Predicación del 16º Domingo después de Pentecostés
13 de septiembre de 2026
San Mateo 18:21–35
Hay cosas que Jesús nos pide que suenan hermosas en la teoría, pero nos cuestan mucho cuando intentamos vivirlas. “Perdonar hasta setenta veces siete” es una de ellas.
Pedro se acerca a Jesús y le pregunta: “Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”.
Pensemos por un momento: Pedro no es mezquino. Siete veces es un montón. No pregunta si hay que perdonar, sino cuánto. Quiere saber si llegará un momento en el que pueda decir: “Ya hice lo que me correspondía. Ya perdoné suficiente. Hasta aquí llegó mi obligación”.
Jesús le responde: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Jesús no tiene una calculadora en la mano.
No está diciendo que llevemos una libreta y anotemos cada perdón hasta llegar al número 490. Porque entonces, después del perdón número 490, podríamos pensar que finalmente tenemos permiso para vengarnos.
Lo que Jesús hace es destruir nuestra contabilidad. Pero ahí es donde sus palabras comienzan a incomodarnos.
Imaginemos que un amigo nos pide dinero. Está en problemas, tiene atrasadas las cuotas de su carro y se lo pueden quitar. Como es nuestro amigo, le prestamos el dinero. Él promete devolverlo, pero no lo hace.
Pasa un tiempo y el amigo regresa, otra vez con la cuenta atrasada. Nos pide, nos suplica que lo ayudemos. Promete devolver esa cantidad y también la anterior. Queremos ayudarlo y volvemos a prestarle. Pero tampoco cumple.
No mucho tiempo después, aparece otra vez desesperado porque nuevamente no puede pagar. Necesita más dinero y vuelve a prometer que nos devolverá todo.
¿Qué significa en esa situación perdonar setenta veces siete? ¿Significa entregarle el dinero que necesita? ¿Y volver a hacerlo el próximo mes? ¿Debemos continuar prestándole hasta quedarnos nosotros sin dinero para pagar nuestras propias obligaciones?
Los sermones sobre el perdón suelen ser muy lindos mientras se mantienen en el terreno de las ideas. El problema comienza cuando el perdón tiene nombre, historia, promesas incumplidas y consecuencias concretas.
Tal vez Jesús no nos está diciendo que debemos hacer indefinidamente lo mismo. Podemos perdonar al amigo sin volver a prestarle dinero bajo las mismas condiciones. Podemos renunciar a humillarlo por sus incumplimientos y, al mismo tiempo, decirle con honestidad: “No puedo continuar prestándote porque no cumples tus promesas. Pero quiero sentarme contigo. Cuéntame qué está pasando y busquemos una salida”.
La primera vez la misericordia pudo tomar la forma de unos cientos de dólares. La segunda, también. La tercera quizá deba tomar una forma diferente: ayudarlo a organizar sus finanzas, revisar sus gastos, darle solamente una parte del dinero que necesita, buscar en otras personas una red de apoyo o sencillamente reconocer: “No puedo darte más dinero, pero tampoco quiero dejarte solo con el problema”.
Porque la misericordia no siempre consiste en darle a una persona exactamente lo que pide. Consiste en no dejar de buscar el bien: el suyo y también el nuestro.
Perdonar setenta veces siete no significa hacer setenta veces siete lo mismo. Significa no cansarnos de buscar una respuesta que no reproduzca el mal.
Entonces Jesús le cuenta a Pedro una historia.
Un siervo le debe a su rey diez mil talentos. Es una cantidad deliberadamente absurda: una deuda tan grande que ningún ser humano podría pagarla. Sin embargo, cuando el rey exige el pago, el siervo se arrodilla y promete: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
No puede hacerlo. Aunque trabajara durante muchas vidas, nunca podría reunir aquella cantidad. Su promesa nace de la desesperación.
Pero el rey hace algo que el siervo ni siquiera se había atrevido a pedir. No le concede solamente más tiempo. Se compadece de él, lo libera y cancela completamente su deuda.
El hombre sale de allí sin deber nada. Sale libre. Sale con la vida devuelta.
Poco después se encuentra con un compañero que le debe cien denarios. No es una cantidad insignificante, pero sí es pagable. Entonces lo agarra por el cuello y comienza a estrangularlo mientras le exige: “Págame lo que me debes”.
El compañero cae de rodillas y le dice prácticamente las mismas palabras que él había pronunciado ante el rey: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”.
El primer siervo está escuchando su propia voz en la boca del otro. Está viendo su propia desesperación en el rostro de su compañero. Es un ser humano como él, pero no se reconoce en él.
Ese es su verdadero fracaso. Recuerda perfectamente lo que el otro le debe, pero ha olvidado cuánto le fue perdonado. Recibió el beneficio de la misericordia, pero no aprendió su manera de vivir. Fue liberado y utilizó su libertad para someter a otra persona. Salió de la presencia del rey y reprodujo hacia abajo el mismo sistema de dominación del cual acababa de ser rescatado.
La misericordia recibida no se convirtió en misericordia compartida.
Por eso necesitamos hablar con mucho cuidado acerca del perdón. No basta con decirle a una persona herida: “Tienes que perdonar”. Esa frase, pronunciada sin escuchar su historia, puede convertirse en una nueva herida.
Como dijimos el domingo pasado, el perdón cristiano no niega el daño, no elimina automáticamente sus consecuencias y no obliga a nadie a regresar al lugar donde corre peligro.
Cuando alguien nos insulta, nos desprecia, traiciona nuestra confianza o nos causa un daño profundo, es como si, junto con la herida, dejara en nuestras manos un pagaré. Algo quedó debiendo. Sentimos que debería reconocer lo que hizo, reparar lo que rompió o enfrentar alguna consecuencia.
Esa necesidad de justicia no es mala. Si no hubo daño, no hay nada que perdonar. Precisamente porque algo verdadero sucedió, aparece una deuda moral y surge la necesidad de reparación.
Imaginemos que ese pagaré tiene un original y una copia. La persona creyente coloca el original en las manos de Dios y conserva la copia. Entregarle el original a Dios significa decir: “No voy a negar lo sucedido, pero tampoco voy a ocupar el lugar de Dios. No decidiré por mi cuenta cuánto tiene que sufrir esta persona para pagarme lo que me hizo”.
Al perdonar, rompemos nuestra copia del pagaré. Renunciamos a cobrar la deuda mediante la venganza, la humillación o el deseo de destruir al otro. Pero el original no desaparece: permanece en las manos de Dios. La verdad no queda borrada. El daño no deja de importar. La justicia no ha sido cancelada. Lo que hemos cancelado es nuestro derecho a convertirnos en verdugos.
Por eso san Pablo escribe en Romanos: “No se venguen ustedes mismos, amados míos, sino dejen lugar a la ira de Dios; porque escrito está: ‘Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor’”.
Es un texto duro, pero también puede ser profundamente consolador para quienes han sufrido una injusticia.
San Pablo no está diciendo: “No te vengues porque Dios lo hará de una manera peor”. Eso sería proyectar nuestro deseo de venganza y pedirle a Dios que lo ejecute.
Lo que san Pablo está diciendo es: “No tienes que convertirte en quien castiga. Dios conoce la verdad que otros negaron. Dios escuchó el clamor que nadie quiso escuchar. Puedes colocar tu causa en sus manos”.
Romper nuestra copia del pagaré tampoco significa destruir las pruebas, retirar una denuncia o impedir que haya consecuencias. Una persona puede perdonar y presentarse ante un tribunal. Puede perdonar y exigir que se devuelva lo robado. Puede perdonar y mantener una orden de protección. Puede perdonar y poner límites por el bien de la salud mental de quien ha sido herido o herida.
La justicia procura detener y reparar el daño. La venganza procura hacer sufrir a quien nos hizo sufrir.
El perdón rompe el pagaré de la venganza; no cancela la verdad ni la justicia.
Esto nos conduce a otro camino que abre el perdón: impedir que el mal continúe a través de nosotros.
Recientemente se ha hablado mucho en Puerto Rico de la inscripción en el Departamento de Estado de una corporación llamada Concilio Satánico de Puerto Rico. Bastó escuchar la palabra “satánico” para que religiosos y políticos por igual comenzaran a exigir que se eliminara su inscripción y se limitaran sus derechos.
Yo no comparto sus creencias. Pero la libertad religiosa no puede significar solamente libertad para quienes creen como nosotros. Si reclamamos el derecho de predicar, congregarnos y expresar públicamente nuestra fe, debemos reconocer también el derecho de otras personas a creer de otra manera o a no creer, bajo las mismas leyes que nos protegen a todos y a todas.
De lo contrario, no estaremos defendiendo la libertad religiosa. Estaremos defendiendo un privilegio religioso.
Y quizá la pregunta que el evangelio nos obliga a formular no sea solamente: “¿Dónde está Satanás?”. Tal vez también debamos preguntarnos: “¿De qué maneras permitimos que el mal continúe actuando a través de nosotros?”.
Porque resulta relativamente fácil reconocer el mal cuando aparece fuera de la Iglesia con un nombre que nos provoca rechazo. Es mucho más difícil reconocerlo cuando se enraíza en nuestras propias prácticas: cuando utilizamos el poder para silenciar; cuando queremos retirarles derechos a quienes piensan distinto; cuando humillamos a quien no comparte nuestra fe; cuando convertimos el púlpito en un espacio de condenación o cuando conservamos cuidadosamente las deudas morales de quienes nos hicieron daño.
Podemos proclamar que Cristo ha vencido al mal y, al mismo tiempo, permitir que el mal recibido siga vivito y coleando en nuestro resentimiento, nuestro miedo, nuestra necesidad de controlar y nuestro deseo de castigar.
El siervo de la parábola fue liberado de una estructura de deuda y dominación, pero salió de allí y reprodujo exactamente la misma estructura. Había sido liberado, pero agarró a otro por el cuello. La crueldad que había experimentado encontró ahora un nuevo cuerpo a través del cual continuar actuando.
El mal triunfa dos veces: primero cuando nos hiere y después cuando consigue que nosotros salgamos a herir de la misma manera.
Si alguien me humilló, el perdón no me obliga a decir que no ocurrió. Me llama a no convertirme en alguien que también humilla.
Si alguien ha sufrido bullying, no está condenado a convertirse en alguien que también lo practique contra otros y otras.
Si alguien abusó de su poder contra mí, puedo confrontarlo y exigir consecuencias, pero debo cuidar que el dolor no me convierta en alguien que también abusa del poder.
Si alguna vez fui excluido, debo procurar que mi herida no termine construyendo una nueva exclusión para otras personas.
Perdonar es negarnos a prestar nuestras palabras, nuestras manos y nuestro poder al mal que recibimos.
Y todo esto nos lleva a una verdad que necesitamos escuchar como comunidad cristiana: la Iglesia que anuncia el perdón también necesita arrepentirse.
En la iglesia hablamos mucho del perdón. Cada domingo, nuestra liturgia comienza con un acto de contrición, seguido del anuncio del perdón. Lo incluimos en nuestras oraciones y lo recomendamos a las personas heridas.
Pero la iglesia también necesita arrepentirse de las veces que exigió perdón sin escuchar primero el dolor. De las veces que llamó “reconciliación” al regreso de una persona a un lugar peligroso. De las veces que protegió la reputación de una institución y dejó sin protección a quien había sufrido. De las veces que confundió la unidad con el silencio y la paz con la ausencia de denuncia.
Necesita arrepentirse de sus resentimientos, de sus luchas por el poder, de su facilidad para condenar, de su dificultad para reconocer errores y de las deudas que conserva cuidadosamente contra otras personas.
Porque podemos predicar la gracia y vivir de la contabilidad. Podemos cantar sobre la misericordia y continuar sujetándonos unos a otros por el cuello. Podemos pedir cada domingo “perdona nuestras deudas” sin preguntarnos a quién seguimos tratando como nuestro deudor o nuestra deudora.
Algo semejante sucede al comienzo del libro de Apocalipsis. Cuando pensamos en Apocalipsis, solemos recordar sus imágenes simbólicas: el dragón, las bestias, Babilonia y los enemigos de la iglesia. Pero el libro comienza con Cristo caminando en medio de sus propias comunidades.
Antes de mostrarles el mal que actúa fuera, Cristo les muestra lo que necesita ser transformado dentro. Cinco de las siete iglesias reciben reproches. Algunas han perdido su primer amor. Otras han tolerado prácticas destructivas. Una tiene apariencia de estar viva, pero está muerta. Otra ha confundido su bienestar con fidelidad y no reconoce su verdadera pobreza.
El problema no se encuentra solamente en el Imperio. También está en las formas en que la lógica del Imperio ha comenzado a vivir dentro de las iglesias.
Nosotros también nos acostumbramos con facilidad a mirar hacia fuera buscando dónde se encuentra el mal. Cristo, sin embargo, continúa caminando en medio de sus iglesias, examinando nuestras prácticas, nuestras relaciones y nuestra manera de ejercer el poder.
La iglesia no puede presentarse siempre como acreedora moral de la sociedad, como si estuviera rodeada de pecadores mientras ella no debiera nada. Somos una comunidad de personas perdonadas. Y solo podemos anunciar la misericordia desde ese lugar.
Martín Lutero comenzó sus noventa y cinco tesis con una afirmación que todavía necesitamos escuchar: “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: ‘Arrepiéntanse’, quiso que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento”.
El arrepentimiento no es algo que hicimos una sola vez antes de entrar en la iglesia. Es la disposición permanente a permitir que Cristo examine y transforme nuestra vida.
Por eso, una iglesia arrepentida no pierde autoridad para anunciar el perdón. Es la única que puede anunciarlo sin hipocresía.
El final de la parábola es terrible. El rey se entera de lo sucedido, llama nuevamente al siervo y le pregunta: “¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?”. Luego lo entrega a los torturadores hasta que pague toda la deuda.
No creo que debamos convertir cada detalle de la historia en una descripción literal de Dios, como si Jesús estuviera diciendo sencillamente que Dios tortura a quienes tienen dificultad para perdonar. Esta advertencia tampoco está dirigida contra la persona herida que todavía lucha con su dolor y no consigue sentir paz.
La reprensión está dirigida al hombre o a la mujer que tiene poder y lo utiliza para estrangular. A quien recibió primero misericordia, pero decidió conservar para sí sus beneficios mientras negaba esa misma misericordia a quien estaba debajo.
El final extremo de la parábola nos muestra el mundo que construimos cuando desaparece el perdón. Todos terminan atrapados en un mundo de deudas, represalias, castigos y violencia. Quien se niega sistemáticamente a la misericordia vuelve a encerrarse en el mismo mundo del cual había sido liberado.
Por eso, “perdonar de corazón” no significa sentir cariño repentinamente por quien nos lastimó. En la Biblia, el corazón no es solamente el lugar de los sentimientos. Es también el centro de nuestras decisiones, nuestra voluntad y nuestro discernimiento.
Perdonar de corazón es decidir que el mal recibido no va a determinar la clase de persona en la que me voy a convertir.
Pedro quería saber cuántas veces debía perdonar. Jesús le mostró que la pregunta no era solamente cuántas veces, sino qué clase de persona estaba llegando a ser.
Podemos haber perdonado siete, setenta o cuatrocientas noventa veces y continuar llevando una libreta interior con cada deuda cuidadosamente anotada. Podemos pronunciar las palabras “te perdono” y seguir cobrando mediante la culpa, el silencio, la humillación o esa historia que repetimos cada vez que necesitamos recordarle al otro cuánto nos debe.
Jesús no nos pide que neguemos nuestras heridas. Nos invita a no construir nuestra identidad alrededor de ellas. No nos pide que renunciemos a la justicia. Nos pide que renunciemos a convertirnos en verdugos. No nos exige regresar al lugar donde corremos peligro. Nos llama a impedir que el mal recibido determine el mal que haremos.
Un himno protestante que conocemos muy bien y que es muy querido para nosotros dice: “Tal como soy de pecador, sin otra fianza que tu amor”.
Esa frase parece escrita para esta parábola.
Una fianza es una garantía de que una obligación será cumplida. El siervo le promete al rey: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Pero no puede hacerlo. No tiene recursos ni garantía suficiente. El rey no le concede simplemente más tiempo: cancela la deuda.
Nosotros tampoco llegamos delante de Dios con un pagaré que podamos cumplir. No podemos decirle: “Dame un poco más de tiempo y repararé todos mis errores. Compensaré todo el daño que he causado. Haré suficientes cosas buenas para pagar lo que debo”.
Llegamos tal como somos: sin argumentos, sin méritos y sin otra fianza que el amor de Cristo.
Llegamos con las manos vacías, confiando solamente en su misericordia. Pero esas manos que llegan vacías ante Dios no pueden salir de su presencia para sujetar a otra persona por el cuello.
Venimos como personas endeudadas y salimos como personas perdonadas. Venimos necesitadas de misericordia y salimos llamadas a compartir la misericordia recibida. Venimos sin otra fianza que su amor y regresamos al mundo para procurar que otras personas también puedan vivir sin el peso de nuestras amenazas, nuestros reclamos y nuestra venganza.
Quizá eso significa perdonar de corazón: no olvidar la herida, no renunciar a la justicia ni exponernos nuevamente al peligro, sino permitir que el amor recibido transforme lo que hacemos con aquello que nos ocurrió.
Porque la misericordia de Dios no borra nuestra historia. Hace algo todavía más profundo: impide que nuestras heridas escriban solas el final.
Tal como somos, venimos a Cristo: con las manos vacías y sin otra fianza que su amor. Y Cristo nos envía de regreso con esas mismas manos, ya no cerradas alrededor del cuello de nadie, sino abiertas para compartir la misericordia que recibimos.
Venimos con las manos vacías y salimos con las manos abiertas. Porque la misericordia que nos libera también nos enseña a liberar.
Amén.

