caminando con nosotros.

Amén.


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